Luciana San Cristóbal – Taller de escritura
Él
es un vagabundo de aspecto típico: barba descuidada, ojeras, sucio, vestido con
ropa que encontró en un centro de caridad, sus zapatos tienen agujeros, no
tiene medias, el resto de su ropa tiene manchas de todo tipo. Vive en una plaza
junto a su perro Guardián; juntos recorren la ciudad cada día y duermen en un
banco al llegar la noche. A pesar de la vida que lleva, el vagabundo es feliz.
Agradece cada día el poder disfrutar de los amaneceres y atardeceres, agradece
la libertad que siente en la calle, poder hacer lo que le dé la gana, y por sobre todas las cosas agradece no estar
solo; su perro lo llena de alegría. Es su amigo, su compañero y es quien lo cuida. Con él se siente seguro, y
olvida toda posibilidad de peligro en la calle.
Una
mañana se despierta, en el mismo banco de siempre, con el sol pegando sobre su
rostro y forzándolo a abrir los ojos. Otro día comienza, ansía recorrer la
ciudad, disfrutar de aquella hermosa mañana de verano junto a su mejor amigo,
Guardián. Luego de incorporarse de su incómodo banco-cama echa un vistazo a su
lado, donde siempre descansa su perro,
como un fiel compañero. Lo que ve lo impacta: Guardián no está allí, el
lugar está vacío. Lo llama a gritos desesperados, esperando que solo se hubiera
ido unos minutos a explorar la plaza, pero no, Guardián no se encuentra por
ninguna parte.
Recorre
la plaza y los alrededores con la esperanza de encontrarlo pero no hay rastros
de él. Se imagina lo peor. Puede haber sido secuestrado por una familia, o
peor, otro vagabundo; puede haber sido atropellado por un auto (intenta
bloquear esa imagen de su mente); podría haberse cansado de él e ido a recorrer
nuevos lugares. Las posibilidades son infinitas. Sin embargo, la idea de
abandono resultaba imposible: eran mejores amigos, Guardián nunca había
mostrado ganas de irse incluso habiendo tenido oportunidades.
El
vagabundo se sienta y piensa por un largo rato qué hacer y concluye que debería
ir a buscarlo. En un panfleto que encuentra tirado en el suelo y con una lapicera
que tenía guardada entre sus escasas pertenencias dibuja un bosquejo de la
ciudad. Iría por partes: primero recorrería el centro, luego la zona norte, y
así seguiría por toda la ciudad hasta dar con su amigo. Guarda todas sus cosas
en su único bolso y emprende el viaje. Sigue su mapa con mucha atención. Va
mirando cada rincón, cada negocio, cada casa, cada callejón. No lo ve por
ninguna parte. Lo peor era que su perro no iba dejando rastros por cada lugar
al que iba, por lo tanto no había un camino a seguir, más que recorrer toda la
ciudad y esperar encontrarlo. Intenta sin éxito preguntarle a los transeúntes
si habían visto a un pequeño perro color café con una bandana roja en el
cuello, pero toda persona a la que se le acerca lo mira con asco y se aleja
rápidamente sin siquiera escucharlo. Eso es parte de las desventajas de vivir
en la calle.
El día se termina y la
noche se acerca. Decide que buscar de noche sería más difícil que de día por lo
que se vuelve a su plaza a descansar un poco. Continuaría con su búsqueda en la
mañana. A pesar del cansancio, no puede pegar un ojo en toda la noche. Se
siente solo. No tiene a nadie con quien hablar, nadie que lo escuche, nadie que
lo cuide. Por primera vez se siente disgustado con su vida. No tiene sentido
vivir las aventuras de la calle solo.
Se
despierta después de dormir unas escasas 4 horas y parte otra vez. Se siente
desanimado. Cree que está perdiendo el tiempo, que nunca encontrará a Guardián.
Camina por horas y horas, recorre las plazas de la ciudad, las iglesias, los
colegios, los teatros, los barrios; nada. Al mediodía ya está exhausto. Pero
sigue. No desperdiciaría más tiempo, tenía que encontrarlo. Como es verano, el
calor lo agobia. No hay ni un alma en la calle. Están todos en el frescor de
sus casas, en sus piletas; su sensación de soledad se hace cada vez más grande.
Otra desventaja de ser vagabundo: no hay refugio para el calor ni para el frío.
Camina en zigzag, pasa por el mismo lugar dos veces, ya ni mira su mapa. En
solo dos días su vida había cambiado.
Sigue
caminando, solo por inercia, hasta que lo ve. En la cuadra al otro lado de la
calle, en el frente de una casa, jugando con una niña. Ve como corre y salta.
Lo ve feliz. Hay otro perro en la casa. Es perra. Juegan juntos. La niña ríe.
Una lágrima cae por la mejilla del vagabundo pero no sabe si es de tristeza o
felicidad. Nunca había visto a Guardián tan enérgico. Ahora que lo ve junto a
otro perro nota su delgadez. ¿Es por culpa suya? La única respuesta que se le
ocurre es sí. Él mismo está delgado. La vida que venían llevando ahora le
resulta desagradable. El vagabundo piensa: ¿Si él pudo encontrar una vida mejor
en tan poco tiempo, podré yo también?
Todo lo que había creído, la satisfacción que le daba vivir en la calle,
le parece mentira. Quiere otra cosa, quiere otra vida, con una familia, un
trabajo, felicidad, salud, la panza llena, sin frío que le llegue hasta los
huesos, sin calor que lo haga sudar como nunca, ¿será posible?
Se
da la media vuelta, tranquilo. Está feliz por Guardián. Ahora tendrá una
familia que lo quiera y tendrá una cama y comida en su plato más de una vez al
día, comida de verdad. Se va, planeando su nueva vida. Nunca es tarde para
empezar desde cero. Se va, con nuevos ideales, pero nunca olvidará los buenos
momentos con su amigo.
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