recomendados
por: Gabriela Meriggi
El
Taller de Lectura es un espacio maravilloso para recorrer el mundo a través de
la palabra. En este ámbito la imaginación se vuelve fructífera y desfilan
títulos, escritores, personajes, contextos y las historias de los participantes
y ajenos, como la del padre de María Teresa, veterano de la Primera Guerra
Mundial, que ella nos relató en un emocionante cuento.
Roberto
Fontanarrosa ingresó al Taller como una curiosidad y se lució con su libro de
cuentos Los trenes matan a los autos, desde el título hasta su forma
divertida, seria, coloquial o descabellada de abordar diferentes temas.
Por
ejemplo, el cuento que da título al libro presenta la disputa entre dos modelos
de mundo y de sociedad a través de la batalla entre vehículos que adquieren
voluntad propia:
Llegó
un momento en que la lucha entre los trenes y los autos tomó ribetes
desesperados. Todos creyeron, un poco ingenuamente, que aquel tímido Citroen,
aplastado sin piedad por el Expreso del Norte en las postrimerías de marzo,
había sido tan sólo un accidente. Un lamentable accidente como lo había
catalogado la prensa. Pero ya en junio, la víctima fue un ampuloso Dodge Polara
que, destrozado, despedazado e inútil cayó al costado de la vía del Trueno de
Plata. Hubo quienes, incluso, ignorantes de la realidad o simplemente poco
advertidos, celebraron el sacrificio del Dodge, contentos ante la oscura suerte
de coche tan orgulloso y pedante. Pero lo que desencadenó todo, lo que despertó
violentamente el rechazo popular y los ataques virulentos de la prensa fue el
suceso de Recalada. Un pequeño e indefenso "ratón alemán" fue
vandálicamente atropellado y reducido a chatarra por el fatídico Expreso del
Norte.
En
el cuento "Bebina, soy Alicia" Fontanarrosa nos presenta a Alicia,
una señora recientemente fallecida, que le cuenta a su hermana lo que va
observando durante su lento ascenso al Cielo. El relato de Alicia, mujer culta
y refinada según su humilde opinión, es también una crítica al mundo que deja y
de su imaginación de lo que es el Paraíso merecido, con la expectativa de
encontrarse con personajes admirados hasta llegar al mismísimo San Pedro:
[...]
¡He llegado, Bebina! Hay una música, celestial, por supuesto. Todo es etéreo.
Una fuerza me atrapa por la cintura con la firmeza de las manos de un jinete,
tal vez ese mismo con el cual cabalgábamos en "La Rinconada". No es
un empuje compulsivo, es una invitación. Navego, nao deslumbrada, entre
desfiladeros de nubes. Al fondo veo un noble anciano sentado frente a una mesa.
Reconozco en él a San Pedro. ¡Lo he visto mil veces en las estampitas! A sus
espaldas, enorme, una puerta de dos hojas de madera labrada. Un trabajo de
milenios con relieves fabulosos. Una cosa eterna, no como las puertas que se
hacen ahora, enchapadas. Un detalle que muestra la elección de un espíritu
refinado. Una puerta que no es para todos, Bebina. No es para todos.
San
Pedro eleva sus ojos profundos hacia mí y, ahora, sonríe. Sin duda, lo han
alertado de mi arribo. Gabriela, seguramente. Toma un papel, un formulario, y
adivino en sus gestos cuidadosos el final de mi roce con seres menores, la
culminación del terreno martirologio de alternar con mediocres, vulgares y
procaces.
Ahora
alza la vista y me dice:
—¿Trabajas
o estudiás, flaquita?
Lo
descabellado y fascinante de este cuento, la apertura de Magdalena a recibir
propuestas, la descontracturada participación de los alumnos y los mates de
Melina son ingredientes perfectos para desear y necesitar estar en el Pasaje
Dardo Rocha todos los miércoles a las 18.
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