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24/10/2020

Pía Méndez -- Las tres ventanas

 (Trabajo del Taller de Escritura para Adultos 2020. Género: cuento.)


Quiero… –pensó.

Bueno… realmente no sabía si este era el verbo indicado.

Se devanaba entre quiero, necesito y gustaría.


Al final, da lo mismo –pensó nuevamente, evadiendo el cuestionamiento, aquella pregunta que frecuentemente tenía el poder de ponerlo contra la pared.

Imaginó que cada uno tiene su propia pregunta. Su pregunta acosadora. Aquella, insistente y perseverante que suele repetirse a lo largo del día, o de la semana… o de la vida.

Él conocía la suya, o creía conocerla. Dependía de qué día fuese, o del ánimo, o hasta del clima.

Pero, sentado como se hallaba ahora frente a su computadora, por primera vez le pasó por la cabeza preguntarse cuál sería la pregunta acosadora de su vecina de enfrente. La que justo en aquel momento, veía, a través de su ventana, lavando los platos en su pequeña cocina del departamento del edificio que daba justo al frente del suyo.

O la pregunta del otro vecino… el del departamento de más arriba. No lo conocía personalmente, pero lo había observado montones de veces mientras él tecleaba en su computadora buscando respuestas a su propia pregunta personal. Entre palabra y palabra, miraba pasar al vecino de un lado a otro de la sala, o atravesar el comedor, o cerrar la puerta cuando salía quien sabe a dónde.

También estaba el chico, el más joven, tal vez como de veinte. Vivía debajo de la que lavaba los platos. Él pensaba que era músico, o al menos le interesaba la música. A través de la pequeña ventana podía ver a duras penas, la mitad de un piano de color oscuro, casi negro, que había en la sala. Siempre, o casi siempre, temprano en la mañana, el chico se sentaba frente al piano y por un rato manoseaba como el las teclas: el chico, las del piano, él… las del teclado de su computadora. Tocaban al unísono sin conocerse, sin saber del otro, pero buscando ambos tal vez, solo tal vez, la misma respuesta a la misma pregunta acosadora que se paseaba por los departamentos, por los pasillos de los edificios, por las vidas de la gente, sin pedir permiso, sin tiempo ni hora. Tecleaba la pregunta… la misma tecla siempre, con su sonido repetitivo y sin variación: ¿qué quiero?

Pero aquella mañana, especialmente aquella mañana, mientras el intentaba coser palabras y darles algún sentido, notó que las tres ventanas, justo aquellas tres a través de las cuales podía asir un poquito de otras realidades, estaban cerradas.

Inicialmente lo vio así, de pasada, como cuando vemos y no vemos. Y siguió con sus dedos danzando sobre su teclado, invadido por la música rítmica de las teclas. Miraba de vez en cuando hacia afuera, entre frase y frase, entre párrafo y párrafo. Miraba, pero no veía. Hasta que después de mirar varias veces, tal vez cinco o siete, una parte de su mente notó que faltaba algo allí afuera. Algo faltaba. Algo estaba diferente. Como movido de sitio. Como cuando no te avisan y alguien cambia una silla de lugar, y la pone en otro, y tú te tropiezas con ella cuando vas pasando. Algo estaba diferente. Sí. Ya lo notó. Detuvo la danza de sus dedos en el teclado y pudo al fin verlo: las tres ventanas estaban cerradas. Las tres. Al unísono.

No podía ser.

¡No puede ser! –se dijo.

Una angustia inexplicable lo invadió. Después de algunos segundos que necesito para corroborar la situación, se levantó de su silla y camino hacia su ventana. Parado ante ella, no recuerda cuánto tiempo, examinó y re–examinó la fachada del edificio de enfrente. De arriba a abajo. De izquierda a derecha. De derecha a izquierda. Todas las ventanas de los departamentos abiertas. Solo tres cerradas. Justo las tres enfrente de él. Sus tres ventanas. Porque… ¡eran suyas! ¡Le pertenecían! ¿Quién había osado cerrarlas? ¿Quién se había atrevido, sin su permiso, a eliminar de su paisaje, así, como si nada, aquellos pequeños rectángulos que le constataban a diario la vida? ¿Quién? …O ¿quiénes? 

Después de permanecer un rato allí parado, vino la otra fase. La de caminar como un loco y rápidamente por su departamento. De aquí para allá. De allá para acá. No importaba. No era muy grande su departamento pero había que caminar como fuese. Caminar rápido siempre le había ayudado a pensar. Y ahora necesitaba justamente pensar. Pensar. Pensar. 

Piensa, piensa –se decía a sí mismo. 

Pero, ¿qué puede ser? ¿Que puede haber sucedido? ¿Por qué? ¿Sera simple casualidad? ¿O se habrán puesto de acuerdo? ¿Estarán confabulando estos tres contra mí? ¿Por qué me cierran las ventanas? ¿Por qué me niegan el derecho, que me he ganado a diario, durante meses, a entrar en sus vidas, en sus rutinas? ¡Conozco cada detalle, cada secuencia! ¡Me las sé de memoria! ¡No pueden quitármelas así nada más!

Tranquilízate –se dijo a sí mismo. Tranquilízate para poder pensar.

¿Qué podía hacer? ¿Qué acción tomar?

Inicialmente decidió regresar a su ventana y esperar un rato allí de pie, para ver si las abrían nuevamente. Tres minutos… diez minutos… ¡No! ¡Media hora es demasiado! Ya han tenido tiempo suficiente para abrirlas.

Entonces, en vista de que su angustia crecía, decidió audazmente ir a incursionar la escena del supuesto delito: cruzar la calle e ir a visitar el edificio de enfrente.

Sonaba un poco arriesgado, pero no tanto. Así que se puso su chaqueta para el fresco otoño y salió decidido de su departamento, dejando atrás su computadora sobre el escritorio, todas las palabras escritas y hasta olvidándose de su propia pregunta acosadora. Todo podía esperar. Ahora, lo vital era rescatar sus tres rectángulos de realidad.

Bajo rápidamente las escaleras de su edificio. Eran apenas cuatro pisos. Salió a la calle. Se detuvo en la vereda. Vio a un lado y al otro. No venía ningún auto y cruzó entonces la avenida para aproximarse al edificio de enfrente. De repente, empezó a notar que le costaba un poco caminar. Su ritmo inicial, acelerado e impetuoso, comenzó a disminuir. Más lento, más lento. Cada paso se hacía más corto a medida que seguía caminando e intentaba aproximarse a la entrada del edificio de enfrente.

¿Y qué haré cuando llegue allí? –se preguntó–. ¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo entraré? ¿A quién le preguntaré?

Como en muchas situaciones de la vida, en las que actuamos por instinto y no por raciocinio, él se había dejado llevar por la emoción. Cuando consideramos algo vital para nuestra existencia, lo sea o no ciertamente, la razón se duerme… y la emoción reina.

Llegó al fin, arrastrando sus pies lentamente, ante la entrada de aquel edificio elegido. Un gran y hermoso portón de madera antigua y sólida se esgrimía allí, a tal vez tan solo unos tres metros de él, detrás de la reja de metal torneado y pintado de negro que lo separaba a él de aquella puerta.

¿Y ahora? –pensó–. ¿Qué hago? ¿Entro? ¿Cómo entro? Y si logro entrar, después ¿qué haré?

Es curioso cómo las preguntas, en las vidas de las personas, pueden cambiar de un momento a otro. Hace tan solo una hora, él se hallaba en su escritorio, en su casa, preguntándose qué quiero. Ahora, estaba allí, frente a un grandioso portón de madera de dos alas, preguntándose qué hago. Lo que sí es seguro, por alguna razón, es que todas las preguntas… tarde o temprano se repiten.

Mientras todo esto sucedía en su cabeza y él permanecía estático enfrente del edificio, inesperadamente… el portón de madera se entreabrió. Miró cómo lentamente aquel pesado y macizo elemento comenzaba a abrirse. Alguien lo empujaba desde adentro. Un inquilino salía a esa hora del edificio apuradamente. Camino rápido hacia donde él estaba, abrió igualmente la reja negra y pasó al lado de él sin decir ni buenos días, sin ni siquiera notarlo. Él, rápidamente también, sin pensarlo, atajó la reja negra con su mano antes de que se cerrase, y corrió hasta el portón de madera dando tres o cuatro zancadas. Justo a tiempo para lograr también atajar el portón antes de que se cerrase definitivamente.

Entró. Entró al edificio. Allí se hallaba. Un espacio pequeño, de algunos metros cuadrados, fungía de recibidor del edificio. Observó aquel breve espacio con detenimiento. El hermoso piso de baldosas cuadradas de terracota gastada. A su izquierda, adosado a una pared, un mueble de madera clara y medianamente alto, hacía de repisa, y encima de aquel, un bello florero de cerámica blanca y azul con media docena de crisantemos amarillos aspiraba a dar la bienvenida a quienes reparasen en él. Y, enfrente, en todo el medio… la escalera. Modesta, sí, pero suntuosa. Los peldaños de granito jaspeado y semi brillante ascendían elegantemente, invitando a quien fuese, a subir.

Y así lo hizo. Comenzó a subir sin pensarlo mucho.

Llegaré primero al cuarto piso –pensó–, y le tocaré la puerta al chico del piano. A esta hora de la mañana siempre está practicando. Le diré que soy su vecino de enfrente y me presentaré. Cuando abra su puerta, podre ver desde allí, si su ventana continua cerrada o si ya la abrió. Si la tiene aún cerrada, podre decirle: este otoño no ha sido tan fresco como otros, ¿no es cierto? Es que aun recién empieza y algunos días… ¡hasta hace calor! Siempre es bueno abrir las ventanas y refrescar el aire de la casa. Los médicos dicen que es bueno para la salud.

Entonces el chico se lo pensará mejor un momento, e irá a abrir su ventana para que en verdad entre el aire… y ya está, asunto resuelto.

Al llegar al cuarto piso, tocó la puerta del departamento del chico. Esperó. Nada. Volvió a tocar. Nada. El vecino del departamento de al lado, salía en ese momento. 

–El chico no está en casa –dijo al pasar–. Lo sentí salir temprano en la mañana. 

Y el vecino, se perdió rápidamente escaleras abajo.

No había nada que hacer. Así que continuó subiendo por la escalera hacia el quinto piso mientras meditaba: 

–¡Quién sabe a dónde iría! Siempre suele estar a esta hora de la mañana practicando en su piano. ¡Vaya usted a saber!

Se detuvo ante la puerta de la vecina “lava platos”. No conocía su nombre, por supuesto. Era solo la mujer de mediana edad, pelo corto y castaño rojizo hasta los hombros, delgada y con delantal, que enjuagaba uno a uno los platos con esmero cada mañana. A él, se le antojaba linda y risueña. Algunas mañanas, hasta creyó imaginar oírla tararear alguna melodía mientras ella lavaba los platos y él tecleaba con ritmo en el teclado de su computadora.

Tocó el timbre y esperó ante la puerta. Nadie venía a abrir y no lograba escuchar nada adentro. Tocó nuevamente. Un niño, como de unos ocho años tal vez, pasó corriendo a su lado con un balón de futbol en sus manos. 

–Angelina no está –le dijo–. Salió esta mañana temprano con su hijo. Se fueron de viaje, me dijeron, y Octavio me regalo su balón –agregó el niño mostrándole orgulloso el balón color blanco y azul marino.

–¿Cuándo regresará? –preguntó.

–No sé bien. No dijeron. Los dos cerraron sus departamentos y se fueron temprano.

–¿Cuáles dos? –repreguntó.

–Angelina… y su hijo, Octavio, ¡el chico de abajo!

El balón azul y blanco se le escapó de las manos al niño y comenzó a rodar escaleras abajo por los escalones de granito. Pum, pum, pum, pum, pum… y el niño se fue corriendo tras de él. Antes de desaparecer en la curva de la escalera que descendía, volteó la cabeza y le dijo:

–Toque en la puerta del señor Raúl, el vecino de arriba. Tal vez él sepa. Son muy amigos.

Raúl. Así entonces se llamaba el vecino del sexto piso. El de su tercera ventana. El que veía pasar de la sala al comedor. Del comedor a la cocina. Y de nuevo a la sala donde se sentaba en su butaca color verde oliva con una taza humeante en la mano, a beber quién sabe qué bebedizo caliente mientras se quedaba pensando en silencio mirando hacia la ventana.

En varias ocasiones, él, desde su escritorio y a través de su propia ventana, había experimentado la sensación, casi con certeza, de que ambas miradas, la de él y la de su vecino sentado en la sala con la taza en la mano, se encontraban y permanecían ambos mirándose fijamente unos instantes, inquiriendo en silencio cada uno, quién sería el otro.

–¿Quién será ese de enfrente, que cada mañana no hace sino escribir en esa bendita computadora? –se preguntaba a lo mejor ciertamente el hombre del sexto. El de la tercera ventana.

Y él. Cuantas veces no se había preguntado quién sería aquel hombre, que se le antojaba solitario y hasta quizás un poco triste, caminando de un lado a otro intentando hacer pasar rápido el tiempo. Acababa de enterarse de que se llamaba Raúl.

Comenzó su ascenso hacia el sexto piso. Sin saber por qué, iba contando mentalmente los escalones que subía. Uno, dos… doce, trece… Treinta y tres escalones contó, cuando llegó por fin al piso seis. La escalera terminaba justo enfrente de la puerta del departamento de Raúl.

A esa altura de la mañana, él ya no sabía qué pensar. Él, tan racional, tan acostumbrado al análisis y a las explicaciones lógicas, toda aquella situación perturbaba el orden de su mente. Ni en sus momentos más imaginativos hubiera concebido que el chico músico que tenía un piano negro era hijo de “la lavaplatos” risueña de arriba, que además le interesase también el fútbol y mucho menos, que junto al piano tuviese por ahí tirado un balón de fútbol blanco y azul.

–Angelina y Octavio. Así se llaman –dijo en voz alta, pero quedamente.

Tomó impulso en su mente, inhaló aire profundamente… y se lanzó a avanzar tres pasos definitivos hasta el umbral de la puerta del departamento del tal Raúl.

Algo en su interior le decía que sería infructuoso. Que tampoco estaría, como los otros. Pero ya estaba allí. ¡No había subido hasta el sexto piso solo para devolverse en el último momento! Extendió el brazo y tocó el timbre.

Sintió que paso una eternidad… y cuando iba a tocar nuevamente, una voz desde su derecha, una voz de mujer, le dijo:

–El señor Raúl no está. ¿Es usted su familia? 

Era una mujer baja y gorda que con un  lampazo en la mano y un tobo lleno de agua se dedicaba a limpiar el piso del pasillo.

–No –acertó a contestar–. Soy su vecino. Del edificio de enfrente.

–Yo soy Luisa, la conserje de acá. El señor Raúl no va a volver. Se mudaron a otra provincia. Se fueron esta mañana temprano, los tres. Lástima. Muy buena persona el señor Raúl. Lo voy a extrañar. Siempre me daba un dinero extra por limpiar el pasillo. Y… usted sabe… siempre se agradece un dinerillo extra. Con el sueldo que a una le pagan ¡no alcanza casi para nada!

No sabría decir a ciencia cierta cuanto tiempo pasó entre aquellas palabras y cuando por fin logró decir escuetamente:

–¿Se marcharon? ¿Los tres? ¿A dónde?

Cuando el misterio nos sorprende sin aviso, no podemos hacer otra cosa que quedarnos allí parados, casi como tontos, esperando lograr entender algo de forma mágica.

–No me dijo a donde el señor Raúl. Pero da lo mismo a dónde haya sido. Tomo la mejor decisión. Es un hombre bueno y muy trabajador. Pero ya estaba cansado. Creo que ¡cansado de tantas cosas! Del mismo trabajo de años… de su soledad… de siempre prepararse el mismo su café cada mañana… Tomó la mejor decisión. Sí señor. Eso creo.

Para no parecer demasiado interesado en el asunto, dijo como por casualidad:

–Si. Es cierto. Yo opino igual. Estaba realmente cansado.

Y Luisa, aprovechando el momento de poder conversar al fin con alguien mientras seguía automáticamente pasando el lampazo sobre el piso, continuó diciendo:

–Yo siempre se lo dije. Creo que lo aconsejé bien. Le decía: señor Raúl… si a usted le gusta esa mujer… ¡dígaselo! ¡Yo no sé qué está esperando! Creo que ha esperado demasiado. Le puede pasar como al que está en una estación de tren esperando sentado mucho tiempo porque el tren viene retrasado. Entonces, la persona se queda dormida, y cuando por fin llega el tren, allí está él… sentado, dormidote y ¡sin enterarse de nada! Y, ¿qué pasa?... que el tren se va… y lo perdió. Y le dije también otra cosa. No pierda el tren señor Raúl… porque a veces pasa solo una vez. Yo que se lo digo. Sí señor.

A duras penas él intentó hilar toda aquella avalancha de palabras. Luego casi tartamudeó y volvió a repetir:

–Sí. Realmente hizo bien. Yo opino lo mismo.

Se quedó allí un buen rato, en el sexto piso, hablando con Luisa mientras ella terminaba de limpiar todo el pasillo con su lampazo empapado. 

Al final, logró enterarse, en resumidas cuentas, de que hacía algo más de tres meses que Raúl le había hecho saber sus sentimientos a Angelina. Ella le había correspondido felizmente y se lo había contado a su hijo músico, al cual, a su vez, le había parecido una fantástica noticia. 

Hace apenas tres semanas, a los tres les dio un acceso de locura irreversible y al unísono. Raúl renuncio a su trabajo de años. Vendió varias cosas que tenía en su departamento y juntó ese dinero con sus ahorros. Angelina hizo algo parecido y Octavio… vendió en muy buen precio el piano de madera oscura. Juntaron todo el dinero y se mudaron de acá… quién sabe a dónde… a hacer quién sabe qué.

Ya casi cuando se despedía de Luisa para regresar a su departamento, ella le dijo:

–Usted no sabe la cantidad de cosas de las que se entera una siendo conserje y limpiando pasillos. Uno, si pone atención, llega a conocer a todos y cada uno de los que viven por acá. Sus vidas se vuelven como la vida de una. Es como cuando a uno le toca el día de limpiar las ventanas. Al principio están los cristales medio borrosos. Llenos de polvo y de humedad. Pero poco a poco, con paciencia, y de tantas veces pasar el trapo… quedan tan transparentes que se puede ver todo perfectamente… ¡hasta el edificio de enfrente!

Desde ese día, y durante unas dos semanas, las tres ventanas del edificio de enfrente al suyo, permanecieron cerradas.

Hoy se levantó como cada mañana y se sentó en su escritorio frente a su computadora a escribir. Mientras lo hacía, como de soslayo, creyó divisar algo diferente. Levantó la vista y miró por la ventana. Al otro lado de la calle, una de las tres ventanas de enfrente estaba abierta nuevamente. Con detenimiento, pudo ver, a través de ella, a una pareja colgando un pequeño cuadro con unas flores pintadas en él, en la pared de la pequeña sala.

Ha recuperado uno de sus tres rectángulos donde la vida se muestra disimuladamente.




María Teresa Renati -- El reglamento anti-ESI

(Trabajo del Taller de Escritura para Adultos 2020. Género: columna periodística.)


19 de Octubre de 2020

Un colegio exige una declaración antiderechos en noviembre del 2018 en la ciudad porteña, del barrio Caballito. (ALEJANDRA BIRGIN)


El artículo periodístico hace referencia al colegio Calasanz, que obliga a las familias a firmar un reglamento que incluye la oposición del aborto y el consentimiento a una educación sexual basada en el planteo “antropológico y católico” para renovar la matricula de chicos y chicas, para el año próximo.

En el 2006 se sancionó la Ley N° 26.150, que establece la Educación Sexual obligatoria en las escuelas de todo el país, desde el Nivel Inicial hasta el terciario. La Ley señala que la Educación Sexual integral implica la articulación de aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos.

La norma crea el “Programa Nacional de Educación Sexual Integral”, los objetivos del Programa son: integrarla Educación Sexual Integral dentro de las propuestas educativas.

El reglamento de la escuela de Caballito, se impone ante una normativa nacional, amparándose en el artículo 5 de esta Ley (26.150) …” donde cada comunidad educativa incluirá en el proceso de elaboración de su proyecto institucional, la adaptación de propuestas a su realidad sociocultural, en el marco del respeto a su ideario institucional y a las convicciones de sus miembros”.


Fuentes del Ministerio de Educación porteño dijeron a este diario que la escuela no incurre a ninguna contravención porque están amparadas en el art.5 de la Ley Nacional.


El colegio “tiene razón”, pero el artículo 1 de esta ley establece que todos los educandos, tienen derecho a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos públicos, de gestión estatal y privada…

Todo lo progresista de este artículo, según opino al respecto, en cuanto a la avanzada de ampliación de derechos en la última década, quedaría limitado y/o condicionado por el art.5 

Y a su vez se contrapone, con el carácter obligatorio de la ley, “La Ley obliga a todas las instituciones educativas a brindar información, científica, diversa y completa”, y no hacerlo, significa privar a los chicos de sus derechos a la información y a la educación sexual integral. 

Las escuelas están obligadas a brindar información sobre anticonceptivos, diversidad sexual e identidad de género”, explicó a Página 12, María Elena Naddeo, titular del Programa de Atención a la Niñez, Adolescencia y Género de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad porteña.

Naddeo, remarcó, que estos contenidos no pueden quedar al arbitrio de una escuela religiosa y la funcionaria de la Defensoría estaría a disposición de los padres que quieran hacer la denuncia.

El problema no son los contenidos de los temas sociales a bordar desde la escuela como aborto, matrimonio igualitario, la ley 26.150 sino el enfoque androcéntrico y binario para enseñar dejando de lado la perspectiva de género y la transversalidad de los contenidos de las materias en el nivel secundario. 

También se deja de lado la afectividad y “el sentir”, como lo plantea, Baáez, Jésica en su tesis doctoral, como dimensión que posibilita a los sujetos reconocerse como sujetos de derechos.

La UNICEF Argentina, señala en dicho informe (Unicef:s /d)-donde se realiza una consulta cualitativa a docentes, estudiantes y padres/madres en Argentina referidos a la implementación a la ley e implementación del Programa Nacional de Educación Sexual Integral-resulta destacable que los docentes consultados/as señalan como un desacierto, la falta de debate sobre la ley y su aplicación como así también la poca información transmitida a la comunidad educativa en general prevista a su sanción.

Para el cierre, sigue habiendo tensiones frente a distintas problemáticas sociales que irrumpen en la cotidianidad escolar y hay que encontrar las respuestas de forma democrática y cuidar los vínculos lo mejor posible.

El debate se debe continuar para garantizar la diversidad de voces y que estén todos los sectores de la sociedad incluidos, como la iglesia, los organismos gubernamentales y por supuestos los alumnos y docentes, es decir es un tema social que nos atañe a toda la sociedad en su conjunto.

 


Claudia Iarussi -- La pandemia tan temida

(Trabajo del Taller de Escritura para Adultos 2020. Género: crónica periodística.)


Todos a casa. No salgan. Cuídense. A lavarse bien las manos con jabón. Usen mucho alcohol en gel. Con guantes. Sin guantes. Con barbijo. Sin barbijo. Sácate la zapatillas. Ponete la zapatillas. Sácate la ropa. Cuida a los viejos, a los más pequeños. Quédate en casa... 

Una pareja que se hallaba en Miami, EEUU, desde el 8 de marzo, escucha en su hotel estas recomendaciones en el mundo entero.  

Se presenta el anuncio del presidente Alberto Fernández decretando la cuarentena obligatoria. Ante este panorama, deciden adelantar su vuelta, programada para el 30 del mismo mes, para cuatro días antes con escala en San Pablo, Brasil y destino final Buenos Aires, Argentina. Pero a último momento, ante el avance del COVID-19, la empresa aérea Latam suspende el vuelo. 
“Nos encontró terminando la tarde y con la sensación de que se paraba el mundo y como hormigas a las cuales les habían pateado el hormiguero, volvíamos a escondernos.”

Qué hacer ante ésta circunstancia impredecible? Optan por quedarse en la ciudad de la Florida, “viviendo con lo mínimo” y manteniendo un diálogo constante con la embajada. Las esperanzas de retornar a Argentina se van diluyendo, a punto tal que desde el consulado les sugieren optar por otra ruta.
A partir de esta recomendación, viajan hacia México, aunque allí se encuentran con una situación más impensada aún. “Migraciones no nos dejó ingresar porque no cumplíamos con los fondos económicos para los requisitos de turismo, ni entrábamos en la categoría de tránsito”,  señaló un integrante de la pareja y agregó: “Nos retuvieron los celulares, pasaportes y mochilas con nuestras cosas básicas, mientras esperábamos un vuelo de vuelta a Miami”. Y agregó que pudieron difundir lo que estaban pasando mediante la excusa de tener “medicación en la mochila” y así usar la laptop “a escondidas”.  
 “Es muy difícil explicarle a una extranjera que mi país cerró sus vuelos. Dependés de la buena voluntad de la gente y la decisión queda arbitraria a quien te interrogue, porque otros compatriotas pudieron entrar y ya están en Argentina”, manifestó indignado.
Y luego comentó que el consulado de Miami los ayuda con “medicación crónica” y que en el hotel realizan ollas populares con “ochenta argentinos más”. En cuanto a su situación económica, dijo que –por ahora– se sostienen por su cuenta mediante “tarjetas de crédito” aunque les generan “muchas deudas”. 
Aún siguen aguardando por “algún vuelo de repatriación” y concluyó: “Estamos muy desesperados, desde el consulado no saben qué decirnos, ni cuándo vamos a volver".
Corona, Covid-19, los chinos, los murciélagos, la sopa y el dengue. Sí, sí, no se olviden del dengue.

Laura Ponce -- Encontrado en una botella

 (Trabajo del Taller de Escritura para Adultos 2020. Género: cuento.)

18/7

No hay un día que no me arrebates tiempo y energías preciadas, aun más para este convaleciente. Me enfurece pensar en todos los momentos que me restas con tu, tantas veces deprimente y desesperante, situación. Herida abierta que nunca cura y se necrosa. Se me ocurren deducciones crueles e injustas. Quiero gritarte mirándote a los ojos y que mis gestos encarnen más la daga en tu piel. Peor aun, a veces fantaseo con desaparecer, de tu existencia claro, continuar con la mía con los pedazos que queden, pues quitarte a ti de mí sería desmembrarme en casi todas mis zonas; tuyas siempre fueron hasta las íntimas, las más básicas para andar y hablar. Quizá en realidad nunca llegaron a ser mías. Quizá seguimos en esa simbiosis, en que alguna vez fuimos felices, serenos al escuchar el ritmo de nuestros pechos. Pero qué lejana y desconocida queda esa sensación, no por los 33 años transcurridos.

Mi voluntad, por gran parte de mi vida, era la tuya, adornada por mis consideraciones. Realista, prudente o maduro me decía, cuando yo apenas me apropiaba de los pequeños detalles que me permitían tener, al menos, una mínima singularidad en verdad propia, y no aquella que queda de tus deseos y proyecciones. Manchaste y pudriste mi libido, con una tinta moralina y pecaminizadora; ya hace más de un año no concluyo un acto sexual compartido, diría que tampoco conmigo mismo.

Un perrito apareció en escena y es inevitable sonreírle, se me olvidaron parte de mis pensamientos, así soy de momento. La ira es intensa en mí, como en casi todos supongo; me recorren recursividades para el placer de cada rencor e indignación de mi ser. Me gusta que para balancear la intensidad, la duración sea efímera, porque cuando estoy así mancho todo con mi bilis y a veces queda así un tiempo, como la señora de a media cuadra, que osó juzgar a nuestra pequeña familia, y que ni se merece tanta atención.

¿Y cómo enojarme por más tiempo? Es retórica, pero aun así también es ridícula esta pregunta. Yo mismo no me lo permito, busco con la mirada el perrito, el cielo estrellado o una escena cotidiana y cordial en la calle. ¿Cómo admitir mi enojo? ¿Justicia? Ja. ¿Naturalidad acaso? ¿Reparación? ¿Resistencia? Quizá un poco, pero ¿para qué? Si ya no creo en la idea que me heredaste, de que sanaremos luego de morir y que un señor hará “justicia” por lo que fue y lo que no pudo ser. A estos 33 años me remito y afirmo que haciendo indefinida a esa tolerancia e inercia, solo caemos más profundo. De acuerdo, no hay que acumular, pero ¿dejar que salga? ¿Sin andar luego como alma en pena arrepintiéndose de sus arrebatos? ¿Por qué siempre me queda un gustito de culpa?

 

19/7

No hay un día que pueda volver temprano a mi soledad. Mi soledad, ni siquiera puedo llamarla “mi” soledad. Y me vuelve la bronca. Se que no había dicho bronca, había dicho ira, pero ahora muto. Cuando veo que otro espacio más... me lo sacas. Ni siquiera llegué a tenerlo esta vez. Me lo sacas sin siquiera tenerlo, eso es. Así se resumen mis sueños, caen antes de ser siquiera realmente sueños. Solo son una insinuación de la imaginación que ni siquiera llego a reconocer como tal en mi cabeza. Mi ilusión se extravía, pero cae, como en un puente a medio construir. En realidad, estaba roto. ¿Te imaginas cómo sería la vida si yo tocara el violín? Si no hiciera más que practicar y crear. Mi tiempo... se rescataría del tacho por arte de los tonos melancólicos tan variados como los matices de un azul. Irme a dormir olvidándome de las circunstancias y llenándome de posibilidades armónicas, con ritmos cada vez más apropiados. ¿Cómo sería la vida si trabajara en... si hubiera crecido en un vivero? Si cuanta naturaleza me rodeara fuera pacífica y apacible como la amansada por el cultivo; cada tanto algún lagarto, violentamente veloz, pero no más que eso. Y la mejor parte, una familia amansada por un vivero. Aunque creo que nuestra manada sin esta ciudad que nos combustiona, en la que somos extraños con temor por lo que nos refugiamos en nuestro bunker hasta del Sol.

Entonces, nada.

 

20/7

Me da bronca porque me olvidé una vez más de mis cuadernos, de mis ideas, de mis consuelos y mis divagaciones complacidas. Me lo olvidé como siempre, haciéndome cargo vos, de él; son bien distintos, pero casi que significan lo mismo. No hay un atardecer que no esté manchado, no hay un día completo para mí, porque no existe; al menos nunca ha existido. En los días que no te vi, que no los vi, en los que no hablé con vos, al menos seguro te pensé, tanto como para adivinar qué me dirías. Tu opinión es como el Robin de mi Batman, siempre ahí. Pero este es un Robin desdeñoso y confabulador. Un Robin que todo lo ve y todo lo sabe, que proyecta sus planes en un Batman que nunca estuvo a la altura de tener un objetivo propio. Es solo un sueño. Es solo sueño.

Me olvidé mis libros. Mi bronca quiso decírtelo, para que sintieras un poco de esta culpa. Pero no, no voy a darte ese placer, porque en vos la culpa no es como en este ser maltrecho. A todos acá nos hunde más en la miseria emocional, sí, pero pareciera que a vos te gustara perder; para vanagloriarte de tus victorias. De tus guerras. Un soldado sin guerra, no lo sería, y cuanto mejor si lleva medallas de horror. Por eso todas tus penas cumplen roles importantes en tu teoría de la vida, de vos. Porque sin ellas ¿qué serías? Una señora más. Quizá de aquellas, estragos de un vivir ya escrito y no por ellas, que arrastran las pútridas creencias confortantes de su época que las mantuvieron en la locura. A las que la mayoría rehúye, por lo que andan mendigando una poca de atención con ánimo moribundo. Que te topas por ahí, con una mirada que exclama: “Por favor háblame, que mi mente no respiró en todo el día”. Es lamentable, y claro que las comprendo; así vamos todos, en mayor grado en cuando nos vamos dando cuenta de que quedamos y quedaremos obsoletos para una ciudad que ya nos usó. Más aun cuando te veo en ellas, cierto intento de transferencia diría el paidólogo que nos trató, les continúo las charlas con cordialidad, no siempre, pero más que tantas para arrepentirme. Rara vez termina bien, pues todo parece arrancar con una buena intención, una mirada tierna y amable, amable solo con vos. Que te comenta la dulzura o las penas de su familia, de su jardín o propias. Cómo la rema con el reuma, la presión alta y la artritis de la rodilla; con la decadencia del cuerpo. Decadencia que ojalá solo fuera del cuerpo. Una ser que compulsivamente sale a la espera de que alguien la mire, gestos y ojos semi-comprensivos. Ojalá solo el cuerpo sufriera procesos de descomposición. Las mentes, esas mentes, nuestras, más aun de los que ni se dan cuenta, lo digo desde la experiencia patrimonial: chorrean alaridos por misericordia, quieren piedad. Y más aun, como no tienen, la piden, como no tienen, la quitan, la escasean y ratonean. Claro que son amables ahora, pero qué tal con la vecina del piso de arriba que es madre soltera, el pibe que viste ancho y no anda con cara de hipócrita, el señor que toma de su trago solo; ayer en una mesa, esta tarde en la vereda, en la mañana por la plaza, buscando compañía con extraños. ¿Acaso no hace ella lo mismo? ¿No se droga y busca algún extraño con quien desahogar su conciencia entumecida? ¿Y qué escupe? Malas noticias y malos augurios, casi pareciera maldecir todos los tiempos; ¿cómo podría decir otra cosa? Acá es donde tengo miedo de seguir este camino juntos y ser calcos análogos de esas gentes. Es que esa predisposición es contagiosa, en ciertas circunstancias inevitable, ¿no, madre? Le gusta lucir un traje hecho a la medida y artesanal de cordero. Luego de sintonizarte, el mundo ya está en el suelo y ustedes hacen de comentaristas. ¿Qué se mezcla para ello? Además de la decadencia indesligable del espíritu acomodado y hecho para esta época; que construye una cotidianidad que lo va corroyendo con amargura. No por la rutina misma, sino por lo lejanas y contrapuestas que terminamos dejando todo aquello que nos movilizó el corazón. Lo deseado toma la forma del capricho, que no depende de uno ni del qué ni el cómo. Se combina con este gran desperdicio de vida: el peso del tiempo, que como con todo, le abre paso para seguir cayendo aun más. Inevitablemente, si no se tira abajo este camino destinado a la muerte crónica, una pestilencia cada vez más amplia e intensa destilará su ser al pasar las historias. Y acá estamos sentados tomando un absurdo té, con los sentidos insensibles.

Y ahora nada y se ahoga. Nada y se vuelve a ahogar, en la salsa de su bilis con las babas que no supo tragar. Espesa y estancada, que ha atrapado los olores y sabores de los restos de todo aquello que alguna vez la conmovió. Los restos de aquello que alguna vez sintió intensamente y no supo tragar. Harta y cansada, te acomodaste en lo espeso y denso; que va absorbiendo las luces y aires frescos de cuanto lo rodea. Cada tanto, uno come de esta desazón por elección. Nos servimos todos del gran plato, entusiasmados y expectantes ante la incertidumbre que nos dan los nuevos síntomas del avance de tanta enfermedad. Hay quienes comen asqueados, y sin embargo, se sirven una gran porción. Refunfuñando, pero sin obligación. Y es que el alma necesita, disfruta de que simplemente algo ocurra, que le sacuda las emociones e impresiones amarillentas, y si es necesario, que manche cuanto sea. Porque claro que no le alcanza con lo placentero y natural de comer, defecar y rascarse. No satisface los deseos, pálpitos y extravagancias de un ser humano, aun más en aquel que probó la vigorosidad de la afirmación que le hace frente al miedo natural. Con todo esto solo me doy ánimos y argumentos para volver a salir, sabiendo que no habrá vuelta atrás, esta vez yo no me y no te lo permitiré, aunque no sé cómo haré. Si hasta me armabas parámetros para bailar de manera adecuada. Ahora todo no es solo incómodo, quema, como el reproche que no se las de la de tal, “recuerdos” me decías con cariño, de cuando tragaste, te ahogaste y soportaste a este traste sucio que te dejó dentro el otro sucio con el que desayunas la desgracia cada día.

 

21/7

Allí esta la juventud con su tiempo libre, disfrutando el calor del sol. Yo logré huir a tiempo para ver su luz, hoy pude. Pero no alcanza con el cuerpo, mi mente sigue ahí. Quisiera, claro, poder traerla conmigo y pasearla por el pasto y mirar juntos ese perro. Así de escindido deambulo por las calles de este rectángulo de ciudad. Puedo imaginar que les parecería un absurdo lo que digo, ya no me importa, feliz cumpleaños a mí. Y al final solo es decir lo evidente, nuestra fragmentación es inescapable, precio de una cómoda caída libre. Lamentablemente no guardo en mí tantos deseos como para pedazo y como quisiera, pero sí distingo uno, que le pertenece al ahora. El unirnos del todo, todos, con el presente. Ese si sería un obsequio para este anacoreta. Simplemente estar de lleno en todo esto. Y que cuando pasemos por una plaza respiremos la vida, miremos al cielo con ojos grandes tratando de comernos cada matiz, y al caminar tratemos de hacerlo lento.

Silencio. A veces gano una batalla y obtengo silencio. Pero como no soy buen ganador, mancho la victoria con sobre-pensamientos, críticas sin propósito disfrazadas de constructivas y justas; que tiran abajo mis defensas apenas construidas, ¿soy yo o ustedes acaso? No sé si ustedes dentro mío ocupan más espacio que afuera. Y escupo, cuando me lo fumo escupo, yo todo negro y puro, contaminado por la palidez del humo con su sabor invasor. Yo solo quiero exprimirle su efecto depresor, un bajón de presión y la distracción que da el fumar, así tus palabras se acomodan al ruido vacío. Una vida de creerles todo solo puede avanzar a dejar de creer en algo. Consumir, porque yo como la señora, también tengo mis sustancias. Y la señora somos todos, y vos, vos y él, más que nadie. Por ese tema del tiempo, ¿viste? Es en vano mi pregunta, porque nunca la escucharás de mí, pero igual lo digo, lo que hace más difícil lo vuestro es el peso del tiempo en sus sesos ya aplastados.

Allá pasa un pibe, con paso ligero, degustando el bosque con la mirada. Yo apago el pucho pensando en que no tengo amigos, arruiné cada oportunidad, y a consciencia. Pues son peligrosos, ¿solo en la familia se puede confiar? Por ahora no toleraría la presencia de alguien nuevo. ¿O eran ustedes los que no lo toleraban? Y sin embargo sé que al cabo de un rato, por algún momento me distraería y zambulliría en sus palabras con atención, olvidándome de mi persona. Somos intensos, lamentable y favorablemente para mí; nos hacemos más problemas de cuanto se pueda, los del entorno, los de ayer y los de mañana; a veces si nos enteramos, los del lejano. ¿Qué más podría hacer con la historia de ustedes entonces? Sino torturarme como vos me enseñaste, y nunca soltar. Así durante horas, días, hasta meses, quizá la vida entera, se me puede ir, se me fue, buscando una respuesta. La mente tiene algo de maliciosa y trae al presente frecuentemente los recuerdos más ofensivos, ¿o solo soy yo? Aunque por primera vez recordaba algo bueno de aquel único viaje largo que hicimos cuando tenía 7. Fue que “escalamos” un cerro para quedarnos admirando la ciudad a sus pies, que ustedes me iban presentando. Así como hacían con el resto del mundo conocido. Me dieron las primeras impresiones de todo cuanto cabe en una mente inmaculada, y cómo negarme, si todos arrastran malas intenciones, según ustedes, no puedo confiar en nadie más. Todo cuanto mirábamos era bello, cruel, despiadado, miserable, egoísta y altanero. Y ahí están mis amigos, los que a veces niego, mostrándome las múltiples caras del mundo que siendo altanero, también se queda con sed por darte agua, y vomita para alimentar las plantas. Pareciera que nunca conociste tal nobleza, te quedaste en el miedo y desde allí me gritaste con pánico. Yo hice lo mismo, hasta asquearme, y por respirar tuve que salir de ahí. Cuánta culpa y pena me costo, pero mi ser en el fondo no se arrepentía, había probado de la copa de la vida un sorbo de aire nuevo. Y ahí, mientras andabas siempre tan siempre cansada y ocupada, yo me aventuraba por los rincones de la ciudad, de la casa, del sótano y del árbol de enfrente. Mis refugios sin reparo. Haciendo mi pequeño espacio, sin paredes, pero donde ustedes no llegaban. Ahí desapareciendo del mundo, pero siendo más que nunca parte de él, sin que nadie pudiese llamarme. Y no independientemente, pero sí con la mano más ligera, iba poco a poco (y no sin mucha inseguridad) dibujando juicios propios. Parámetro humano necesario para decidir hasta lo más mínimo. Y mis acciones, como hojas en el viento, como las de un niño de diez años, iban planeando en el aire sin las turbulencias que, con la edad y comunidad, se las tira al piso. Inconveniencias convenientes para tirar la voluntad en pos de una tranquilidad aberrante, un silencio funerario en las almas y casas, donde nadie se divierte. Para parar cualquier actividad real y considerar opiniones imaginarias. Y como inevitablemente estas corrientes chocarán con los garabatos de un niño y las líneas de los padres, se generan juicios abominables como creado por Frankenstein. Se contradecirá, y luego reafirmará la incongruencia, para quedarse en la nada que no estorba. Por eso cuando te odio (sí, venimos de la bronca y de la ira) me asqueo. Casi que no puedo decirlo, y me odio a mí mismo por pensarlo, porque no te odio, yo te amo, yo los amo. Pero solo quien ama es capaz de odiar así, ¿no? No, no…

Creo que me es una urgencia decirlo, reconocerlo al menos. Y sí, ¿cómo no te voy a amar?, ¿cómo no te voy a odiar? Y si me dañaste en tu ingenuidad e inocencia de quien lastima por cuidar y defendiéndote te golpea. De quien no tuvo tiempo de pensar, apenas para pelear. Y miro al costado, y pienso que no te mereces ser odiada por esa porción de mí que lo siente intensamente. Que es imposible hacerlo, porque la vida es austera y miserable para pensar en eso… y vos hiciste lo que supiste. No quisiera ni decirlo en voz alta, pero algo me incita a hacerlo. ¿Y cómo? Si no eres consciente de los porqués, y jamás lo harías adrede. Y está demasiado por demás aclarar que no tienes la culpa, porque ni enterada estabas de lo que pasaba, de lo que se gestaba y enraizaba en nosotros. Ni lo estás de mi auto obsequio. Estoy de más yo, porque hay tanto en lo que no te entiendo, tanto inimaginable, que me parece un pecado odiar, en general, pero hacia ti, un sacrilegio. Te lo dije por primera vez el 18 de julio con mirada confusa: yo te amo. Pero consecuentemente a los mismos motivos: también te odio. Porque al andar es casi inevitable ensuciar.


22/7

¿Qué haré al hundirme para correrlos de mí? Aunque me parezca imposible, es vital hacerlo.

Sé que a veces ni te percatas de que lastimas y otras disimulas, como un niño. Y yo me quedo sin espacio, es muy literal. Otra vez la angustia está en mi cama. Porque no sé ir más allá. ¿Por qué no sé ir más allá? Cuando me fui bien lejos un buen tiempo, siempre me obligabas a volver con tus anuncios lastimosos, y por lógica familiar yo debía acudir. Lo peor es que no quiero a nadie. Lo máximo que podría admitir sería una presencia animal y al final ni a ti te quiero. Fantaseo con una caja para mí solo, oscura y fresca, con un toque húmedo y eterno.

Y mientras me voy percibiendo, veo con pena que cuanto pienso, digo y hago es ridículo, hasta ese mismo orden. De todo y todos, resulté una nada asquerosa que vive arrepintiéndose y dudando, pero no hoy. No me iré con mis pedazos, lo dejaré todo aquí en estos cuadernos que desaparecerán en el agua, como todas mis desavenencias, como todo tu cuerpo, que nunca llegó a ser mío, y elijo robártelo, para lanzarlo vacío.


Andrés Díaz -- Querido Diario:

 (Trabajo del Taller de Escritura para Adultos 2020. Género: cuento.) 

Querido Diario:

Desde la última vez que escribí tengo un par de cosas para contarte:

1) La AYAHUASCA es un verso para quitarte guita. Pagué re–caro un frasquito de morondanga y ni cosquillas me hizo. ¡Nada, absolutamente nada!

2) Tuve relaciones con un duende en la cima del Uritorco mientras un hada y un extraterrestre nos miraban.

Como te conté la vez anterior, que terminamos con Fernando Tangalanga –pariente lejano del Dr. Tangalanga, pero para mí siempre va a ser Fercho Tangalanga–. Me sentía muy mal así que me dije: "Sabrina, Sabrinita, es hora de cambiar de aire, de renovarte. Abrirme al universo y recibir cosas buenas". Ahí nomás hice las valijas y me fui a Córdoba con el primer lugar más barato y rápido que encontré: un centro de jubilados. Ellos muy amables y ellas me enseñaron 30 formas distintas de usar un papagayo. Llovió toda la semana y cansada de dormir la siesta todos los días, me escapé por mi cuenta. Entré a un pequeño local y ahí me estafaron con la maldita ayahuasca. Pero me cantaron la posta, con los días de lluvia y truenos como era ese día, se veían más O.V.N.I.s por la cima de la montaña. Diluí la sustancia con mi agua y empecé mi camino. En mi caminata, y nada de ir por el sendero turístico, todo por la naturaleza, comencé a vibrar con la montaña. Los dos éramos uno vibrando al unísono. Al llegar a la cima, ahí estaba él; chiquito y verde, recostado sobre una piedra. "No te asustes, vengo en son de paz", le dije con mi mejor Inglés haciendo la señal de paz que aprendí del Señor Spock. "Pasá, vení, no hay problema", me respondió con acento cordobés, cosa que me llamó mucho la atención. "Soy Luciano C. pero me podés llamar Lucho." Empezamos a hablar y ya en confianza terminé sentada sobre sus rodillas. Sin pensarlo dos veces, le pregunté si lo que dicen de los duendes es verdad, si es tan grande como dicen. Me dijo que sí y se ofreció a mostrármela si prometía no tocarla. Hice mi juramento de Niña-Scout levantando dos dedos y me tapé los ojos.  Escuché unos ruidos raros y al abrirlos mi mandíbula cayó al piso. Mi Moni Argento interior se apoderó de mí y mi promesa voló por los aires. Me abalancé como una loca desesperada sobre esa cosa enorme: una gigantesca olla de metal con monedas de oro brillando delante de mi cara. Cuando me regaló una, la pasión y la lujuria sacaron lo mejor de mí y terminamos yaciendo en el suelo húmedo de la montaña. Me sentí plena y completa sabiendo que era la primera mujer en tener relaciones con un duende Cordobés en la cima del Uritorco. Al terminar el show, un hada y un extraterrestre se acercaron y le dieron cada uno una moneda de oro y las gracias por dejarlos ver, como siempre. "¿Cómo te creés que las conseguimos a las monedas?", me explicó Luciano. Cansada, aturdida y humillada, regresé a mi hotel. ¡Qué ingenua! Pensé que era única y especial pero nada que ver. ¡Esa olla estaba llena de monedas! A pesar de todo, fue una experiencia única en mi vida. Y lo mejor de todo es que me traje dos recuerditos, una moneda de oro y el otro esperemos que se parezca más a mí que al padre.

Sabrina R.


27/11/2016

Mañana en la cárcel

Rodrigo Tapia – Taller de escritura


Desperté a la mañana temprano
Con las primeras luces del día
Desperté a la mañana temprano
Con las primeras luces del día
Estoy encerrado en esta cárcel
Entre cuatro fríos muros oscuros
Una escalera de vértigo a mis pies
Como un enjambre de voces
Una escalera de vértigo a mis pies
Como un enjambre de voces
Subo a través de ella
Pero no termino de salir

Una mañana en la cárcel
Envuelto en un loco abismo
Una mañana en la cárcel
Envuelto en un loco abismo
Una loca idea se me ocurre
Y vaga en la sucia habitación
Una mañana en la cárcel
Entre cuatro fríos muros oscuros
Desperté una mañana en la cárcel
Entre cuatro fríos muros oscuros
Desperté una mañana en la cárcel
Mañana en la cárcel

Mañana en la cárcel.

La búsqueda

Luciana San Cristóbal – Taller de escritura


Él es un vagabundo de aspecto típico: barba descuidada, ojeras, sucio, vestido con ropa que encontró en un centro de caridad, sus zapatos tienen agujeros, no tiene medias, el resto de su ropa tiene manchas de todo tipo. Vive en una plaza junto a su perro Guardián; juntos recorren la ciudad cada día y duermen en un banco al llegar la noche. A pesar de la vida que lleva, el vagabundo es feliz. Agradece cada día el poder disfrutar de los amaneceres y atardeceres, agradece la libertad que siente en la calle, poder hacer lo que le dé la gana,  y por sobre todas las cosas agradece no estar solo; su perro lo llena de alegría. Es su amigo, su compañero y  es quien lo cuida. Con él se siente seguro, y olvida toda posibilidad de peligro en la calle.
Una mañana se despierta, en el mismo banco de siempre, con el sol pegando sobre su rostro y forzándolo a abrir los ojos. Otro día comienza, ansía recorrer la ciudad, disfrutar de aquella hermosa mañana de verano junto a su mejor amigo, Guardián. Luego de incorporarse de su incómodo banco-cama echa un vistazo a su lado, donde siempre descansa su perro,  como un fiel compañero. Lo que ve lo impacta: Guardián no está allí, el lugar está vacío. Lo llama a gritos desesperados, esperando que solo se hubiera ido unos minutos a explorar la plaza, pero no, Guardián no se encuentra por ninguna parte. 
Recorre la plaza y los alrededores con la esperanza de encontrarlo pero no hay rastros de él. Se imagina lo peor. Puede haber sido secuestrado por una familia, o peor, otro vagabundo; puede haber sido atropellado por un auto (intenta bloquear esa imagen de su mente); podría haberse cansado de él e ido a recorrer nuevos lugares. Las posibilidades son infinitas. Sin embargo, la idea de abandono resultaba imposible: eran mejores amigos, Guardián nunca había mostrado ganas de irse incluso habiendo tenido oportunidades.
El vagabundo se sienta y piensa por un largo rato qué hacer y concluye que debería ir a buscarlo. En un panfleto que encuentra tirado en el suelo y con una lapicera que tenía guardada entre sus escasas pertenencias dibuja un bosquejo de la ciudad. Iría por partes: primero recorrería el centro, luego la zona norte, y así seguiría por toda la ciudad hasta dar con su amigo. Guarda todas sus cosas en su único bolso y emprende el viaje. Sigue su mapa con mucha atención. Va mirando cada rincón, cada negocio, cada casa, cada callejón. No lo ve por ninguna parte. Lo peor era que su perro no iba dejando rastros por cada lugar al que iba, por lo tanto no había un camino a seguir, más que recorrer toda la ciudad y esperar encontrarlo. Intenta sin éxito preguntarle a los transeúntes si habían visto a un pequeño perro color café con una bandana roja en el cuello, pero toda persona a la que se le acerca lo mira con asco y se aleja rápidamente sin siquiera escucharlo. Eso es parte de las desventajas de vivir en la calle.
El día se termina y la noche se acerca. Decide que buscar de noche sería más difícil que de día por lo que se vuelve a su plaza a descansar un poco. Continuaría con su búsqueda en la mañana. A pesar del cansancio, no puede pegar un ojo en toda la noche. Se siente solo. No tiene a nadie con quien hablar, nadie que lo escuche, nadie que lo cuide. Por primera vez se siente disgustado con su vida. No tiene sentido vivir las aventuras de la calle solo.
Se despierta después de dormir unas escasas 4 horas y parte otra vez. Se siente desanimado. Cree que está perdiendo el tiempo, que nunca encontrará a Guardián. Camina por horas y horas, recorre las plazas de la ciudad, las iglesias, los colegios, los teatros, los barrios; nada. Al mediodía ya está exhausto. Pero sigue. No desperdiciaría más tiempo, tenía que encontrarlo. Como es verano, el calor lo agobia. No hay ni un alma en la calle. Están todos en el frescor de sus casas, en sus piletas; su sensación de soledad se hace cada vez más grande. Otra desventaja de ser vagabundo: no hay refugio para el calor ni para el frío. Camina en zigzag, pasa por el mismo lugar dos veces, ya ni mira su mapa. En solo dos días su vida había cambiado.
Sigue caminando, solo por inercia, hasta que lo ve. En la cuadra al otro lado de la calle, en el frente de una casa, jugando con una niña. Ve como corre y salta. Lo ve feliz. Hay otro perro en la casa. Es perra. Juegan juntos. La niña ríe. Una lágrima cae por la mejilla del vagabundo pero no sabe si es de tristeza o felicidad. Nunca había visto a Guardián tan enérgico. Ahora que lo ve junto a otro perro nota su delgadez. ¿Es por culpa suya? La única respuesta que se le ocurre es sí. Él mismo está delgado. La vida que venían llevando ahora le resulta desagradable. El vagabundo piensa: ¿Si él pudo encontrar una vida mejor en tan poco tiempo, podré yo también?  Todo lo que había creído, la satisfacción que le daba vivir en la calle, le parece mentira. Quiere otra cosa, quiere otra vida, con una familia, un trabajo, felicidad, salud, la panza llena, sin frío que le llegue hasta los huesos, sin calor que lo haga sudar como nunca, ¿será posible?

Se da la media vuelta, tranquilo. Está feliz por Guardián. Ahora tendrá una familia que lo quiera y tendrá una cama y comida en su plato más de una vez al día, comida de verdad. Se va, planeando su nueva vida. Nunca es tarde para empezar desde cero. Se va, con nuevos ideales, pero nunca olvidará los buenos momentos con su amigo.

Juan Manuel Ardenghi – Taller de escritura

Un río

Un río
de cabezas,
piernas,
manos.

Banderas bajan
por las cintas
grises, agrietadas.

Desde el allá
al centro
por un rato
son el centro

Exceso

La cabeza estalla
el pecho arde
me arrastro para llegar
la puerta toca el cielo
me abrazo al blanco brillante
y por mi boca
todo se va

Espejo, ojo de vidrio
bocas en rojo
se secan se llenan
de ambar

restos

El árbol



Julieta Pujol – Taller de escritura


Inmerso en el infinito interminable,
un colchón de hierbas empieza a ser cielo,
destellos de colores resaltan sobre el verde:
rojo, amarillo, azul.

Un lago, donde habita mi reflejo
y el de las aves que vuelan a lo alto,
tajando el cielo con su canto mañanero.

Una luz blanca que me ciega, y se mete
por mis ojos, mis orejas, mi nariz, mi boca,
llenándome por completo. 

En el centro, el rey se yergue ante sus súbditos,
imponente, impenetrable, impecable,
firmemente con sus garras se sujeta al suelo,
para que nada ni nadie pueda nunca derrocarlo.
Su cabello verde baila en el viento,
haciéndole cosquillas a las nubes;
y su robusto cuerpo, fuerte e inquebrantable,
es la envidia de todos los arbustos de alrededor.
Nos mira a todos desde arriba,
ignorante ante el respeto que inspira,
como si supiera que el mundo le pertenece. 

La vida gira en torno
suyo el trono irrompible,
inmortal, inmutable.
Nosotros insignificantes
la vida se nos esconde

en un fugaz suspiro.

21/12/2015

Antes de que vengan los caranchos

Por Facundo Irazoqui / Taller de escritura


Juan José Peralta Ramos tiene tiempo para pensar. Mira el inmenso cielo azul, sin nubes, el sol que arde sobre el rincón más apartado de su campo.  Más que pensar, recuerda.
Le viene a la mente el primer recuerdo que tiene de Ismael. El muchachito de once años recién cumplidos pidiendo trabajo en su estancia. ¿Era de cebador? No, primero lo contrató para la esquila, doscientas ovejas para agarrar de las patas. Después le dijo, dándole unas palmaditas en la espalda, que necesitaban a alguien para cebarle mates a los peones. Trabajos de chico. Una comida y un techo a cambio .El recién llegado aceptó y salió para el galpón que sería su pieza.
Se llamaba Ismael, el chico.
El patrón le dio trabajo, sí, tenía una majada grande para esquilar y alguien tenía que juntar los restos de lana que se iban cayendo. Hace años de esto ya, pero  Juan José lo recuerda.
Juan José Peralta Ramos siente el peso de su rastra de oro y plata en la cintura, que mandó a hacer al mejor orfebre de Buenos Aires. Piensa en las vacas que le costó, y piensa en que es casi gracioso que la tenga puesta ahora. 
Pero ahora tiene tiempo para pensar, y piensa.
Y recuerda: un peón enseñándole a Ismael a apartar las vacas; una mañana muy fría de invierno que Ismael barría su galpón; una yerra que duró varios días y los paisanos enseñándole a pialar al chico, Ismael con un hombro salido esa misma yerra, un ternero demasiado grande para aguantarle el tirón. Recuerda casi con pena las lágrimas que soltó Ismael cuando le acomodaron el brazo. Ahí le dio un trago, el primero, para que se componga.
Ismael no demostraba muchas emociones. Ni siquiera cuando cobró el primer sueldo, a los diecisiete.
Juan José advierte una nube solitaria que pasa muy arriba en el cielo azul.
Eso sí, ya de grande Ismael se volvió bastante terco.
No quiso escucharlo cuando lo aconsejó, en aquel asunto con la hija del puestero; no era para Ismael, no, de ninguna forma. Juan José Peralta Ramos no iba a tolerar cosas raras en su estancia. Pero no lo escuchaba, se había puesto insistente. Y no tuvo mas remedio, Juan José tenía que cortar por lo sano. Como buen patrón que era le consiguió trabajo a la moza, en Buenos Aires, en lo de unos parientes. Recuerda la mirada desafiante, el puño cerrado de Ismael.
Cada vez más terco, sí, una pena porque era buen peón. Trabajaba en lo que se le dijera, sin una queja. De la señorita no se habló más.
Juan José Peralta Ramos sintió que le molestaba el pañuelo de cuello, la tela fina lo acaloraba.
En fin, tenía buenos recuerdos de Ismael, pero se vino a complicar todo. La discusión los otros días, que iba a tener un hijo, que ahora con familia el sueldo no le iba a alcanzar, que por lo menos le diera permiso para unas vacas. De nada, de nada le sirvieron los consejos que le había dado a Ismael. Juan José se disgustó mucho, ya se sabe, es un problema tener niños en la estancia. Asique decidió que lo mejor era cortar por lo sano, mantener el buen lazo que tenía con su peón antes de pelearse del todo.
 Iba a tener que buscar trabajo en otro lado, le dijo.
Le costó decírselo, le había tomado aprecio.
La verdad había esperado una reacción más violenta, pero no. Ismael lo miró largamente, dió media vuelta y encaró para el galpón.
Antes de que vengan los caranchos, esos bichos que empiezan a comer mientras el animal agoniza, como todo paisano sabe, Juan José Peralta Ramos recuerda un poco más.
Esa misma noche se despertó inquieto, tenía que viajar a Buenos Aires y eso lo ponía nervioso. Se incorporó a medias en la cama antes de recibir el golpe que lo dejó inconsciente. Despertó en el mismo lugar donde está ahora: un rincón apartado de la estancia, una lomita entre los cangrejales, donde no va nadie, nunca. Lo vio a Ismael, parado, avejentado, mirándolo. Su cuerpo era un contorno negro contrastando con el cielo estrellado. Juan José quiso mover un brazo. No pudo. Quiso alzar una pierna. No pudo.
Sintió las tiras de cuero fresco que lo sujetaban a su tierra. Cuando amaneció, se puso a gritar, inútilmente.
Juan José Peralta Ramos, en los siguientes dos días, tuvo tiempo de recordar.

 Antes que vinieran los caranchos.

El Guardián de la Séptima Llave

Por Agustín Barragán / Taller de escritura


«Pero a Morgoth, los Valar lo arrojaron por la Puerta de la Noche, más allá de los Muros del Mundo, al Vacío Intemporal. No obstante, las mentiras que Melkor el poderoso y maldito, Morgoth Bauglir, el del poder del Terror y el Odio, sembró en el corazón de los Elfos y Hombres, son una semilla que no muere y no puede destruirse. De vez en cuando germina de nuevo y dará negro fruto hasta en los últimos días»

Fragmento de “El Silmarillion” de J.R.R Tolkien y Christopher Tolkien

  Cuando yo era pequeño, mi padre, Alan Fernández, el más grande y poderoso de todos los Magos y Alquimistas que habitaban la Tierra luego de la Última Guerra, solía contarme las antiguas hazañas de mi abuelo, el Viejo Ben, el primero de los Corredores. Yo terminaba fascinado con esas historias, historias que transcurrían en los tiempos en que aún era posible utilizar aparatos eléctricos y en los que muy poca gente se detenía para aprovechar la vida (tiempos muy extraños a decir verdad), pero no lo suficiente fascinado como para querer ser un Corredor; y eso, que el poder de moverse a velocidades cercanas a la de la luz estaba tanto en mí, como en mí padre o el resto de nuestro linaje.
  No quería ser un Corredor, heredé muchas de las aptitudes de mi padre cuando me había llevado en sus viajes y quería ser como él: sabio y tolerante, poderoso y sin igual, protector de los libros y de las fuerzas ocultas que están en mí mundo y en todos los universos habidos y por haber. Tenía optimismo y una gran ambición, nada me impediría llegar a mi meta.
  Por supuesto esto no fue así, yo ni en diez vidas llegaría a ser tan grande, solo era uno más en el gran tablero de ajedrez que se venía formando desde que mi abuelo fuera engendrado con la bendición (o maldición, todo depende del punto de vista) de poder correr a velocidades cercanas a la de la luz; somos una estirpe maldita.

  Poco tiempo antes de que cumpliera los catorce y se me obligara entre ser Corredor o un Hechicero de la Legión, un hecho que me marcó para siempre, había hecho que me decidiera por completo: mi padre fue encontrado muerto, en circunstancias muy sospechosas, un 12 de Marzo del año 2.119; el Libro de la Vida se le fue cerrado para siempre. No solo mi padre había muerto misteriosamente, sino que también varios de sus afiliados y algunos parientes cercanos a nuestra rama, que si bien eran Corredores y no pertenecían a la Legión, sufrieron el mismo destino. Una oscuridad se estaba propagando y aun no nos dábamos cuenta, cuando lo supimos ya era demasiado tarde…
  Mi padre estaba muerto, no había día en que mi madre no llorara su perdida, pero yo no dejaría que eso me derrumbara; no, yo seguiría sus pasos y sería igual o mejor que él; tenía que ser fuerte. Por eso, antes de irme de la Casa de los Fernández, dije frente a todos los miembros de mi familia (entre ellos a mi abuelo, que se mantenía firme delante de mí, con su semblante bien en alto; atento a mis palabras).

 —  Me voy sin el respeto de ustedes. Pero algún día, cuando regrese y sea igual o más poderoso que mi padre, me respetaran hasta el final de mis días – sí, con ese descaro y soberbia les hable a todos ellos. Después me arrepentiría de haberles hablado así, pero en ese momento, me había sentido muy bien al hablar con tanta seguridad.
  Entonces, tomé mis pocas cosas y me fui. Primero dejé atrás nuestro castillo de grises paredes e innumerables habitaciones, para luego atravesar la ciudad que dirige mi abuelo hasta llegar a la muralla que delimita todo el reinado. Una vez afuera, comencé mi largo viaje hasta la Legión. Por decisión propia (y no por una exigencia, como algunos han llegado a creer) fui caminando hasta la Legión, en vez de ir corriendo con mi velocidad que, aunque no es nada comparada con la de mis primos y primas, hubiera llegado en quince minutos como mucho. Pero yo no quería seguir el camino fácil, no. Si lo iba a hacer, lo haría bien; por lo tanto, caminé y caminé, aguantando las grandes dificultades del viaje.

  Aprovecharé el poco interesante viaje hasta la Legión para dar unos breves detalles de la clase de mundo en el que vivía.
  Para empezar, desde finales del comúnmente llamado sigo XX varias personas habían empezado a desarrollar un poder oculto que, de a poco, se extendió hasta todo ser humano en el planeta. Muchas historias transcurrirían a partir de allí, y de todo tipo, hasta que todo desencadeno con la llegada de la Última Guerra (ahí todo el mundo se enfrentaría contra todos). Al final, la Tierra sufriría un cambio geográfico muy importante: partes de tierra de sumergieron y otras tantas emergieron.
  Luego de la guerra, mi abuelo había reunido a todos los Corredores sobrevivieron y nos llevó hasta lugares remoto donde fundo el reino que ahora comanda. Con el tiempo llegarían más personas con nosotros y mi abuelo se los permitiría a cambió de que el sirvan cuando él lo necesitara; y así fue. Lo mismo hicieron otros sobrevivientes de la Última Guerra, hasta casi hacer una separación de poderes a base de reinos en todo el mundo.

  Luego de caminar todo un día y la mitad de otro, llegué a la Legión. Una piedra cuadrada marcaba la entrada. La piedra era bastante grande y arriba de ella estaba grabado un escudo: consistía en un paisaje muy bello de una día soleado, un rio en el cual navegaba una especie de barco (dos, en realidad) y varios animales que disfrutaban su plena existencia en la tierra. Debajo del escudo había algo escrito, no se podía leer con claridad, pero parecía que, en otro tiempo, había representado algo de mucha importancia:

*STE E* *L ***UDO **NICIP** DE *A *LAT*

  Tras examinar la piedra un par de minutos, hice lo que debe hacer todos lo que quieran unirse a la Legión. Me incliné y, con una vara que agarré de los alrededores, dibujé uno de los sellos que había impresos en los libros de mi padre. Claro que, para hacerlo, tuve que usar de guía uno de esos libros, porque se trataban de sellos muy complicados y enrevesados que para hacerlos bien, era necesario una buena memoria o un fiel y confiable libro.
  Segundos después, un temblor sacudió el lugar y la piedra y parte de la tierra que había más allá de ella, comenzó a levantarse hasta revelar la puerta oculta que conducía a la Legión. Cuando la puerta había terminado de revelarse, esta se abrió y de adentro salieron Savir Raj (el hombre que otrora había sido la mano derecha de mi padre), junto con dos acólitos que venían vestidos con túnicas verdes. Raj se acercó a mí para darme la mano y luego dijo:

 — Bienvenido, Saudalf Fernández, hijo de Alan, nuestro fundador – Si, ese es mi nombre. No pienso, ni quiero explicar el origen de mi nombre. Lo que si voy a decir, es que durante muchos años renegué con él, pero a la larga, un día como cualquier otro, me acostumbré y ya no me importa cómo me llamen; siempre y cuando lo hagan con respeto.
 — Espero sobrevivir a la experiencia – dije, y nos dimos un apretón de manos. Entonces, los cuatro entramos a la Legión.

  Mientras caminábamos por los pasillos subterráneos que conformaban la Legión, Raj me hablaba sobre cómo mi padre había recorrido el mundo luego de dejar a los Corredores, para conocer más sobre este y las fuerzas ocultas y místicas que lo rodean. Yo conocía muy bien esa historia, pero por no querer faltarle el respeto, le escuchaba con atención mientras iba mirando las habitaciones. En varias de ellas había chicos y chicas muy jóvenes, de edades aproximadas a la mía en ese momento e inclusive en algunos casos me superaban. Todos ellos estaban ahí por un objetivo similar al mío… o eso creí hasta que conocí la historia de la Séptima Llave.

  Cuatro años después, con mi entrenamiento ya casi completado, me convocaron, junto con otros estudiantes, a la ceremonia de finalización en el gran salón de la Legión. Allí, a cada uno nos dieron nuestras túnicas que, depende del color, para demostrar nuestro esfuerzo y dedicación para llegar a donde estábamos. La mía fue de color purpura con bordes amarillos; bastante aceptable comparado con lo que les tocó a algunos de mis compañeros. Todo iba perfecto hasta que, al finalizar la ceremonia, uno de los sirvientes de túnicas verdes me avisó que Raj necesitaba hablar conmigo.
  Debo admitir que fui con miedo hasta el despacho de Raj, puesto que el sirviente temblaba cuando me había transmitido el mensaje; muy raro, muy raro.
  Una vez que llegué, Raj me invitó a sentarme: yo acepte. Se lo veía nervioso, su mano temblaba un poco y las ojeras eran claras señales de que hacía unos días que no dormía bien. Entonces, Raj dijo:
 — Tengo una tarea para ti, una muy importante.
 — ¿Tan pronto? – dije – Hace menos de una hora que completé el entrenamiento.
 — Si, esta tarea no puede esperar. Te fue heredada desde el día en que tu padre dejó este mundo. Durante muchos años rogué para que este día no llegara, pero es imposible,  no puedo posponer tu tarea.
 — ¿De qué se trata? – me impaciente, sin darme cuenta había comenzado a apretarme las rodillas con ambas manos.
 — De algo que jamás debió existir. El mal que creo aún se extiende en nuestro vasto mundo. Nada se compara con él, es terrible. Si escapa… será nuestro fin.
  Los ojos de Raj estaban muy vidriosos, en cualquier momento se iba a largar a llorar y yo  entendía aún porque.
 — ¿Pero de qué se trata? Sé más específico por favor.

 — De la razón por la cual tú y tu familia existen: un demonio llamado Judas. Gracias a él y su deseo de poder, tu abuelo nació cuando no debería haberlo hecho. El trato que había hecho tu bisabuelo eran seis niños, no siete…