Por Marisa Carbonetti / Taller de narrativa
La puerta abierta, como
siempre. Subí los dos escalones y el
aroma a romero abrazó con intensidad todos mis sentidos. A medida que avanzaba por el zaguán, el
perfume se hacía más intenso. A través
del ventanal de la galería pude divisar, en el fondo de la casa, a alguien
pequeñito encorvado hacia la tierra arrancando algo. Intuí que era mi madre.
Teniendo en cuenta las
ansias de comer que el aroma reinante me provocó, pude adivinar cuál sería el
menú del almuerzo: papas al romero con carne, cocinadas al horno en una gran
fuente redonda de aluminio. Digo bien, “papas” al romero con carne, porque las
que abundarían serían las papas; los escasos trozos de carne, pequeños, serían
contados para que todos comiéramos, en lo posible, la misma cantidad.
Me
acerqué a la ventana y, desde allí, comprobé que era mi madre. Estaba inclinada
con su delantal que rozaba el suelo cortando especias de su huerta. Sus manos
se llevaban muy bien con la tierra; obtenía de ella todo lo que necesitaba para
asegurar las verduras y hortalizas que consumiríamos.
Seguí
a través de la galería y me detuvo un sonido que me resultó familiar; venía de
uno de los cuartos. Fui hacia allí y, al acercarme a la puerta, me di cuenta
que se trataba del escobillón que golpeaba contra los zócalos. Ahí estaba
Rossana, una de mis hermanas mayores, barriendo enérgicamente en su intento de
recoger hasta la última pelusa del piso de parqué. Giró su cabeza y me sonrió
sorprendida. Le sonreí y volví al pasillo para continuar mi recorrido, pero un
profundo olor a lavandina me detuvo unos segundos frente a la puerta del baño,
sólo los instantes necesarios para apretar mi nariz con los dedos y poder
seguir; aunque el murmullo que oí, me invitó a entreabrir la puerta. Allí
estaba Nélida, otra de mis hermanas, que fregaba el lavatorio y renegaba por
las lágrimas que los vapores, generados por la lavandina y el detergente
juntos, le ocasionaban. Una mínima mirada de bienvenida y siguió con su ardua
tarea. Inspiré con profundidad para poder soportar el trayecto sin respirar y,
después de la mirada típica en el espejo del perchero de ratán, me acerqué a la
puerta de la cocina. A través de su vidrio, vi a mi padre que estaba a la
cabecera de la mesa. Esa era su ubicación habitual: siempre observando y
dirigiendo todo. Cuando me vio, sus ojos se iluminaron; pero cuando me acerqué
a saludarlo, ya tenía sus brazos cruzados sobre la mesa y la cabeza apoyada
sobre ellos. Dormitaba con mucha paz.
Acaricié sus hombros y su espalda; eran los
mimos que más le gustaban. No se despertó. Lo contemplé con ternura y quedé
inmóvil por un momento, hasta que me sobresalté con el chirrido de las paletas
giratorias del lavarropas y del potente chorro de agua de la canilla del
lavadero. Miré hacia allí. La puerta estaba entreabierta y vi la silueta de mi
hermana Gabriela. Estaba inclinada hacia el interior de la gran pileta
enjuagando la ropa, mientras sus piernas se movían al compás de la tarantela
que se escuchaba desde el comedor, con seguridad desde algún casete colocado en
uno de los tantos grabadores traídos desde la lejana Italia.
Sorprendí
a mi hermana tomándola por la espalda, giró con rapidez y me dio un beso y un
abrazo húmedos con sus manos heladas y rugosas por el largo contacto con el
agua. Siguió con su tarea mientras salí hacia el patio trasero. El sol castigó
mi retina con descaro. Miré el reloj y comprobé que eran las doce en punto. No
pude recorrer el fondo como hubiera querido. Sólo observé los árboles frutales
florecidos que engalanaban el raro paisaje, mezcla de jardín, huerta, gallinero
y colorido colmenar.
La
saturación de luz me recordó que era el mediodía y las sillas, que rodeaban la
larga mesa de fórmica, al igual que el banco de madera, esperaban ser ocupados
con puntualidad. El ángel de 1,50 de estatura estaría ya sirviendo las doradas
papas crujientes enmarcando el pequeño trozo de carne. El vino casero estaría
servido en el vaso de mi padre.
El
dulce aroma a romero me guió sin pausa hasta la cocina. Entré y estallé en
lágrimas. Todo estaba vacío y
silencioso. Ni mesa, ni sillas, ni banco, ni comensales dispuestos para
almorzar. Por la ventana, vi que sólo el romero había sobrevivido a la muerte.
Había crecido entre la maleza como signo de la eternidad del amor construido en
ese hogar, en esa familia.
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