21/12/2015

Tras la esquina - Por Susana Irene Astellanos

“Sin embargo, a la vuelta de la esquina se puede esperar un nuevo camino o una puerta secreta”

John Ronald Reuel Tolkien

Inmersa en la serenidad y con la vista en el oeste rojizo, Silvia observa ese amplio espacio abierto para ella. Así lo percibe, lo siente, lo saborea como propio; y no se engaña. Un llano aromático al que sólo un abandonado tala, o tal vez una bestia ocasional, le modifica la horizontal sin quitarle la armonía, la deliciosa paz. Allí, de ese modo, es donde la recuerda, y sonríe: Dayci.
Sentada en la mecedora le parece que se ha transportado a otro tiempo, al ambiente rural del siglo XIX. Ve crecer la imagen de su hombre montado en el moro, pañuelo al cuello y con una tozuda boina calzada muy profundo para no perderla al galopar. Pero esa dorada postal, romántica y hasta cursi, se desvanece cuando él desmonta y, luego de besarla, le pregunta algo como, qué tal le parece el andar de la nueva chata, o si ese día la parabólica capta bien la señal de televisión. Suspira, lo acaricia y entran abrazados a la antigua aunque remozada casona. Mientras toman mate, escucha con atención lo que su esposo le comenta de ese día y, entre otras cosas, le recuerda que se acerca el festival de doma y folklore. Silvia se permite un segundo de dispersión, en medio de la charla, para agradecer por la dicha y el bienestar del que goza hoy. Parte de esa felicidad es aquella mujer; esa a quien en un anochecer e inexplicablemente le dijo cómo se llamaba, y que hoy es su mejor amiga.
En la actualidad ambas son parte del principal cuerpo de baile folklórico de Las Flores. El esposo de Silvia no es de la partida; Julián prefiere lucirse en las jineteadas a pesar del riesgo: más de un muerto se han llevado dichas pruebas de destreza y maltrato animal. Esa mezcla de rudeza y galanteo, de música y sabores, de palabras simples e instruida sintaxis vestida con nazarenas y monedas de plata fina son un atractivo que siempre sorprende a la dueña de la estancia “La Nueva”. Y por este hecho, también, debía agradecerle a esa mujer.

Ella había logrado convencerla. Esa a quien conoció de forma abrupta, de la que pensó era una pobre mina; y suponiendo que no volvería, la olvidó. Sin embargo, sin un motivo racional, al menos para Silvia, lo hizo; retornó una y otra vez, a esa calle, a esa esquina, y pudo con el tiempo persuadirla. Un café y un tostado, una charla, una cena, un consejo; siempre cosas que Silvia disfrutaba. Mientras tanto, intentaba adivinar qué había detrás de ese ofrecimiento amistoso. Desconfiaba; el ambiente al cual pertenecía la obligaba a estar siempre alerta. Hasta que se distendió. Creyó vislumbrar un mundo, el de esa otra mujer tan diferente a ella, donde no todo, quizás, se hacía a cambio de algo sórdido o por el simple e indispensable dinero. Por fin su nueva amiga la convenció. La convenció de que probara cosas diferentes, cosas impensadas hasta entonces. Se sentía ridícula en esos zapatos, luciendo esas faldas y ese peinado. No era ella al mirarse en el espejo; a pesar de todo, siguió avanzando. Y aunque Dayci aún la reclamaba, Silvia continuó de la mano de aquella mujer que no la dejaba decaer, quien no permitió que abandonara ese nuevo camino que la llevó, sin siquiera proponérselo, hacia un futuro que cambió no sólo su destino. Le había costado mucho aprender los primeros movimientos cadenciosos y recatados de la zamba y del gato. Ella los exageraba o los escatimaba, fue un esfuerzo constante; en esos momentos también había pensado en Dayci. Luego esa música, que le había resultado extraña y hasta aburrida, la fascinó. Pisaba una tierra nueva; ensayaba junto a personas desconocidas una forma de existir muy diferente, empujada por su amiga, presente en todo momento para ayudarla. Había dado, sin saberlo, el primer paso hacia Julián.
Él no era un santo, tampoco venturoso; aunque sí pertenecía a ese entorno básico y agreste donde, no siempre, todo es límpido como el aire. La muerte se había fanatizado con los suyos, desde el padre hasta el hijo, y ese estado de permanente luto no lo había aconsejado bien; las pérdidas también fueron financieras. El juego, perfumado con demasiado alcohol, le había parecido la única alternativa factible para seguir. La adrenalina que le inundaba el cuerpo al caminar por los límites; al asomarse a los abismos, al estar siempre a punto de caer; fue una mentirosa que le vendía una sensación de vida. Incluso el arriesgarse cada vez más sobre los potros indomables, algo que había sido considerado por los demás como una muestra de coraje, era en realidad sólo una opción diferente a una pistola en la sien. Sin familia, alejado de los amigos y con sus posesiones pasando a manos de tahúres, él también estaba desapareciendo.
En ese punto estaban ambos, Silvia y Julián, cuando coincidieron; ninguno estaba en situación de juzgar al otro. Él advirtió algo peculiar en la mirada que esa joven le dirigió; ella reconocía de lejos a un perdedor. A pesar de ello, o quizás por ello, la atracción fue instantánea y fructificó.

... la deliciosa paz. Allí, de ese modo la recuerda, y sonríe: Dayci. En aquel anochecer citadino y acosado por los bocinazos, al girar con rapidez en aquella esquina:

 “¡Eh! Flaca, pará, casi me rompes toda, ¿tenés un pucho?” Silvia podía remedar, todavía, ese tono. La interlocutora, asustada, se había apurado a decir que lo sentía, que ella no fumaba. Entonces Dayci arremetió con otro pedido: “Y…  ¿Un chicle?, para la ansiedad, ¿viste?” Por respuesta, una nueva negativa y, de inmediato, la excusa: se le hacía tarde, debía irse. “¿A dónde?” Insistió la joven dispuesta a obtener algo, aunque más no sea la incomodidad de esa mujer; y lo que ésta respondió la hizo reír a carcajadas: “¡¿Folklore, a bailar folklore?! No, en serio, ¿unos pesos, tenés unos pesos? Todavía no empecé a laburar hoy, ando corta de guita, ¿viste?” Silvia se abochorna al recordar el billete de cincuenta pesos. Dayci, con no poco asombro, se había apurado a tomarlos, para luego, y mirando a su benefactora de reojo, preguntar: “¿Si te apuraba con un fierro, cuánto me dabas?, bueno, dale decime, ¿qué querés por los cincuenta, qué te gusta?” Esa generosa mujer no permitió que la conversación siguiera ese rumbo, pero ya se había propuesto cambiar el de Dayci. Luego de decirle varias veces, y en forma apresurada, que no deseaba nada a cambio, le dijo su nombre y prometió volver algún día, sólo para charlar. La prostituta se sintió perturbada, algo que nunca le pasaba, y sin razonarlo se despidió diciendo: “Bueno, si no querés nada, se agradece, chau. Eh… yo soy Dayci, bueno…Silvia.” 

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