recomendado
por: María Teresa Castangia
Los
miércoles a las 18 nos reunimos con la profesora Magdalena y los compañeros,
algunos de años anteriores y otros del presente ciclo. Juntos, leímos y
analizamos diversos textos de autores nacionales y extranjeros; en cada
encuentro intercambiamos opiniones y enriquecimos nuestros conocimientos.
Este
año el tema central ha sido la casa, que si bien se la considera como sinónimo
de hogar, no lo es. Cuando compramos, alquilamos o construimos una casa, no es
un hogar.
De
todas las obras leídas he elegido Las viudas de los jueves, una novela
de Claudia Piñeiro.
Los
maridos se reúnen la noche de los jueves, comparten una cena, sus comentarios,
juegos de salón o deportes; de ahí el nombre de la novela, porque no
participaban las esposas:
[...]
Busqué algo que comer. Junté en un plato algunas sobras del día anterior, las
calenté en el microondas y las llevé a la mesa. No puse mantel apenas un
individual de rafia de aquellos que había traído hacía un par de años de
Brasil, de las últimas vacaciones que pasamos los tres juntos. En familia. Me
senté frente a la ventana, no era mi lugar habitual en la mesa, pero me gustaba
comer mirando el jardín cuando estaba sola. Ronie esa noche, la noche en
cuestión, cenaba en la casa del Tano Scaglia. Como todos los jueves. Aunque ese
jueves fuera distinto. Un jueves de septiembre de 2001. Veintisiete de
septiembre de 2001. Ese jueves, todavía seguíamos espantados por la caída de
las Torres Gemelas, y abríamos las cartas con guantes de goma por temor a
encontrarnos con un polvo blanco.
La
novela describe cómo viven las familias dentro de un barrio cerrado y pone de
manifiesto las diferencias de clase, de género, las miserias humanas y los
prejuicios que ese mundo en apariencia perfecto no logra disimular:
[...]
Ya hacía unos años había aceptado que no podíamos pagar más personal doméstico
de jornada completa, y sólo venía una mujer dos veces por semana a hacer el
trabajo grueso. Desde entonces aprendí a ensuciar lo mínimo posible, aprendí a
no arrugarme, a casi no desarmar la cama. No por la carga de la tarea en sí
misma, sino porque lavar los platos, hacer las camas o planchar la ropa me
recordaban lo que alguna vez había tenido, y ya no tenía más.
[...]
en mi mesa de luz tenía un atado nuevo, lo abrí, saqué un cigarrillo, lo prendí
y bajé la escalera dispuesta a salir. En ese momento entró Ronie, y mis planes
cambiaron. Esa noche todo fue distinto de lo planeado. Ronie fue directo al
bar. "Qué raro tan temprano...", le dije al pie de la escalera.
"Sí", dijo él y subió con un vaso y la botella de whisky. Esperé un
momento, parada ahí, y luego lo seguí. Pasé por nuestro dormitorio, pero no
estaba. Tampoco en el baño. Había ido a la terraza y se había instalado ahí, en
una reposera, dispuesto a beber. Me acerqué una silla, me senté junto a él, y
esperé mirando en la misma dirección, callada.
Quería
que me contara algo. Nada importante, ni divertido, ni siquiera necesitaba que
me dijera algo con sentido, sólo que me hablara, que hiciera la parte que le
correspondía en esa charla mínima en la que se habían convertido nuestras
conversaciones con el paso del tiempo. Un pacto tácito de frases hechas
encadenadas, palabras que iban llenando el silencio, con el propósito de ni
siquiera tener que hablar del silencio. Palabras huecas, caparazones de
palabras. Cuando me quejaba, Ronie argumentaba que hablábamos poco porque
pasábamos demasiado tiempo juntos, que no podía haber mucho que contar si no
nos separábamos durante buena parte del día. Y eso era así desde que Ronie se
había quedado sin trabajo seis años atrás, y no había vuelto a tener otra
ocupación, a excepción de un par de proyectos que nunca terminaban de
concretarse. A mí no me importaba tanto descubrir por qué la relación se había
ido descascarando de palabras, sino por qué yo recién me di cuenta cuando el
silencio se había instalado en la casa, como un pariente lejano al que no queda
más remedio que hospedar y atender. Y por qué no me dolía. Tal vez porque el
dolor fue ganando su lugar de a poco, en silencio. Igual que el silencio.
"Me voy a buscar un vaso", dije. "Trae hielo, Virginia", me
gritó Ronie cuando ya había salido.
A
lo largo de la novela –y especialmente en el final– sus integrantes, de clase
acomodada pero en un contexto de crisis general, se esfuerzan por mantener las
apariencias y un estilo de vida que ignora cómo vive la gente fuera de esos
muros. La autora describe en forma aguda la psicología de los personajes,
indiferentes a todo lo que está fuera de su círculo: Altos de la Cascada.
A
lo largo del año analizamos narraciones de diversos autores, desde Silvina
Ocampo, Alejo Carpentier, Edgar Alan Poe, Bram Stocker, Ernesto Sabato, Julio
Cortázar, Manuel Mujica Lainez, Jorge Luis Borges. De todos adquirimos
conocimientos, enriquecimos nuestro lenguaje y logramos una mayor cultura. Y a
través de sus textos vimos por qué una casa no es un hogar: porque es el hombre
con sus vivencias, anhelos, sueños y afectos, quien le da la categoría de
hogar.
Por
todo ello, siento que el Taller de Lectura me ha nutrido, además de establecer
una sana camaradería y un intercambio de ideas sumamente valioso.
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