27/11/2016

Latidos

Lidia Mazza / Taller de narrativa


   Mi infancia fue extraña. Me refiero a que no llevé una vida normal. Yo era diferente a los demás. A los trece años, mis padres me enviaron a la escuela agraria. Salía de casa antes del amanecer y volvía entrada la noche, rendido, solo para dormir y recomenzar la rutina al día siguiente. No teníamos festejos porque la estricta religión que ellos practicaban prohibía las celebraciones, excepto las litúrgicas.
   Al graduarme, impulsé la granja familiar,que lentamentehabía caído en el abandono debido a la prematura muerte de mi padre. El trabajo duro me impedía pensar en la soledad y atenuaba la monotonía. Desarrollé una larga rutina de tareas rurales demoledoras, que enfrentaba como un condenado. Al enviudar, mi madre, se refugió en la religión. Una noche se metió en la cama y no se levantó nunca más.
   La sepulté en una esquina del terreno, junto a la imagen que tanto veneraba, una sencilla estatua de yeso, de unos quince centímetros de altura, representando a una bellísima mujer rubia, vestida con un traje azul y plateado, que llevaba en su mano derecha un corazón sangrante. Sobre la tumba planté un espinillo, que al año estrenó enormes púas y flores bermellón. Sólo después de muchos cuidados logró adquirir un poco de esplendor y de lozanía.
   Así pasaron mis días, hasta que una mañana de primavera advertí un cambio. El jardín se despertó agresivo;  parecía crecer y moverse ante mis ojos y, donde antes no había nada, brotaron largas ramas. Las plantas se desmadraban. Me vi obligado a podar, a recortar los arbustos y a vigilar los canteros, para que no estallaran por la presión de las raíces.
   El espinillo se cubrió de grandes hojas oscuras y puntiagudas terminadas en púas marrones. La planta adquirió una apariencia amenazadora. Advertí que había algo inusual, que resplandecía entre el follaje, pero cuando traté de acercarme para averiguar, desistí porque estuvo a punto de arañarme la cara.   Como un gato enfurecido, el espinillo se movía al compás del viento, defendiendo el secreto entre sus brazos. Enloquecido, a los hachazos, cometí un inconfesable destrozo, pero alcancé el brillante objeto con la punta de los dedos, y advertí su repugnante frialdad.
   En ese momento, una espina atravesó el dorso de mi mano y causò mucho dolor. La sangre empezó a manar al ritmo de los latidos del corazón, como una fuente. Corrí al piletón del patio trasero y me lavé sin soltarlo. Cuando paró de brotar la sangre me detuve a examinarlo y descubrí con sorpresa, que se trataba de la estatua venerada que había enterrado junto a mi madre. Tenía una pequeña parte astillada y filosa a la altura de la nuca por donde podía espiarse su cuerpo hueco de molde de yeso. Solo un prodigio, como el que esa mañana se vivió en el jardín, pudo hacerla aflorar. Me pregunté si la fuerza de las raíces o los brotes poderosos la habrían sacado del encierro al que la sometí o si fue su propia voluntad la que la rescató del olvido.
   ¡Si tan solo me hubiera dado cuenta a tiempo!
   La devolví a su altar doméstico, ubicado sobre el aparador del comedor y traté de acomodarla para que no se viera su cabeza rota.
   Casi anochecía cuando el jardín pareció aquietarse y pude sentarme a descansar debajo del parral pero sin que hubiera realizado ningún movimiento que lo justificara, mi herida volvió a sangrar. Decidí recurrir a la botella de alcohol fino que guardaba en la parte baja del aparador.    Al pasar frente a la estatua, respondiendo a un impulso, la tomé entre mis manos. Algunas gotas de sangre la salpicaron y resbalaron por el hueco de su cabeza rota hasta perderse en el interior. Mi herida se cerró.
   A la mañana siguiente, cuando estaba podando el limonero, volví a sangrar y se dibujó sobre mi brazo un río rojo y caliente. Seguramente la lesión era más grave de lo que había creído en un primer momento y abandoné las tijeras para ir a casa a buscar vendas. Al pasar cerca de la imagen, otra vez sentí el llamado y el impulso de levantarla con la mano ensangrentada y la herida volvió a cerrarse.
   A partir de ese día respondí fielmente a cada uno de sus llamados. La obedecía, y si bien no niego que alguna vez traté de ignorarla, también es cierto que casi muero desangrado cuando no le respondí. Ella era muy exigente y vengativa.
   Mi salud comenzó a deteriorarse, poco a poco me fui debilitando igual que mis padres, perdí mi voluntad entregándome a los caprichos de la estatua. Dejé de alimentarme y abandoné el cuidado de la granja.
   Una mañana tropecé y caí sobre la tumba de mi madre, incapaz de moverme allí me quedé esperando el final. No sé cuánto tiempo pasó, pero tuve suerte porque me encontró el vecino cuando vino a pedirme el hacha. Alarmado por mi estado, me ayudó a entrar a casa e insistió en llamar a la ambulancia. En ese momento, la vio.
¡Hermosa estatua! —me dijo mientras la alzaba, y yo, cobarde en un acto de egoísmo inconfesable, con el hilo de vida que aún me quedaba, se la regalé.

  Alcancé a despedirme antes de que me subieran a la ambulancia. Ella sobresalía apenas del bolsillo superior de la chaqueta de mi vecino; él me saludó con la mano izquierda porque se había hecho un feo corte en la otra, de la cual brotaba sangre, roja y caliente, como una fuente, al ritmo de los latidos del corazón.

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