recomendado
por: Silvia Suárez
Los
textos leidos y comentados en el taller tuvieron como eje principal la imagen
de la casa y nos permitieron recorrer desde distintos puntos de vista este tema
cotidiano. Esto derivó en reflexiones sobre los seres humanos y su relación la
vida, el tiempo, la sociedad, las costumbres, la muerte, el horror, la
religión, los valores morales, estéticos y la historia de las ciudades. Así
comprobamos que su sentido iba más allá de un edificio o de una arquitectura.
Me
fue difícil seleccionar un único texto para esta entrega pero opté por “Las dos
casas de Olivos”, de Silvina Ocampo. ¿Por qué? Porque es la historia de dos
niñas ingenuas, que vienen de mundos opuestos y añoran, cada una a su manera,
la vida de la otra:
En
las barrancas de Olivos había una casa muy grande de tres pisos, en donde no
vivían más que cinco personas: el dueño de casa, su hija de diez años, una
niñera, una cocinera, y un mucamo (sin contar el jardinero que vivía en el
fondo de la quinta). Había cuartos inhabilitados, enormes cuartos con persianas
siempre cerradas de humedad, cuartos llenos de miniaturas de antepasados y
cuadros ovalados en las paredes. El jardín era espacioso con árboles altísimos.
Sólo una cosa preocupaba al dueño de casa y era la improbabilidad de conseguir
frambuesas; en ese jardín crecían flores, árboles frutales, había hasta
frutillas, pero las frambuesas no podían conseguirse.
En
el bajo de las barrancas de Olivos, en una casita de lata de una sola pieza
vivían cuatro personas: el dueño de casa y sus tres nietas; la mayor tenía diez
años y cocinaba siempre que hubiera alguna cosa para cocinar.
Y
sucedió que esas dos chicas se hicieron amigas a través de la reja que rodeaba
el jardín. "Mi casa es fea", dijo una. "tiene diez cuartos en
donde no se puede nunca entrar; el jardín no tiene frambuesas y por esa razón
mi padre está siempre enojado." "Mi casa es fea", dijo la otra.
"Es toda de latas, en la orilla del río, donde suben las mareas; en
invierno hacemos fogatas para no tener tanto frío." "¡Qué
lindo!" contestó la otra. "En casa no me dejan encender la
chimenea." Y cada una se fue soñando con la casa de la otra.
Entre
esas dos niñas, llenas de grandes ilusiones y fantasías, de ideales y
sentimientos puros, destaca la amistad como eje central de la trama y el punto
que les permite trasmitirse sus personalidades. Y los consiguen desde el
afecto, la ilusión y la alegría, con esa ingenuidad asombrosa:
Al
día siguiente volvieron a encontrarse en el cerco y era extraño ver que esas
dos chicas se iban pareciendo cada vez más; los ojos eran idénticos, el cabello
era del mismo color; se midieron la altura en los alambres del cerco y eran de
la misma altura, pero había solamente dos cosas distintas en ellas: los pies y
las manos. La chica de la casa grande se quitó las medias y los zapatos; tenía
los pies más blancos y más chiquitos que su compañera; sus manos eran también
más blancas y más lisas. Tuvo las manos durante varios días en palanganas de
agua y lavandina, lavando pañuelos, hasta que se le pusieron rojas y paspadas;
caminó varios días descalza haciendo equilibrio sobre las piedras; ya nada las
diferenciaba, ni siquiera el deseo que tenían de cambiar de casa. Hasta que un
día, a escondidas en el ombú del cerco que servía de puente, se cambiaron la
ropa y los nombres. Una chica le dio a la otra sus pies descalzos, y la otra le
dio los zapatos. Una chica le dio a la otra sus guantes de hilo blanco y la
otra le dio sus manos raspadas... ¡Pero se olvidaron de cambiar de Ángeles
Guardianes!
Lo
que también me agradó fueron las descripciones del contexto, llenas de
elementos reales pero también imágenes con algo de magia: el ombú en la
medianera, las frambuesas del jardín, los zapatos, los guantes y otros objetos
reales como el puente, el otoño; junto a ellos la descripción del cielo, el
caballo blanco, las hamacas contra el viento, las tormentas, los rayos y la
lluvia. Las imágenes visuales tan fuertes: "lastimaduras de
relámpagos", "incisiones de fuegos", "relinchos de crines
deshilachadas", "tendidos en el suelo negro", "el cielo era
un gran cuarto azul sembrado de frambuesas".
Todo
esto deja en el lector una sensación de gran profundidad y paz.
Concluimos
el 2016 con la satisfacción de haber participado de un curso de lectura en el
Pasaje Dardo Rocha donde además de cultivar gratos momentos de amistad y de
cordial convivencia de un grupo muy heterogéneo de personas, aprendimos a
escuchar y valorar a una querida profesora.
El
grupo se nutrió con el desafío de cada nueva lectura, cada uno participó de
juegos de significados del presente y del pasado dándole diferentes sentidos a
las diversas escenas.
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