Por Agustín Barragán / Taller de escritura
«Pero
a Morgoth, los Valar lo arrojaron por la Puerta de la Noche, más allá de los
Muros del Mundo, al Vacío Intemporal. No obstante, las mentiras que Melkor el
poderoso y maldito, Morgoth Bauglir, el del poder del Terror y el Odio, sembró
en el corazón de los Elfos y Hombres, son una semilla que no muere y no puede
destruirse. De vez en cuando germina de nuevo y dará negro fruto hasta en los
últimos días»
Fragmento de “El Silmarillion” de J.R.R Tolkien y Christopher Tolkien
Cuando yo era pequeño, mi padre, Alan
Fernández, el más grande y poderoso de todos los Magos y Alquimistas que
habitaban la Tierra luego de la Última Guerra, solía contarme las antiguas
hazañas de mi abuelo, el Viejo Ben, el primero de los Corredores. Yo terminaba
fascinado con esas historias, historias que transcurrían en los tiempos en que
aún era posible utilizar aparatos eléctricos y en los que muy poca gente se
detenía para aprovechar la vida (tiempos muy extraños a decir verdad), pero no
lo suficiente fascinado como para querer ser un Corredor; y eso, que el poder
de moverse a velocidades cercanas a la de la luz estaba tanto en mí, como en mí
padre o el resto de nuestro linaje.
No quería ser un Corredor, heredé muchas de
las aptitudes de mi padre cuando me había llevado en sus viajes y quería ser
como él: sabio y tolerante, poderoso y sin igual, protector de los libros y de
las fuerzas ocultas que están en mí mundo y en todos los universos habidos y
por haber. Tenía optimismo y una gran ambición, nada me impediría llegar a mi
meta.
Por supuesto esto no fue así, yo ni en diez
vidas llegaría a ser tan grande, solo era uno más en el gran tablero de ajedrez
que se venía formando desde que mi abuelo fuera engendrado con la bendición (o
maldición, todo depende del punto de vista) de poder correr a velocidades
cercanas a la de la luz; somos una estirpe maldita.
Poco tiempo antes de que cumpliera los
catorce y se me obligara entre ser Corredor o un Hechicero de la Legión, un
hecho que me marcó para siempre, había hecho que me decidiera por completo: mi
padre fue encontrado muerto, en circunstancias muy sospechosas, un 12 de Marzo
del año 2.119; el Libro de la Vida se le fue cerrado para siempre. No solo mi
padre había muerto misteriosamente, sino que también varios de sus afiliados y
algunos parientes cercanos a nuestra rama, que si bien eran Corredores y no
pertenecían a la Legión, sufrieron el mismo destino. Una oscuridad se estaba
propagando y aun no nos dábamos cuenta, cuando lo supimos ya era demasiado
tarde…
Mi padre estaba muerto, no había día en que
mi madre no llorara su perdida, pero yo no dejaría que eso me derrumbara; no,
yo seguiría sus pasos y sería igual o mejor que él; tenía que ser fuerte. Por
eso, antes de irme de la Casa de los Fernández, dije frente a todos los
miembros de mi familia (entre ellos a mi abuelo, que se mantenía firme delante
de mí, con su semblante bien en alto; atento a mis palabras).
— Me
voy sin el respeto de ustedes. Pero algún día, cuando regrese y sea igual o más
poderoso que mi padre, me respetaran hasta el final de mis días – sí, con ese
descaro y soberbia les hable a todos ellos. Después me arrepentiría de haberles
hablado así, pero en ese momento, me había sentido muy bien al hablar con tanta
seguridad.
Entonces, tomé mis pocas cosas y me fui.
Primero dejé atrás nuestro castillo de grises paredes e innumerables
habitaciones, para luego atravesar la ciudad que dirige mi abuelo hasta llegar
a la muralla que delimita todo el reinado. Una vez afuera, comencé mi largo
viaje hasta la Legión. Por decisión propia (y no por una exigencia, como
algunos han llegado a creer) fui caminando hasta la Legión, en vez de ir
corriendo con mi velocidad que, aunque no es nada comparada con la de mis
primos y primas, hubiera llegado en quince minutos como mucho. Pero yo no
quería seguir el camino fácil, no. Si lo iba a hacer, lo haría bien; por lo
tanto, caminé y caminé, aguantando las grandes dificultades del viaje.
Aprovecharé el poco interesante viaje hasta
la Legión para dar unos breves detalles de la clase de mundo en el que vivía.
Para empezar, desde finales del comúnmente
llamado sigo XX varias personas habían empezado a desarrollar un poder oculto
que, de a poco, se extendió hasta todo ser humano en el planeta. Muchas historias
transcurrirían a partir de allí, y de todo tipo, hasta que todo desencadeno con
la llegada de la Última Guerra (ahí todo el mundo se enfrentaría contra todos).
Al final, la Tierra sufriría un cambio geográfico muy importante: partes de
tierra de sumergieron y otras tantas emergieron.
Luego de la guerra, mi abuelo había reunido a
todos los Corredores sobrevivieron y nos llevó hasta lugares remoto donde fundo
el reino que ahora comanda. Con el tiempo llegarían más personas con nosotros y
mi abuelo se los permitiría a cambió de que el sirvan cuando él lo necesitara;
y así fue. Lo mismo hicieron otros sobrevivientes de la Última Guerra, hasta
casi hacer una separación de poderes a base de reinos en todo el mundo.
Luego de caminar todo un día y la mitad de
otro, llegué a la Legión. Una piedra cuadrada marcaba la entrada. La piedra era
bastante grande y arriba de ella estaba grabado un escudo: consistía en un
paisaje muy bello de una día soleado, un rio en el cual navegaba una especie de
barco (dos, en realidad) y varios animales que disfrutaban su plena existencia
en la tierra. Debajo del escudo había algo escrito, no se podía leer con
claridad, pero parecía que, en otro
tiempo, había representado algo de mucha importancia:
*STE E* *L ***UDO **NICIP**
DE *A *LAT*
Tras examinar la piedra un par de minutos,
hice lo que debe hacer todos lo que quieran unirse a la Legión. Me incliné y,
con una vara que agarré de los alrededores, dibujé uno de los sellos que había
impresos en los libros de mi padre. Claro que, para hacerlo, tuve que usar de
guía uno de esos libros, porque se trataban de sellos muy complicados y
enrevesados que para hacerlos bien, era necesario una buena memoria o un fiel y
confiable libro.
Segundos después, un temblor sacudió el lugar
y la piedra y parte de la tierra que había más allá de ella, comenzó a
levantarse hasta revelar la puerta oculta que conducía a la Legión. Cuando la
puerta había terminado de revelarse, esta se abrió y de adentro salieron Savir
Raj (el hombre que otrora había sido la mano derecha de mi padre), junto con
dos acólitos que venían vestidos con túnicas verdes. Raj se acercó a mí para
darme la mano y luego dijo:
— Bienvenido, Saudalf Fernández, hijo de Alan,
nuestro fundador – Si, ese es mi nombre. No pienso, ni quiero explicar el
origen de mi nombre. Lo que si voy a decir, es que durante muchos años renegué
con él, pero a la larga, un día como cualquier otro, me acostumbré y ya no me
importa cómo me llamen; siempre y cuando lo hagan con respeto.
— Espero sobrevivir a la experiencia – dije, y
nos dimos un apretón de manos. Entonces, los cuatro entramos a la Legión.
Mientras caminábamos por los pasillos
subterráneos que conformaban la Legión, Raj me hablaba sobre cómo mi padre
había recorrido el mundo luego de dejar a los Corredores, para conocer más
sobre este y las fuerzas ocultas y místicas que lo rodean. Yo conocía muy bien
esa historia, pero por no querer faltarle el respeto, le escuchaba con atención
mientras iba mirando las habitaciones. En varias de ellas había chicos y chicas
muy jóvenes, de edades aproximadas a la mía en ese momento e inclusive en
algunos casos me superaban. Todos ellos estaban ahí por un objetivo similar al
mío… o eso creí hasta que conocí la historia de la Séptima Llave.
Cuatro años después, con mi entrenamiento ya
casi completado, me convocaron, junto con otros estudiantes, a la ceremonia de
finalización en el gran salón de la Legión. Allí, a cada uno nos dieron
nuestras túnicas que, depende del color, para demostrar nuestro esfuerzo y
dedicación para llegar a donde estábamos. La mía fue de color purpura con
bordes amarillos; bastante aceptable comparado con lo que les tocó a algunos de
mis compañeros. Todo iba perfecto hasta que, al finalizar la ceremonia, uno de
los sirvientes de túnicas verdes me avisó que Raj necesitaba hablar conmigo.
Debo admitir que fui con miedo hasta el
despacho de Raj, puesto que el sirviente temblaba cuando me había transmitido
el mensaje; muy raro, muy raro.
Una vez que llegué, Raj me invitó a sentarme:
yo acepte. Se lo veía nervioso, su mano temblaba un poco y las ojeras eran
claras señales de que hacía unos días que no dormía bien. Entonces, Raj dijo:
— Tengo una tarea para ti, una muy importante.
— ¿Tan pronto? – dije – Hace menos de una hora
que completé el entrenamiento.
— Si, esta tarea no puede esperar. Te fue
heredada desde el día en que tu padre dejó este mundo. Durante muchos años
rogué para que este día no llegara, pero es imposible, no puedo posponer tu tarea.
— ¿De qué se trata? – me impaciente, sin darme
cuenta había comenzado a apretarme las rodillas con ambas manos.
— De algo que jamás debió existir. El mal que
creo aún se extiende en nuestro vasto mundo. Nada se compara con él, es
terrible. Si escapa… será nuestro fin.
Los ojos de Raj estaban muy vidriosos, en
cualquier momento se iba a largar a llorar y yo
entendía aún porque.
— ¿Pero de qué se trata? Sé más específico por
favor.
— De la razón por la cual tú y tu familia
existen: un demonio llamado Judas. Gracias a él y su deseo de poder, tu abuelo
nació cuando no debería haberlo hecho. El trato que había hecho tu bisabuelo
eran seis niños, no siete…
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