VIII
“Alguien ríe,
alguien lloró.
Alguien canta,
alguien amó.”
-¿Y cómo te sentís más allá de hoy, en general?
La imagen de una foto en el fondo de un cajón vacío aparece, flota
en su cabeza. Una pregunta que la moviliza y le abre el pecho entre sacudidas.
Recuerda primaveras sentada, acostada en el césped. Leyendo,
escribiendo, observando, escuchando, sintiendo. Leyendo palabras a las que no
siempre les encontraba sentido. Escribiendo palabras que formaban oraciones que
serían textos. Observando el cielo sin comprender su infinidad, maravillándose
con ella. Escuchando las hojas de los árboles sacudirse, los pájaros cantar,
las personas a su alrededor reír. Sintiendo el pasto hacer cosquillas a su piel
desnuda, sus pulmones llenarse con el aroma de la vida, sintiendo su sonrisa
ensancharse y, sin embargo, sintiendo un vacío que no supo llenar.
Recuerda veranos en la playa, los fríos dedos de los pies
enterrados en la arena caliente por el sol. Observando, escuchando, disfrutando,
sintiendo. Observando el sol salir por encima del mar, maravillándose con el
cielo teñido con los colores del amanecer. Escuchando las olas romper contra
rocas, el bullicio de aquellos que vacacionaban, el concierto de aplausos
(consecuencia de algún niño extraviado). Disfrutando del sol en su piel y del
frío tacto del agua, encontrando paz (siempre un poco de paz). Sintiendo el
viento agitar su corta cabellera, los granos de arena chocar con su cálido
cuerpo; sorprendiéndose al notar en un sus hombros unos brazos que la abrazan
y, sin embargo, sintiendo un vacío que no supo llenar.
Recuerda otoños. Recuerda ilusiones desvanecerse. Recuerda todo de
aquella persona que le mostró lo más lindo de ser y todo aquello que perdió:
los bailes pisando sus pies, los cuentos por las noches, las comidas que
preparaban los domingos, las películas en días de tormenta, los besos en la
frente, el caminar de la mano, los abrazos en todo momento, las miradas
cómplices, las sonrisas reparadoras. Y lloró.
Recuerda inviernos, aquel preciso invierno. Y se ve a sí misma
siendo observada por alguien que espera una respuesta. Y en la formulación de
dicha respuesta recuerda más: lo que tuvo y ya no puede tener, pero sigue
teniendo, aquella foto que encontró en el fondo de un cajón vacío, que ahora
reposa a un costado de su cama. Recuerda los ojos soñadores de aquella persona
que le dio la vida y le mostró lo bello que es vivir.
Y llorando sonríe; y llorando y sonriendo contesta.
-Feliz.
Amor
¿Quién soy en el mundo?
Ese es el gran rompecabezas.
Extiende los brazos y observa sus manos. Mueve sus dedos haciéndolos
bailar y ríe. Repite una, dos y tres veces esos movimientos hasta que la risa
invade por completo su cuerpo y baja los brazos para abrazarse. Cuando todo
paró, los extiende nuevamente pero esta vez presta atención a sus uñas con
tierra por haber trabajado en el jardín, y a los pliegues de piel en los
nudillos. Piensa en lo mágicas que son, en lo mucho que dan, reciben y
transmiten. Sonríe.
Dejando de lado aquella observación, ve aún con las manos extendidas a
una persona que mira en su dirección. Entonces sonríe y saluda agitando la
manito; la sonrisa y el saludo le son devueltas. La acción se repite una, dos y
tres veces. Antes de la cuarta ambas personas se acercan, apoyan frente con
frente y lamen la superficie espejada que se encuentra en el medio.
Escucha a su madre gritar su nombre y le sonríe a la persona que le
sonríe, mostrando sus seis u ocho dientes, antes de correr en busca de las
manos mágicas de su mamá.
Del otro lado, la personita copia a la otra personita con quien jugó
hasta ese momento.
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