Elisa Garassino /
Taller de narrativa
“Ningún hombre es una isla completa en sí mismo, todo hombre es un trozo
de continente. La muerte de cualquier hombre me empequeñece, pues estoy en la
maraña de la humanidad. En consecuencia, no envíes nunca a preguntar por quién doblan las campanas: doblan por
ti”
John Donne, Devociones
Y un día los
hombres salieron a pelear una guerra que no les interesaba, y reinaba el silencio
en la casa y en la Isla.
Y sus mujeres
permanecieron, como siempre, araban y cosechaban, hilaban y tejían. Alimentaban
a los animales y criaban a los hijos con
la misma serenidad y convicción.
Matilde
escondía la preocupación en la profundidad de sus pensamientos. Sus hijas la
acompañaban en compasión e inquietud. Así de sencillo: las cosas no se
hablaban, se sabían y se sufrían calladitas, sin llorar.
Ya no se escuchaban los silbidos. Por esos meses no
había muchachos que se comunicaran silbando. Ninguno avisaba que traía pescado
y que prepararan las papas, ni que había escapado la burra. Así de preciso era el idioma silbado:
pero, entonces, fue mudo porque simplemente ellos no estaban.
Los padres
como José Antonio habían viajado a la zafra
Cubana y los hijos como Agustín habían sido reclutados en tiempos de revuelta civil preparando la
sublevación en el Protectorado de Marruecos. Los que quedaron, solo sabían que los suyos iban a la batalla.
Hasta aquí llegó
la guerra. Acá, una guerra de ausencias, no de trincheras.
En ese momento
sí se acordaron en la Península de que esa isla era española; ¡ cuando necesitaron de sus favores!
La información
escaseaba. No llegaban barcos portando mercancías, ni hombres, ni cartas.
Cuando sonaban las
campanas de la Iglesia se asociaban al temor o a la desgracia más que al
llamado a una misa.
Un día pasó
algo distinto. Juan Antonio, el mayor de los hijos varones, llegó de la Argentina donde había ido a
probar suerte bastante tiempo atrás; y no sé si la genética es mágica o es la
nuestra una jodida raza (como decía la abuela) pero lo cierto es que al tío le
valió ser un veinteañero ya calvo y cargado de espalda para librarse de la
milicia.
¿Creerían ustedes
que es muy cobarde pasearse por la plaza de la capital encorvado y sin
sombrero para no ser reclutado?
Probablemente las
jóvenes herreñas lo juzgaron así porque Juan Antonio nunca se casó. Así fue él
siempre falto de compromiso.
Lo que sí tuvo es
suerte toda su vida porque nació con su armadura de egoísmo, inusual en su raza
y en su pueblo; que lo protegió durante
décadas de no sentir culpas. Así, no penetró en su conciencia el obedecer a su
Rey y a su nación y sus ojos color
aguamarina no se hirieron ante la tajante mirada de las madres de los soldados
ausentes.
El que no fue tan afortunado fue su hermano Agustín, que
regresó al fin a El Hierro, su isla natal malnutrido y enfermo, trayendo solo
historias desopilantes de moros y de cristianos.
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