(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
Nicolás Guillén, Páginas vueltas.
Este blog pertenece al Área de Letras de la Escuela Taller Municipal de Arte de la ciudad de La Plata (Buenos Aires, Argentina), para la difusión de sus actividades y de la producción escrita de alumnos y ex alumnos, como muestra permanente.
(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
Nicolás Guillén, Páginas vueltas.
(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
Adelina abrió despacio los ojos y trató de enderezarse, hundida en el colchón del catre que rechinaba. No se acostumbraba y le dolía la espalda, pese a que dormía allí desde que habían llegado. Su tía Pascuala, que estaba en el país desde unos años antes, les prestaba una pieza. Su marido Luiggi se había empleado como empedrador para las calles de esa ciudad que había nacido hace tan poco y con esa idea se habían embarcado en el Navarre, en el puerto de Nápoles, hacía ya casi un año, en octubre de 1882. Al menos aquí había trabajo, y mucho.
Desde entonces iba avanzando con su lista mental de lo que quería lograr: había aprendido a manejarse bastante con el idioma, se acostumbraba a vivir en esa ciudad tan plana y cercana al río, no debía extrañar las montañas verdes del pueblo de sus primeros años y debía conseguir su propia casa para vivir. Lo pensó mejor y agregó en un lugar importante de la lista un catre más blando.
Con respecto a la vivienda estaban pagando de a poco un terrenito cercano y en los tiempos libres Luiggi avanzaba en el armado de la futura casita. La construía con chapas descartadas de los barcos, que conseguía en el puerto gracias a un cuidador conocido; las trasladaba después hasta allí con el carro. En el fondo ya había plantado unas verduras y construido un gallinero para albergar dos batarazas. Todo esto ayudaba para subsistir, pero siempre había contratiempos que dificultaban avanzar un poco más allá para completar la lista. Y una de las cosas que más le preocupaba era poder extraer su propia agua para consumir, ya que siempre se posponía para una mejor ocasión. Y por eso todo el día era una sucesión de baldes que iban y venían desde la casa de la tía.
Mientras pensaba eso se enjuagó la cara en el fuentón y miró a su marido, sentado en la cama en camiseta. Pensó en la lata donde ponía los pocos pesos que juntaba, cuando podía juntar, a fuerza de coser y lavar ropa ajena. Creyó que ya era tiempo de intentarlo. ¿Y si Luiggi hablaba con su paisano Mario que era pocero y usaban ese dinero para la excavación? Él sacudió un poco la cabeza mientras se acomodaba los tiradores. Adelina se quedó contenta; era lo más parecido a una afirmación que solía emitir su marido. Al menos no se había negado.
Efectivamente, al otro día le confirmó que iba a ir Mario a ver el trabajo. Ella se vistió con su vestido azul para dar una buena impresión y se cambió el delantal de todos los días por uno que le cubría toda la falda hasta el borde del tobillo y con una pechera con puntillas. Se recogió el cabello en un rodete bien tirante, se calzó el chal de lana y se fue hasta el terreno a esperar a Mario, porque Luiggi tenía que ir a trabajar.
Cuando lo vio llegar le llamó bastante la atención. Mario bajó de su caballo despacito dejando ver su pantalón marrón con tiradores y una camisa que alguna vez fue blanca, con un pañuelito rojo al cuello por todo abrigo. Por detrás aparecía su ayudante, un muchachito flaquísimo cuyos pantalones se sostenían con una soga atada a la cintura y un rostro que no veía el agua hacía tiempo. Ella le mostró el lugar y lo dejó trabajando para volver a la casa a preparar el almuerzo para Luiggi. Cada tanto, sin embargo, se daba una vuelta para espiar y así pudo ver cómo, de a poco, iba apareciendo el trípode de madera con el balde colgado, la pala y el pico que subían y bajaban ahondando el hueco que se alejaba de la superficie del terreno. Luiggi también pasaba al volver del trabajo, se quedaba un rato hablando con Mario y lo ayudaba a retirar el balde, cuando el chico avisaba desde adentro que ya estaba lleno.
Uno de esos mediodías, al volver para almorzar, a Luiggi se le ocurrió acercarse y ofrecerle a Mario si lo quería acompañar a tomar algo a lo de Vargas. Mario aceptó y dejó a su ayudante comiendo a la sombra encargado de cuidar sus herramientas para seguir después a la tarde. Y allá se fueron los dos, caminando por la huella de tierra, hasta la puerta del boliche. Al llegar, apoyados ambos en la barra de estaño, Mario contó con nostalgia que hacía mucho que no iba a lugares como ese porque su mujer lo tenía cortito, pero que a él le encantaba tomar el suissé. Luiggi con una mirada cómplice lo invitó a probar uno. Y Vargas apareció al rato con dos faroles de ese líquido verde lechoso que con ganas se pusieron a tomar. Hablaron un rato, recordando su paese y volvieron, Luiggi a dormir su siesta y Mario a la excavación. Al llegar se encontró con su ayudante tirado en el piso, agarrado fuerte a su panza con cara de dolor. Entendió que a la tarde iba a ser él quien bajaría y el otro, el ayudante desde arriba.
El agujero debía tener poco más de un metro de ancho y ya iba por los tres metros de hondo, así que no era tan fácil bajar. Mario fue descendiendo de a poco y al llegar al fondo agarró la pala y comenzó. El ritmo de la paleada llenaba el balde con la tierra que sobraba y al completarlo, pegaba el grito para que el ayudante, sin soltar su panza doliente, diera vuelta a la polea para izarlo y vaciarlo. El segundo balde vacío iba bajando cuando Mario comenzó a sentir sensaciones raras: su cabeza no parecía estar quieta en su sitio, el piso semejaba arena movediza y la pala no se quería mover. Pensó en subir, pero sus miembros no le respondían, agarrado a la soga pedía al chico que lo suba; pero éste, todavía dolorido, no tenía la fuerza para lograrlo. Mario se sentía cada vez peor y la falta de aire en el hueco no ayudaba.
Mientras tanto, en la pieza, Luiggi remoloneaba para levantarse. Abría los ojos despacio cuando sintió que Adelina lo llamaba desesperada. ¡El chico del pocero, el chico del pocero! ¡Dice que Mario está abajo y grita que se muere! Luiggi salió despedido para el terreno, para escuchar desde lejos un grito opacado ¡Luiiiiggi, … muooooio! Se arrimó al borde para ver la escena que no imaginaba. Aferrado a las paredes del hueco, Mario, más verde que el pasto de alrededor, movía la cabeza y gritaba que lo ayuden. Comenzó a tirar de la cuerda y al rato llegó Adelina con el chico; entre los tres pudieron arrastrar a Mario afuera y dejarlo tirado a un costado, firme sobre el piso, aunque él siguiera sintiendo que el mundo se movía demasiado. Y allí quedó. El chico subió al caballo y partió para buscar a la mujer de Mario que llegó al rato, hecha una fiera. El pobre Mario seguía sin reaccionar pese a las cachetadas que recibía y entre todos lo subieron al caballo y la doña se lo llevó a la rastra.
Si bien al otro día lo esperaron, Mario no volvió. A media mañana solo apareció el chico, a disculparse de su parte, diciendo que la mujer no paraba de protestar y de jurar que allí no iba a volver nunca más, porque esa gente era muy mala compañía.
Luiggi fue a su trabajo. Adelina llevó, como todos los días, dos baldes repletos de agua para el terreno desde la casa de su tía. Los dejó a la sombra y, mientras pensaba en lo que había pasado, se asomó al hueco sin terminar sintiendo una sensación rara, como si la atrajera. Se enderezó rápido, mientras en su mente avanzaba con una nueva lista: Habría que taparlo con unas maderas, habría que evitar que alguien se cayera adentro, habría que seguir en la pieza un tiempo más, habría que seguir esperando.
(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
Agonizar: del latín agonizare. Se puede traducir como “combatir”.
Hace días que escucho el pitido de la máquina avisándome que estoy viva, hasta que deje de sonar, entonces alguna médica vendrá a apagarlo y llamará a mis papás. Cuando papá y mamá me visitan apenas siento su tacto, sé que me acarician los cachetes y la mano; también sé que me hablan, los escucho opacos, son un murmullo a lo lejos, como si estuvieran en otra dimensión. Las únicas voces que escucho con claridad son las de ellos, mis gusanitos; son la excepción, las que suenan nítidas, claras y firmes. Nos contamos historias, reímos, me dan consejos, me motivan. No solo se deslizan por mis cachetes y manos, me recorren toda, mis sensores se activan, por fin sienten. Nos conocemos bien, hace tiempo estamos juntos; aunque no se presentaron bien la primera vez que nos vimos. Di un mordisco y alejé la vista, ahí estaba uno: moviéndose entre la carne, como en casa, subí la vista, ahí estaba otro: entre la lechuga y el pan. Me saludaban desde mi hamburguesa. Sentí arcadas y corrí al baño, quizá me había tragado alguno sin darme cuenta, pensé. En mi vómito no vi a ninguno, me alivié. Volví a la mesa e intenté comer; frené antes de masticar, a tiempo. Tiré al tacho de basura la hamburguesa y las papas por las dudas. Pensé en hacer algún reclamo, pero me decidí por no comprarles más comida; si había una hamburguesa infectada, por qué no todas. Me fui a dormir con la panza gritando de hambre y en paz, sin gusanos. Tiempo después entendí que mi vómito no significó lo que pensé, la ausencia de gusanos no significaba que no había comido ninguno, de hecho, había comido muchos. De esos chiquititos y blancos con una punta roja, de esos grises y llenos de rayas, de los largos y marrones. Entendí que estaban en todas las comidas, en todas partes; se camuflaban o se dejaban ver, no importaba. Para el momento en que los vi era tarde: ya estaban adentro, reproduciéndose, pegados a las paredes del estómago, del cráneo, de la glotis. Me hablaban, me aconsejaban, eran buena compañía. Me decían que no me preocupe por el frío, era mejor, era que no tenía grasa. Aprendí a ser pura antes de purificarme: era más fácil dejar de comer antes que vomitar. La piel del labio se salía sola, yo solo daba el último tirón; las llagas no me dejaban dar atracones. A veces me encontraba con estorbos, aprendí a saber con quiénes estar; muchas veces éramos nosotros solos. Mamá me obligaba terminar el plato, me obligaba a lanzar. Vomitar empezó a doler, tenía la campanilla inflamada y la garganta ardía, raspaba. Más de una vez me encontré dormida mientras abrazaba al inodoro, cuando los párpados pesaban y no de sueño. Pero ahí estaban ellos, para apoyarme: comé un chicle, hay aliento a ayunas eternas.
Con cada paso que daba creía que podía ser el último, quizá el siguiente podía ser en el aire: pesaríamos lo mismo.
Por fin, me vacío, levito. Un viento fuerte me atraviesa, puedo ver a las hojas que levanta y yo era soy más de ellas. Yo soy. No llegamos igual de alto, ellas van por todas partes y yo apenas veo los primeros pisos de los edificios. Soy de porcelana, fina, suave, limpia, fuerte. La Sacrificio. Mi panza chilla, cada vez más, sonrío, la acaricio; seguimos subiendo. Saludo a los de la terraza, lo estoy haciendo bien. La gravedad ya no influye, la burlo, estoy hecha de aire. Los llamo, salen por mi nariz, posan en mi pecho; les muestro la meta. Nos miramos, sonríen, por primera vez les veo los dientes. Volamos, los llevo a recorrer y tocar las nubes, creíamos que eran suaves, pero son espesas. Debemos esquivar aviones, volamos formando la v con una bandada de pájaros; mis gusanitos miran. Lloramos todos. Floto y cierro los ojos. Tengo un motor en el estómago; no para de hacer ruido, me lleva lejos. Mi apetito es el viento. El hambre es un metro más alto, lo dejo crecer. Me acerco a la estratósfera, el pecho hace fuerza, los pulmones se inflan, no se llenan del todo. Respiro hondo, pero me falta aire; no puedo parar de subir, pero tengo tapones en la nariz. Intento inflar el pecho, rompo una costilla. Ellos gritan; no pueden esconderse acá adentro, ni allá afuera; todo, nos estamos, se está, cayendo. Afuera, en la estratósfera, queda poco oxígeno, lo agarro de a cuotas. Veo una bola de luz acercarse, la piedra nos lleva puestos y se derrite entre nosotros mientras aterrizamos. Caemos con velocidad, nos estampamos contra el suelo.
Vuelvo a escuchar el pitido, el murmullo de la clínica, los gritos de los bebés naciendo, el motor del respirador. Percibo la voz de mamá a lo lejos, que bien que cocina mamá, que ricas tortas hacía. El chocolate se derrite hasta el suelo, se baña en grana, dos pisos de bizcocho se separan por una capa de dulce de leche; aparece él en el medio, se pasea, llama a sus amigos: se llena de gusanos, ya no tengo ganas de comerla. Contraen, estiran, contraen, estiran; avanzan. Me dicen que es por mi bien, les tiendo la mano, me los trago de nuevo. Vuelvo a mirarla, sigo sin querer torta, ellos la ensuciaron.
Me pesa el cuerpo, los párpados. La gravedad está más fuerte que nunca. Estoy vacía, pero cargo millones de gusanitos dentro, pesan, los siento moverse, felicitarme. Siento una picazón donde los guardo, en el estómago. Escucho la voz forzada de mamá hablando con el médico, puede que esté llorando. El pitido se hace más rápido. Los escucho festejar a lo lejos; ya no están nítidos. El ruido de la máquina se hace fuerte y marca mis latidos, me gruñe al oído, están yendo rápido. Sí, está llorando. Empiezo a vislumbrar, a sentir las avenidas de mi intestino cargadas de ellos, a sospechar que se están llevando algo, que ya no son gusanos: son larvas, de las que comen cadáveres.
Pienso en papá, quiero sacarlos, pienso en mamá, es urgente, hago fuerza para expulsarlos. Los interrumpo: estaban empezando a comerme el estómago; les veo el pico: se estaban convirtiendo en buitres. Me gritan que por favor no, que no tengo nadie más que ellos. Siento mi piel abrirse en el vientre; duele como si tuviera ácido encima. El aire entra a la panza, la tengo llena de agujeros. Respiro profundo, parece que por primera vez, lleno los pulmones de aire. Contraigo el abdomen: siento salir a uno de los gusanos por un hueco, lo repito: sale a otro por otro orificio. Una gota me recorre la sien, las sábanas se empapan de transpiración. Dudo de mi fuerza y resistencia. Sin ellos peso todavía menos. Contraigo, expulso un gusano. Me duele la cabeza, puede que tenga uno acá adentro. Con cada uno que sale abro más y más los ojos, siento de a poco las manos: una la agarra papá y la otra mamá. Escucho claro, la enfermera llama a los gritos al médico. Aprieto las manos con fuerza, tengo retorcijones. Ahora también me sostienen las piernas. Con cada impulso levanto la cadera, empujo con fuerza, como si quisiera devolverlos al cielo. Mi piel se desintegra, los agujeros se hacen cada vez más grandes; podemos verlos dentro de mi estómago, intentando esconderse entre las tripas. Salen tres al mismo tiempo, se deslizan sobre el costado de mi abdomen hasta caer en la camilla, la recorren hasta el suelo, sin despedirse se van por el hueco debajo de la puerta. Queda uno, se esconde atrás de la nuca, lo siento moverse, sube por detrás, llega al cráneo. Como un gusano, me contraigo y me estiro, reboleo la cabeza, lo deslizo de un tirón hasta la faringe; nunca tan fácil, sin ayuda de dedos o gusanos, hago una arcada. Lo vomito, sale por donde entró. Abro los ojos por completo: da la sensación que por primera vez. Mamá y papá me dan besos en la frente.
Volviendo a casa le pregunto a mamá si me puede hacer esas tortas con chocolate y dulce de leche, me dice que sí.
(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
Gabo Ferro
Gandhi
(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
Apenas había anochecido cuando llegué a casa y, casi por inercia, abrí la heladera para sacar una cerveza. La destapé, y me quedé pensando. ¡Cómo me molesta la gente que corre con las manos en los bolsillos! Tomé el primer trago. No es que me enoje de la nada con estos seres poco convencionales, sino que en el camino de vuelta tuve la desgracia de toparme con uno de ellos. Para más, no sólo se dignó a cometer tal aberración, sino que encima lo hizo para cruzar la calle. Volví a empinar la botella y la temperatura estaba ideal: bien helada como para que ayude a calmar mis revoluciones. ¿Qué se te tiene que cruzar por la cabeza para apurar el ritmo de tus pasos sin sacar las manos de su escondite? Es una imagen digna de una potencial víctima de bullying, si la misma se reprodujera en el patio de un colegio primario. Pero, cuando el autor es un sujeto de unos veintitantos, resulta un poco más preocupante. Bebí otro trago. Lo pienso. Para correr con las manos en los bolsillos a cierta edad tenés que haber atravesado otra etapa de tu vida en la que nadie te haya advertido que, lo más probable, es que tu frente termine raspada en el impacto contra el piso. Algo faltó a lo largo de tu infancia. En concreto faltó un grito: ¡sacate las manos de los bolsillos que te vas a matar boludo! Ahora bien, o ese grito nunca existió o nunca le diste pelota. ¡Qué gente! Tenemos el país que nos merecemos. Mirá si te voy a pedir que votes bien, mientras haya gente que corre con las manos en los bolsillos. Sería bastante injusto. Vuelvo a inclinar la botella y ya se acerca a la mitad. Tendrían que hacerlas más grandes. No hay opción, o te tenés que bajar un litro entero como si fueras un borracho, o si no, tenés estos porrones que dan lástima y se acaban en cinco segundos. Hay muchos seres extraños, pero la idea tampoco es hacer un catálogo. De todas maneras, me resulta bastante novedoso que algunos puedan ser tan distintos a otros. Llego tarde a mi casa y trato de distenderme, pero si en el camino me cruzo con semejante personaje, no hay lugar para el descanso. En vez de ver el resumen de goles de la fecha o las mismas noticias que se repiten sin que me importen, me tengo que quedar pensando que estamos perdidos. Hay gente que corre mal: que no coordina los brazos con las piernas, que no levanta lo suficiente los muslos o que deja las manos rígidas contra el torso; pero guardarte las manos en los bolsillos…eso sí que es indignante. Entiendo que hay mejores y peores, pero éstos se esfuerzan; y, encima, no deben ser pocos. Lo importante es que no se multipliquen. Imaginen una sociedad llena de estos tipos, cuyo único objetivo es colmar nuestra paciencia. No se puede negar que incluso hay deportistas cuyos movimientos son un tanto incómodos cuando uno los ve avanzar: Messi agacha bastante la cabeza, Ginobilli deja caer las manos como dos péndulos al costado de su cuerpo y mi sobrino de ocho años, que no se puede comparar con estos dos, da pasos cortos uno seguido al otro, sin aprovechar la zancada y avanzar más rápido; pero lo cierto es que ninguno, pero ninguno de todos ellos se atrevería a guardar sus manos en los bolsillos. Otro trago largo, que deja apenas un fondo en el pequeño porrón color marrón oscuro. Habría que erradicar a estos sujetos. Hacerles una prueba. Hacernos una prueba. Todos; dos minutos corriendo en una cinta. No niego que ante tal experimento puedan surgir ganas de despachar algún otro de los que mencionamos antes, pero por lo pronto hay que empezar con algo. Nuestro destino como sociedad peligra mientras las calles se vean transitadas por personas que, ante el mínimo apuro, agarren velocidad sin pensar primero en que sus manos deben estar libres. ¡Por favor! A veces me dicen que soy terco, pero esto es obvio; la mayoría piensa como yo. ¡Me exaspera! No es este el mundo que le queremos dejar a nuestros hijos, ¡claro que no! Imaginemos que distinta hubiera sido la historia si alguien se hubiera opuesto a los grandes poderosos, porque ellos iniciaron sus acciones pasando desapercibidos, y de un día para el otro dominaron la ideología a nivel mundial, las costumbres, los gustos, todo. Así están iniciándose estos sujetos que pasan inadvertidos; uno no los ve, o piensa pobres engendros, pero mañana serán presidentes, líderes, modelos a seguir y, nosotros vamos a ser los extraños en un mundo en donde correr como corresponde sea cuestionar todo lo que se encuentra vigente. Inclino la botella, y la cerveza como mi paciencia se agotan dejando el recipiente vacío.
(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
La puerta está abierta, la cortina que la cubre se mueve apenas con el viento y ella pispea la calle. Hace rato que no pasa nadie, sólo los perros cruzan, toman agua de la zanja y se echan en el pasto, a la sombra de los árboles de la cuadra. Cuando baje el sol saldrá arrastrando una silla al patio y esperará sentada el paso de la avioneta. De casualidad los miró la primera vez; se había levantado de un tirón sacudiéndose la cabeza, separándose el pelo con los dedos para sacarse una avispa enredada. El zumbido se detuvo rápido, pero siguió manoteando el aire por si acaso. Descorrió las manos de la cara y vio a los paracaidistas cayendo del cielo naranja.
El ventilador le da de frente, toma un sorbo grande de agua y saca uno de los hielos que se achican en el vaso. Se lo frota por el cuello y las mejillas y tira el cubito al piso de cemento. La refresca un poco, pero después vuelve a sentir el aire pesado, denso, sentada como está, con las piernas estiradas sobre una silla, bajo las chapas calientes del comedor. Esa vez, cuando las tres siluetas ondularon sus globos fosforescentes en el cielo y desaparecieron detrás de los eucaliptos, se preguntó adónde habrían caído, cómo fue que tocaron la tierra.
Los que pasan miran también, de refilón o volteando la cabeza. Eso siente cada vez que escucha las pisadas sobre el ripio. Seguro que la tienen de vista; pero si ella los viera de camino, no sabría decir quiénes son. Se rasca la panza y ve una marca surgiendo en la piel tirante, una línea oscura que desciende por el ombligo. Le dijeron que no se rasque, que así le iban a salir más y que después se convertirían en gruesas cicatrices blancas. Que es porque va a salir con mucho pelo, dijeron también.
A Inés una pelusa clarita le rodeaba la cabeza a los cinco días de nacida, la primera vez que la vio. Es que doña Clara no quería estar sola con una beba en una casa tan grande y le dijo, yo te pago y vos me venís a ayudar. Pero nunca había mucho para hacer, alcanzaba con una limpieza profunda un día a la semana y después repasar. La beba casi no lloraba, tan rápido se acostumbró a ella. Al terminar la semana, en una bolsa metía huevos, harina, azúcar, manzanas, naranjas, leche, manteca a veces. Llevá esto a tu mamá, decía poniéndole la plata en la mano.
Anochecía cuando llegaba a su casa, si no estaba muy oscuro cortaba camino por el monte que había detrás. De a poco dejaba de escuchar el paso de los camiones en la ruta y empezaba a sentir el crujido de las hojas bajos sus pies, las abejas revoloteando sobre su cabeza, los pájaros moviendo las ramas. A lo lejos, lo primero que veía era la luz arriba de la puerta alumbrando el cuadrado pelado que la casa tenía adelante. Le barrían las hojas secas, pero nunca creció el pasto ahí, en esa tierra que era la misma de la que brotaron los árboles del monte.
La madre levantaba la bolsa del piso y acomodaba las cosas en la mesa. Ella se sacaba las sandalias sentada en la cama del comedor mientras su sobrino se le acercaba gateando. Al rato empezaba el ruido de los platos y las ollas apilándose en la bacha de la cocina. No te acomodés que te falta esto todavía. La madre le señalaba con la barbilla y se dirigía hacia afuera.
El día que llegó, el barrio le pareció igual. La cuadra era una hilera de casillas de madera y casas con las paredes sin revocar. Al frente, un descampado de altos pastizales y, más al fondo, una fila de eucaliptos ocultaba el aeropuerto que vio cuando pasaron con el auto. Aunque sólo era un terreno alambrado con el pasto amarillento y algunas avionetas con la pintura descascarada, eso era lo único distinto. Deja caer las piernas, el piso está fresco y le alivia la hinchazón de los pies que se extiende hasta los tobillos. Mira las finas venas coloradas apareciendo a través de la piel tostada y hace un chasquido con la lengua.
Bajo el sol del mediodía, caminaba por el costado de la ruta las quince cuadras hasta la casa. Apuraba el paso si alguno se acercaba con el auto y le abría la puerta del acompañante. A él nunca se lo cruzaba porque volvía tarde. Sólo paró un poco cuando la nena era más chiquita, pero desde el principio la dejaba así. La doña nunca decía nada, pero ella le veía las mejillas hinchadas, los dedos gordos marcados en los brazos, las quemaduras del cinturón en las piernas. No se le olvida lo feo que el patrón le pegaba.
Él le dice que no le va faltar nada, que tiene un terreno cerca del centro y que lo único que hay que hacer es comprar ladrillos y cemento, que acá tiene todo, para qué dejar plata, y cuando tenga tiempo la va a llevar a comprar un vestido suelto porque la panza se pone grande. Hoy temprano, antes de irse, dijo lo mismo que le viene diciendo. Mirá que acá todos me conocen. Con quién te hablás, si salís, quién entra. Todo me van a contar. Se para despacio, igual se marea, quiere vomitar. Alguien pasa por la calle, pero la cortina no se mueve y ella no se va asomar.
Esa vez estuvo en la pieza todo el día, ni un ruido hacía. A la tarde, cuando le faltaba poco para irse y preparaba una mamadera, escuchó que abrió la puerta. De reojo la vio agacharse para besar a su hija que se tambaleaba agarrada de un sillón. Después se puso a su lado. Este me va a matar. Yo me vuelvo a Buenos Aires. Vos le tenés que pedir permiso a tu mamá. Si querés, te venís conmigo. Miró a doña Clara y le pareció que tenía los ojos más verdes que nunca. Bueno, dijo. Y no le salió nada más.
Mi patrona tiene un trabajo para vos, le dijo un día su mamá. Ella venía cuidando a alguno de los hijos de sus vecinos o haciendo los mandados si alguien le pedía. Por plata o mercadería. Daba lo mismo porque en la casa ya eran muchos con sus hermanos y sus dos sobrinos. Su hermana mayor los dejó cuando decidió que era mejor ir al centro a trabajar con cama y verlos los fines de semana. Al principio, cada sábado aparecía a la tarde y se iba al día siguiente. Pero dejó de venir cuando consiguió trabajo en otra provincia.
La panza de la doña era un bulto pequeño asomando a través del vestido el día que la conoció.
El tiempo habrá pasado muy rápido cuando tenga un hijo a los dieciséis años. Corre la cortina y nota que el sol está bajando. Aunque la picazón le arde, no puede parar de rascarse y hasta darse golpes en el vientre duro. Sí, el tiempo pasó muy rápido desde que lo conoció para estar ahora sola en el comedor de esta casa. No sabe por qué le hizo caso, si con ella estaba bien. Cuando llegaron se acomodaron en un departamento que tenía una sola cama y ahí dormían las tres hasta que doña Clara consiguió más muebles. Si alguien le preguntara, de ella nunca podría decir nada malo. Pero es difícil pensar en todo esto y entonces piensa en otras cosas.
Sale y deja la silla en el camino. Sólo las nubes se mueven en el cielo. No escucha el ruido de la avioneta, pero está convencida de que hoy caerán cuatro, como el domingo pasado. Acomoda la silla contra una pared de la casa y se sienta descalza cruzando las piernas, metiéndose el pasto entre los dedos. Todavía le gustaría verlos cuando aterricen.