recomendado
por: Nora Sánchez (*)
Ya
próximos a finalizar el curso, este cuento me hizo sentir trasladada a mi
querido pueblo natal. Como señala el narrador, mientras el protagonista lee un
libro de Petrarca: “Desde cualquier punto próximo o remoto del tiempo o del
espacio, lo escrito llega para avivar la llamita de algo que, sin el saberlo
tal vez, ardía ya en el lector".
La
manera en que describe sus recuerdos de infancia despierta la llamita de mis
vivencias pasadas, las travesuras con mis amigos, la descripción de los caminos
de tierra y los campos de cereales:
[...]
En el otoño ya avanzado, los campos de maíz parecían ruinas, con los tallos
quebrados y grisáceos y las hojas color beige desgreñadas, resecas y colgantes,
sugiriendo un ejército innumerable y fijo, aniquilado en una batalla reciente y
del que hubiese vuelto a este mundo la muchedumbre de espectros, retomando el
hábito de alinearse en orden para formar una teoría de almas en pena muda y
amenazante. En un campo cercano, un rebaño de vacas negras había dejado de
pastar, y los animales, orientados todos en sentido opuesto a la caída del sol,
la cabeza un poco levantada como si estuviesen tratando de captar una señal
remota, completamente inmóviles, todos en la misma actitud como si se tratase
de la misma imagen plana reproducida cuarenta o cincuenta veces, le sugerían a
Barco, en el momento en que estaba recordándolas, esas manadas que aparecen en
las pinturas rupestres, más misteriosas por la extraña vida interior que emana
de los animales que por las intenciones de los hombres fugitivos que los
dibujaron en la piedra. [...]
El
temor a la caída del sol y el advenimiento de la noche oscura y silenciosa. El
disfrute de llegar por fin al pueblo, ese lugar cálido y conocido:
Al
bajar del colectivo, habían esperado en el cruce una media hora sin que pasase
un solo auto, y como se acercaba la noche, habían decidido empezar a caminar
por el borde del camino de tierra, y a medida que se alejaban del asfalto la
llanura se iba volviendo más desierta y más silenciosa. Como avanzaban hacia el
oeste, en el fondo del camino recto y grisáceo, el disco rojo del sol, enorme y
llameante, flotando no lejos del horizonte, parecía estar esperándolos con la
intención de impedirles seguir adelante. Había llovido mucho la víspera, y el
camino era un magma barroso en muchos trechos, donde algún vehículo, tirado a
motor o a sangre, se había atrevido a pasar, formando huellas profundas de las
que únicamente los bordes rugosos se habían resecado un poco. El estado en que
había quedado el camino después de la lluvia explicaba la ausencia inusual de
coches, aunque en aquella época los autos y los camiones no eran demasiado
frecuentes en el campo, y de todas maneras la situación en la que se
encontraban había sido prevista por sus padres, ya que la madre había querido
oponerse a que viajaran esa tarde, argumentando justamente que había llovido y que
la noche podía sorprenderlos en el camino, pero el padre, que tenía cierta
predilección por su hermano mayor (o por lo menos Barco así se lo imaginaba en
aquel entonces y seguía imaginándoselo en la actualidad, aunque su padre había
muerto hacía treinta años y su hermano el año anterior), había dicho que
gracias a la prudencia y al sentido de responsabilidad de su hermano no iba a
sucederles nada malo (de todos modos, en ese punto o en cualquier otro, bastaba
que su madre tuviese una opinión para que su padre formulase exactamente la
contraria, y lo mismo sucedía, pero al revés, cuando era su padre el que
argumentaba en primer término).
El
regreso al pueblo y el recuerdo, tan cálidos como este grupo que se generó
alrededor de su profesora Magdalena, al cual con alegría concurrimos cada
miércoles.
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