21/12/2015

Despertando

Por Nicolás Cataldi / Taller de narrativa


Cerca de las diez de la noche, su cuerpo tensionado cargaba horas de exigente trabajo, además de una panza que hospedaba de forma apropiada a un nuevo invitado. Al asegurar con llave la puerta de su pequeño departamento, por fin se sintió libre. Ni se molestó en encender las luces. Conocía de memoria cada centímetro de su hogar y podía desplazarse sin cuidado.
Como cada noche al regresar, caminó hasta la habitación del fondo, y se quedó apoyada sobre el marco de la puerta que permanecía siempre abierta. A través de la ventana, las luces de la calle le permitieron ver el interior de una pieza rosa, llena de expectantes juguetes. Una sonrisa cansada se le dibujó mientras observaba el sonajero que le acababan de regalar. Se puso a tararear una canción por lo bajo. Siempre tarareaba cuando estaba en su lugar favorito de la casa.
Luego de un rato, volvió al living. Arrastró los pies y recordó que en unos días le festejarían el baby shower. “Estos yanquis ya no saben qué inventar”, pensó resignada cuando le dijeron las amigas; aunque se alegró de no saberse tan sola en la etapa que se le venía.
Tenía mucha hambre, pero solo tomó un paquete de galletas de arroz que estaba abierto y se dejó caer sin voluntad alguna sobre el sofá. En ese momento, se apagaron todas las partes de su cuerpo, a excepción de la cabeza. El cansancio, que tenía acumulado en los párpados se diseminó cuando sus ojos color café comenzaron a entrecerrarse, y por un escaso segundo se preguntó cuánto hacía que no les daba tregua.


Caminaba por una desértica vereda. Recién salía del trabajo. La noche se presentaba algo fría, pero ella y su pesada panza estaban bien abrigadas. Las botas resonaban contra el suelo, aunque no se percatara.  La conversación que había tenido con su padre le ocupaba la mente; no podía evitarlo. Le llevó mucho tiempo hacerlo, es cierto, pero al final le había contado la gran noticia y casi no obtuvo respuesta. Nada la ayudó; ni siquiera el miedo profético a la reacción desinteresada le permitió eludir el dolor. Sumida en esa mezcla de soledad y desconsuelo, una luz de creciente intensidad la sorprendió al cruzar la calle. Tardó un segundo en sentir la inminencia de la fatalidad. Uno más en percibir una parálisis que, tan inoportuna como esperada, le ordenaba quedarse ahí. Sabía lo que iba a pasar, y aun así no podía moverse. O no debía. Todo parecía diagramado, dispuesto a ser cumplido. Y cuando aquella luz se convirtió en dos deslumbrantes reflectores a punto de embestirla, de pronto se vio envuelta en la oscuridad de su departamento.
Con una inexplicable sensación de ligereza que no sentía hacía meses, se dirigió hacia el dormitorio del fondo, abrió la puerta y se asomó una vez más. Allí de pie, sus ojos perdidos le mostraron el interior de una pieza sin vida. La escasez de muebles le obligaba a ver las descascaradas paredes rosas y el silencio era una triste canción de cuna. Cerca de la ventana cerrada, sobre una cómoda, un moisés que jamás llegó a comprar descansaba con aspecto lúgubre. Quiso gritar, correr, llorar. Sintió tantas cosas que no supo qué hacer. Cuando la desesperación la dominó por completo, no pudo sentir otra cosa que un fuerte deseo de alejarse de esa realidad.


Una débil luz se filtró por la rendija que sus párpados acababan de crear. El sol, desde lo alto del cielo, apenas traspasaba las compactas persianas, pero le permitía identificar cada cosa que había en el living. Se quedó un rato acostada, inexpresiva, intentando recordar lo que sabía que había soñado; a esa altura, ese sueño se había hecho parte de su vida. Lo que no tenía muy en claro era si aprendería a vivir con él. Algo parecido a la angustia se asomó en su interior. Tenía que encontrarle una solución. No podía evocar esas imágenes una y otra vez, no le hacían ningún bien.

El dolor en el cuello la hizo cambiar de posición y entonces, vio el reloj: se le hacía tarde. Todavía con una mueca afligida, se incorporó con facilidad y, al pasar frente al espejo, se detuvo un instante. “Estoy hecha un desastre”, pensó con nostalgia. Ya no le gustaba ni un poco su figura de modelo.

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