27/11/2016

Reina

Malena Zaniratto – Taller de escritura para jóvenes



Cuento ganador de la etapa municipal de los Juegos Bonaerenses, edición 2016, categoría sub-14


Soy la hija única de una familia que fue criada en el campo.
Mi padre, Rosendo Pérez, ordeñaba las vacas y mi madre, Antonia Pereyra, alimentaba a los cerdos.
A mí, Rosaura Pérez, que había nacido para ser reina según decía mi abuelo, tuvieron que llevarme de urgencia al hospital tras haberme intoxicado con una taza de leche y un trozo de sandía que había encontrado en las orillas del arroyo. Después de una semana de internación volví a casa con el alma desamparada.
Teníamos un invernadero, la mayoría de las plantas eran de algodón y girasol, y yo me pasaba las tardes cosechando el algodón para que mi padre lo vendiera en el mercado, y juntando esas semillitas que soltaban las flores para hacer pipas.
Sólo tenía un vestido y un par de zapatillas gastadas. Cuando me bañaba tenía que lavar el vestido, sentarme en una palangana y esperar a que se secara.
Un día llegó de visita mi abuela, había venido de la ciudad capital para ver a mi madre.
Yo, que nunca había tenido un juguete, quería una muñeca, y ella me regaló la primera. Le puse Anita.
Todas las mañanas me levantaba a las 5.30, metía a Anita en el bolso que había fabricado a mano con juncos, y caminaba 3km hasta llegar a la escuela.
Una tarde cuando volví a casa mi abuela ya se había ido, y me quedé con las ganas de acompañarla a la capital. Ese invierno murió de una pulmonía.
Mi padre empezó a llegar tomado por las noches y se iba a dormir, después de dejar en el bar lo juntado en el día con la venta del algodón. La cara de mi madre reflejaba que disgusto que no podía gritar.
Un día decidí mudarme a la ciudad, hice la valija y me fui dejando atrás la casa de mis padres y mi vida junto a ellos.


No conocía a nadie en Buenos Aires. Alquilé un cuarto en una pensión de Once. Me tomaron una prueba en un taller de confección de ropa y quedé efectiva. Trabajo mucho y me pagan muy poco. Por las tardes siento desde la ventana un aroma a pan calentito, y recuerdo al abuelo poniendo en la mesa el pan recién sacado del horno de barro, diciéndome con una sonrisa “para vos, reina”. 

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