21/12/2015

Un globo

Por Pablo Siscar / Taller de narrativa


—Papá, papá. QUIERO UN GLOBO.
—Ya va hijo, estoy hablando.
—¡¡QUIERO UN GLOBO!!
—Está bien, toma, comprate el que quieras.
Juan Diego tomó el dinero y fue contento al encuentro del vendedor ambulante.
—Hola, quiero uno rosa.
—Hola enano, ¿cómo pasaste las vacaciones de invierno? Lindos días te tocaron.
—Bien.
Me alegro. Son ocho pesos.
Pagó al vendedor que comenzó a inflar un globo rosa, ya que no le quedaban más inflados de ese color.
El hombre tomó el globo con sus manos y lo estiró dos veces. Se lo llevó a la boca y comenzó a inflarlo. Con cada exhalación el globo se hacía más grande y más grande, hasta que ya no se pudo ver la cara del vendedor.
Cuando consideró que era lo suficientemente grande, lo tomó por el pico y le hizo un nudo con mucha habilidad. De inmediato, tomó un pequeño trozo de hilo grueso y lo ató.
¡Qué bello globo!  El color intenso, la gracia con la que iba y venía en el aire. El vendedor no lo notó, hacía varios al día sin reparar en ellos.
Juan Diego recibió muy contento el voluminoso globo. Éste revoloteaba por el aire de acá para allá a causa del viento que anunciaba una inminente tormenta. Por eso tuvo que aferrarlo con fuerza, miró al cielo y vio un sol resplandeciente.
El niño debía volver con sus padres que de seguro seguirían discutiendo.
—Las cosas no son tan fáciles, Javier.
—A mí me  parecen muy fáciles; el auto me lo quedo yo, y el resto es tuyo.
—Yo no te estoy hablando del auto, pensá en Juan Diego…
—Hijo, que lindo globo, andá un rato a los juegos que en un ratito nos vamos.
El chico jugaba en la hamaca, siempre con el globo en la mano. Notó que se desinflaba más rápido de lo que tardan en desinflarse los globos. Esto le llamó la atención solo un instante, pero un momento después ya se había olvidado y seguía con lo suyo. Así estuvo hasta que debió irse con sus padres.
Ya en el auto, el denso aire y el silencio reinaban. Hubiera sido imposible respirar si no estuvieran las ventanillas bajas.
—Juan Diego, tu mamá y yo tenemos que hablarte de algo importante. Cuando lleguemos a casa vamos a hablar los tres y después de comer vas a poder salir a jugar con los chicos.
—¿Cuándo llegamos, qué hora es? Tengo hambre.
—En veinte minutos. Son la una menos veinte más o menos.
Una fuerte ráfaga de viento entró por la ventanilla de adelante, el globo rosa hizo unos círculos en los asientos de atrás y salió por fin por una ventanilla trasera.

La tormenta ya se larga y el día no termina pensó Pedro mientras cerraba el puesto de diarios que tenía en pleno centro. Ojalá cuando llegue a casa haya un rico estofado.
Cuando cerraba por fin la puerta de chapa del puesto, levantó la vista y vio un globo rosa que arrastrado por el viento giraba sobre sí mismo a un lado de la calle. Estaba inflado, limpio y brillante. No debía venir de muy lejos. Solo lo vio pasar y no le prestó más atención.

I want to know, have you ever seen the rain?
i want to know, have you ever seen the rain
comin' down on a sunny day?

Federico subió el volumen; tenía que apartar de su cabeza el embotellamiento que había por delante. Hacía cinco minutos que no se movía. Tengo que llegar al trabajo o voy a tener problemas otra vez ¿Quién me manda a mí a trabajar a la una del mediodía con el caos que hay a ésta hora?

El día no ayudaba a su humor, se estaba poniendo feo. Por el parabrisas del auto veía volar las hojas de los árboles, a su lado los perros que pasaban entre los autos parados, una bicicleta y por fin comenzaban a moverse. Un globo rosa un poco sucio y casi desinflado que rodaba por encima del auto de adelante.  Resbaló por el baúl. Una gota que cayó. Cayó al asfalto. ¡PLUM!

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