27/11/2016

Formalidad en Azul

JD Rodríguez / Taller de narrativa

   Por la mañana te despertaste como cualquier otro día, te estiraste un rato en la cama y te pediste a vos mismo otros cinco minutos, te los concediste; pero cinco se convirtieron en treinta. Al despertar de nuevo, contento de haber vuelto a enganchar el sueño que habías tenido antes, te levantaste instantáneamente. Pensaste que los domingos no estaban nada mal; pero que ojalá Andrea no estuviera de viaje. Fuiste al baño, orinaste y pensaste que no, que sí estaba bien que Andrea estuviera de viaje; ya era hora de que tuvieras unos cuantos días para vos solo. Te pusiste frente al espejo, te cepillaste los dientes durante tres minutos y te pasaste el hilo dental durante otro. Yo eso nunca te lo he entendido, te cepillás los dientes durante tres minutos, con cuidado, con mucho cuidado, tratando de no dejar ninguno desahuciado, después agarrás el hilo y lo hacés pasar entre diente y diente, y diente y canino, y canino y muela, y qué se yo; como si estuvieras limpiando un ídolo neolítico, de quién sabe qué dios pagano, que necesitase esa limpieza tan profunda y cuidadosa antes de meterse a una vitrina en la frialdad de algún museo; pero después de todo ese ritual, después de todo ese maldito ritual, vos venís y te tomás un café y te fumás un cigarro, eso no está bien hombre, eso es de estar mal de la cabeza. Esta mañana no, esta mañana, después del proceso bucal, fuiste y pusiste la cafetera, caminaste hacia la computadora, que siempre dejás encendida, y pusiste un álbum de Pixies (Surfer Rosa con toda probabilidad) y yo pensé que a la vida siempre había que ponerle un buen soundtrack, nadie se quiere morir con reggaeton de fondo. Tu cafetera es una maravilla, el instante que te tardaste en elegir el álbum y ponerlo, la cafetera lo utilizó para segregar una taza de café negro, bien espeso como te gusta a vos. Volviste a la cocina, ya saboreando el olor en el aire, te serviste una taza, nada de azúcar, viste un pedazo de papel sostenido por un imán en el frente del refrigerador, lo levantaste y leíste durante un minuto y diez segundos. Ahora estás llegando acá y empezás a acelerar, porque todo esto empieza a resultar un tanto extraño. Pensás que todo parece como si alguien te estuviera vigilando; entonces te das la vuelta, bueno, tratás de darte la vuelta; pero antes de lograrlo sentís un dolor punzante desde los riñones hacia arriba y calculo que ya esto no lo leerás jamás, aquí es donde el mundo gotea y estas palabras empiezan a deshacerse en medio de una gran mancha roja y pegajosa; pero también es posible que todo fracase, así que es necesario que yo termine esto, al menos para dejarte saber que ya sé todo y también «lo que te estoy haciendo»/«quisiera haberte hecho». Hace un rato que estás gritando y moviendo las manos sobre tu espalda, con un frenesí que te hace ver como un estúpido, tratando de contener la salida de tus interiores. Te corto las cuerdas vocales y me siento satisfecho por un momento, hasta que noto ese ruido que estás haciendo por el agujero de la garganta, me resulta molesto; así que para callarte te empiezo a hablar y a contarte todo esto; lo de Belén, lo de la pintura, lo irónico que es que al final el suelo lo estés pintando de rojo. Lo siento si se me sale alguna puteada o, peor aún, una escupida en la cara que en este momento se te debe estar retorciendo (debés estar hincado), la verdad es que estoy en un estado muy emocional y calculo que no tengo auto control suficiente. Espero que al menos te esté diciendo las cosas, sé que no te estoy preguntando por qué, porque no me importa, sólo quiero hacerte saber que no soy ningún imbécil y que no entiendo cómo pudiste pensar que no me iba a dar cuenta, especialmente al haber utilizado ese color; odio que la gente se porte de forma condescendiente conmigo, y vos sabés eso. De verdad espero que ardás en el infierno y mirá que yo no creo en esas pendejadas, pero vos hacés que al menos quiera creerlas (y creerlas rojas para que te jodan aún más). Ya estás empezando a perder la conciencia, mientras seguís haciendo ese ruido como de pez fuera del agua; así que supongo que se nos acaba el tiempo. En un momento, cuando estés del todo muerto, no te voy a cerrar los ojos como hacen en las películas, a la mierda tus ojos y a la mierda vos y a la mierda tu color azul y el cigarro que no te lograste fumar. Belén te manda saludos.

Atentamente,

Ignacio.

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