Por Nicolás Cataldi / Taller de narrativa
Cerca
de las diez de la noche, su cuerpo tensionado cargaba horas de exigente
trabajo, además de una panza que hospedaba de forma apropiada a un nuevo
invitado. Al asegurar con llave la puerta de su pequeño departamento, por fin
se sintió libre. Ni se molestó en encender las luces. Conocía de memoria cada
centímetro de su hogar y podía desplazarse sin cuidado.
Como
cada noche al regresar, caminó hasta la habitación del fondo, y se quedó
apoyada sobre el marco de la puerta que permanecía siempre abierta. A través de
la ventana, las luces de la calle le permitieron ver el interior de una pieza
rosa, llena de expectantes juguetes. Una sonrisa cansada se le dibujó mientras
observaba el sonajero que le acababan de regalar. Se puso a tararear una
canción por lo bajo. Siempre tarareaba cuando estaba en su lugar favorito de la
casa.
Luego
de un rato, volvió al living. Arrastró los pies y recordó que en unos días le
festejarían el baby shower. “Estos
yanquis ya no saben qué inventar”, pensó resignada cuando le dijeron las amigas;
aunque se alegró de no saberse tan sola en la etapa que se le venía.
Tenía
mucha hambre, pero solo tomó un paquete de galletas de arroz que estaba abierto
y se dejó caer sin voluntad alguna sobre el sofá. En ese momento, se apagaron
todas las partes de su cuerpo, a excepción de la cabeza. El cansancio, que
tenía acumulado en los párpados se diseminó cuando sus ojos color café
comenzaron a entrecerrarse, y por un escaso segundo se preguntó cuánto hacía
que no les daba tregua.
Caminaba
por una desértica vereda. Recién salía del trabajo. La noche se presentaba algo
fría, pero ella y su pesada panza estaban bien abrigadas. Las botas resonaban
contra el suelo, aunque no se percatara. La conversación que había tenido con su padre
le ocupaba la mente; no podía evitarlo. Le llevó mucho tiempo hacerlo, es
cierto, pero al final le había contado la gran noticia y casi no obtuvo
respuesta. Nada la ayudó; ni siquiera el miedo profético a la reacción
desinteresada le permitió eludir el dolor. Sumida en esa mezcla de soledad y
desconsuelo, una luz de creciente intensidad la sorprendió al cruzar la calle.
Tardó un segundo en sentir la inminencia de la fatalidad. Uno más en percibir
una parálisis que, tan inoportuna como esperada, le ordenaba quedarse ahí.
Sabía lo que iba a pasar, y aun así no podía moverse. O no debía. Todo parecía
diagramado, dispuesto a ser cumplido. Y cuando aquella luz se convirtió en dos
deslumbrantes reflectores a punto de embestirla, de pronto se vio envuelta en
la oscuridad de su departamento.
Con
una inexplicable sensación de ligereza que no sentía hacía meses, se dirigió
hacia el dormitorio del fondo, abrió la puerta y se asomó una vez más. Allí de
pie, sus ojos perdidos le mostraron el interior de una pieza sin vida. La
escasez de muebles le obligaba a ver las descascaradas paredes rosas y el
silencio era una triste canción de cuna. Cerca de la ventana cerrada, sobre una
cómoda, un moisés que jamás llegó a comprar descansaba con aspecto lúgubre.
Quiso gritar, correr, llorar. Sintió tantas cosas que no supo qué hacer. Cuando
la desesperación la dominó por completo, no pudo sentir otra cosa que un fuerte
deseo de alejarse de esa realidad.
Una
débil luz se filtró por la rendija que sus párpados acababan de crear. El sol,
desde lo alto del cielo, apenas traspasaba las compactas persianas, pero le
permitía identificar cada cosa que había en el living. Se quedó un rato
acostada, inexpresiva, intentando recordar lo que sabía que había soñado; a esa
altura, ese sueño se había hecho parte de su vida. Lo que no tenía muy en claro
era si aprendería a vivir con él. Algo parecido a la angustia se asomó en su
interior. Tenía que encontrarle una solución. No podía evocar esas imágenes una
y otra vez, no le hacían ningún bien.
El
dolor en el cuello la hizo cambiar de posición y entonces, vio el reloj: se le
hacía tarde. Todavía con una mueca afligida, se incorporó con facilidad y, al
pasar frente al espejo, se detuvo un instante. “Estoy hecha un desastre”, pensó
con nostalgia. Ya no le gustaba ni un poco su figura de modelo.
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