21/12/2015

La manta

Por Magdalena Ruíz / Taller de escritura para jóvenes


Estábamos exactamente donde debíamos; en el punto cúlmine de nuestras vidas, en el que la felicidad era plena por un momento y nada alrededor importaba. Donde sólo éramos nosotros dos, nadie nos molestaba, nadie nos interrumpía. 
Nos dejábamos llevar por el clima, con un humor contrario al de aquellas películas cliché:  cuando llovía éramos alegres y cuando salía aquél reluciente sol éramos amargados; tan amargados que nos encerrábamos en aquella habitación oscura, le dábamos inicio a esa preciosa grabación de la lluvia y por ese pequeño reflector mirábamos películas.
Acurrucados bajo una manta, esa manta que te pertenecía, que con el tiempo me fui apropiando para poder abrazar a algo que se asemejara a ti, con ese aroma especial que tenías, esa paz que me entregabas.
Habíamos vivido juntos experiencias que jamás olvidaría, experiencias imposibles de revivir; tantas experiencias y recuerdos que no necesitaba seguir viviendo, deseaba morir para morir con buenos recuerdos, morir feliz.
Pero parecías haberlo deseado más que yo, porque te fuiste.
Cada noche era igual: te recordaba, lloraba, y dormía.
Me despertaba, miraba a mi alrededor y abrazaba esa manta, deseando que fuera un día tormentoso, uno feliz, no un día soleado, uno horrible, como en el que te fuiste. Cuando te abrazaba, pensaba en todo, mi todo eras tú. Ahora ésta manta es todo. Pero se va desvaneciendo, poco a poco, lentamente.
El recuerdo sigue latente, cómo si a mi lado estuvieras, como si en mis brazos te tuviera.
Ésta manta te hace inmortal, te hace invencible frente a cualquier olvido, te hace imposible. 
Cuando abrazo ésta manta, pienso en todo, mi todo eras tú. 

Mi manta eres tú.

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