Malena Zaniratto – Taller de escritura para jóvenes
Cuento ganador de la etapa municipal de
los Juegos Bonaerenses, edición 2016, categoría sub-14
Soy la hija única de una familia que fue
criada en el campo.
Mi padre, Rosendo Pérez, ordeñaba las
vacas y mi madre, Antonia Pereyra, alimentaba a los cerdos.
A mí, Rosaura Pérez, que había nacido
para ser reina según decía mi abuelo, tuvieron que llevarme de urgencia al
hospital tras haberme intoxicado con una taza de leche y un trozo de sandía que
había encontrado en las orillas del arroyo. Después de una semana de
internación volví a casa con el alma desamparada.
Teníamos un invernadero, la mayoría de
las plantas eran de algodón y girasol, y yo me pasaba las tardes cosechando el
algodón para que mi padre lo vendiera en el mercado, y juntando esas semillitas
que soltaban las flores para hacer pipas.
Sólo tenía un vestido y un par de
zapatillas gastadas. Cuando me bañaba tenía que lavar el vestido, sentarme en
una palangana y esperar a que se secara.
Un día llegó de visita mi abuela, había
venido de la ciudad capital para ver a mi madre.
Yo, que nunca había tenido un juguete,
quería una muñeca, y ella me regaló la primera. Le puse Anita.
Todas las mañanas me levantaba a las
5.30, metía a Anita en el bolso que había fabricado a mano con juncos, y
caminaba 3km hasta llegar a la escuela.
Una tarde cuando volví a casa mi abuela
ya se había ido, y me quedé con las ganas de acompañarla a la capital. Ese
invierno murió de una pulmonía.
Mi padre empezó a llegar tomado por las
noches y se iba a dormir, después de dejar en el bar lo juntado en el día con
la venta del algodón. La cara de mi madre reflejaba que disgusto que no podía
gritar.
Un día decidí mudarme a la ciudad, hice
la valija y me fui dejando atrás la casa de mis padres y mi vida junto a ellos.
No conocía a nadie en Buenos Aires.
Alquilé un cuarto en una pensión de Once. Me tomaron una prueba en un taller de
confección de ropa y quedé efectiva. Trabajo mucho y me pagan muy poco. Por las
tardes siento desde la ventana un aroma a pan calentito, y recuerdo al abuelo
poniendo en la mesa el pan recién sacado del horno de barro, diciéndome con una
sonrisa “para vos, reina”.
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