Por Facundo Irazoqui / Taller de escritura
Juan José Peralta Ramos
tiene tiempo para pensar. Mira el inmenso cielo azul, sin nubes, el sol que
arde sobre el rincón más apartado de su campo.
Más que pensar, recuerda.
Le viene a la mente el
primer recuerdo que tiene de Ismael. El muchachito de once años recién
cumplidos pidiendo trabajo en su estancia. ¿Era de cebador? No, primero lo
contrató para la esquila, doscientas ovejas para agarrar de las patas. Después
le dijo, dándole unas palmaditas en la espalda, que necesitaban a alguien para
cebarle mates a los peones. Trabajos de chico. Una comida y un techo a cambio
.El recién llegado aceptó y salió para el galpón que sería su pieza.
Se llamaba Ismael, el
chico.
El patrón le dio trabajo,
sí, tenía una majada grande para esquilar y alguien tenía que juntar los restos
de lana que se iban cayendo. Hace años de esto ya, pero Juan José lo recuerda.
Juan José Peralta Ramos
siente el peso de su rastra de oro y plata en la cintura, que mandó a hacer al
mejor orfebre de Buenos Aires. Piensa en las vacas que le costó, y piensa en
que es casi gracioso que la tenga puesta ahora.
Pero ahora tiene tiempo
para pensar, y piensa.
Y recuerda: un peón enseñándole
a Ismael a apartar las vacas; una mañana muy fría de invierno que Ismael barría
su galpón; una yerra que duró varios días y los paisanos enseñándole a pialar
al chico, Ismael con un hombro salido esa misma yerra, un ternero demasiado
grande para aguantarle el tirón. Recuerda casi con pena las lágrimas que soltó
Ismael cuando le acomodaron el brazo. Ahí le dio un trago, el primero, para que
se componga.
Ismael no demostraba
muchas emociones. Ni siquiera cuando cobró el primer sueldo, a los diecisiete.
Juan José advierte una
nube solitaria que pasa muy arriba en el cielo azul.
Eso sí, ya de grande
Ismael se volvió bastante terco.
No quiso escucharlo cuando
lo aconsejó, en aquel asunto con la hija del puestero; no era para Ismael, no,
de ninguna forma. Juan José Peralta Ramos no iba a tolerar cosas raras en su
estancia. Pero no lo escuchaba, se había puesto insistente. Y no tuvo mas
remedio, Juan José tenía que cortar por lo sano. Como buen patrón que era le
consiguió trabajo a la moza, en Buenos Aires, en lo de unos parientes. Recuerda
la mirada desafiante, el puño cerrado de Ismael.
Cada vez más terco, sí,
una pena porque era buen peón. Trabajaba en lo que se le dijera, sin una queja.
De la señorita no se habló más.
Juan José Peralta Ramos
sintió que le molestaba el pañuelo de cuello, la tela fina lo acaloraba.
En fin, tenía buenos
recuerdos de Ismael, pero se vino a complicar todo. La discusión los otros
días, que iba a tener un hijo, que ahora con familia el sueldo no le iba a
alcanzar, que por lo menos le diera permiso para unas vacas. De nada, de nada
le sirvieron los consejos que le había dado a Ismael. Juan José se disgustó
mucho, ya se sabe, es un problema tener niños en la estancia. Asique decidió
que lo mejor era cortar por lo sano, mantener el buen lazo que tenía con su
peón antes de pelearse del todo.
Iba a tener que buscar trabajo en otro lado,
le dijo.
Le costó decírselo, le
había tomado aprecio.
La verdad había esperado
una reacción más violenta, pero no. Ismael lo miró largamente, dió media vuelta
y encaró para el galpón.
Antes de que vengan los
caranchos, esos bichos que empiezan a comer mientras el animal agoniza, como
todo paisano sabe, Juan José Peralta Ramos recuerda un poco más.
Esa misma noche se
despertó inquieto, tenía que viajar a Buenos Aires y eso lo ponía nervioso. Se
incorporó a medias en la cama antes de recibir el golpe que lo dejó
inconsciente. Despertó en el mismo lugar donde está ahora: un rincón apartado
de la estancia, una lomita entre los cangrejales, donde no va nadie, nunca. Lo
vio a Ismael, parado, avejentado, mirándolo. Su cuerpo era un contorno negro
contrastando con el cielo estrellado. Juan José quiso mover un brazo. No pudo.
Quiso alzar una pierna. No pudo.
Sintió las tiras de cuero
fresco que lo sujetaban a su tierra. Cuando amaneció, se puso a gritar,
inútilmente.
Juan José Peralta Ramos,
en los siguientes dos días, tuvo tiempo de recordar.
Antes que vinieran los caranchos.
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