Por Elisa Garassino y Agustín Barragán
Iba la mujer por la calle, con su cuerpo
bastante alto y delgado y con la figura sin armonía que dan el hambre y los
años.
Llevaba
una pollera muy amplia y con el dobladillo descosido. Tan veloz caminaba la
señora que su falda bailaba y saltaba.
El
rostro de Ella miraba solo al frente, con ojos exorbitados y blanca y arrugada
tez al viento. De vez en cuando retiraba un mechón de pelo entrecano de su
frente.
Tan
ansiosa se la veía que hasta marchaba en ángulo inclinado hacia adelante y de
modo rígido, como soldadito a cuerda, y así su cabeza y su mente aturdida
llegarían primero a ver que pasa.
Ya en el hospital público su hija acababa de
dar a luz.
El bebé, su nieto, que había nacido sano y
lloró en su primer instante de vida, había muerto.
Los médicos sorprendidos no tenían
explicaciones, ellas no tenían consuelo.
Ocurrió que
sin que nadie lo notara algo había entrado en la habitación, a tal velocidad
que fue imperceptible para el ojo humano. Esto fue lo que había generado la
muerte del recién nacido, una criatura con sed de venganza desde hacía siglos,
que puso sus sucias y asquerosas manos sobre la cabeza del bebé, causándole la
muerte.
Finalmente madre y abuela quedaron despojadas de lo único que tenían y
les importaba. Sin entender porque a ellas; pensando que Dios las había
castigado y sin poder culpar y maldecir al verdadero asesino.
Luego los días transcurrieron lentos y agónicos en la casilla que la joven madre y
la abuela compartían. El pequeño recinto acumulaba angustias, carencia y
soledades.
Las dos mujeres se enfrentaban entre sí,
lanzándose reproches y culpas como dardos.
La Criatura perversa, otra vez, captó la
debilidad y el descontento: ingredientes que lo alimentaban y fortalecían en su
maldad.
Allí estaban los tres: la Joven, acurrucada
en una silla; su madre, de pie, de espaldas a su hija, pelando solo dos papas
que le servirían de alimento a ambas y… Él, que ocupaba el ambiente en forma
omnipresente, con energía contaminante, invadiendo todo el aire y todo el
espacio.
Pero algo pasó, justo cuando la maldad
estaba a punto de eliminar a sus víctimas provocando un estallido de gas con su
aura impura.
La mayor de las mujeres giró con el cuchillo
aún en la mano, con rabia contenida, para gritarle a la joven quien sabe que
cosas.
Sin embargo, cuando vio los ojos de su muchacha destelló ese amor trascendente e inmenso.
De repente, las miradas de la madre y de la
hija se encontraron, y lo que explotó fue el tremendo vínculo que las unía. Algo inconmensurable que
debilitó al Ser y lo atravesó como un
laser. Como una espada perforó al Malvado, que
comenzó a achicarse y desinflarse cual globo pinchado girando hasta desaparecer.
Touche Maligno, sin saberlo la Abuela cobró
revancha.
No hay comentarios:
Publicar un comentario