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24/10/2020

Valentina Rivero -- La flor negra

 (Trabajo del Taller de Narrativa 2020.) 


No hay martirio más grande que el hondo desconsuelo
de suspirar ausente de los paternos 
lares, y deshojar la rosa negra de los pesares 
bajo la indiferencia de otro sol y otro cielo.

   Nicolás Guillén, Páginas vueltas.


Rosa podía oír el sonido del mar con mucha dificultad mientras se colocaba cáscaras de papa, muy chiquitas y mojadas, por toda la cara.
Siempre creí que hacer eso era una estupidez, pero crecí con ella explicándome que dichas cáscaras sirven para calmar la fiebre, o algo así. 
La anciana, de no más de 1, 49m de altura, interrumpió voluntariamente aquel trance en el que se encontraba sumergida. No estaba triste, ni melancólica, sino que ¡las olas son tan ruidosas!, se decía a ella misma. Hablar sola se termina convirtiendo en un hábito. Siempre compitiendo entre ellas porque, claro, es entendible que todas quieran ser las primeras en llegar hasta esa parte del océano que te abraza. 
Calma.
Pero al mismo tiempo, era como si el agua le susurrara una pregunta. 
¿Cada uno de tus movimientos fueron correctos? —escuchaba Rosa a lo lejos. Así que se levantó, abandonando su asiento de madera, y digamos que una rara intuición arrastró sus pies hacia el espejo que estaba en el baño. Y se miró, muy de cerca, como quien no reconoce su propio rostro repleto de papas. Pero algo andaba mal, detrás de ella había un rostro que pudo reconocer al instante. Tenía ojos malos. Era su mamá, fallecida hace más de 30 años. Mal presagio. 

Susana Relva -- El pozo

 (Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)


Adelina abrió despacio los ojos y trató de enderezarse, hundida en el colchón del catre que rechinaba. No se acostumbraba y le dolía la espalda, pese a que dormía allí desde que habían llegado. Su tía Pascuala, que estaba en el país desde unos años antes, les prestaba una pieza. Su marido Luiggi se había empleado como empedrador para las calles de esa ciudad que había nacido hace tan poco y con esa idea se habían embarcado en el Navarre, en el puerto de Nápoles, hacía ya casi un año, en octubre de 1882. Al menos aquí había trabajo, y mucho.

Desde entonces iba avanzando con su lista mental de lo que quería lograr: había aprendido a manejarse bastante con el idioma, se acostumbraba a vivir en esa ciudad tan plana y cercana al río, no debía extrañar las montañas verdes del pueblo de sus primeros años y debía conseguir su propia casa para vivir. Lo pensó mejor y agregó en un lugar importante de la lista un catre más blando.

Con respecto a la vivienda estaban pagando de a poco un terrenito cercano y en los tiempos libres Luiggi avanzaba en el armado de la futura casita. La construía con chapas descartadas de los barcos, que conseguía en el puerto gracias a un cuidador conocido; las trasladaba después hasta allí con el carro. En el fondo ya había plantado unas verduras y construido un gallinero para albergar dos batarazas. Todo esto ayudaba para subsistir, pero siempre había contratiempos que dificultaban avanzar un poco más allá para completar la lista. Y una de las cosas que más le preocupaba era poder extraer su propia agua para consumir, ya que siempre se posponía para una mejor ocasión. Y por eso todo el día era una sucesión de baldes que iban y venían desde la casa de la tía.


Mientras pensaba eso se enjuagó la cara en el fuentón y miró a su marido, sentado en la cama en camiseta. Pensó en la lata donde ponía los pocos pesos que juntaba, cuando podía juntar, a fuerza de coser y lavar ropa ajena. Creyó que ya era tiempo de intentarlo. ¿Y si Luiggi hablaba con su paisano Mario que era pocero y usaban ese dinero para la excavación? Él sacudió un poco la cabeza mientras se acomodaba los tiradores. Adelina se quedó contenta; era lo más parecido a una afirmación que solía emitir su marido. Al menos no se había negado.

Efectivamente, al otro día le confirmó que iba a ir Mario a ver el trabajo. Ella se vistió con su vestido azul para dar una buena impresión y se cambió el delantal de todos los días por uno que le cubría toda la falda hasta el borde del tobillo y con una pechera con puntillas. Se recogió el cabello en un rodete bien tirante, se calzó el chal de lana y se fue hasta el terreno a esperar a Mario, porque Luiggi tenía que ir a trabajar.

Cuando lo vio llegar le llamó bastante la atención. Mario bajó de su caballo despacito dejando ver su pantalón marrón con tiradores y una camisa que alguna vez fue blanca, con un pañuelito rojo al cuello por todo abrigo. Por detrás aparecía su ayudante, un muchachito flaquísimo cuyos pantalones se sostenían con una soga atada a la cintura y un rostro que no veía el agua hacía tiempo. Ella le mostró el lugar y lo dejó trabajando para volver a la casa a preparar el almuerzo para Luiggi. Cada tanto, sin embargo, se daba una vuelta para espiar y así pudo ver cómo, de a poco, iba apareciendo el trípode de madera con el balde colgado, la pala y el pico que subían y bajaban ahondando el hueco que se alejaba de la superficie del terreno. Luiggi también pasaba al volver del trabajo, se quedaba un rato hablando con Mario y lo ayudaba a retirar el balde, cuando el chico avisaba desde adentro que ya estaba lleno.

Uno de esos mediodías, al volver para almorzar, a Luiggi se le ocurrió acercarse y ofrecerle a Mario si lo quería acompañar a tomar algo a lo de Vargas. Mario aceptó y dejó a su ayudante comiendo a la sombra encargado de cuidar sus herramientas para seguir después a la tarde. Y allá se fueron los dos, caminando por la huella de tierra, hasta la puerta del boliche. Al llegar, apoyados ambos en la barra de estaño, Mario contó con nostalgia que hacía mucho que no iba a lugares como ese porque su mujer lo tenía cortito, pero que a él le encantaba tomar el suissé. Luiggi con una mirada cómplice lo invitó a probar uno. Y Vargas apareció al rato con dos faroles de ese líquido verde lechoso que con ganas se pusieron a tomar. Hablaron un rato, recordando su paese y volvieron, Luiggi a dormir su siesta y Mario a la excavación. Al llegar se encontró con su ayudante tirado en el piso, agarrado fuerte a su panza con cara de dolor. Entendió que a la tarde iba a ser él quien bajaría y el otro, el ayudante desde arriba.

El agujero debía tener poco más de un metro de ancho y ya iba por los tres metros de hondo, así que no era tan fácil bajar. Mario fue descendiendo de a poco y al llegar al fondo agarró la pala y comenzó. El ritmo de la paleada llenaba el balde con la tierra que sobraba y al completarlo, pegaba el grito para que el ayudante, sin soltar su panza doliente, diera vuelta a la polea para izarlo y vaciarlo. El segundo balde vacío iba bajando cuando Mario comenzó a sentir sensaciones raras: su cabeza no parecía estar quieta en su sitio, el piso semejaba arena movediza y la pala no se quería mover. Pensó en subir, pero sus miembros no le respondían, agarrado a la soga pedía al chico que lo suba; pero éste, todavía dolorido, no tenía la fuerza para lograrlo. Mario se sentía cada vez peor y la falta de aire en el hueco no ayudaba.

Mientras tanto, en la pieza, Luiggi remoloneaba para levantarse. Abría los ojos despacio cuando sintió que Adelina lo llamaba desesperada. ¡El chico del pocero, el chico del pocero! ¡Dice que Mario está abajo y grita que se muere! Luiggi salió despedido para el terreno, para escuchar desde lejos un grito opacado ¡Luiiiiggi, … muooooio! Se arrimó al borde para ver la escena que no imaginaba. Aferrado a las paredes del hueco, Mario, más verde que el pasto de alrededor, movía la cabeza y gritaba que lo ayuden. Comenzó a tirar de la cuerda y al rato llegó Adelina con el chico; entre los tres pudieron arrastrar a Mario afuera y dejarlo tirado a un costado, firme sobre el piso, aunque él siguiera sintiendo que el mundo se movía demasiado. Y allí quedó. El chico subió al caballo y partió para buscar a la mujer de Mario que llegó al rato, hecha una fiera. El pobre Mario seguía sin reaccionar pese a las cachetadas que recibía y entre todos lo subieron al caballo y la doña se lo llevó a la rastra. 

Si bien al otro día lo esperaron, Mario no volvió. A media mañana solo apareció el chico, a disculparse de su parte, diciendo que la mujer no paraba de protestar y de jurar que allí no iba a volver nunca más, porque esa gente era muy mala compañía.


Luiggi fue a su trabajo. Adelina llevó, como todos los días, dos baldes repletos de agua para el terreno desde la casa de su tía. Los dejó a la sombra y, mientras pensaba en lo que había pasado, se asomó al hueco sin terminar sintiendo una sensación rara, como si la atrajera. Se enderezó rápido, mientras en su mente avanzaba con una nueva lista: Habría que taparlo con unas maderas, habría que evitar que alguien se cayera adentro, habría que seguir en la pieza un tiempo más, habría que seguir esperando.


Antonia Prada -- Gusanos

(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)

Agonizar: del latín agonizare. Se puede traducir como “combatir”.

Hace días que escucho el pitido de la máquina avisándome que estoy viva, hasta que deje de sonar, entonces alguna médica vendrá a apagarlo y llamará a mis papás. Cuando papá y mamá me visitan apenas siento su tacto, sé que me acarician los cachetes y la mano; también sé que me hablan, los escucho opacos, son un murmullo a lo lejos, como si estuvieran en otra dimensión. Las únicas voces que escucho con claridad son las de ellos, mis gusanitos; son la excepción, las que suenan nítidas, claras y firmes. Nos contamos historias, reímos, me dan consejos, me motivan. No solo se deslizan por mis cachetes y manos, me recorren toda, mis sensores se activan, por fin sienten. Nos conocemos bien, hace tiempo estamos juntos; aunque no se presentaron bien la primera vez que nos vimos. Di un mordisco y alejé la vista, ahí estaba uno: moviéndose entre la carne, como en casa, subí la vista, ahí estaba otro: entre la lechuga y el pan. Me saludaban desde mi hamburguesa. Sentí arcadas y corrí al baño, quizá me había tragado alguno sin darme cuenta, pensé. En mi vómito no vi a ninguno, me alivié. Volví a la mesa e intenté comer; frené antes de masticar, a tiempo. Tiré al tacho de basura la hamburguesa y las papas por las dudas. Pensé en hacer algún reclamo, pero me decidí por no comprarles más comida; si había una hamburguesa infectada, por qué no todas. Me fui a dormir con la panza gritando de hambre y en paz, sin gusanos. Tiempo después entendí que mi vómito no significó lo que pensé, la ausencia de gusanos no significaba que no había comido ninguno, de hecho, había comido muchos. De esos chiquititos y blancos con una punta roja, de esos grises y llenos de rayas, de los largos y marrones. Entendí que estaban en todas las comidas, en todas partes; se camuflaban o se dejaban ver, no importaba. Para el momento en que los vi era tarde: ya estaban adentro, reproduciéndose, pegados a las paredes del estómago, del cráneo, de la glotis. Me hablaban, me aconsejaban, eran buena compañía. Me decían que no me preocupe por el frío, era mejor, era que no tenía grasa. Aprendí a ser pura antes de purificarme: era más fácil dejar de comer antes que vomitar. La piel del labio se salía sola, yo solo daba el último tirón; las llagas no me dejaban dar atracones. A veces me encontraba con estorbos, aprendí a saber con quiénes estar; muchas veces éramos nosotros solos. Mamá me obligaba terminar el plato, me obligaba a lanzar. Vomitar empezó a doler, tenía la campanilla inflamada y la garganta ardía, raspaba. Más de una vez me encontré dormida mientras abrazaba al inodoro, cuando los párpados pesaban y no de sueño. Pero ahí estaban ellos, para apoyarme: comé un chicle, hay aliento a ayunas eternas. 

Con cada paso que daba creía que podía ser el último, quizá el siguiente podía ser en el aire: pesaríamos lo mismo. 

Por fin, me vacío, levito. Un viento fuerte me atraviesa, puedo ver a las hojas que levanta y yo era soy más de ellas. Yo soy. No llegamos igual de alto, ellas van por todas partes y yo apenas veo los primeros pisos de los edificios. Soy de porcelana, fina, suave, limpia, fuerte. La Sacrificio. Mi panza chilla, cada vez más, sonrío, la acaricio; seguimos subiendo. Saludo a los de la terraza, lo estoy haciendo bien. La gravedad ya no influye, la burlo, estoy hecha de aire. Los llamo, salen por mi nariz, posan en mi pecho; les muestro la meta. Nos miramos, sonríen, por primera vez les veo los dientes. Volamos, los llevo a recorrer y tocar las nubes, creíamos que eran suaves, pero son espesas. Debemos esquivar aviones, volamos formando la v con una bandada de pájaros; mis gusanitos miran. Lloramos todos. Floto y cierro los ojos. Tengo un motor en el estómago; no para de hacer ruido, me lleva lejos. Mi apetito es el viento. El hambre es un metro más alto, lo dejo crecer. Me acerco a la estratósfera, el pecho hace fuerza, los pulmones se inflan, no se llenan del todo. Respiro hondo, pero me falta aire; no puedo parar de subir, pero tengo tapones en la nariz. Intento inflar el pecho, rompo una costilla. Ellos gritan; no pueden esconderse acá adentro, ni allá afuera; todo, nos estamos, se está, cayendo. Afuera, en la estratósfera, queda poco oxígeno, lo agarro de a cuotas. Veo una bola de luz acercarse, la piedra nos lleva puestos y se derrite entre nosotros mientras aterrizamos. Caemos con velocidad, nos estampamos contra el suelo. 

Vuelvo a escuchar el pitido, el murmullo de la clínica, los gritos de los bebés naciendo, el motor del respirador. Percibo la voz de mamá a lo lejos, que bien que cocina mamá, que ricas tortas hacía. El chocolate se derrite hasta el suelo, se baña en grana, dos pisos de bizcocho se separan por una capa de dulce de leche; aparece él en el medio, se pasea, llama a sus amigos: se llena de gusanos, ya no tengo ganas de comerla. Contraen, estiran, contraen, estiran; avanzan. Me dicen que es por mi bien, les tiendo la mano, me los trago de nuevo. Vuelvo a mirarla, sigo sin querer torta, ellos la ensuciaron. 

Me pesa el cuerpo, los párpados. La gravedad está más fuerte que nunca. Estoy vacía, pero cargo millones de gusanitos dentro, pesan, los siento moverse, felicitarme. Siento una picazón donde los guardo, en el estómago. Escucho la voz forzada de mamá hablando con el médico, puede que esté llorando. El pitido se hace más rápido. Los escucho festejar a lo lejos; ya no están nítidos. El ruido de la máquina se hace fuerte y marca mis latidos, me gruñe al oído, están yendo rápido. Sí, está llorando. Empiezo a vislumbrar, a sentir las avenidas de mi intestino cargadas de ellos, a sospechar que se están llevando algo, que ya no son gusanos: son larvas, de las que comen cadáveres. 

Pienso en papá, quiero sacarlos, pienso en mamá, es urgente, hago fuerza para expulsarlos. Los interrumpo: estaban empezando a comerme el estómago; les veo el pico: se estaban convirtiendo en buitres. Me gritan que por favor no, que no tengo nadie más que ellos. Siento mi piel abrirse en el vientre; duele como si tuviera ácido encima. El aire entra a la panza, la tengo llena de agujeros. Respiro profundo, parece que por primera vez, lleno los pulmones de aire. Contraigo el abdomen: siento salir a uno de los gusanos por un hueco, lo repito: sale a otro por otro orificio. Una gota me recorre la sien, las sábanas se empapan de transpiración. Dudo de mi fuerza y resistencia. Sin ellos peso todavía menos. Contraigo, expulso un gusano. Me duele la cabeza, puede que tenga uno acá adentro. Con cada uno que sale abro más y más los ojos, siento de a poco las manos: una la agarra papá y la otra mamá. Escucho claro, la enfermera llama a los gritos al médico. Aprieto las manos con fuerza, tengo retorcijones. Ahora también me sostienen las piernas. Con cada impulso levanto la cadera, empujo con fuerza, como si quisiera devolverlos al cielo. Mi piel se desintegra, los agujeros se hacen cada vez más grandes; podemos verlos dentro de mi estómago, intentando esconderse entre las tripas. Salen tres al mismo tiempo, se deslizan sobre el costado de mi abdomen hasta caer en la camilla, la recorren hasta el suelo, sin despedirse se van por el hueco debajo de la puerta. Queda uno, se esconde atrás de la nuca, lo siento moverse, sube por detrás, llega al cráneo. Como un gusano, me contraigo y me estiro, reboleo la cabeza, lo deslizo de un tirón hasta la faringe; nunca tan fácil, sin ayuda de dedos o gusanos, hago una arcada. Lo vomito, sale por donde entró. Abro los ojos por completo: da la sensación que por primera vez. Mamá y papá me dan besos en la frente. 

Volviendo a casa le pregunto a mamá si me puede hacer esas tortas con chocolate y dulce de leche, me dice que sí.


Silvia Finocchietto -- Romance de Angela Baudrix

(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)

Y yo me iré  
como el humo al aire
que no podrá volver
me haré un tornado dulce
un perfume una piel

Gabo Ferro


“Mi querida Angelita: en este momento me intiman a que dentro de una hora debo morir, ignoro por qué; mas la Divina Providencia, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos, y suplico a mis amigos que no den un paso alguno en desagravio o a lo recibido por mí. De los cien mil pesos de fondos públicos que me debe el estado solo recibirás las dos terceras parte, el resto lo dejarás al Estado. Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no has podido serlo en compañía del desgraciado. Manuel Dorrego”. 
Angela Baudrix no puede olvidar ninguna de las palabras, cada una un dolor, grabadas a fuego en su memoria, si hasta sentía la voz de su Manuel recitándolas. Con su vestido negro de luto y los guantes gastados, un mantón cubriéndola de la cabeza a los pies y la cara oscura como la ropa que lleva, camina trabajosamente, yendo hacia la tumba del coronel. 
No siempre fue así. Era una mujer brava e inteligente. Formada en las cosas del mundo, discutía los pasos a seguir, aun cuando se hablara de cuestiones militares se escuchaba su voz alta y segura proponiendo las formas de pertrechar a las tropas, organizar actividades para conseguir donaciones, convenciendo a conocidos, familiares y amigos para que de alguna u otra forma colaboren con el ejército de los federales. 
En el diario federal El Tribuno se sabía que colaboraba con las publicaciones del coronel, sus ideas estaban entretejidas con las de él, sumergidas en el ideario revolucionario de libertad y de federalismo, o cuando se trataba de refutar los argumentos del Directorio y las políticas centralistas. O cuando se planteaban políticas populares, como fijar precios máximos para productos de primera necesidad.
Ángela sorprendió al mismo Dorrego cuando se enfrentó a la Junta de Observación que dispuso su expatriación en 1816, fundamentando que no se le había permitido ejercer el derecho de defensa ni respetado las libertades individuales.
El 13 de diciembre de 1828, Angela recibió una carta del secretario de Manuel. Juan Vélez le comunicó la decisión de Lavalle; Manuel había sido intimado a morir en dos horas. No había sido una decisión espontánea, la conspiración se orquestó por los unitarios desde que Dorrego asumió el gobierno de la provincia de Buenos aires; se lo acorraló política y financieramente, esperaron el momento exacto para concretar la traición. Las ideas federales y populares del coronel no podían coexistir con el proyecto unitario.  
Ángela conocía estas circunstancias, aún no había podido discernir que sucesos formaban parte de la tela de araña que se tejía en torno a Dorrego y cuales sucesos devenían de los hechos y el fluir natural de la historia. Pero no sospechó el fin.  
El dolor no oculta su enojo, enojo por la sumisión que lo llevó a la muerte, por perdonar a sus enemigos, por no haber solicitado clemencia a sus verdugos.
Cuando lo conoció, gallardo y altivo, firme en sus convicciones y combativo ante sus enemigos, ella tenía flamantes 16 años y el de 28. Se habían enamorado en cuanto se encontraron. Se casaron en 1815, ante la reticencia de la familia que tenía reservas ante este militar díscolo y bromista.
Era otro tiempo. Tiempos de amor y encuentros rápidos y secretos. Tiempo de paseos por las alamedas de San isidro, de citas furtivas a orillas del rio. De la emoción de mirarse y el temblor en la voz. 
Los recuerdos. Recuerda a Manuel yendo o viniendo de una batalla o de un campamento: Tucumán, Salta, Vilcapugio, Ayohuma, las campañas al Alto Perú, la guerra Gaucha, las disputas entre unitarios y federales, el exilio de 4 años en los Estados Unidos.
Cuando partía, a veces años, la ganaba la ausencia, gemía en las noches buscando su mano, su cara. Pero a la hora del regreso compartían los días. Su presencia se imponía en la casa contagiando el dinamismo de su personalidad. 
Ahora Ángela trata de entender esta muerte tan injusta tejida con cada acción e idea de Manuel, previsible cuando enfrentaba a la aristocracia porteña y sostenía sus ideas libertarias, cuando enfrentaba al régimen unitario que exigía que todas las ruedas rueden a la par de la rueda grande.  Cantada cuando desde el diario El Tribuno atacaba a la oligarquía reinante que todo lo refiere a sus miras ambiciosas y engrandecimiento personal y es firme en dominar en lugar de proteger, en destruir en vez de crear.
El General Lavalle desoyó los pedidos de clemencia de familiares y amigos, de camaradas del ejército y gente de la política que rechazaba la medida extrema de la muerte, si no por conveniencia del coronel Dorrego, por los daños que ocasionaría a la República. 
Solo escuchó a quienes lo impulsaron a sentenciar a muerte a Dorrego, a quienes lo convertirán en verdugo. Se apoyó en cartas que recibió y contestó apresuradamente, imprimiendo velocidad al tiempo de la ejecución.
Santiago del Carril, presidente de la Corte Suprema escribió a Lavalle, “… fragüe el acta de un consejo de guerra para disimular el fusilamiento de Dorrego, porque si es necesario envolver la impostura con el pasaporte de la verdad se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad se miente y se engaña a los vivos y a los muertos …”. Esta era la catadura de los revolucionarios unitarios, la intriga a espaldas del pueblo, el quebrantamiento de las leyes para lograr apoderarse del poder y la ausencia de la ética que les imponía la investidura de sus cargos.
Carta del General Lavalle al Almirante Guillermo Brown: “Desde que emprendí esta obra, tomé la resolución de cortar la cabeza de la hidra … Yo, mi respetado general, en la posición en que estoy colocado, no debo tener corazón…. Al sacrificar al coronel Dorrego, lo hago en la persuasión de que así los exigen los intereses de un gran pueblo”. La hidra es una culebra acuática venenosa que vive cerca de las costas, posee siete cabezas que renacen a medida que se van cortando y mata a sus presas inyectándoles toxinas. Es también una criatura mitológica que habita en el lago de Lerna, lugar sagrado conocido como la entrada al inframundo. Adopta diferentes identidades, a veces es dragón, a veces serpiente.
Lavalle no habría previsto que al nombrar a Dorrego como la hidra, no solo le transfería sus cualidades venenosas. Porque la hidra tiene el rasgo más impresionante de la vida en la tierra: es indestructible. No sufre de senescencia, el envejecimiento de las células y vive un promedio de 1400 años. Es un organismo que puede ser triturado y de cada pedazo surgir un nuevo ejemplar. Posee una memoria estructural que le permite dar forma a su nuevo cuerpo gracias a un patrón heredado del esqueleto. Aun cuando la quieran eliminar, por cada cabeza que le corten surgen dos nuevas en forma instantánea, lo único que podría eliminarla es el corte de su cabeza principal con una espada de oro. Esta fue una de las hazañas de Hércules, con la espada de oro que le entrego Hera. Este atributo la hace inmortal.
Lavalle se erigió como el elegido, se pensó el mesías elegido para defender los intereses del gran pueblo, como el héroe sin corazón en defensa de la república. No previó que el pueblo argentino no deseaba el latrocinio, ni que esa acción irreparable lo atormentaría toda su vida ni q la muerte del coronel tendría el efecto contrario al buscado.
La transpolación fue tal que, no contento con ordenar el fusilamiento y ejecutarlo, ordenó se le corte la cabeza y se le destruya el rostro, la destrucción total de la identidad de Dorrego y presumiblemente sus ideas.
Dos días después del latrocinio el coronel Lamadrid visitó a Ángela y le contó los hechos por haberlos presenciado. Las balas tronaron en la cabeza de Ángela, algo cruje en su pecho. 
Imagina a Manuel entregando a Lamadrid la chaqueta que le bordara con alegría las noches de espera  “… para que la tenga en recuerdo de su desdichado esposo…”,  lo ve abrazando cordialmente a Lamadrid en los últimos minutos, calzándose una chaqueta prestada “… para morir dignamente…”, una vez que se sacó los tiradores bordados por Isabel para enviárselos, escucha cuando pide los últimos sacramentos y recomienda a su primo el religioso Juan José Castañer ,”… diles que sean católicos y virtuosas que esa religión es la que me sostiene en este momento… “. Lo ve apoyarse en el paredón y recibir la carga de metralleta y caer, pero no puede imaginarse el sablazo que le arranca la cabeza y los golpes del fusil que le destrozan la cara y rompen el cráneo en pedazos. Una cruz de ñandubay marcará el lugar del fusilamiento.
Isabel recibirá los tiradores que había bordado para su padre con una esquela “Mi querida Isabel, te devuelvo los tiradores que hiciste a tu infortunado padre”. Nunca se repondrá. Cada 13 de diciembre recibirá en la casona que es el hogar de sus padres. Los criados servirán bebidas y tentempiés y minutos antes del fin de la reunión, un mozo recorrerá la sala con una gran bandeja de plata en la que, sobre un plato de porcelana blanca, se portará una cabeza de gallo chorreando sangre, acompasada por la voz de Isabel: “, es la cabeza de Juan Galo Lavalle…”
Ángela y sus hijas vivirán en la indigencia, deberán trabajar en el taller de uniformes del ejército y, en alguna oportunidad, prestarán servicio doméstico, hasta el año 1847 cuando Rosas reconocerá las campañas militares de Manuel Dorrego.
Murió Dorrego ignorando las causas de su muerte y vivió sabiendo a qué ponía el pecho, pensará la tropa. La muerte de Manuel se hará cielito en las pulperías; las últimas cartas a Ángela, Isabel y Angelita se recitarán de memoria en los campos de batalla durante largo tiempo. 

Cielito cielo nublado
Por la muerte de Dorrego,
Enlútense las provincias,
Lloren cantando este cielo

Cielo mi cielito triste
A Dorrego lo mataron
Ya estamos viendo su poncho 
teñido de colorado

Matilde de Romedi -- Santos

(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
No dejes que se muera el Sol,
sin que hayan muerto tus rencores

Gandhi

¡Buenos días, Santos! Sé muy bien que no te gusta que te moleste a estas horas, pero es que anda por aquí, otra vez, esa mujer preguntando por vos. Le tendrías que dar una oportunidad, quizá te quiera contar algo importante.
Vos decís que ya sabés todo lo que pasó o, al menos, lo que vos creés, que pasó. Pero ella está vieja, llora y suplica por verte. Por más que cuentes lo mucho que lloraste en tus tiempos, deberías oírla.
Además, vos también estás grande y ella tendrá diez o quince años más.
Sus cabellos están canos y sus manos son débiles y gastadas, se ve que pasó por mucho dolor.
¡No grités! Que no soy sorda, para mí que debe ser alguien de tu familia... ¿Cómo de qué familia? Andá a saber; por ahí, es una hermana o alguna que te vio en el orfanato que te criaron. Eras un bebé cuando te abandonaron y estás lleno de rencor.
Además, doña Renata que te crió como una verdadera madre nunca te mintió. Yo estaba el día que te contó que eras un criado y cómo ella te sacó del convento. Seguro las monjas sabrían bien la historia. 
Negando todo no vas a borrar la verdad. Rosa se llama, quiere verte y quién te dice te traiga buenas noticias...
¿La viste alguna vez? Es chiquita, flaca, puro huesos.
Decí la verdad, ¿tenés miedo de qué ella sea algo más? ¿Es acaso que el corazón se te agita cuando la nombro? Bajás la cabeza y no querés hablar. 
¡Vamos, Santos! No te apichonés, que sabés muy bien cuanto te quiero, hay cosas que llegan al alma, aunque te pongas mil corazas.
¿Qué pasó esos días que te fuiste del pueblo?  ¿a dónde fuiste? Recuerdo que volviste cabizbajo y no querías hablar... justo como ahora. 
¿Qué te contaron las monjas? Fue sor Rosario la que te entregó a la doña. Es cuestión de atar cabos y vos con tus silencios, no hacés más que darlos, por cierto.
El tiempo ayuda amigo, naciste en tiempo de guerra, andá a saber cuántos Santos andan rodando por el mundo. Pero con vos fue distinto; Doña Renata, la solterona del pueblo te quiso tanto que fuiste su refugio. Gracias a vos se sintió útil y te dejó una casa y oficio. No te cerrés Santos. No te creas capaz de juzgar a las otras criaturas, tomá esta chance que te da la vida. 
No repitas la historia, pensá, ¿por qué a la Juanita se la llevaron del pueblo y no sabemos dónde está? Solo sabemos que te amaba, que se amaban los dos y un día los padres se la llevaron, dicen, que a Tucumán y jamás volvimos a verla, ni supimos por qué.
Pensá cuántas historias, lindas, feas, tristes hay. Cómo si la vida fuera una ruleta y la suerte, una bendición. Sí, pero hay una, una sola, no todos pueden ser felices. 
Escuchá a Rosa, no sos Dios, sino un pecador más, después pensá. 
Pensá bien lo que hiciste y lo que vas a hacer.
Pase Doña Rosa, el Santos la quiere ver.

Nicolás Antonio -- Personas que exasperan

 (Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)


Apenas había anochecido cuando llegué a casa y, casi por inercia, abrí la heladera para sacar una cerveza. La destapé, y me quedé pensando. ¡Cómo me molesta la gente que corre con las manos en los bolsillos! Tomé el primer trago. No es que me enoje de la nada con estos seres poco convencionales, sino que en el camino de vuelta tuve la desgracia de toparme con uno de ellos. Para más, no sólo se dignó a cometer tal aberración, sino que encima lo hizo para cruzar la calle. Volví a empinar la botella y la temperatura estaba ideal: bien helada como para que ayude a calmar mis revoluciones. ¿Qué se te tiene que cruzar por la cabeza para apurar el ritmo de tus pasos sin sacar las manos de su escondite? Es una imagen digna de una potencial víctima de bullying, si la misma se reprodujera en el patio de un colegio primario. Pero, cuando el autor es un sujeto de unos veintitantos, resulta un poco más preocupante. Bebí otro trago. Lo pienso. Para correr con las manos en los bolsillos a cierta edad tenés que haber atravesado otra etapa de tu vida en la que nadie te haya advertido que, lo más probable, es que tu frente termine raspada en el impacto contra el piso. Algo faltó a lo largo de tu infancia. En concreto faltó un grito: ¡sacate las manos de los bolsillos que te vas a matar boludo! Ahora bien, o ese grito nunca existió o nunca le diste pelota. ¡Qué gente! Tenemos el país que nos merecemos. Mirá si te voy a pedir que votes bien, mientras haya gente que corre con las manos en los bolsillos. Sería bastante injusto. Vuelvo a inclinar la botella y ya se acerca a la mitad. Tendrían que hacerlas más grandes. No hay opción, o te tenés que bajar un litro entero como si fueras un borracho, o si no, tenés estos porrones que dan lástima y se acaban en cinco segundos. Hay muchos seres extraños, pero la idea tampoco es hacer un catálogo. De todas maneras, me resulta bastante novedoso que algunos puedan ser tan distintos a otros. Llego tarde a mi casa y trato de distenderme, pero si en el camino me cruzo con semejante personaje, no hay lugar para el descanso. En vez de ver el resumen de goles de la fecha o las mismas noticias que se repiten sin que me importen, me tengo que quedar pensando que estamos perdidos. Hay gente que corre mal: que no coordina los brazos con las piernas, que no levanta lo suficiente los muslos o que deja las manos rígidas contra el torso; pero guardarte las manos en los bolsillos…eso sí que es indignante. Entiendo que hay mejores y peores, pero éstos se esfuerzan; y, encima, no deben ser pocos. Lo importante es que no se multipliquen. Imaginen una sociedad llena de estos tipos, cuyo único objetivo es colmar nuestra paciencia. No se puede negar que incluso hay deportistas cuyos movimientos son un tanto incómodos cuando uno los ve avanzar: Messi agacha bastante la cabeza, Ginobilli deja caer las manos como dos péndulos al costado de su cuerpo y mi sobrino de ocho años, que no se puede comparar con estos dos, da pasos cortos uno seguido al otro, sin aprovechar la zancada y avanzar más rápido; pero lo cierto es que ninguno, pero ninguno de todos ellos se atrevería a guardar sus manos en los bolsillos. Otro trago largo, que deja apenas un fondo en el pequeño porrón color marrón oscuro. Habría que erradicar a estos sujetos. Hacerles una prueba. Hacernos una prueba. Todos; dos minutos corriendo en una cinta. No niego que ante tal experimento puedan surgir ganas de despachar algún otro de los que mencionamos antes, pero por lo pronto hay que empezar con algo. Nuestro destino como sociedad peligra mientras las calles se vean transitadas por personas que, ante el mínimo apuro, agarren velocidad sin pensar primero en que sus manos deben estar libres. ¡Por favor! A veces me dicen que soy terco, pero esto es obvio; la mayoría piensa como yo. ¡Me exaspera! No es este el mundo que le queremos dejar a nuestros hijos, ¡claro que no! Imaginemos que distinta hubiera sido la historia si alguien se hubiera opuesto a los grandes poderosos, porque ellos iniciaron sus acciones pasando desapercibidos, y de un día para el otro dominaron la ideología a nivel mundial, las costumbres, los gustos, todo. Así están iniciándose estos sujetos que pasan inadvertidos; uno no los ve, o piensa pobres engendros, pero mañana serán presidentes, líderes, modelos a seguir y, nosotros vamos a ser los extraños en un mundo en donde correr como corresponde sea cuestionar todo lo que se encuentra vigente. Inclino la botella, y la cerveza como mi paciencia se agotan dejando el recipiente vacío.


Jesica Delgado -- Aterrizaje

(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)


La puerta está abierta, la cortina que la cubre se mueve apenas con el viento y ella pispea la calle. Hace rato que no pasa nadie, sólo los perros cruzan, toman agua de la zanja y se echan en el pasto, a la sombra de los árboles de la cuadra. Cuando baje el sol saldrá arrastrando una silla al patio y esperará sentada el paso de la avioneta. De casualidad los miró la primera vez; se había levantado de un tirón sacudiéndose la cabeza, separándose el pelo con los dedos para sacarse una avispa enredada. El zumbido se detuvo rápido, pero siguió manoteando el aire por si acaso. Descorrió las manos de la cara y vio a los paracaidistas cayendo del cielo naranja. 

El ventilador le da de frente, toma un sorbo grande de agua y saca uno de los hielos que se achican en el vaso. Se lo frota por el cuello y las mejillas y tira el cubito al piso de cemento. La refresca un poco, pero después vuelve a sentir el aire pesado, denso, sentada como está, con las piernas estiradas sobre una silla, bajo las chapas calientes del comedor. Esa vez, cuando las tres siluetas ondularon sus globos fosforescentes en el cielo y desaparecieron detrás de los eucaliptos, se preguntó adónde habrían caído, cómo fue que tocaron la tierra.

Los que pasan miran también, de refilón o volteando la cabeza. Eso siente cada vez que escucha las pisadas sobre el ripio. Seguro que la tienen de vista; pero si ella los viera de camino, no sabría decir quiénes son. Se rasca la panza y ve una marca surgiendo en la piel tirante, una línea oscura que desciende por el ombligo. Le dijeron que no se rasque, que así le iban a salir más y que después se convertirían en gruesas cicatrices blancas. Que es porque va a salir con mucho pelo, dijeron también.


A Inés una pelusa clarita le rodeaba la cabeza a los cinco días de nacida, la primera vez que la vio. Es que doña Clara no quería estar sola con una beba en una casa tan grande y le dijo, yo te pago y vos me venís a ayudar. Pero nunca había mucho para hacer, alcanzaba con una limpieza profunda un día a la semana y después repasar. La beba casi no lloraba, tan rápido se acostumbró a ella. Al terminar la semana, en una bolsa metía huevos, harina, azúcar, manzanas, naranjas, leche, manteca a veces. Llevá esto a tu mamá, decía poniéndole la plata en la mano.

Anochecía cuando llegaba a su casa, si no estaba muy oscuro cortaba camino por el monte que había detrás. De a poco dejaba de escuchar el paso de los camiones en la ruta y empezaba a sentir el crujido de las hojas bajos sus pies, las abejas revoloteando sobre su cabeza, los pájaros moviendo las ramas. A lo lejos, lo primero que veía era la luz arriba de la puerta alumbrando el cuadrado pelado que la casa tenía adelante. Le barrían las hojas secas, pero nunca creció el pasto ahí, en esa tierra que era la misma de la que brotaron los árboles del monte.

La madre levantaba la bolsa del piso y acomodaba las cosas en la mesa. Ella se sacaba las sandalias sentada en la cama del comedor mientras su sobrino se le acercaba gateando. Al rato empezaba el ruido de los platos y las ollas apilándose en la bacha de la cocina. No te acomodés que te falta esto todavía. La madre le señalaba con la barbilla y se dirigía hacia afuera.   

   

El día que llegó, el barrio le pareció igual. La cuadra era una hilera de casillas de madera y casas con las paredes sin revocar. Al frente, un descampado de altos pastizales y, más al fondo, una fila de eucaliptos ocultaba el aeropuerto que vio cuando pasaron con el auto. Aunque sólo era un terreno alambrado con el pasto amarillento y algunas avionetas con la pintura descascarada, eso era lo único distinto. Deja caer las piernas, el piso está fresco y le alivia la hinchazón de los pies que se extiende hasta los tobillos. Mira las finas venas coloradas apareciendo a través de la piel tostada y hace un chasquido con la lengua.


Bajo el sol del mediodía, caminaba por el costado de la ruta las quince cuadras hasta la casa. Apuraba el paso si alguno se acercaba con el auto y le abría la puerta del acompañante. A él nunca se lo cruzaba porque volvía tarde. Sólo paró un poco cuando la nena era más chiquita, pero desde el principio la dejaba así. La doña nunca decía nada, pero ella le veía las mejillas hinchadas, los dedos gordos marcados en los brazos, las quemaduras del cinturón en las piernas. No se le olvida lo feo que el patrón le pegaba. 


Él le dice que no le va faltar nada, que tiene un terreno cerca del centro y que lo único que hay que hacer es comprar ladrillos y cemento, que acá tiene todo, para qué dejar plata, y cuando tenga tiempo la va a llevar a comprar un vestido suelto porque la panza se pone grande. Hoy temprano, antes de irse, dijo lo mismo que le viene diciendo. Mirá que acá todos me conocen. Con quién te hablás, si salís, quién entra. Todo me van a contar. Se para despacio, igual se marea, quiere vomitar. Alguien pasa por la calle, pero la cortina no se mueve y ella no se va asomar.


Esa vez estuvo en la pieza todo el día, ni un ruido hacía. A la tarde, cuando le faltaba poco para irse y preparaba una mamadera, escuchó que abrió la puerta. De reojo la vio agacharse para besar a su hija que se tambaleaba agarrada de un sillón. Después se puso a su lado. Este me va a matar. Yo me vuelvo a Buenos Aires. Vos le tenés que pedir permiso a tu mamá. Si querés, te venís conmigo. Miró a doña Clara y le pareció que tenía los ojos más verdes que nunca. Bueno, dijo. Y no le salió nada más.

Mi patrona tiene un trabajo para vos, le dijo un día su mamá. Ella venía cuidando a alguno de los hijos de sus vecinos o haciendo los mandados si alguien le pedía. Por plata o mercadería. Daba lo mismo porque en la casa ya eran muchos con sus hermanos y sus dos sobrinos. Su hermana mayor los dejó cuando decidió que era mejor ir al centro a trabajar con cama y verlos los fines de semana. Al principio, cada sábado aparecía a la tarde y se iba al día siguiente. Pero dejó de venir cuando consiguió trabajo en otra provincia. 

La panza de la doña era un bulto pequeño asomando a través del vestido el día que la conoció.

    

El tiempo habrá pasado muy rápido cuando tenga un hijo a los dieciséis años. Corre la cortina y nota que el sol está bajando. Aunque la picazón le arde, no puede parar de rascarse y hasta darse golpes en el vientre duro. Sí, el tiempo pasó muy rápido desde que lo conoció para estar ahora sola en el comedor de esta casa. No sabe por qué le hizo caso, si con ella estaba bien. Cuando llegaron se acomodaron en un departamento que tenía una sola cama y ahí dormían las tres hasta que doña Clara consiguió más muebles. Si alguien le preguntara, de ella nunca podría decir nada malo. Pero es difícil pensar en todo esto y entonces piensa en otras cosas.

Sale y deja la silla en el camino. Sólo las nubes se mueven en el cielo. No escucha el ruido de la avioneta, pero está convencida de que hoy caerán cuatro, como el domingo pasado. Acomoda la silla contra una pared de la casa y se sienta descalza cruzando las piernas, metiéndose el pasto entre los dedos. Todavía le gustaría verlos cuando aterricen.


27/11/2016

A Ella no la culpo

José Agustín Barragán / Taller de narrativa


  Llega el tren y mientras lo veo detenerse en la estación, pienso en las cosas que hice: gente a la que defraudé, que me quiso pero ya no más; todo, en breve minutos, hace de mí día vaya de mal en peor.
  Se detiene y se abren las puertas. De a adentro sale gente, mucha gente. De todos los que salen no conozco a ninguno, y ellos, menos me conocen a mí; mejor que siga así, no querrán ser defraudados.
  Termina de salir la mayoría de la gente. Entro y me siento. Los bancos son incomodos y están desteñidos, pero no me importa; a decir verdad, pocas cosas me importan, quizás, lo que más me importa en este mundo es ella. Sí, Ella ¿No me crees? Pues es una lástima, porque es la verdad; es más, Ella está en el tren y no me ve a la cara, no quiere verme, me odia y no la culpo.
  El tren inicia la marcha y me acomodo, saco mi celular, conecto los auriculares y pongo algo de música; la música no debería relajarme, pero lo hace; es muy raro ¿Quién se puede relajar cuando escucha algo del estilo de Metallica? Si logras responderme te estaré muy agradecido. Luego la miro a Ella, y Ella, indignada, se levanta y va a otro vagón; no sé por qué, pero yo también me levantó y la sigo. Yo sé que no quiere que la siga, me detesta, me odia, al verme enferma de rabia, y no la culpo… pero igual voy.
  Ella empieza a correr cuando ve que la sigo. Voy pasando por todos los vagones hasta llegar al final del tren y, mientras los paso, revivo todos los pecados que cometí contra Ella; una infinita sucesión de eventos que me veo obligado a repetir: cuando la conocí, cuando le hablé por primera vez, el primer rechazo, el segundo, incluso cuando la seguí. Todo, absolutamente todo.
  En el último vagón, Ella tropieza y yo quedo a sus pies, observando y contemplando su belleza, su inmensa belleza, que deja a todos sin palabras. Fuerzo la vista y me doy cuenta: está llorando, me tiene miedo y no la culpo. Llora y llora; su cuerpo comienza a temblar cuando me ve fijo a los ojos. Mi manera de ser provocó todo esto y lo sé muy bien, pero aun así, todo sigue. A Ella no la culpo. A Ella no quiero culparla ¿Por qué habría de hacerlo? Si Ella no tiene la culpa.
  Entonces… todo se hace oscuro y nada veo.

  Pero una tenue luz vuelve a iluminar el tren y Ella no está. Ella se fue. Me veo obligado a regresar por donde vine. A paso lento y melancólico vuelvo a pasar por la infinita sucesión de eventos, solo que ahora, ya no refleja mis pecados, no; ahora solo refleja una foto, una foto de hace mucho tiempo: estamos nosotros, Ella y yo, y no vemos felices.
  Luego me voy, sin mostrarme indiferente a lo que se me muestra, hasta que llego al vagón en el que Ella estuvo sentada. Me acerco a su asiento y allí me quedo. Encuentro algo que me resulta muy familiar. Demasiado, quizás.
  Un sobre; tiene un nombre ¿Pero acaso importa? Yo sé cuál nombre lleva, tú lo sabes… todos lo sabemos: es el de Ella. Dentro hay dos cosas: una carta. Carta que contiene palabras bonitas y verdades cargadas de una sinceridad que nadie jamás ha podido igualar; lo otro que hay es una foto, nuestra foto.

  Al final, la carta y la foto es lo único que de Ella me queda; lo único a lo que aferrarme. Lo único a lo que podía aferrarme.

Formalidad en Azul

JD Rodríguez / Taller de narrativa

   Por la mañana te despertaste como cualquier otro día, te estiraste un rato en la cama y te pediste a vos mismo otros cinco minutos, te los concediste; pero cinco se convirtieron en treinta. Al despertar de nuevo, contento de haber vuelto a enganchar el sueño que habías tenido antes, te levantaste instantáneamente. Pensaste que los domingos no estaban nada mal; pero que ojalá Andrea no estuviera de viaje. Fuiste al baño, orinaste y pensaste que no, que sí estaba bien que Andrea estuviera de viaje; ya era hora de que tuvieras unos cuantos días para vos solo. Te pusiste frente al espejo, te cepillaste los dientes durante tres minutos y te pasaste el hilo dental durante otro. Yo eso nunca te lo he entendido, te cepillás los dientes durante tres minutos, con cuidado, con mucho cuidado, tratando de no dejar ninguno desahuciado, después agarrás el hilo y lo hacés pasar entre diente y diente, y diente y canino, y canino y muela, y qué se yo; como si estuvieras limpiando un ídolo neolítico, de quién sabe qué dios pagano, que necesitase esa limpieza tan profunda y cuidadosa antes de meterse a una vitrina en la frialdad de algún museo; pero después de todo ese ritual, después de todo ese maldito ritual, vos venís y te tomás un café y te fumás un cigarro, eso no está bien hombre, eso es de estar mal de la cabeza. Esta mañana no, esta mañana, después del proceso bucal, fuiste y pusiste la cafetera, caminaste hacia la computadora, que siempre dejás encendida, y pusiste un álbum de Pixies (Surfer Rosa con toda probabilidad) y yo pensé que a la vida siempre había que ponerle un buen soundtrack, nadie se quiere morir con reggaeton de fondo. Tu cafetera es una maravilla, el instante que te tardaste en elegir el álbum y ponerlo, la cafetera lo utilizó para segregar una taza de café negro, bien espeso como te gusta a vos. Volviste a la cocina, ya saboreando el olor en el aire, te serviste una taza, nada de azúcar, viste un pedazo de papel sostenido por un imán en el frente del refrigerador, lo levantaste y leíste durante un minuto y diez segundos. Ahora estás llegando acá y empezás a acelerar, porque todo esto empieza a resultar un tanto extraño. Pensás que todo parece como si alguien te estuviera vigilando; entonces te das la vuelta, bueno, tratás de darte la vuelta; pero antes de lograrlo sentís un dolor punzante desde los riñones hacia arriba y calculo que ya esto no lo leerás jamás, aquí es donde el mundo gotea y estas palabras empiezan a deshacerse en medio de una gran mancha roja y pegajosa; pero también es posible que todo fracase, así que es necesario que yo termine esto, al menos para dejarte saber que ya sé todo y también «lo que te estoy haciendo»/«quisiera haberte hecho». Hace un rato que estás gritando y moviendo las manos sobre tu espalda, con un frenesí que te hace ver como un estúpido, tratando de contener la salida de tus interiores. Te corto las cuerdas vocales y me siento satisfecho por un momento, hasta que noto ese ruido que estás haciendo por el agujero de la garganta, me resulta molesto; así que para callarte te empiezo a hablar y a contarte todo esto; lo de Belén, lo de la pintura, lo irónico que es que al final el suelo lo estés pintando de rojo. Lo siento si se me sale alguna puteada o, peor aún, una escupida en la cara que en este momento se te debe estar retorciendo (debés estar hincado), la verdad es que estoy en un estado muy emocional y calculo que no tengo auto control suficiente. Espero que al menos te esté diciendo las cosas, sé que no te estoy preguntando por qué, porque no me importa, sólo quiero hacerte saber que no soy ningún imbécil y que no entiendo cómo pudiste pensar que no me iba a dar cuenta, especialmente al haber utilizado ese color; odio que la gente se porte de forma condescendiente conmigo, y vos sabés eso. De verdad espero que ardás en el infierno y mirá que yo no creo en esas pendejadas, pero vos hacés que al menos quiera creerlas (y creerlas rojas para que te jodan aún más). Ya estás empezando a perder la conciencia, mientras seguís haciendo ese ruido como de pez fuera del agua; así que supongo que se nos acaba el tiempo. En un momento, cuando estés del todo muerto, no te voy a cerrar los ojos como hacen en las películas, a la mierda tus ojos y a la mierda vos y a la mierda tu color azul y el cigarro que no te lograste fumar. Belén te manda saludos.

Atentamente,

Ignacio.

Micaela Orgeira / Taller de narrativa

VIII
“Alguien ríe,
alguien lloró.
Alguien canta,
alguien amó.”

-¿Y cómo te sentís más allá de hoy, en general?
La imagen de una foto en el fondo de un cajón vacío aparece, flota en su cabeza. Una pregunta que la moviliza y le abre el pecho entre sacudidas.
Recuerda primaveras sentada, acostada en el césped. Leyendo, escribiendo, observando, escuchando, sintiendo. Leyendo palabras a las que no siempre les encontraba sentido. Escribiendo palabras que formaban oraciones que serían textos. Observando el cielo sin comprender su infinidad, maravillándose con ella. Escuchando las hojas de los árboles sacudirse, los pájaros cantar, las personas a su alrededor reír. Sintiendo el pasto hacer cosquillas a su piel desnuda, sus pulmones llenarse con el aroma de la vida, sintiendo su sonrisa ensancharse y, sin embargo, sintiendo un vacío que no supo llenar.
Recuerda veranos en la playa, los fríos dedos de los pies enterrados en la arena caliente por el sol. Observando, escuchando, disfrutando, sintiendo. Observando el sol salir por encima del mar, maravillándose con el cielo teñido con los colores del amanecer. Escuchando las olas romper contra rocas, el bullicio de aquellos que vacacionaban, el concierto de aplausos (consecuencia de algún niño extraviado). Disfrutando del sol en su piel y del frío tacto del agua, encontrando paz (siempre un poco de paz). Sintiendo el viento agitar su corta cabellera, los granos de arena chocar con su cálido cuerpo; sorprendiéndose al notar en un sus hombros unos brazos que la abrazan y, sin embargo, sintiendo un vacío que no supo llenar.
Recuerda otoños. Recuerda ilusiones desvanecerse. Recuerda todo de aquella persona que le mostró lo más lindo de ser y todo aquello que perdió: los bailes pisando sus pies, los cuentos por las noches, las comidas que preparaban los domingos, las películas en días de tormenta, los besos en la frente, el caminar de la mano, los abrazos en todo momento, las miradas cómplices, las sonrisas reparadoras. Y lloró.
Recuerda inviernos, aquel preciso invierno. Y se ve a sí misma siendo observada por alguien que espera una respuesta. Y en la formulación de dicha respuesta recuerda más: lo que tuvo y ya no puede tener, pero sigue teniendo, aquella foto que encontró en el fondo de un cajón vacío, que ahora reposa a un costado de su cama. Recuerda los ojos soñadores de aquella persona que le dio la vida y le mostró lo bello que es vivir.
Y llorando sonríe; y llorando y sonriendo contesta.
-Feliz.

Amor

¿Quién soy en el mundo?
Ese es el gran rompecabezas.

Extiende los brazos y observa sus manos. Mueve sus dedos haciéndolos bailar y ríe. Repite una, dos y tres veces esos movimientos hasta que la risa invade por completo su cuerpo y baja los brazos para abrazarse. Cuando todo paró, los extiende nuevamente pero esta vez presta atención a sus uñas con tierra por haber trabajado en el jardín, y a los pliegues de piel en los nudillos. Piensa en lo mágicas que son, en lo mucho que dan, reciben y transmiten. Sonríe.
Dejando de lado aquella observación, ve aún con las manos extendidas a una persona que mira en su dirección. Entonces sonríe y saluda agitando la manito; la sonrisa y el saludo le son devueltas. La acción se repite una, dos y tres veces. Antes de la cuarta ambas personas se acercan, apoyan frente con frente y lamen la superficie espejada que se encuentra en el medio.
Escucha a su madre gritar su nombre y le sonríe a la persona que le sonríe, mostrando sus seis u ocho dientes, antes de correr en busca de las manos mágicas de su mamá.

Del otro lado, la personita copia a la otra personita con quien jugó hasta ese momento.

Latidos

Lidia Mazza / Taller de narrativa


   Mi infancia fue extraña. Me refiero a que no llevé una vida normal. Yo era diferente a los demás. A los trece años, mis padres me enviaron a la escuela agraria. Salía de casa antes del amanecer y volvía entrada la noche, rendido, solo para dormir y recomenzar la rutina al día siguiente. No teníamos festejos porque la estricta religión que ellos practicaban prohibía las celebraciones, excepto las litúrgicas.
   Al graduarme, impulsé la granja familiar,que lentamentehabía caído en el abandono debido a la prematura muerte de mi padre. El trabajo duro me impedía pensar en la soledad y atenuaba la monotonía. Desarrollé una larga rutina de tareas rurales demoledoras, que enfrentaba como un condenado. Al enviudar, mi madre, se refugió en la religión. Una noche se metió en la cama y no se levantó nunca más.
   La sepulté en una esquina del terreno, junto a la imagen que tanto veneraba, una sencilla estatua de yeso, de unos quince centímetros de altura, representando a una bellísima mujer rubia, vestida con un traje azul y plateado, que llevaba en su mano derecha un corazón sangrante. Sobre la tumba planté un espinillo, que al año estrenó enormes púas y flores bermellón. Sólo después de muchos cuidados logró adquirir un poco de esplendor y de lozanía.
   Así pasaron mis días, hasta que una mañana de primavera advertí un cambio. El jardín se despertó agresivo;  parecía crecer y moverse ante mis ojos y, donde antes no había nada, brotaron largas ramas. Las plantas se desmadraban. Me vi obligado a podar, a recortar los arbustos y a vigilar los canteros, para que no estallaran por la presión de las raíces.
   El espinillo se cubrió de grandes hojas oscuras y puntiagudas terminadas en púas marrones. La planta adquirió una apariencia amenazadora. Advertí que había algo inusual, que resplandecía entre el follaje, pero cuando traté de acercarme para averiguar, desistí porque estuvo a punto de arañarme la cara.   Como un gato enfurecido, el espinillo se movía al compás del viento, defendiendo el secreto entre sus brazos. Enloquecido, a los hachazos, cometí un inconfesable destrozo, pero alcancé el brillante objeto con la punta de los dedos, y advertí su repugnante frialdad.
   En ese momento, una espina atravesó el dorso de mi mano y causò mucho dolor. La sangre empezó a manar al ritmo de los latidos del corazón, como una fuente. Corrí al piletón del patio trasero y me lavé sin soltarlo. Cuando paró de brotar la sangre me detuve a examinarlo y descubrí con sorpresa, que se trataba de la estatua venerada que había enterrado junto a mi madre. Tenía una pequeña parte astillada y filosa a la altura de la nuca por donde podía espiarse su cuerpo hueco de molde de yeso. Solo un prodigio, como el que esa mañana se vivió en el jardín, pudo hacerla aflorar. Me pregunté si la fuerza de las raíces o los brotes poderosos la habrían sacado del encierro al que la sometí o si fue su propia voluntad la que la rescató del olvido.
   ¡Si tan solo me hubiera dado cuenta a tiempo!
   La devolví a su altar doméstico, ubicado sobre el aparador del comedor y traté de acomodarla para que no se viera su cabeza rota.
   Casi anochecía cuando el jardín pareció aquietarse y pude sentarme a descansar debajo del parral pero sin que hubiera realizado ningún movimiento que lo justificara, mi herida volvió a sangrar. Decidí recurrir a la botella de alcohol fino que guardaba en la parte baja del aparador.    Al pasar frente a la estatua, respondiendo a un impulso, la tomé entre mis manos. Algunas gotas de sangre la salpicaron y resbalaron por el hueco de su cabeza rota hasta perderse en el interior. Mi herida se cerró.
   A la mañana siguiente, cuando estaba podando el limonero, volví a sangrar y se dibujó sobre mi brazo un río rojo y caliente. Seguramente la lesión era más grave de lo que había creído en un primer momento y abandoné las tijeras para ir a casa a buscar vendas. Al pasar cerca de la imagen, otra vez sentí el llamado y el impulso de levantarla con la mano ensangrentada y la herida volvió a cerrarse.
   A partir de ese día respondí fielmente a cada uno de sus llamados. La obedecía, y si bien no niego que alguna vez traté de ignorarla, también es cierto que casi muero desangrado cuando no le respondí. Ella era muy exigente y vengativa.
   Mi salud comenzó a deteriorarse, poco a poco me fui debilitando igual que mis padres, perdí mi voluntad entregándome a los caprichos de la estatua. Dejé de alimentarme y abandoné el cuidado de la granja.
   Una mañana tropecé y caí sobre la tumba de mi madre, incapaz de moverme allí me quedé esperando el final. No sé cuánto tiempo pasó, pero tuve suerte porque me encontró el vecino cuando vino a pedirme el hacha. Alarmado por mi estado, me ayudó a entrar a casa e insistió en llamar a la ambulancia. En ese momento, la vio.
¡Hermosa estatua! —me dijo mientras la alzaba, y yo, cobarde en un acto de egoísmo inconfesable, con el hilo de vida que aún me quedaba, se la regalé.

  Alcancé a despedirme antes de que me subieran a la ambulancia. Ella sobresalía apenas del bolsillo superior de la chaqueta de mi vecino; él me saludó con la mano izquierda porque se había hecho un feo corte en la otra, de la cual brotaba sangre, roja y caliente, como una fuente, al ritmo de los latidos del corazón.

Pasamanos

J.C. Mártires / Taller de narrativa


   La vida es sólo ilusión, una conmoción fotográfica mental donde todo pasa: pasan los soles, las lunas; pasan las modas, los modelos, las canciones, los silencios. Pasan las mentiras, los juramentos, las promesas, las elecciones. Pasan los decentes, los ladrones. Pasan los rezos, las religiones, los esclavos, los señores, los santos, los pecadores. Pasa la ropa, nos llueve la falopa. Pasa todo, todo pasa. ¿Y qué nos pasa? Pasa el tren del tiempo del que somos circunstanciales pasajeros. Y, al final, nos damos cuenta que la felicidad no es una estación, tampoco una receta; es simplemente una forma de viajar.

Perfume de jazmín

Carlos Mairal / Taller de narrativa


   Juan se radicó en Mar del Plata. En los últimos años la posibilidad de mudarse a esa ciudad se había convertido en una pequeña meta. Solía decir que el progreso y la felicidad se basaban justamente en el logro de los propósitos realizables. La libertad, brindada por su soltería y por la recién estrenada jubilación, le facilitó la radicación en una ciudad chica respecto de Buenos Aires pero con mar. Estaba feliz o por lo menos tranquilo con la decisión tomada. El departamento de dos ambientes al frente de la Plaza España en el barrio de La Perla le otorgaba, desde el quinto piso, una visión única del horizonte sin límite. Y era suyo para siempre; en ese sentido no dudo en sacrificar su piso amplio y oscuro de Almagro por este paraíso reducido por dentro e interminable por fuera. Hasta el balcón formaba parte de ese cielo marítimo que siempre añoro.
En lo sentimental estrenaba una nueva relación con Patricia, una divorciada demasiado joven para él, porque los 24 años de diferencia entre los 42 de ella y los 66 de él, marcaban una distancia difícil de sostener. Lo concreto era que, a sólo dos meses de conocerla, ie propuso que alternara su vida porteña con visitas periódicas a Mar del Plata, incluso a su costo. Ella no tenía un trabajo fijo y se dedicaba erráticamente a la confección de artesanías. A su vez su hija Malena, con sus flamantes 20 años, vivía para el estudio y optaba por la seguridad que le brindaba el padre, con el que compartía la mayor parte de su tiempo. Esta ausencia le otorgaba a Patricia mayor libertad y Juan necesitaba su compañía, en particular para afincarse en una ciudad desconocida. Ya habría tiempo para desalentarla a Patricia y conseguir algo mejor, entendido esto como alguna más joven si la rutina con ella lo hastiaba, o buscar una mujer de su edad si las enfermedades asomaban en su vida. Era un ermitaño seductor mantenido en buen estado por una vida sin excesos. Había estado enamorado, pero ese amor formaba parte de una historia tan vieja e irrepetible que era mejor sepultar. Fue a los 21 años, con la mayoría de edad de la época, cuando comenzó en el Banco Nación el largo camino a la jubilación, y Alicia lo marcó a fuego desde el primer día. Morocha, simpática, sensual, inteligente y de su misma edad, pero casada. Detalle este último que la convertía, para los cánones de Juan, en inaccesible. Compartieron solo un año en el que circulaba un fuego secreto e inexplicable en sus miradas. Nunca se pudo recuperar de esa herida y cerró la cicatriz de tal manera que no se preocupó en conocer el destino de Alicia después de ese año en que fue transferida al interior cuando su esposo, estudiante de medicina, se recibió y decidieron probar suerte en otra provincia. De algo estaba seguro: Alicia estaba tan enamorada de él como él de ella, en un silencio cómplice y amordazado. Cuando los compañeros de la oficina le hicieron a ella la despedida, él se quedó con tres marcas inolvidables: el beso húmedo que le dio en la mejilla, su mano tomando la de ella como para nunca más soltarla y el perfume de jazmín imborrable de su cuello. Y con eso le alcanzó durante los años posteriores, no necesitaba más. Fue un amor único y suficiente para mantener una llama que nunca se apagó.
   Lo concreto fue que, después de una primera visita apasionada, Patricia Martínez se anunció para el fin de semana largo de octubre con su hija y su madre viuda, aclarándole a Juan que la abuela y la nieta se hospedarían en el Hotel República. Para tranquilidad de Juan, le comentó que sabían del inicio de una relación con esperanza de estable, y a la que ella cuidaba sin dar datos para preservar a la pareja. Por lo tanto el viaje se hacía en esas condiciones con actividades independientes de la abuela y la nieta por un lado y de Patricia por otro. Estaban por ahora bien solos y no era cuestión de arriesgar el "carpe diem".

   El sábado había transcurrido con normalidad. Tomaban el café posterior a la cena en "Zafarrancho", en pleno centro marplatense, hasta que se produjo lo impensado. Por el pasillo lateral en el que se accede a los distintos sectores y a las mesas, venían caminando la abuela y la nieta.
   Juan fijó la mirada en esa mujer añosa que precedía a la joven y descubrió que se trataba de aquella morocha, simpática, sensual, inteligente y de su misma edad que alguna vez se había ido al interior del país con los mutuos deseos inconclusos. Sus ojos veían a la misma mujer que en una despedida laboral se llevó aquel beso en la mejilla y el calor compartido de la mano dócil. No notaba el paso del tiempo en ese rostro y en ese cuerpo gastado por la vida.
Ella lo reconoció al instante, y sus miradas volvieron a comunicarse como si nunca hubiesen dejado de hacerlo. Ante lo inevitable de las presentaciones, Patricia se adelantó y dijo:
—Te presento a mi hija Malena y a mi madre Alicia Alanís, viuda de Martínez, como ella suele presentarse, y... en este rincón... simplemente mi querido Juan —lo dijo de forma jocosa con la intención de aliviar la tensión que el encuentro inesperado podía generar.
   Juan se levantó con una rara percepción de gozo por el reencuentro e incomodidad inevitable, y se presentó formalmente:
—Me llamo Juan Alberto Henriken y es un placer conocerlas —mintió con la esperanza de evitarle a Alicia algún tipo de explicación incómoda - y continuó -No sabía que tenías una hija y una madre tan bellas, debí suponerlo.
— Sí, Malena es hermosa, y en cuanto a mamá, siempre conservó ese aire de mujer distinguida. Así que... para una primera presentación y teniendo en cuenta que ya terminamos el café, no quiero forzar una situación de diálogo protocolar innecesario.   Por eso Male,  Mami,  Juan,  si quieren  hacer algún comentario antes de irnos, este el momento.
— Hija no lo incomodes a Juan, no soy un monstruo y si lo elegiste debe ser sin duda un gran hombre.
—No, por favor... Alicia es su nombre ¿no? —continuó con la omisión—. Soy solo un hombre viejo, solitario y que quiere la felicidad de su hija, aunque no estoy seguro que para ella sea yo la elección correcta. El amor pasa pocas veces en la vida, en mi caso dos, y no siempre uno está en el lugar correcto para abordarlo. ¿Nos vamos Patricia?
—Discúlpeme, Juan —intervino Alicia—: ¿según usted afirma el amor pasó solo dos veces en su vida?
— Sí, y lo trágico es que tuve que dejarlo pasar y quedé las dos veces en el mismo lugar de la resignación. En fin, son reflexiones sin importancia de un jubilado melancólico y solterón.

  Al finalizar el comentario, se acercó a Malena y con un beso de despedida le rozó la mejilla.  Al acercar su rostro al de esa mujer que amo durante toda su vida cerró por un instante los ojos y aspiró el mismo perfume de jazmín que jamás pudo olvidar.