Por Julieta Devoto
Hilario estaba sentado en el
banco de la plaza, frente al monumento al General San Martín. El día era
cálido, las nubes grises viajaban lentamente por encima de su cabeza. El aire
pesado acariciaba su pálido rostro. La camisa a cuadros azul y gris se
zarandeaba mansamente, despegándose de su delgado cuerpo.
Su perro Claus, un labrador
color café con leche, llevaba un arnés y estaba sujeto con una correa a una de
las patas del banco. Descansaba con su gran hocico apoyado sobre la pierna de
su dueño.
Sacó un cigarrillo. Lo
encendió y pitó profundamente. Mantuvo el humo en la boca, lo saboreó unos
segundos y lo expulsó con fuerza por la nariz.
Con su mano libre, aflojó
los cordones de sus zapatillas deportivas. En un rápido movimiento, empujó con
la puntera de un pie, el talón del otro zapato; repitió el movimiento con el
otro pie y logró descalzarse. Se encorvó y se sacó las medias blancas. Se
acomodó en el asiento y estiró las piernas. Las alzó hasta despegarlas del piso
y movió los dedos, despacio. Sintió un breve cosquilleo que le recorrió la
columna vertebral. Apoyó los pies en el suelo y notó la rugosidad del polvo de
ladrillo, que había debajo de los bancos de la plaza. Se entretuvo un momento,
jugando con las piedritas de color naranja, entre los dedos de sus pies,
mientras el olor dulce de las rosas le penetraba en la nariz. Apagó el
cigarrillo. Estiró la mano hasta tocar una de las flores que despedían el
delicado perfume. Recorrió los pétalos suaves y aterciopelados. Bajó los dedos
hasta el grueso tallo, firme y liso. Tocó las puntiagudas espinas. Probó una de ellas en la yema de su dedo
índice. Presionó un poco más. Su rostro se comprimió: el seño fruncido, la
nariz arrugada, los labios semiabiertos. Apretó más aún. Sintió un agudo
pinchazo cuando un pedacito de piel comenzó a desgarrarse y lanzó un suave
gemido de dolor. Una gota de sangre brotó de su dedo.
Su perro, Claus, con la
cabeza erguida hacia su amo, lo miraba fijamente moviendo la cola. Ladró una
vez. Hilario empujó todavía más. Sintió la punta áspera y afilada de la espina
que cortaba su piel. La sangre comenzó a salir a borbotones de su dedo índice.
Claus, emitió un largo y sordo aullido, mientras las gotas de sangre le caían
sobre una de sus orejas. Hilario bajó la mano hasta la cabeza del perro y tocó
la sangre espesa, empastada en el grueso pelo del animal. Tomó la rama de la
rosa llena de espinas y se pinchó la palma de la mano. Sintió la punzada y
sonrió, con el rostro de cara al viento, que era cada vez más potente. Sacudió
la cabeza. El pelo revuelto le caía en mechones sobre la frente pálida. Tiró la
cabeza para atrás y con una sonrisa cínica en el rostro, empujó más. La sangre le chorreaba por su
mano y caía en grandes gotas, sobre la cabeza de su perro que no paraba de
aullar. Movía la cola y lanzaba cortos y graves ladridos, mientras la cabeza se
le llenaba de sangre, debajo de la mano goteante de su amo. Entonces, comenzó a
sacudir las orejas ensangrentadas de un lado para el otro, salpicando todo a su
alrededor. La camisa y el jean de Hilario se llenaron de sangre. Sus pies
descalzos, descansaban sobre el polvo de ladrillos, en un gran charco de color
bordó.
El hombre levantó la cabeza
y, de cara al cielo, comenzó a sentir que el aire se ponía cada vez más húmedo.
Una gota le cayó en la frente. Otra y otra más. Soltó la rosa que apretaba en
su mano y se quedó inmóvil, mientras el aguacero le caía encima. Alargó la mano
y acarició a su perro. Notó que la lluvia había lavado el pelo ensangrentado
del animal. Se acomodó en el asiento, tiró la cabeza para atrás y cerró los
ojos.
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