Por Carlos Iunino / Taller de narrativa
Ese sábado, después de
almorzar, me recosté sobre mi cama sin pensar en nada. Me gustaba estar así,
mientras las horas se iban deslizando. Estaba comenzándome a dormir, cuando él
llamo y me dijo que vaya a su casa, que me estaba esperando. Su insistencia, de
alguna manera, me había convencido. Aunque yo, trataba de todas las formas de pasar
por alto el tema, siempre me había dicho que aprender a manejar a mi edad era
lo más adecuado; que si no era ahora, con el tiempo me iba a resultar más
difícil. A mí no me interesa la cuestión, siempre me había manejado en bici o
caminando y ni siquiera le pedía a mamá que me llevara a algún lado.
Pero algo me movilizo, quizás, quería dar
por cerrado el tema de una vez. Me levanté de la cama y salí. Llegué a su casa y
él ya estaba afuera, esperándome en su auto. Desde arriba me hizo señas para que
subiera. Sin decirme una palabra, comenzó a salir de las calles céntricas y nos
dirigimos hacia la periferia del pueblo. También me había mencionado, más de
una vez, que alejarse era lo más propicio para un principiante.
Durante el trayecto, en silencio lo fui
mirando. Él, fijaba solo sus ojos en el horizonte de la llanura. En un momento
detuvo el auto sobre una calle cortada. Un viento fuerte del oeste levantaba la
tierra y sacudía los sauces. Se quedó mirando un rancho de adobe abandonado
sobre su izquierda y con su voz, siempre tan áspera, dijo:
—Hoy no te voy a enseñar a manejar. Hoy vas
a hacer un trabajo.
Mi silencio se extendió unos segundos. El
sol, de un modo apaciguado, comenzaba a esconderse detrás de las chacras. Rompí
mi silencio y atiné a preguntar qué trabajo. Pero él no respondió. Su mirada
ahora se concentraba solo en los minutos que se deslizaban por su reloj
pulsera, el mismo, que le había regalado cuando cumplió cincuenta. Después, se
puso a mirar por el espejo retrovisor del auto. Yo, imitando el acto, hice lo
mismo con el que disponía mi asiento como acompañante.
A la distancia, rodeada por una continua
nube de tierra, una camioneta comenzó a venir hacia nosotros. Él, en un
movimiento rápido, encendió la radio y me dio la orden de no apagarla. La camioneta
se detuvo unos metros antes de nuestro auto. Mientras tanto, él se tanteó un
bolsillo de su jean, me dijo que me quedara quieto y bajo.
En ese instante, también un hombre gordo bajó
de la camioneta. Llevaba puesto un chaleco negro con un escudo en la parte del
corazón. Yo miraba su rostro desde el retrovisor, sabiendo que de algún lado lo
conocía. Ambos fueron al encuentro, se dieron un apretón de manos e
intercambiaron algunas palabras. El hombre del chaleco tomó algo de su bolsillo
derecho y se lo entregó. Él lo guardó en un uno de sus bolsillos traseros de su
jean y se despidieron. El hombre del chaleco subió a su camioneta, encendió el
motor y se fue perdiendo por el camino que había venido. Mientas se alejaba, él
comenzó a volver hacia el auto. Desvié la mirada del espejo y enfoqué mis ojos
hacia un sauce que desprendía ramas en la altura, a causa del viento.
Volvió a subir al auto y
mirándome fijo me dijo:
—Tomá…guardátelos. Con esto
te vas a poder comprar lo que quieras. Pero tenés que saber, que en la vida
nada se gana sin esfuerzo, por eso antes tener que hacer un trabajo.
Extendí mi mano derecha y
agarré un fajo de billetes. Él prosiguió:
—Escuchá bien todo lo que te
voy a decir… Tengo un tipo en el baúl…Si, eso y no me mires así. Más bien,
escucha: Lo voy a limpiar…mejor dicho, lo vas a hacer vos.
Me quedé mirándolo. En ese
instante, me vi en la situación que nunca me hubiese imaginado. Atrás quedarían
la ansiedad y los temores. Era demasiado tarde para hacerme el distraído.
Siempre había sospechado de estos trabajos de Papá. Y ahora, en el medio de la
nada, era yo, el único heredero de esa profesión.
Me quedé paralizado. Comencé
a sentir algunas lágrimas que se deslizaban por mi cara. Mientras él, sacó un
arma de la guantera, la cargó y se prendió un cigarrillo. Sin mirarme, me la
dio y exclamó:
—Dale. Hacelo bajar y
tírale. No perdamos tiempo.
Descendí del auto con el
arma. Fui hacia el baúl. Papá me miraba fijo por el espejo retrovisor. Lo abrí
y contemplé un hombre canoso, con los ojos vendados, la boca encintada y atado
con cables de electricidad. No sé de dónde, pero en ese instante, el miedo huyó
de mi cuerpo y se me vino a la mente el curso de primeros auxilios que aprendí
alguna vez en el colegio y le tomé el pulso. Advertí que estaba muerto. Cerré
el baúl. Volví al auto, le dije lo que hice, guardo silencio y encendió el
motor. Dejé caer el arma al piso. Quizás, pensé, un ataque al corazón me habría
ganado de mano. Hacerme esa idea, me devolvió la calma, mientras volvíamos al pueblo.
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