07/08/2015

La abuela

Por Elisa Garassino y Agustín Barragán  


     Iba la mujer por la calle, con su cuerpo bastante alto y delgado y con la figura sin armonía que dan el hambre y los años.
      Llevaba una pollera muy amplia y con el dobladillo descosido. Tan veloz caminaba la señora que su falda bailaba y saltaba.
      El rostro de Ella miraba solo al frente, con ojos exorbitados y blanca y arrugada tez al viento. De vez en cuando retiraba un mechón de pelo entrecano de su frente.
     Tan ansiosa se la veía que hasta marchaba en ángulo inclinado hacia adelante y de modo rígido, como soldadito a cuerda, y así su cabeza y su mente aturdida llegarían primero a ver que pasa.
   Ya en el hospital público su hija acababa de dar a luz.
   El bebé, su nieto, que había nacido sano y lloró en su primer instante de vida, había muerto.
   Los médicos sorprendidos no tenían explicaciones, ellas no tenían consuelo.
Ocurrió que sin que nadie lo notara algo había entrado en la habitación, a tal velocidad que fue imperceptible para el ojo humano. Esto fue lo que había generado la muerte del recién nacido, una criatura con sed de venganza desde hacía siglos, que puso sus sucias y asquerosas manos sobre la cabeza del bebé, causándole la muerte.
 Finalmente madre y abuela  quedaron despojadas de lo único que tenían y les importaba. Sin entender porque a ellas; pensando que Dios las había castigado y sin poder culpar y maldecir al verdadero asesino.
   Luego los días transcurrieron lentos  y agónicos en la casilla que la joven madre y la abuela compartían. El pequeño recinto acumulaba angustias, carencia y soledades.
  Las dos mujeres se enfrentaban entre sí, lanzándose reproches y culpas como dardos.
  La Criatura perversa, otra vez, captó la debilidad y el descontento: ingredientes que lo alimentaban y fortalecían en su maldad.
   Allí estaban los tres: la Joven, acurrucada en una silla; su madre, de pie, de espaldas a su hija, pelando solo dos papas que le servirían de alimento a ambas y… Él, que ocupaba el ambiente en forma omnipresente, con energía contaminante, invadiendo todo el aire y todo el espacio.
   Pero algo pasó, justo cuando la maldad estaba a punto de eliminar a sus víctimas provocando un estallido de gas con su aura impura.
   La mayor de las mujeres giró con el cuchillo aún en la mano, con rabia contenida, para gritarle a la joven quien sabe que cosas.
      Sin embargo, cuando vio  los ojos de su muchacha destelló ese  amor trascendente e inmenso.
     De repente, las miradas de la madre y de la hija se encontraron, y lo que explotó fue el tremendo vínculo  que las unía. Algo inconmensurable que debilitó al Ser  y lo atravesó como un laser. Como una espada perforó al Malvado, que  comenzó a achicarse y desinflarse cual globo pinchado girando hasta  desaparecer.

Touche  Maligno, sin saberlo la Abuela cobró revancha.

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