27/11/2016

Taller de lectura: Claudia Piñeiro: Las viudas de los jueves (novela)

recomendado por: María Teresa Castangia

Los miércoles a las 18 nos reunimos con la profesora Magdalena y los compañeros, algunos de años anteriores y otros del presente ciclo. Juntos, leímos y analizamos diversos textos de autores nacionales y extranjeros; en cada encuentro intercambiamos opiniones y enriquecimos nuestros conocimientos.
Este año el tema central ha sido la casa, que si bien se la considera como sinónimo de hogar, no lo es. Cuando compramos, alquilamos o construimos una casa, no es un hogar.
De todas las obras leídas he elegido Las viudas de los jueves, una novela de Claudia Piñeiro.
Los maridos se reúnen la noche de los jueves, comparten una cena, sus comentarios, juegos de salón o deportes; de ahí el nombre de la novela, porque no participaban las esposas:

[...] Busqué algo que comer. Junté en un plato algunas sobras del día anterior, las calenté en el microondas y las llevé a la mesa. No puse mantel apenas un individual de rafia de aquellos que había traído hacía un par de años de Brasil, de las últimas vacaciones que pasamos los tres juntos. En familia. Me senté frente a la ventana, no era mi lugar habitual en la mesa, pero me gustaba comer mirando el jardín cuando estaba sola. Ronie esa noche, la noche en cuestión, cenaba en la casa del Tano Scaglia. Como todos los jueves. Aunque ese jueves fuera distinto. Un jueves de septiembre de 2001. Veintisiete de septiembre de 2001. Ese jueves, todavía seguíamos espantados por la caída de las Torres Gemelas, y abríamos las cartas con guantes de goma por temor a encontrarnos con un polvo blanco.

La novela describe cómo viven las familias dentro de un barrio cerrado y pone de manifiesto las diferencias de clase, de género, las miserias humanas y los prejuicios que ese mundo en apariencia perfecto no logra disimular:

[...] Ya hacía unos años había aceptado que no podíamos pagar más personal doméstico de jornada completa, y sólo venía una mujer dos veces por semana a hacer el trabajo grueso. Desde entonces aprendí a ensuciar lo mínimo posible, aprendí a no arrugarme, a casi no desarmar la cama. No por la carga de la tarea en sí misma, sino porque lavar los platos, hacer las camas o planchar la ropa me recordaban lo que alguna vez había tenido, y ya no tenía más.

[...] en mi mesa de luz tenía un atado nuevo, lo abrí, saqué un cigarrillo, lo prendí y bajé la escalera dispuesta a salir. En ese momento entró Ronie, y mis planes cambiaron. Esa noche todo fue distinto de lo planeado. Ronie fue directo al bar. "Qué raro tan temprano...", le dije al pie de la escalera. "Sí", dijo él y subió con un vaso y la botella de whisky. Esperé un momento, parada ahí, y luego lo seguí. Pasé por nuestro dormitorio, pero no estaba. Tampoco en el baño. Había ido a la terraza y se había instalado ahí, en una reposera, dispuesto a beber. Me acerqué una silla, me senté junto a él, y esperé mirando en la misma dirección, callada.
Quería que me contara algo. Nada importante, ni divertido, ni siquiera necesitaba que me dijera algo con sentido, sólo que me hablara, que hiciera la parte que le correspondía en esa charla mínima en la que se habían convertido nuestras conversaciones con el paso del tiempo. Un pacto tácito de frases hechas encadenadas, palabras que iban llenando el silencio, con el propósito de ni siquiera tener que hablar del silencio. Palabras huecas, caparazones de palabras. Cuando me quejaba, Ronie argumentaba que hablábamos poco porque pasábamos demasiado tiempo juntos, que no podía haber mucho que contar si no nos separábamos durante buena parte del día. Y eso era así desde que Ronie se había quedado sin trabajo seis años atrás, y no había vuelto a tener otra ocupación, a excepción de un par de proyectos que nunca terminaban de concretarse. A mí no me importaba tanto descubrir por qué la relación se había ido descascarando de palabras, sino por qué yo recién me di cuenta cuando el silencio se había instalado en la casa, como un pariente lejano al que no queda más remedio que hospedar y atender. Y por qué no me dolía. Tal vez porque el dolor fue ganando su lugar de a poco, en silencio. Igual que el silencio. "Me voy a buscar un vaso", dije. "Trae hielo, Virginia", me gritó Ronie cuando ya había salido.

A lo largo de la novela –y especialmente en el final– sus integrantes, de clase acomodada pero en un contexto de crisis general, se esfuerzan por mantener las apariencias y un estilo de vida que ignora cómo vive la gente fuera de esos muros. La autora describe en forma aguda la psicología de los personajes, indiferentes a todo lo que está fuera de su círculo: Altos de la Cascada.


A lo largo del año analizamos narraciones de diversos autores, desde Silvina Ocampo, Alejo Carpentier, Edgar Alan Poe, Bram Stocker, Ernesto Sabato, Julio Cortázar, Manuel Mujica Lainez, Jorge Luis Borges. De todos adquirimos conocimientos, enriquecimos nuestro lenguaje y logramos una mayor cultura. Y a través de sus textos vimos por qué una casa no es un hogar: porque es el hombre con sus vivencias, anhelos, sueños y afectos, quien le da la categoría de hogar.

Por todo ello, siento que el Taller de Lectura me ha nutrido, además de establecer una sana camaradería y un intercambio de ideas sumamente valioso. 

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