27/11/2016

Taller de lectura: Roberto Fontanarrosa: “Los trenes matan a los autos” y “Bebina, soy Alicia” (cuentos)

recomendados por: Gabriela Meriggi

El Taller de Lectura es un espacio maravilloso para recorrer el mundo a través de la palabra. En este ámbito la imaginación se vuelve fructífera y desfilan títulos, escritores, personajes, contextos y las historias de los participantes y ajenos, como la del padre de María Teresa, veterano de la Primera Guerra Mundial, que ella nos relató en un emocionante cuento.

Roberto Fontanarrosa ingresó al Taller como una curiosidad y se lució con su libro de cuentos Los trenes matan a los autos, desde el título hasta su forma divertida, seria, coloquial o descabellada de abordar diferentes temas.
Por ejemplo, el cuento que da título al libro presenta la disputa entre dos modelos de mundo y de sociedad a través de la batalla entre vehículos que adquieren voluntad propia:

Llegó un momento en que la lucha entre los trenes y los autos tomó ribetes desesperados. Todos creyeron, un poco ingenuamente, que aquel tímido Citroen, aplastado sin piedad por el Expreso del Norte en las postrimerías de marzo, había sido tan sólo un accidente. Un lamentable accidente como lo había catalogado la prensa. Pero ya en junio, la víctima fue un ampuloso Dodge Polara que, destrozado, despedazado e inútil cayó al costado de la vía del Trueno de Plata. Hubo quienes, incluso, ignorantes de la realidad o simplemente poco advertidos, celebraron el sacrificio del Dodge, contentos ante la oscura suerte de coche tan orgulloso y pedante. Pero lo que desencadenó todo, lo que despertó violentamente el rechazo popular y los ataques virulentos de la prensa fue el suceso de Recalada. Un pequeño e indefenso "ratón alemán" fue vandálicamente atropellado y reducido a chatarra por el fatídico Expreso del Norte.

En el cuento "Bebina, soy Alicia" Fontanarrosa nos presenta a Alicia, una señora recientemente fallecida, que le cuenta a su hermana lo que va observando durante su lento ascenso al Cielo. El relato de Alicia, mujer culta y refinada según su humilde opinión, es también una crítica al mundo que deja y de su imaginación de lo que es el Paraíso merecido, con la expectativa de encontrarse con personajes admirados hasta llegar al mismísimo San Pedro:

[...] ¡He llegado, Bebina! Hay una música, celestial, por supuesto. Todo es etéreo. Una fuerza me atrapa por la cintura con la firmeza de las manos de un jinete, tal vez ese mismo con el cual cabalgábamos en "La Rinconada". No es un empuje compulsivo, es una invitación. Navego, nao deslumbrada, entre desfiladeros de nubes. Al fondo veo un noble anciano sentado frente a una mesa. Reconozco en él a San Pedro. ¡Lo he visto mil veces en las estampitas! A sus espaldas, enorme, una puerta de dos hojas de madera labrada. Un trabajo de milenios con relieves fabulosos. Una cosa eterna, no como las puertas que se hacen ahora, enchapadas. Un detalle que muestra la elección de un espíritu refinado. Una puerta que no es para todos, Bebina. No es para todos.
San Pedro eleva sus ojos profundos hacia mí y, ahora, sonríe. Sin duda, lo han alertado de mi arribo. Gabriela, seguramente. Toma un papel, un formulario, y adivino en sus gestos cuidadosos el final de mi roce con seres menores, la culminación del terreno martirologio de alternar con mediocres, vulgares y procaces.
Ahora alza la vista y me dice:
—¿Trabajas o estudiás, flaquita?



Lo descabellado y fascinante de este cuento, la apertura de Magdalena a recibir propuestas, la descontracturada participación de los alumnos y los mates de Melina son ingredientes perfectos para desear y necesitar estar en el Pasaje Dardo Rocha todos los miércoles a las 18. 

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