21/12/2015

El Guardián de la Séptima Llave

Por Agustín Barragán / Taller de escritura


«Pero a Morgoth, los Valar lo arrojaron por la Puerta de la Noche, más allá de los Muros del Mundo, al Vacío Intemporal. No obstante, las mentiras que Melkor el poderoso y maldito, Morgoth Bauglir, el del poder del Terror y el Odio, sembró en el corazón de los Elfos y Hombres, son una semilla que no muere y no puede destruirse. De vez en cuando germina de nuevo y dará negro fruto hasta en los últimos días»

Fragmento de “El Silmarillion” de J.R.R Tolkien y Christopher Tolkien

  Cuando yo era pequeño, mi padre, Alan Fernández, el más grande y poderoso de todos los Magos y Alquimistas que habitaban la Tierra luego de la Última Guerra, solía contarme las antiguas hazañas de mi abuelo, el Viejo Ben, el primero de los Corredores. Yo terminaba fascinado con esas historias, historias que transcurrían en los tiempos en que aún era posible utilizar aparatos eléctricos y en los que muy poca gente se detenía para aprovechar la vida (tiempos muy extraños a decir verdad), pero no lo suficiente fascinado como para querer ser un Corredor; y eso, que el poder de moverse a velocidades cercanas a la de la luz estaba tanto en mí, como en mí padre o el resto de nuestro linaje.
  No quería ser un Corredor, heredé muchas de las aptitudes de mi padre cuando me había llevado en sus viajes y quería ser como él: sabio y tolerante, poderoso y sin igual, protector de los libros y de las fuerzas ocultas que están en mí mundo y en todos los universos habidos y por haber. Tenía optimismo y una gran ambición, nada me impediría llegar a mi meta.
  Por supuesto esto no fue así, yo ni en diez vidas llegaría a ser tan grande, solo era uno más en el gran tablero de ajedrez que se venía formando desde que mi abuelo fuera engendrado con la bendición (o maldición, todo depende del punto de vista) de poder correr a velocidades cercanas a la de la luz; somos una estirpe maldita.

  Poco tiempo antes de que cumpliera los catorce y se me obligara entre ser Corredor o un Hechicero de la Legión, un hecho que me marcó para siempre, había hecho que me decidiera por completo: mi padre fue encontrado muerto, en circunstancias muy sospechosas, un 12 de Marzo del año 2.119; el Libro de la Vida se le fue cerrado para siempre. No solo mi padre había muerto misteriosamente, sino que también varios de sus afiliados y algunos parientes cercanos a nuestra rama, que si bien eran Corredores y no pertenecían a la Legión, sufrieron el mismo destino. Una oscuridad se estaba propagando y aun no nos dábamos cuenta, cuando lo supimos ya era demasiado tarde…
  Mi padre estaba muerto, no había día en que mi madre no llorara su perdida, pero yo no dejaría que eso me derrumbara; no, yo seguiría sus pasos y sería igual o mejor que él; tenía que ser fuerte. Por eso, antes de irme de la Casa de los Fernández, dije frente a todos los miembros de mi familia (entre ellos a mi abuelo, que se mantenía firme delante de mí, con su semblante bien en alto; atento a mis palabras).

 —  Me voy sin el respeto de ustedes. Pero algún día, cuando regrese y sea igual o más poderoso que mi padre, me respetaran hasta el final de mis días – sí, con ese descaro y soberbia les hable a todos ellos. Después me arrepentiría de haberles hablado así, pero en ese momento, me había sentido muy bien al hablar con tanta seguridad.
  Entonces, tomé mis pocas cosas y me fui. Primero dejé atrás nuestro castillo de grises paredes e innumerables habitaciones, para luego atravesar la ciudad que dirige mi abuelo hasta llegar a la muralla que delimita todo el reinado. Una vez afuera, comencé mi largo viaje hasta la Legión. Por decisión propia (y no por una exigencia, como algunos han llegado a creer) fui caminando hasta la Legión, en vez de ir corriendo con mi velocidad que, aunque no es nada comparada con la de mis primos y primas, hubiera llegado en quince minutos como mucho. Pero yo no quería seguir el camino fácil, no. Si lo iba a hacer, lo haría bien; por lo tanto, caminé y caminé, aguantando las grandes dificultades del viaje.

  Aprovecharé el poco interesante viaje hasta la Legión para dar unos breves detalles de la clase de mundo en el que vivía.
  Para empezar, desde finales del comúnmente llamado sigo XX varias personas habían empezado a desarrollar un poder oculto que, de a poco, se extendió hasta todo ser humano en el planeta. Muchas historias transcurrirían a partir de allí, y de todo tipo, hasta que todo desencadeno con la llegada de la Última Guerra (ahí todo el mundo se enfrentaría contra todos). Al final, la Tierra sufriría un cambio geográfico muy importante: partes de tierra de sumergieron y otras tantas emergieron.
  Luego de la guerra, mi abuelo había reunido a todos los Corredores sobrevivieron y nos llevó hasta lugares remoto donde fundo el reino que ahora comanda. Con el tiempo llegarían más personas con nosotros y mi abuelo se los permitiría a cambió de que el sirvan cuando él lo necesitara; y así fue. Lo mismo hicieron otros sobrevivientes de la Última Guerra, hasta casi hacer una separación de poderes a base de reinos en todo el mundo.

  Luego de caminar todo un día y la mitad de otro, llegué a la Legión. Una piedra cuadrada marcaba la entrada. La piedra era bastante grande y arriba de ella estaba grabado un escudo: consistía en un paisaje muy bello de una día soleado, un rio en el cual navegaba una especie de barco (dos, en realidad) y varios animales que disfrutaban su plena existencia en la tierra. Debajo del escudo había algo escrito, no se podía leer con claridad, pero parecía que, en otro tiempo, había representado algo de mucha importancia:

*STE E* *L ***UDO **NICIP** DE *A *LAT*

  Tras examinar la piedra un par de minutos, hice lo que debe hacer todos lo que quieran unirse a la Legión. Me incliné y, con una vara que agarré de los alrededores, dibujé uno de los sellos que había impresos en los libros de mi padre. Claro que, para hacerlo, tuve que usar de guía uno de esos libros, porque se trataban de sellos muy complicados y enrevesados que para hacerlos bien, era necesario una buena memoria o un fiel y confiable libro.
  Segundos después, un temblor sacudió el lugar y la piedra y parte de la tierra que había más allá de ella, comenzó a levantarse hasta revelar la puerta oculta que conducía a la Legión. Cuando la puerta había terminado de revelarse, esta se abrió y de adentro salieron Savir Raj (el hombre que otrora había sido la mano derecha de mi padre), junto con dos acólitos que venían vestidos con túnicas verdes. Raj se acercó a mí para darme la mano y luego dijo:

 — Bienvenido, Saudalf Fernández, hijo de Alan, nuestro fundador – Si, ese es mi nombre. No pienso, ni quiero explicar el origen de mi nombre. Lo que si voy a decir, es que durante muchos años renegué con él, pero a la larga, un día como cualquier otro, me acostumbré y ya no me importa cómo me llamen; siempre y cuando lo hagan con respeto.
 — Espero sobrevivir a la experiencia – dije, y nos dimos un apretón de manos. Entonces, los cuatro entramos a la Legión.

  Mientras caminábamos por los pasillos subterráneos que conformaban la Legión, Raj me hablaba sobre cómo mi padre había recorrido el mundo luego de dejar a los Corredores, para conocer más sobre este y las fuerzas ocultas y místicas que lo rodean. Yo conocía muy bien esa historia, pero por no querer faltarle el respeto, le escuchaba con atención mientras iba mirando las habitaciones. En varias de ellas había chicos y chicas muy jóvenes, de edades aproximadas a la mía en ese momento e inclusive en algunos casos me superaban. Todos ellos estaban ahí por un objetivo similar al mío… o eso creí hasta que conocí la historia de la Séptima Llave.

  Cuatro años después, con mi entrenamiento ya casi completado, me convocaron, junto con otros estudiantes, a la ceremonia de finalización en el gran salón de la Legión. Allí, a cada uno nos dieron nuestras túnicas que, depende del color, para demostrar nuestro esfuerzo y dedicación para llegar a donde estábamos. La mía fue de color purpura con bordes amarillos; bastante aceptable comparado con lo que les tocó a algunos de mis compañeros. Todo iba perfecto hasta que, al finalizar la ceremonia, uno de los sirvientes de túnicas verdes me avisó que Raj necesitaba hablar conmigo.
  Debo admitir que fui con miedo hasta el despacho de Raj, puesto que el sirviente temblaba cuando me había transmitido el mensaje; muy raro, muy raro.
  Una vez que llegué, Raj me invitó a sentarme: yo acepte. Se lo veía nervioso, su mano temblaba un poco y las ojeras eran claras señales de que hacía unos días que no dormía bien. Entonces, Raj dijo:
 — Tengo una tarea para ti, una muy importante.
 — ¿Tan pronto? – dije – Hace menos de una hora que completé el entrenamiento.
 — Si, esta tarea no puede esperar. Te fue heredada desde el día en que tu padre dejó este mundo. Durante muchos años rogué para que este día no llegara, pero es imposible,  no puedo posponer tu tarea.
 — ¿De qué se trata? – me impaciente, sin darme cuenta había comenzado a apretarme las rodillas con ambas manos.
 — De algo que jamás debió existir. El mal que creo aún se extiende en nuestro vasto mundo. Nada se compara con él, es terrible. Si escapa… será nuestro fin.
  Los ojos de Raj estaban muy vidriosos, en cualquier momento se iba a largar a llorar y yo  entendía aún porque.
 — ¿Pero de qué se trata? Sé más específico por favor.

 — De la razón por la cual tú y tu familia existen: un demonio llamado Judas. Gracias a él y su deseo de poder, tu abuelo nació cuando no debería haberlo hecho. El trato que había hecho tu bisabuelo eran seis niños, no siete…

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