Carlos Mairal /
Taller de narrativa
Juan se radicó en Mar del Plata. En los últimos años la posibilidad de mudarse a esa ciudad se había convertido en una pequeña meta. Solía decir que el progreso y la felicidad se basaban
justamente en el logro de los propósitos realizables. La libertad, brindada por su soltería y por la recién estrenada jubilación, le facilitó la radicación en una ciudad chica respecto de Buenos Aires pero
con mar. Estaba feliz o por lo menos tranquilo con la decisión tomada. El departamento de dos ambientes al frente
de la Plaza España en el barrio de La
Perla le otorgaba, desde el quinto piso, una visión única del horizonte sin límite. Y era suyo para siempre; en ese sentido no
dudo en sacrificar su piso amplio y oscuro de Almagro por este paraíso reducido por dentro e interminable por fuera.
Hasta el balcón formaba parte de ese
cielo marítimo que siempre añoro.
En lo sentimental
estrenaba una nueva relación con Patricia, una
divorciada demasiado joven para él, porque los 24 años de diferencia entre
los 42 de ella y los 66 de él, marcaban una distancia
difícil de sostener. Lo
concreto era que, a sólo dos meses de
conocerla, ie propuso que alternara su vida porteña con visitas periódicas a Mar del Plata, incluso a su costo. Ella no
tenía un trabajo fijo y se
dedicaba erráticamente a la confección de artesanías. A su vez su hija Malena, con sus flamantes 20 años, vivía para el estudio y optaba por la seguridad que le brindaba el padre,
con el que compartía la mayor parte de su
tiempo. Esta ausencia le otorgaba a Patricia mayor libertad y Juan necesitaba
su compañía, en particular para
afincarse en una ciudad desconocida. Ya habría tiempo para desalentarla a Patricia y conseguir
algo mejor, entendido esto como alguna más joven si la rutina con ella lo hastiaba, o buscar
una mujer de su edad si las enfermedades asomaban en su vida. Era un ermitaño seductor mantenido en buen estado por una vida sin
excesos. Había estado enamorado, pero
ese amor formaba parte de una historia tan vieja e irrepetible que era mejor
sepultar. Fue a los 21 años, con la mayoría de edad de la época, cuando comenzó en el Banco Nación el largo camino a la jubilación, y Alicia lo marcó a fuego desde el primer día. Morocha, simpática, sensual, inteligente y de su misma edad, pero
casada. Detalle este último que la convertía, para los cánones de Juan, en inaccesible. Compartieron solo un
año en el que circulaba un
fuego secreto e inexplicable en sus miradas. Nunca se pudo recuperar de esa
herida y cerró la cicatriz de tal
manera que no se preocupó en conocer el destino de
Alicia después de ese año en que fue transferida al interior cuando su
esposo, estudiante de medicina, se recibió y decidieron probar suerte en otra provincia. De
algo estaba seguro: Alicia estaba tan enamorada de él como él de ella, en un silencio cómplice y amordazado. Cuando los compañeros de la oficina le hicieron a ella la despedida, él se quedó con tres marcas inolvidables: el beso húmedo que le dio en la mejilla, su mano tomando la de
ella como para nunca más soltarla y el perfume
de jazmín imborrable de su
cuello. Y con eso le alcanzó durante los años posteriores, no necesitaba más. Fue un amor único y suficiente para mantener una llama que nunca
se apagó.
Lo concreto fue que, después de una primera visita apasionada, Patricia Martínez se anunció para el fin de semana largo de octubre con su hija
y su madre viuda, aclarándole a Juan que la
abuela y la nieta se hospedarían en el Hotel República. Para tranquilidad de Juan, le comentó que sabían del inicio de una relación con esperanza de estable, y a la que ella cuidaba sin dar datos para
preservar a la pareja. Por lo tanto el viaje se hacía en esas condiciones con actividades independientes
de la abuela y la nieta por un lado y de Patricia por otro. Estaban por ahora
bien solos y no era cuestión de arriesgar el
"carpe diem".
El sábado había transcurrido con normalidad. Tomaban el café posterior a la cena en "Zafarrancho", en
pleno centro marplatense, hasta que se produjo lo impensado. Por el pasillo
lateral en el que se accede a los distintos sectores y a las mesas, venían caminando la abuela y la nieta.
Juan fijó la mirada en esa mujer añosa que precedía a la joven y descubrió que se trataba de aquella morocha, simpática, sensual, inteligente y de su misma edad que
alguna vez se había ido al interior del país con los mutuos deseos inconclusos. Sus ojos veían a la misma mujer que en una despedida laboral se
llevó aquel beso en la mejilla
y el calor compartido de la mano dócil. No notaba el paso del tiempo en ese rostro y en ese cuerpo
gastado por la vida.
Ella lo reconoció al instante, y sus miradas volvieron a comunicarse
como si nunca hubiesen dejado de hacerlo. Ante lo inevitable de las
presentaciones, Patricia se adelantó y dijo:
—Te presento a mi hija
Malena y a mi madre Alicia Alanís, viuda de Martínez, como ella suele presentarse, y... en este rincón... simplemente mi querido Juan —lo dijo de forma
jocosa con la intención de aliviar la tensión que el encuentro inesperado podía generar.
Juan se levantó con una rara percepción de gozo por el reencuentro e incomodidad
inevitable, y se presentó formalmente:
—Me llamo Juan Alberto
Henriken y es un placer conocerlas —mintió con la esperanza de evitarle a Alicia algún tipo de explicación incómoda - y continuó -No sabía que tenías una hija y una madre tan bellas, debí suponerlo.
— Sí, Malena es hermosa, y en cuanto a mamá, siempre conservó ese aire de mujer distinguida. Así que... para una primera presentación y teniendo en cuenta que ya terminamos el café, no quiero forzar una situación de diálogo protocolar innecesario.
Por eso Male, Mami, Juan,
si quieren hacer algún comentario antes de irnos, este el momento.
— Hija no lo incomodes a
Juan, no soy un monstruo y si lo elegiste debe ser sin duda un gran hombre.
—No, por favor... Alicia
es su nombre ¿no? —continuó con la omisión—. Soy solo un hombre viejo, solitario y que quiere
la felicidad de su hija, aunque no estoy seguro que para ella sea yo la elección correcta. El amor pasa pocas veces en la vida, en
mi caso dos, y no siempre uno está en el lugar correcto para abordarlo. ¿Nos vamos Patricia?
—Discúlpeme, Juan —intervino Alicia—: ¿según usted afirma el amor pasó solo dos veces en su vida?
— Sí, y lo trágico es que tuve que dejarlo pasar y quedé las dos veces en el mismo lugar de la resignación. En fin, son reflexiones sin importancia de un
jubilado melancólico y solterón.
Al finalizar el comentario, se acercó a Malena y con un beso de despedida le rozó la mejilla.
Al acercar su rostro al de esa mujer que amo durante toda su vida cerró por un instante los ojos y aspiró el mismo perfume de jazmín que jamás pudo olvidar.
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