21/12/2015

Antes de que vengan los caranchos

Por Facundo Irazoqui / Taller de escritura


Juan José Peralta Ramos tiene tiempo para pensar. Mira el inmenso cielo azul, sin nubes, el sol que arde sobre el rincón más apartado de su campo.  Más que pensar, recuerda.
Le viene a la mente el primer recuerdo que tiene de Ismael. El muchachito de once años recién cumplidos pidiendo trabajo en su estancia. ¿Era de cebador? No, primero lo contrató para la esquila, doscientas ovejas para agarrar de las patas. Después le dijo, dándole unas palmaditas en la espalda, que necesitaban a alguien para cebarle mates a los peones. Trabajos de chico. Una comida y un techo a cambio .El recién llegado aceptó y salió para el galpón que sería su pieza.
Se llamaba Ismael, el chico.
El patrón le dio trabajo, sí, tenía una majada grande para esquilar y alguien tenía que juntar los restos de lana que se iban cayendo. Hace años de esto ya, pero  Juan José lo recuerda.
Juan José Peralta Ramos siente el peso de su rastra de oro y plata en la cintura, que mandó a hacer al mejor orfebre de Buenos Aires. Piensa en las vacas que le costó, y piensa en que es casi gracioso que la tenga puesta ahora. 
Pero ahora tiene tiempo para pensar, y piensa.
Y recuerda: un peón enseñándole a Ismael a apartar las vacas; una mañana muy fría de invierno que Ismael barría su galpón; una yerra que duró varios días y los paisanos enseñándole a pialar al chico, Ismael con un hombro salido esa misma yerra, un ternero demasiado grande para aguantarle el tirón. Recuerda casi con pena las lágrimas que soltó Ismael cuando le acomodaron el brazo. Ahí le dio un trago, el primero, para que se componga.
Ismael no demostraba muchas emociones. Ni siquiera cuando cobró el primer sueldo, a los diecisiete.
Juan José advierte una nube solitaria que pasa muy arriba en el cielo azul.
Eso sí, ya de grande Ismael se volvió bastante terco.
No quiso escucharlo cuando lo aconsejó, en aquel asunto con la hija del puestero; no era para Ismael, no, de ninguna forma. Juan José Peralta Ramos no iba a tolerar cosas raras en su estancia. Pero no lo escuchaba, se había puesto insistente. Y no tuvo mas remedio, Juan José tenía que cortar por lo sano. Como buen patrón que era le consiguió trabajo a la moza, en Buenos Aires, en lo de unos parientes. Recuerda la mirada desafiante, el puño cerrado de Ismael.
Cada vez más terco, sí, una pena porque era buen peón. Trabajaba en lo que se le dijera, sin una queja. De la señorita no se habló más.
Juan José Peralta Ramos sintió que le molestaba el pañuelo de cuello, la tela fina lo acaloraba.
En fin, tenía buenos recuerdos de Ismael, pero se vino a complicar todo. La discusión los otros días, que iba a tener un hijo, que ahora con familia el sueldo no le iba a alcanzar, que por lo menos le diera permiso para unas vacas. De nada, de nada le sirvieron los consejos que le había dado a Ismael. Juan José se disgustó mucho, ya se sabe, es un problema tener niños en la estancia. Asique decidió que lo mejor era cortar por lo sano, mantener el buen lazo que tenía con su peón antes de pelearse del todo.
 Iba a tener que buscar trabajo en otro lado, le dijo.
Le costó decírselo, le había tomado aprecio.
La verdad había esperado una reacción más violenta, pero no. Ismael lo miró largamente, dió media vuelta y encaró para el galpón.
Antes de que vengan los caranchos, esos bichos que empiezan a comer mientras el animal agoniza, como todo paisano sabe, Juan José Peralta Ramos recuerda un poco más.
Esa misma noche se despertó inquieto, tenía que viajar a Buenos Aires y eso lo ponía nervioso. Se incorporó a medias en la cama antes de recibir el golpe que lo dejó inconsciente. Despertó en el mismo lugar donde está ahora: un rincón apartado de la estancia, una lomita entre los cangrejales, donde no va nadie, nunca. Lo vio a Ismael, parado, avejentado, mirándolo. Su cuerpo era un contorno negro contrastando con el cielo estrellado. Juan José quiso mover un brazo. No pudo. Quiso alzar una pierna. No pudo.
Sintió las tiras de cuero fresco que lo sujetaban a su tierra. Cuando amaneció, se puso a gritar, inútilmente.
Juan José Peralta Ramos, en los siguientes dos días, tuvo tiempo de recordar.

 Antes que vinieran los caranchos.

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