27/11/2016

A Ella no la culpo

José Agustín Barragán / Taller de narrativa


  Llega el tren y mientras lo veo detenerse en la estación, pienso en las cosas que hice: gente a la que defraudé, que me quiso pero ya no más; todo, en breve minutos, hace de mí día vaya de mal en peor.
  Se detiene y se abren las puertas. De a adentro sale gente, mucha gente. De todos los que salen no conozco a ninguno, y ellos, menos me conocen a mí; mejor que siga así, no querrán ser defraudados.
  Termina de salir la mayoría de la gente. Entro y me siento. Los bancos son incomodos y están desteñidos, pero no me importa; a decir verdad, pocas cosas me importan, quizás, lo que más me importa en este mundo es ella. Sí, Ella ¿No me crees? Pues es una lástima, porque es la verdad; es más, Ella está en el tren y no me ve a la cara, no quiere verme, me odia y no la culpo.
  El tren inicia la marcha y me acomodo, saco mi celular, conecto los auriculares y pongo algo de música; la música no debería relajarme, pero lo hace; es muy raro ¿Quién se puede relajar cuando escucha algo del estilo de Metallica? Si logras responderme te estaré muy agradecido. Luego la miro a Ella, y Ella, indignada, se levanta y va a otro vagón; no sé por qué, pero yo también me levantó y la sigo. Yo sé que no quiere que la siga, me detesta, me odia, al verme enferma de rabia, y no la culpo… pero igual voy.
  Ella empieza a correr cuando ve que la sigo. Voy pasando por todos los vagones hasta llegar al final del tren y, mientras los paso, revivo todos los pecados que cometí contra Ella; una infinita sucesión de eventos que me veo obligado a repetir: cuando la conocí, cuando le hablé por primera vez, el primer rechazo, el segundo, incluso cuando la seguí. Todo, absolutamente todo.
  En el último vagón, Ella tropieza y yo quedo a sus pies, observando y contemplando su belleza, su inmensa belleza, que deja a todos sin palabras. Fuerzo la vista y me doy cuenta: está llorando, me tiene miedo y no la culpo. Llora y llora; su cuerpo comienza a temblar cuando me ve fijo a los ojos. Mi manera de ser provocó todo esto y lo sé muy bien, pero aun así, todo sigue. A Ella no la culpo. A Ella no quiero culparla ¿Por qué habría de hacerlo? Si Ella no tiene la culpa.
  Entonces… todo se hace oscuro y nada veo.

  Pero una tenue luz vuelve a iluminar el tren y Ella no está. Ella se fue. Me veo obligado a regresar por donde vine. A paso lento y melancólico vuelvo a pasar por la infinita sucesión de eventos, solo que ahora, ya no refleja mis pecados, no; ahora solo refleja una foto, una foto de hace mucho tiempo: estamos nosotros, Ella y yo, y no vemos felices.
  Luego me voy, sin mostrarme indiferente a lo que se me muestra, hasta que llego al vagón en el que Ella estuvo sentada. Me acerco a su asiento y allí me quedo. Encuentro algo que me resulta muy familiar. Demasiado, quizás.
  Un sobre; tiene un nombre ¿Pero acaso importa? Yo sé cuál nombre lleva, tú lo sabes… todos lo sabemos: es el de Ella. Dentro hay dos cosas: una carta. Carta que contiene palabras bonitas y verdades cargadas de una sinceridad que nadie jamás ha podido igualar; lo otro que hay es una foto, nuestra foto.

  Al final, la carta y la foto es lo único que de Ella me queda; lo único a lo que aferrarme. Lo único a lo que podía aferrarme.

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