Por Marisa Carbonetti
El frío se
colaba
en los
brazos de la madre
que acunaba
a su hijo
recién
nacido
producto de
un arrebato,
en una noche
cualquiera
cuando en
busca de sus sueños
estrangulados
por la miseria
perdió en su
barrio la inocencia.
Carne de
yugo había nacido
las esquinas
lo acunaron
su escuela
fueron las veredas
de los bares
más concurridos
bellas
flores bien envueltas
sus
principales materias
que rendía
cada día
con
aprendida insistencia
ante la
mirada indiferente
de
parroquianos y turistas
que le
ofrecían moneditas
que tal vez
nunca serían
para él.
Su destino
estaba marcado
por leyes y
herencia
y con altura
lo aceptó
hasta
abrazar la adolescencia
cuando
entendió los artilugios
de los
gobiernos y su indecencia
y permaneció
esperando
de ellos una
respuesta,
pero la vida
se le gastó
entre aromas
confundidos
de
sustancias mal olientes
cafés y
flores marchitas
aguardando
que los dueños de turno
le devuelvan
con utópicas políticas
el bienestar
que perdió
cuando
apenas nacido
el frío se
coló
entre los
brazos de su madre
para
indicarle que la injusticia
instalada
estaba en su sangre.
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