21/12/2015

Sobre Juan José Saer

Por María Teresa Castangia - Taller de lectura


Juan José Saer (l937-2005) fue un escritor argentino natural de Serodino, provincia de Santa Fe y radicado en París desde 1968, donde falleció el 11 de Junio de 2005 a la edad de 67 años, víctima de un cáncer de pulmón.

El río sin orillas (fragmento)

   «Es que la carne de vaca asada a las brasas, el “asado”, es no únicamente el alimento de base de los argentinos, sino el núcleo de su mitología, e incluso de su mística. Un asado no es únicamente la carne que se come, sino también el lugar donde se la come, la ocasión, la ceremonia. Además de ser un rito de evocación del pasado patriarcal de la llanura, es un alimento cargado de connotaciones rurales y viriles, y en general son hombres los que lo preparan.»

Una pincelada muy lograda de la ceremonia del asado, sus integrantes, el entorno del lugar, Las partes de la vaca. Cualquier ocasión es buena para hacer un asado y lo han asimilado los extranjeros que concurren a nuestro país.  Puede ser en la ciudad o en el campo, en torno al río o las montañas como fondo.
Me agradó mucho esta obra de Juan José Saer, porque refleja en forma magistral la costumbre argentina del asado, con un relato ameno, ágil.
Por lo expuesto, decidí leer los cuentos completos de este escritor, todos con diversas temáticas, todos recomendables. Opté por «Sombras sobre vidrio esmerilado».
Los personajes principales son: Adelina Flores (poeta), su hermana Susana, su cuñado Leopoldo. El relato evoca una Buenos Aires de l940, aproximadamente. Se pone de manifiesto el choque entre dos generaciones: una, aferrada a viejos cánones de moral, muy estructurada y otra, más joven, representada por el personaje Tomatis y los amigos de su época más desprejuiciados, con un lenguaje y actitudes espontáneas. La diferencia generacional es evidente. La protagonista Adelina, ama en secreto a su cuñado; por lo tanto, le resulta una tortura convivir en la misma casa con él y su hermana. Pero en esa época, no era bien visto que una mujer, al morir sus padres viviera sola, teniendo parientes.
Se siente mutilada por la pérdida de un seno, luego de una mastectomía y, en ocasiones, llora con los versos de Alfonsina Storni, quien debió enfrentar la misma enfermedad.

Observa cómo, a través del vidrio esmerilado del baño, se higieniza Leopoldo y siente la frustración de su soledad y el deseo reprimido. Las angustias ante la vejez, la decrepitud y la muerte, el hecho de amar secretamente a su cuñado, incita a la protagonista a escribir un poema bajo el influjo de Storni, en ese “ahora” que es presente y ayer, acto presente de recordar y escribir, y también presencia del pasado, de lo vivido, de la memoria que se van entrelazando: «El tiempo no diluye, simplifica», expresa el autor. Me mantuvo pendiente de su narración hasta el final.  Los invito a leerlo.

Taller de lectura 2015 - Melina Bianconi

El taller de lectura ha sido, en lo personal, un camino de reencuentro con la literatura, un deseo que estaba adormecido, guardado, latente, en espera. Este deseado reencuentro no sólo fue cubierto sino que fue ampliamente superado.
Comenzamos conociendo visiones sobre Argentina desde diferentes autores, como Gombrowicz, Gelman, Tizón, Saer y la poesía de Borges. A través de ellos veíamos cómo nos veían desde afuera, cómo nos veíamos desde adentro.
El increíble atardecer descrito por Saer en Las nubes, es un hermoso relato que nos trasladó a la llanura pampeana: estábamos ahí, viendo la caída del sol, el pasto cintilar y la diversidad de colores sobre la laguna y la línea roja del horizonte. Ese texto breve nos llevó a conocer otro texto exquisito, con una puntuación muy particular, plagado de comas: La Mayor. Para mí fue un hallazgo la explicación del autor sobre esa forma de escribir: “las comas contribuyen a crear, modificar, modular el ritmo y la música de las frases (…) Son una respiración interna”. Saer nos mostró una forma para nada convencional de trasmitir sensaciones en un texto.
Después vinieron algunos poemas de Borges. Siempre había tenido la duda de si llegaría a comprenderlo, y ahora que creo que sí, porque lo trabajamos en grupo, contextualizamos, examinamos desde distintos lugares, en diferentes momentos de su obra. Puedo decir que en realidad no es lo que más me conmueve, pero digo esto con la certeza de haberlo pensado.
Descubrir la fantasía épica, de la mano de la mendocina Liliana Bodoc, fue uno de los mayores placeres. Con Los días del Venado me conmoví. Un relato en lenguas humanas, delicioso, fascinante, distinto, desconocido para mí hasta ese momento, y que después de leerlo me convirtió en una admiradora más del género. Saliéndome del programa del taller, busqué la saga completa; devoré Los días de la Sombra y Los días del Fuego, para concluir esta trilogía sobre la lucha del bien contra el mal, del conflicto entre las lejanas Tierras Antiguas y las  Tierras Fértiles. Del amor y la ternura contra el odio eterno.
Nos sumergimos en la literatura japonesa, china y coreana. Los encuentros se convirtieron también en clases de historia, geografía, teología, turismo. Buscamos mapas, viajamos por “Oriente”, incluso nos sentimos arriba de un barco recorriendo islas. Comparamos formas de escribir, las analizamos desde diferentes enfoques. Vimos que los contextos históricos pueden condicionarnos al escribir y a su vez, cómo al momento de expresar sentimientos podemos ser tan semejantes. Que la angustia, la soledad, los miedos, las alegrías son inherentes al ser humano más allá de las fronteras geográficas y culturales. Sin embargo la impronta de la historia de cada país estará presente. Nos sentimos tan distintos, a la vez tan iguales.

Ya sobre el final, con “La muerte de Ivan Ilich”, un cuento de Tolstoi, encontramos a un gran representante de la literatura rusa que parece adelantarse al psicoanálisis en su exploración de la muerte, los miedos y los costados más oscuros del ser humano.

Como afirma Saer en Cicatrices: “La literatura da forma, a través del lenguaje, a momentos particulares de la conciencia”. Y eso fue lo que nos permitió unir a Saer con Tolstoi. Eso fue nuestro taller: un gran viaje, un recorrido por distintas culturas, autores, historias; el descubrimiento de mundos, personajes, visiones. Pero, por sobre todas las cosas, fue un espacio de comunicación y aprendizaje. 

El Guardián de la Séptima Llave

Por Agustín Barragán / Taller de escritura


«Pero a Morgoth, los Valar lo arrojaron por la Puerta de la Noche, más allá de los Muros del Mundo, al Vacío Intemporal. No obstante, las mentiras que Melkor el poderoso y maldito, Morgoth Bauglir, el del poder del Terror y el Odio, sembró en el corazón de los Elfos y Hombres, son una semilla que no muere y no puede destruirse. De vez en cuando germina de nuevo y dará negro fruto hasta en los últimos días»

Fragmento de “El Silmarillion” de J.R.R Tolkien y Christopher Tolkien

  Cuando yo era pequeño, mi padre, Alan Fernández, el más grande y poderoso de todos los Magos y Alquimistas que habitaban la Tierra luego de la Última Guerra, solía contarme las antiguas hazañas de mi abuelo, el Viejo Ben, el primero de los Corredores. Yo terminaba fascinado con esas historias, historias que transcurrían en los tiempos en que aún era posible utilizar aparatos eléctricos y en los que muy poca gente se detenía para aprovechar la vida (tiempos muy extraños a decir verdad), pero no lo suficiente fascinado como para querer ser un Corredor; y eso, que el poder de moverse a velocidades cercanas a la de la luz estaba tanto en mí, como en mí padre o el resto de nuestro linaje.
  No quería ser un Corredor, heredé muchas de las aptitudes de mi padre cuando me había llevado en sus viajes y quería ser como él: sabio y tolerante, poderoso y sin igual, protector de los libros y de las fuerzas ocultas que están en mí mundo y en todos los universos habidos y por haber. Tenía optimismo y una gran ambición, nada me impediría llegar a mi meta.
  Por supuesto esto no fue así, yo ni en diez vidas llegaría a ser tan grande, solo era uno más en el gran tablero de ajedrez que se venía formando desde que mi abuelo fuera engendrado con la bendición (o maldición, todo depende del punto de vista) de poder correr a velocidades cercanas a la de la luz; somos una estirpe maldita.

  Poco tiempo antes de que cumpliera los catorce y se me obligara entre ser Corredor o un Hechicero de la Legión, un hecho que me marcó para siempre, había hecho que me decidiera por completo: mi padre fue encontrado muerto, en circunstancias muy sospechosas, un 12 de Marzo del año 2.119; el Libro de la Vida se le fue cerrado para siempre. No solo mi padre había muerto misteriosamente, sino que también varios de sus afiliados y algunos parientes cercanos a nuestra rama, que si bien eran Corredores y no pertenecían a la Legión, sufrieron el mismo destino. Una oscuridad se estaba propagando y aun no nos dábamos cuenta, cuando lo supimos ya era demasiado tarde…
  Mi padre estaba muerto, no había día en que mi madre no llorara su perdida, pero yo no dejaría que eso me derrumbara; no, yo seguiría sus pasos y sería igual o mejor que él; tenía que ser fuerte. Por eso, antes de irme de la Casa de los Fernández, dije frente a todos los miembros de mi familia (entre ellos a mi abuelo, que se mantenía firme delante de mí, con su semblante bien en alto; atento a mis palabras).

 —  Me voy sin el respeto de ustedes. Pero algún día, cuando regrese y sea igual o más poderoso que mi padre, me respetaran hasta el final de mis días – sí, con ese descaro y soberbia les hable a todos ellos. Después me arrepentiría de haberles hablado así, pero en ese momento, me había sentido muy bien al hablar con tanta seguridad.
  Entonces, tomé mis pocas cosas y me fui. Primero dejé atrás nuestro castillo de grises paredes e innumerables habitaciones, para luego atravesar la ciudad que dirige mi abuelo hasta llegar a la muralla que delimita todo el reinado. Una vez afuera, comencé mi largo viaje hasta la Legión. Por decisión propia (y no por una exigencia, como algunos han llegado a creer) fui caminando hasta la Legión, en vez de ir corriendo con mi velocidad que, aunque no es nada comparada con la de mis primos y primas, hubiera llegado en quince minutos como mucho. Pero yo no quería seguir el camino fácil, no. Si lo iba a hacer, lo haría bien; por lo tanto, caminé y caminé, aguantando las grandes dificultades del viaje.

  Aprovecharé el poco interesante viaje hasta la Legión para dar unos breves detalles de la clase de mundo en el que vivía.
  Para empezar, desde finales del comúnmente llamado sigo XX varias personas habían empezado a desarrollar un poder oculto que, de a poco, se extendió hasta todo ser humano en el planeta. Muchas historias transcurrirían a partir de allí, y de todo tipo, hasta que todo desencadeno con la llegada de la Última Guerra (ahí todo el mundo se enfrentaría contra todos). Al final, la Tierra sufriría un cambio geográfico muy importante: partes de tierra de sumergieron y otras tantas emergieron.
  Luego de la guerra, mi abuelo había reunido a todos los Corredores sobrevivieron y nos llevó hasta lugares remoto donde fundo el reino que ahora comanda. Con el tiempo llegarían más personas con nosotros y mi abuelo se los permitiría a cambió de que el sirvan cuando él lo necesitara; y así fue. Lo mismo hicieron otros sobrevivientes de la Última Guerra, hasta casi hacer una separación de poderes a base de reinos en todo el mundo.

  Luego de caminar todo un día y la mitad de otro, llegué a la Legión. Una piedra cuadrada marcaba la entrada. La piedra era bastante grande y arriba de ella estaba grabado un escudo: consistía en un paisaje muy bello de una día soleado, un rio en el cual navegaba una especie de barco (dos, en realidad) y varios animales que disfrutaban su plena existencia en la tierra. Debajo del escudo había algo escrito, no se podía leer con claridad, pero parecía que, en otro tiempo, había representado algo de mucha importancia:

*STE E* *L ***UDO **NICIP** DE *A *LAT*

  Tras examinar la piedra un par de minutos, hice lo que debe hacer todos lo que quieran unirse a la Legión. Me incliné y, con una vara que agarré de los alrededores, dibujé uno de los sellos que había impresos en los libros de mi padre. Claro que, para hacerlo, tuve que usar de guía uno de esos libros, porque se trataban de sellos muy complicados y enrevesados que para hacerlos bien, era necesario una buena memoria o un fiel y confiable libro.
  Segundos después, un temblor sacudió el lugar y la piedra y parte de la tierra que había más allá de ella, comenzó a levantarse hasta revelar la puerta oculta que conducía a la Legión. Cuando la puerta había terminado de revelarse, esta se abrió y de adentro salieron Savir Raj (el hombre que otrora había sido la mano derecha de mi padre), junto con dos acólitos que venían vestidos con túnicas verdes. Raj se acercó a mí para darme la mano y luego dijo:

 — Bienvenido, Saudalf Fernández, hijo de Alan, nuestro fundador – Si, ese es mi nombre. No pienso, ni quiero explicar el origen de mi nombre. Lo que si voy a decir, es que durante muchos años renegué con él, pero a la larga, un día como cualquier otro, me acostumbré y ya no me importa cómo me llamen; siempre y cuando lo hagan con respeto.
 — Espero sobrevivir a la experiencia – dije, y nos dimos un apretón de manos. Entonces, los cuatro entramos a la Legión.

  Mientras caminábamos por los pasillos subterráneos que conformaban la Legión, Raj me hablaba sobre cómo mi padre había recorrido el mundo luego de dejar a los Corredores, para conocer más sobre este y las fuerzas ocultas y místicas que lo rodean. Yo conocía muy bien esa historia, pero por no querer faltarle el respeto, le escuchaba con atención mientras iba mirando las habitaciones. En varias de ellas había chicos y chicas muy jóvenes, de edades aproximadas a la mía en ese momento e inclusive en algunos casos me superaban. Todos ellos estaban ahí por un objetivo similar al mío… o eso creí hasta que conocí la historia de la Séptima Llave.

  Cuatro años después, con mi entrenamiento ya casi completado, me convocaron, junto con otros estudiantes, a la ceremonia de finalización en el gran salón de la Legión. Allí, a cada uno nos dieron nuestras túnicas que, depende del color, para demostrar nuestro esfuerzo y dedicación para llegar a donde estábamos. La mía fue de color purpura con bordes amarillos; bastante aceptable comparado con lo que les tocó a algunos de mis compañeros. Todo iba perfecto hasta que, al finalizar la ceremonia, uno de los sirvientes de túnicas verdes me avisó que Raj necesitaba hablar conmigo.
  Debo admitir que fui con miedo hasta el despacho de Raj, puesto que el sirviente temblaba cuando me había transmitido el mensaje; muy raro, muy raro.
  Una vez que llegué, Raj me invitó a sentarme: yo acepte. Se lo veía nervioso, su mano temblaba un poco y las ojeras eran claras señales de que hacía unos días que no dormía bien. Entonces, Raj dijo:
 — Tengo una tarea para ti, una muy importante.
 — ¿Tan pronto? – dije – Hace menos de una hora que completé el entrenamiento.
 — Si, esta tarea no puede esperar. Te fue heredada desde el día en que tu padre dejó este mundo. Durante muchos años rogué para que este día no llegara, pero es imposible,  no puedo posponer tu tarea.
 — ¿De qué se trata? – me impaciente, sin darme cuenta había comenzado a apretarme las rodillas con ambas manos.
 — De algo que jamás debió existir. El mal que creo aún se extiende en nuestro vasto mundo. Nada se compara con él, es terrible. Si escapa… será nuestro fin.
  Los ojos de Raj estaban muy vidriosos, en cualquier momento se iba a largar a llorar y yo  entendía aún porque.
 — ¿Pero de qué se trata? Sé más específico por favor.

 — De la razón por la cual tú y tu familia existen: un demonio llamado Judas. Gracias a él y su deseo de poder, tu abuelo nació cuando no debería haberlo hecho. El trato que había hecho tu bisabuelo eran seis niños, no siete…

El valeroso 4

Por Elisa Mabel Garassino


Nunca hubiéramos pensado que un humilde soldado 4 vencería al poderoso 1.000. ¡Pero lo hizo!
 Una mañana se encontraron en un campo de batalla lleno de renglones.  El 1.000 con su ejército de ceros se instaló en lo más alto de la hoja. Con prepotencia empujó al 4 que estaba allí para indicar el número de página.
Al principio el cuatrito se sorprendió y tuvo miedo, creyó que iba a ser tapado por esa cifra inmensa.  Después se convenció de que ese era su lugar, y, como le correspondía lo defendería a muerte. Además sus trazos eran gruesos y negros como una armadura.
El rey Mil ya había invadido el territorio usando para ello una aguda lanza en forma de lápiz negro. Debía gritar, pero los números no hablan…

Temerario el 4 atacó, hizo una zancadilla y dio un empujón al 1.  Su plan era hacerlo caer para que luego rodaran los ceros fuera de la hoja, pero no lo logró…y su débil  base lo hacía inclinarse hacia delante.
Dando saltitos pretendía llegar hasta los ceros pero no fue suficiente. Los tres redonditos  parecían una ventosa en el renglón.
Entonces clamó por justicia y pidió ayuda a los cielos.
Todo parecía inútil, la batalla estaba casi perdida. ¿ Que me queda por hacer?- pensó  rapidito. ¡Si ¡, ¡Ya se!..¡ Panzazo; con mi inmensa barriga cuadrada! Y pum, paf…¡Que desparramo causé, ja ja, reía ya con pocas fuerzas el 4 mientras veía que había quedado solo en lo alto de la hoja.
 Algo tarde el pedido de auxilio fue  escuchado.
Y la ayuda cayó del espacio en forma de goma de lápiz/tinta.
¿Milagro? ¡ No!
Pero… ¿Quién fue? ¿Qué noble caballero vino a defenderme del malvado?- se preguntaba el 4 confundido.
—Oh ¡… Es Sir Santino, el que casi todo lo sabe.
 Pues bien; ¿qué encontró ese noble caballero que vino al rescate ?: Un numerito 1 quebrado en dos y varios ceros aplanaditos desparramados por los renglones, uno de ellos  (probrecito) achatado en el borde de la hoja.


¡ ¡ Se hizo justicia…!!

La manta

Por Magdalena Ruíz / Taller de escritura para jóvenes


Estábamos exactamente donde debíamos; en el punto cúlmine de nuestras vidas, en el que la felicidad era plena por un momento y nada alrededor importaba. Donde sólo éramos nosotros dos, nadie nos molestaba, nadie nos interrumpía. 
Nos dejábamos llevar por el clima, con un humor contrario al de aquellas películas cliché:  cuando llovía éramos alegres y cuando salía aquél reluciente sol éramos amargados; tan amargados que nos encerrábamos en aquella habitación oscura, le dábamos inicio a esa preciosa grabación de la lluvia y por ese pequeño reflector mirábamos películas.
Acurrucados bajo una manta, esa manta que te pertenecía, que con el tiempo me fui apropiando para poder abrazar a algo que se asemejara a ti, con ese aroma especial que tenías, esa paz que me entregabas.
Habíamos vivido juntos experiencias que jamás olvidaría, experiencias imposibles de revivir; tantas experiencias y recuerdos que no necesitaba seguir viviendo, deseaba morir para morir con buenos recuerdos, morir feliz.
Pero parecías haberlo deseado más que yo, porque te fuiste.
Cada noche era igual: te recordaba, lloraba, y dormía.
Me despertaba, miraba a mi alrededor y abrazaba esa manta, deseando que fuera un día tormentoso, uno feliz, no un día soleado, uno horrible, como en el que te fuiste. Cuando te abrazaba, pensaba en todo, mi todo eras tú. Ahora ésta manta es todo. Pero se va desvaneciendo, poco a poco, lentamente.
El recuerdo sigue latente, cómo si a mi lado estuvieras, como si en mis brazos te tuviera.
Ésta manta te hace inmortal, te hace invencible frente a cualquier olvido, te hace imposible. 
Cuando abrazo ésta manta, pienso en todo, mi todo eras tú. 

Mi manta eres tú.

"Papás: Los amo con toda mi alma..."

Por Esmeralda Alberdi / Taller de escritura para jóvenes


"Papás:
Los amo con toda mi alma, son los mejores padres del mundo. No quiero hacerlos sufrir porque no se lo merecen. Gracias por elegirme, por tener esperanza sobre mi y ver lo poco bueno que tengo (aunque nunca fue cierto).
No quiero seguir siendo una carga para ustedes y que sigan preocupándose por mis problemas (ni yo se si son verdaderos o inventados por mí para sufrir). Este año fue duro, para todos, ya que aparecieron "soluciones" en mi cabeza no tan buenas y sé que los lastimó. No quiero que decidan llevarme a un loquero porque es lo que merezco y sé que lo piensan, muy en el fondo, pero lo hacen. Los dejo libre de cargar con una "hija" que les hace mal ya que no es bueno. No quiero dañarlos, pero por una cosa o por la otra terminó haciéndolo. Ya no más; eso se acabo. 
Alégrense de que ya no voy a preocuparlos. Ya encontré la solución a esta carga. No se preocupen por mí, estoy bien, sana y salva en algún lugar. Yo sé a dónde me dirijo y me voy porque Los amo. 
No busquen a un problema que ya se solucionó sólo.
Es lo más sano para todos.
No me necesitan en sus vidas y nunca duden que los amo. Por su felicidad lo hago.
Para mí nunca van a dejar de ser mis únicos papás, aquellos que me adoptaron por amor.
Los amo. Los amo mucho. Muchísimo." .

Agarré la mochila y las llaves de la casa. Apagué la luz del cuarto y me dirigí a la salida. Tratando de no hacer ruido al abrir la puerta salí de mi casa. La cerré con llave para que no sospecharan. Me coloqué los auriculares y puse música del celular lo más fuerte que el aparato lo permitía. Y caminé.
Ya había pasado la rotonda de 122 cuando un auto rojo se para al lado mi. Me puse nerviosa y trate de ignorarlo pero me fue imposible. Me saque los auriculares y lo enfrente. 
—¿Qué queres? —le pregunté.
—¿Necesitas que te alcance a algún lado? 
Lo pensé y llegue a la conclusión de que si me lleva desaparecía mucho más rápido. 
Me acerqué a la parte trasera pero él me dijo que fuera a delante y lo hice. Estaba incómoda ya que el me veía de una forma rara, no sé cómo explicarlo, pero lo hacía.
—¿A dónde? —me preguntó. Me quedé en blanco, no sabía que contestar, ¿y si me descubría? 
—Ehhh, a.... 8 y 50.
—¿A Mc Donald?
—Y si. Nos juntamos con unos amigos —mentí confiada. 
El chico manejó hacia el lugar indicado haciéndome preguntas incómodas.
—¿Cuántos años tenes?
Nerviosa le mentí diciéndole que tenía 16. El auto se quedo en silencio y por momentos sentía su mirada en mí y yo sólo miraba como jugaba con mis manos.
—¿Sos virgen? —corto el silencio. 
Di vuelta la cabeza y lo mire. Fijo. Quería encontrar alguna expresión en su rostro, pero no la hallé. Le dije que no aunque sabía que era mentira. Al instante me interrogó con quien lo había hecho y lo engañe respondiendole que lo había hecho con mi mejor amigo.
En el coche, nuevamente, se instaló el silencio. Respire con profundidad y lo único que pedía era poder llegar lo antes posible.
—¿Te gustaría ganar dinero? —me preguntó mientras estacionaba el auto. 
Esa pregunta me asustó. Mi mente comenzó a trabajar, quería irme. Sentía el miedo recorrer por mis venas, como mi corazón se aceleraba por el horroroso miedo. Había entrado en pánico, lo sabía, y no podía moverme. Mi cerebro se transformó en una máquina que buscaba una solución desesperadamente. 
Escuche el "click" que cerró la puerta; el conductor se me acercaba cada vez más. Todo lo veía en cámara lenta, el degenerado se arrimo tanto a mí que ya podía sentir sus asquerosos labios y su lengua pegajosa y húmeda posados en mi cuello. De un momento a otro salí de mi pánico, mis maños viajaron a la velocidad de la luz hasta la manija de la puerta y esta como si nunca hubiera estado cerrada se abrió. Rápidamente salí del coche y corrí con todas mis fuerzas. Paré de correr cuando llegué a la plaza de la catedral. Miraba para todos lados y con cada auto rojo que pasaba sentía como mi corazón bombeaba más rápido, entraba en pánico y sólo rezaba para que no fuese ese auto. Y con los vehículos que pasaban por mi lado dejaba de caminar y mis manos transitaban.
—¿Y qué pasó? —le preguntó preocupada a su amiga. Maia estaba con la mirada perdida, recordando lo sucedido en la madrugada de ese mismo día. Unas silenciosas lágrimas comenzaron a caerse, Emma la abrazo pero su amiga estaba en un trance que no sentía el contacto de su mejor amiga.
Ya no se trataba de lágrimas silenciosas si no de un mar furioso y gemidos desgarradores dolorosos por las imágenes que se reproducían una y otra vez en su cabeza. Maia quería morirse para así, olvidar de esos húmedos labios y la asquerosa lengua. 
Entonces busque un refugio. No quería volver a esa casa llena de extraños. Para mí ya no era un hogar. 
La mochila pesaba pero la podía usar de almohada. La llovizna ahora, era lluvia, pero no era importante para mí. 
Estaba a punto de conciliar el sueño hasta que unos ladridos de perro me despertaron por completo. El sonido cada vez se encontraba más cerca. Más y más fuerte se oían las pisadas del dueño del animal.
—Muchacha —me gritó una voz grabé. Asustada me pare del suelo y comencé a correr. El hombre volvió a gritar. Mirando para atrás pude ver como el viejo me perseguía junto al perro. Cerca de la catedral había una parada de taxi y rápidamente me dirigió al único que había allí. El taxista me vio raro pero al momento que le indique la dirección arrancó el auto dejando atrás al anciano y a su mascota. El taxi paro unas diez cuadras antes de mi casa. Para llegar antes que mi despertador sonará corrí.
Entre a la casa, sólo se escuchaban los ronquidos de mi papá. La carta todavía estaba en la mesa, la saqué y la guardé. Con mucho cuidado de no hacer ruido abrí la ducha y me bañé. Me enjabone fuerte mi cuerpo, me enjuague y lo volví hacer, así una y otra ves hasta que mis papás se despertaron. 
Habían pasado unos días y Maia esquivaba cualquier contacto masculino. Se encontraba en la escuela, más específicamente en el recreo de merienda. Sus ojos estaban mirando a la Virgen María cuando de atrás venía John con sigilo para que no lo descubrieran. Le tapo la boca y le agarró las manos para tomarla prisionera, apoyo su boca en el cuello de Maia como lo había pacto do con sus amigos. La chica comenzó a transpirar, un sudor frío, su corazón salió disparado y su cuerpo no podía quedarse quieto. Todos la miraban pero nadie la ayudaba. Emma fue agarrada por Benjamín para que no pudiera ayudarla. Casi todos se reían, sus amigas no sabían que le pasaba y los varones sólo se buscaban. John sintió como Maia lloraba y la soltó asustado. El aula se calló de golpe y ella salió del salón llorando para el baño.
—¡Están locos! —gritó Emma antes de ir a consolar a su amiga. 
El grupo de amigas de Maia fueron a apoyarla y sobre todo averiguar qué era lo que le pasaba. 

Sally y Anna controlaron a chicas y le aconsejaron a las demás que volvieran al salón para no generar más lió. En desacuerdo con esto dieron media vuelta para volver al aula.
En el baño Maia ya estaba tranquila, Emma había logrado calmarla. Todos necesitaban la paz para cualquier experiencia traumática. El episodio quedó olvidado para la escuela Constance Billard.

Sinopsis del taller de Guión cinematográfico 2015

El taller de Guión cinematográfico presenta aquí, sinopsis de los guiones de cine realizados por sus talleristas.


Días de sol, días de sombra

Yanina Rocuzzo

   Lucy, una profesora de Literatura de 30 años, recibe una carta de su prometido Leo quien la deja. Este hecho desestabiliza su ánimo por completo. Lucy debe enfrentar su día laboral con este dolor en el alma hasta que un telegrama de su amado, recomponiendo el vínculo, la devuelve a la vida. Ambos comienzan una nueva etapa donde sus deseos y necesidades crecen, primando así no solo el amor, sino también la amistad.
(Adaptación de una historia corta de Katherine Mansfield llamada La lección de Canto. Ambientada en los años 60.)


El cuerpo

Sofía Labriola.

   JUANA, una hermosa perito forense de 24 años, está convencida de que el suicidio de su hermano en realidad fue un asesinato.  Desde hace tiempo, está en busca del asesino y su venganza, hasta que una inesperada llamada cambiará sus planes, y la búsqueda de la verdad la llevará a actuar de una forma no muy honesta.

   
Un día especial

Mercedes Mosquera


   Nicolás tuvo una vida dura, sin embargo logró superar los problemas de la infancia y adolescencia hasta convertirse en un exitoso abogado. La muerte de su padre y las dificultades laborales complican su mundo, convirtiéndolo en un alcohólico. Su enfermedad provoca la muerte de su esposa lo que lo lleva a recapacitar y superar su alcoholismo. Al cabo de un tiempo, los recuerdos no lo dejan vivir tranquilo; sin embargo, su voluntad para luchar contra su adicción es grande y logra superar sus miedos.

07/08/2015

Hoy te visten con grifin

Por Nancy Alvarado


Deslumbrabas con tu belleza.
Dichosa, orgullosa de tus almas
que unidos y armoniosos eran
sin duda, todas como hermanas.

Incitabas a capullos de amor.
Niños esgrimiendo corrían
y ellas jugaban a ser princesas.
Los padres sin prisa, sin cuidado.

Hoy, una calle menguante
angosta, muda y desolada
ánimas desnudas deambulan
buscando calor entre tus paredes
frías, escamosas y agrietadas.

Los versos bellos viraron;
inertes pétalos con espinas
seducen a la pluma de tus poetas.


Calle relevante, y mortecina. 

Aquel hombre de barba gris

Por Florencia Cagnete


En el barrio lo llaman Osvaldo, Rogelio, no sé. Es el vecino de todos los tiempos.
Saluda a Lorena la de la repostería, Horacio el del almacén, a Juan el verdulero, a Cari la panadera y hasta al grupete perruno que se junta en la esquina, entre ellos toto. Faa cuantos son! Una de ladridos se mandan cuando se juntan todos. Por las noches se reúnen, cuenta Rogelio, andan un poco, rompen alguna que otra bolsa de basura, se disputan alguna perra vecina, y al rato de cuidar un poco el barrio, los que tienen su cucha vuelven a su casa y los que no acampan por ahí.
Osvaldo sale a la mañana temprano y arranca su caminata matutina. Lleva un andar trastabillado, anda a paso lento, y con su espalda encorvada por los años que trae encima “de a poco con el tiempo me fui achicando más” dijo un día con su voz de gallego, media ronca por el pucho.
Siempre su pullover azul y jogging gris. Cuando frío nunca falla verlo pasar con su gorro negro de lana y su campera corderoy verde.
Cara seria, y calvo como pelada recién rasurada. Sus ojos habitan entre arrugas y esas bolsas que se agarran  bien a los gestos de la cara, una mirada cálida que brilla de emociones.
Un día de esos en los que recorría la 495 de punta a punta, paseando el barrio sin parar, se frenó en la esquina y dijo: - “ Si! Tanta inseguridad enferma, pero la de adentro desintegra. Tanto circo armado nos consume pero si dejamos que nos ciegue. Tanta estructura fría duele, pero si le concedemos una sonrisa y no soltamos la mano a la risa le hacemos frente. Tanta mentira intenta agotarnos los recursos, pero si miramos al costado y comprendemos que todos somos distintos, juntos sumamos con las diferencias.
El miedo paraliza, desinforma, nos mueve todo adentro y golpea unas fichas afuera. Se reproduce en imágenes, en sensaciones. De pronto salimos y está ahí  mirándonos fijo a los ojos. Si bajamos la mirada nos consume, todo alrededor comienza a desintegrarse. Si intentamos mirarlo directo a los ojos por segundos que fuesen, nos paramos frente a frente, lo observamos en todos sus rincones, solo nos queda vernos, elegirnos. Cuantas veces sea, renacer. “
El tiempo como que se detuvo. El aire que flotaba fresco, mantuvo a unos cuantos bajo el calorcito del sol que brillaba en pleno invierno, escuchando a Rogelio.

Él miró a su alrededor, lo miró a toto que husmeaba entre sus bolsas de las compras. Las tomó y siguió su caminata como si nada bajo el sol. Su figura comenzó a perderse entre la arboleda. Una bonita arboleda de unos árboles inmensos que se juntan, se mezclan y entrelazan con sus ramas de un lado a otro y forman como si fuera un túnel a los lejos.

Una mañana...

Por Florencia Cagnete y Pablo Siscar  


Una mañana, bah madrugada, de esas en las que la humedad flota por la ciudad, el aire denso. Yo estaba sumergida en mi novela, con unos cuantos días sin dormir ya; lidiando con un párrafo que iba y venía, tachaba y volvía.
  ¡Qué ganas tenía de comer un asado con sus amigos! Pero todavía faltaba mucho para el domingo.
  Hernán terminaba apurado el partido de tenis como todos los martes, calculando el tiempo exacto que tenía para pasar a buscar a Benito por la escuela. Benito y sus interrogantes,  ideas disparatadas, fantasías, sueños de niños, ¿y por que no de grandes? que le curioseaban  de la vida misma.
  En un descuido salió de esa monótona rutina y se encontró imaginando nuevas experiencias.
  ¿Qué pasaría si pateara el tablero con todas sus fuerzas y solo se quedara con aquello que quisiera? Nada de luchar por aquello que no lo hace feliz, ni dejarse llevar por la marea sin saber a dónde va. Un minuto de reflexión podía cambiarlo todo. Una decisión podía cambiarlo todo.
  Tomó su raqueta y su ropa, la puso en su bolso y salió.
Y entonces levanté mi cabeza y lo vi, su sonrisa y  esa simpleza me desconcertaron. Quedé inhibida por el momento que pronto se disolvió en el aire. Surgió esa especie de encantamiento, de atracción que se apodero de mis sensaciones. Como un vuelco inesperado aparecí en el túnel de lo deseado, esa conexión extraña que mueve los cuerpos y los quema fundiéndolos.
  Iba vestido de chomba y pulóver, de jean y zapatos marrones. Su pelo más bien largo revoloteaba por su cara a causa del fuerte viento, su mirada inescrutable y decidida personificaba la seguridad, la experiencia. Era un hombre decidido, dispuesto a enfrentarlo todo, para adelante sin parar cuando se proponía algo, esa era la impresión que causaba, iba en busca se lo proponía y ahí estaba de pie impecable logrando sus inmensos proyectos. Así fue, inevitablemente, casi como sin darse cuenta que su vida había tomado el rumbo de la cotidianeidad, de andar los días las horas como sin andar, y eso era algo q hacia días le rondaba sin parar.
  No sé cómo ni por qué el encantamiento. No me pregunte por el mañana, me diluí en la esperanza, queriendo. Sintiendo ese encuentro en el que las almas se desnudan aprendiendo del otro cuanta cosa surja, entregando en cada instante un pedacito de sí.
  Pasó a buscar a Benito, puntual como siempre. Esa vida agobia pensó.” Agobia sin dudas. “No es ahí donde debería estar. No es a su casa donde debería volver. No es a su esposa a quien quiere ver. Siente que hay algo más.
  No sabe, ¡pero sospecha! Un abrazo podría abrirle los ojos, dejarlo ver aquello que lo inquieta. ¿Pero cuál es el punto para confluir? Abrazándose en el tiempo, escurriéndose entre caricias y algunos sueños.
  En los sueños podría encontrar Hernán lo que buscaba, encontrarse. Hernán Fortovalle. Fuerte como su nombre.
  Se encontró buscando ¿qué?, miró todo a su alrededor hasta que al fin lo entendió.  Ahí estaba yo. Observándolo, adorándolo, creándolo, ¿creándolo? ¿Qué tiene más fuerza creadora, la punta de mi lapicera o su pasión que me inspira? Que me inspira y me crea.
  “Sola con ese párrafo q me llevaba ya días. Sola pero no tan sola, después de todo ahí estaba él: dirigiendo mi trazo, escribiendo su historia”.
  Hernán abrazó la decisión y se sacó la mochila llena de sus responsabilidades y cuentas bancarias. Por fin sabía lo que quería, siempre quiso escribir, siempre quiso embriagarse con su personaje, besarla, desearla, hacerla existir.
  “Ahora me despierta siempre con sus historias de esos navíos en los que me sumergía sin darme cuenta en mi sillón entre papeles y tintas.”
  Con su pasión y creatividad, en su máxima expresión, contenida durante tanto tiempo, se fueron proyectando rasgos de una belleza simple, encantadora. Una fusión que les permitió soltar lo que cada uno era.
Así impulsó, esa facilidad increíble, por irrumpir justo en el momento en que la mente está habitada pura y exclusivamente por miles de pensamientos e ideas que giran a una velocidad inexplicable, que hace abrir los ojos en ese momento, como lo hizo.

  “Luego el ambiente comenzaba a aclarar, las imágenes se iban desprendiendo y cayendo las palabras, fluían mezclándose. Un segundo despertar, mismo lugar. Otros ojos abriéndose al infinito mundo de amar la existencia”.

La personalidad de las letras

Por Elisa Garassino


Desorden caótico en el pizarrón.
Las letras desparramadas, borroneadas en tizas blancas y de colores.
 Pero llegó una chica al salón: Morena, que con mucha autoridad decidió el cambio.
Las letras confundidas se alborotaron y reaccionaron de maneras diferentes.
Con asombro la A lanzó un ¡ A aaaa…! y eso le valió ser la primera.
¡ Qué, que, que pasa?- Dijo la Q, con tantas dudas y preguntas que fue a parar al medio para que se sintiera acompañada.
Pero, pe….pe… pero…-dijo miedosa y medio tartamudeando la P, que por eso fue colocada por el medio donde se sintiera contenida.
Oh, O, O ¡ que pasa!- dijo la O, autoritaria queriendo poner orden ella misma.
-¡Te vas bastante atrás! Acá mando yo,- dijo la niña.
Uh, U Uh…..-dijo la U, quejosa y pesimista, y por eso se ganó ubicación casi al final del trencito de letras.
Cuando Morena llamó a la B la B no respondía; es que la pobre está cansada que la confundan con su hermanita menor la V y tiene problemas de identidad.
E, E, Eeeeeee, nunca empezaba la E a hablar, muy indecisa, así que More le encontró lugar bastante adelante así empezaba a cambiar.
 ¡La… la.. la libertad! - cantaba la L, libre y leal, como siempre,  se llevó con ella a la Ll que la llamaba.
Coraje letras….Caramba, Calma, -gritó la C, que por su liderazgo ganó las primeras ubicaciones.
Ja, ja , je , jiiii, ju….!  -Se escuchó.  Era la J, que es de las que ríe cuando está nerviosa, y para que no moleste la puso cerca de la H, que se había quedado muda y de la I que también reía iiiiiiiiiii vaya a saber porque, vecina a la K, que siempre está aburrida porque se usa solo para poner kiosco y karaoke.
De pronto se escuchó llorar, ñeñeñe, era la Ñ, ñañosa y llorona , triste por no figurar ni en teclados ni celus.
No, No,  No, no lo puedo permitir, - gritó la N que si bien es negadora y negativa  se apiadó de su hermanita ñ y ambas se organizaron juntas; y tuvieron suerte porque se encontraron con la M que estaba haciendo yoga muy tranquila mmmmmm y se quedaron con ella.
Shi, silencio, y tranquilidad y se fue  la S solita para atrás para ayudar…
Ta, ta, ta,tatatá….-cantaba la T, fiestera, cuando la S la tomó de la mano para que se tranquilizara un poquito.

Relax, relax, pedía la R con rabia contenida.
Vamos, vamos, decía la V, que empujaba desde el fondo como arriando ganado.
La W, X, Y que  siempre andan juntas se pusieron al final para no sentirse excluidas.
¡Es una farsa! -Gritó la  F, no soy falluta, ni fea ni flatulenta, decía en estado de histeria, soy fascinante, fabulosa y fantástica, seguía hablando la F casi a los gritos desde el medio del pizarrón. Menos mal que por  allí andaban la D, diosa como siempre  y la G,, grandiosa, las dos muy bonachonas, que rodearon a la flaquita F ¡ que al fin se sintió Feliz!

Cuando ya parecía todo listo despertó la Z y corrió remolona hasta llegar al final del trencito de las letras que quedó asi:í


Abcdefghijklllmnñopqrstuvwxyz


¡Todas Unidas!
¡Asi me gusta!- Dijo Morena.


Después se dio cuenta que era aburrido ver quieto a un abecedario, y, como las letras eran ahora todas amigas y conocidas de la nena empezó a jugar con ellas formando palabras. 

La abuela

Por Elisa Garassino y Agustín Barragán  


     Iba la mujer por la calle, con su cuerpo bastante alto y delgado y con la figura sin armonía que dan el hambre y los años.
      Llevaba una pollera muy amplia y con el dobladillo descosido. Tan veloz caminaba la señora que su falda bailaba y saltaba.
      El rostro de Ella miraba solo al frente, con ojos exorbitados y blanca y arrugada tez al viento. De vez en cuando retiraba un mechón de pelo entrecano de su frente.
     Tan ansiosa se la veía que hasta marchaba en ángulo inclinado hacia adelante y de modo rígido, como soldadito a cuerda, y así su cabeza y su mente aturdida llegarían primero a ver que pasa.
   Ya en el hospital público su hija acababa de dar a luz.
   El bebé, su nieto, que había nacido sano y lloró en su primer instante de vida, había muerto.
   Los médicos sorprendidos no tenían explicaciones, ellas no tenían consuelo.
Ocurrió que sin que nadie lo notara algo había entrado en la habitación, a tal velocidad que fue imperceptible para el ojo humano. Esto fue lo que había generado la muerte del recién nacido, una criatura con sed de venganza desde hacía siglos, que puso sus sucias y asquerosas manos sobre la cabeza del bebé, causándole la muerte.
 Finalmente madre y abuela  quedaron despojadas de lo único que tenían y les importaba. Sin entender porque a ellas; pensando que Dios las había castigado y sin poder culpar y maldecir al verdadero asesino.
   Luego los días transcurrieron lentos  y agónicos en la casilla que la joven madre y la abuela compartían. El pequeño recinto acumulaba angustias, carencia y soledades.
  Las dos mujeres se enfrentaban entre sí, lanzándose reproches y culpas como dardos.
  La Criatura perversa, otra vez, captó la debilidad y el descontento: ingredientes que lo alimentaban y fortalecían en su maldad.
   Allí estaban los tres: la Joven, acurrucada en una silla; su madre, de pie, de espaldas a su hija, pelando solo dos papas que le servirían de alimento a ambas y… Él, que ocupaba el ambiente en forma omnipresente, con energía contaminante, invadiendo todo el aire y todo el espacio.
   Pero algo pasó, justo cuando la maldad estaba a punto de eliminar a sus víctimas provocando un estallido de gas con su aura impura.
   La mayor de las mujeres giró con el cuchillo aún en la mano, con rabia contenida, para gritarle a la joven quien sabe que cosas.
      Sin embargo, cuando vio  los ojos de su muchacha destelló ese  amor trascendente e inmenso.
     De repente, las miradas de la madre y de la hija se encontraron, y lo que explotó fue el tremendo vínculo  que las unía. Algo inconmensurable que debilitó al Ser  y lo atravesó como un laser. Como una espada perforó al Malvado, que  comenzó a achicarse y desinflarse cual globo pinchado girando hasta  desaparecer.

Touche  Maligno, sin saberlo la Abuela cobró revancha.