Sebastián Martínez – Taller de escritura para jóvenes
En las penumbras de la noche, se alzaba la luna
redonda cuya luz quedaba rezagada por las nubes pasajeras. Sobre la tierra, el
susurro del viento traía consigo el chirrido de un molino y la fricción de las hojas de los árboles. El
olor a tierra mojada y a humedad de los antiguos muebles de una casa solitaria,
completaban la escena.
En ella
habitaba un hombre ya entrado en años pero que aún conservaba su físico; la
barba negra y tupida acompañada de un pelo grisáceo que en algún momento, había
sido probablemente, una melena negra y larga. Sus ojos verdes resaltaban en su
tez al igual que sus labios. Según indicaba el buzón de la casa, su apellido
era Hoegaarden.
La sangre
empezaba ya a verterse en el piso de madera. El contacto con ésta hizo
despertar al hombre que intentaba arremolinarse en sus sueños de nuevo. Sin
éxito y con asombro, se levantó con flaqueza, tanteando las zonas heridas de su
cuerpo. Tambaleante, salió de su habitación sin rumbo fijo y mareado;
aferrándose a la baranda de la escalera de antaño con toda la fuerza que le
podían proporcionar sus débiles y entumecidos músculos. Mientras bajaba, a paso cojo, se cayó por un
inoportuno mareo que concluyó con él tirado sobre el gélido suelo boca abajo.
Seguía respirando, a pesar de tal derramamiento de sangre aunque, poco a poco,
su respiración se hizo cada vez más
pesada….más…..pesada.
Luego,
lentamente, se incorporó y se paró. Volvió a tantearse el cuerpo, atónito ante
la plenitud en que se encontraba, sin marca o dolor alguno. Acabada la
inspección, se predispuso a caminar hacia la puerta cuando en el primer paso,
tropezó ante algún objeto desconocido. Al llegar al dintel, miró hacia atrás
expectante.
Los ojos de
Mr. Hoegaarden inmediatamente se posaron en otros que se perdían en la
oscuridad que los rodeaba. La mandíbula y las manos le temblaban, como una hoja
con el viento; ante esos ojos que eran un cielo nocturno y estrellado, cuya
pupila se agrietaba en un rojo intenso. Aún en la oscuridad, los ojos se
movieron de forma irregular hasta el desembarco de la escalera donde las
sombras se congregaban en torno a esos ojos y al concluir, estallaron los
vidrios de las ventanas permitiendo la entrada de luz lunar. Ésta reveló a una
figura con mantas tan largas y negras como sus alas que con un movimiento de
presentación crearon una lluvia de plumas oscuras. El hombre, mientras tanto,
se arrastraba hacia atrás.
La criatura
abrió totalmente las alas, emitió una sonrisa burlona y se marchó a través la
ventana del pasillo superior. Después de esto, la persona salió de la casa con
temblorosa rapidez.
El ambiente
cambio por completo; el cielo era carmesí
y cada rincón cuya mano creadora habría sido humana lucía en perfecto
estado pero el orden natural no, árboles y flores, se encontraban marchitos.
Salvo por una única rosa azulada que flotaba en el medio del sendero empedrado
frente a él.
Al acercarse
y tocarla su entorno cambió de nuevo, a un eterno blanco. En ese instante, la flora desapareció de
entre sus dedos. El hombre quedó inmóvil por unos minutos, de espaldas a mi
punto de vista. Él volteó la mirada hacia mí, desafiante, cubría su rostro con
una máscara de huesos y sus ojos eran un cielo nocturno y estrellado con la
pupila agrietada de un blanco brillante, parecidos a los de aquella criatura
que me había perseguido minutos atrás.
El sujeto
se me acercó demasiado y de forma apresurada, al poco tiempo me tenía los
brazos apresados en sus manos. No pude contenerme. Lo derribé y, ya en el
suelo, comencé a golpearlo en las sienes hasta que sus brazos no pudieron poner
resistencia nunca más. Al cuerpo inmóvil
le quité la máscara. No podía ser cierto, era imposible. Era…yo, Sikasta
Hoegaarden.
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