07/08/2015

Una mañana...

Por Florencia Cagnete y Pablo Siscar  


Una mañana, bah madrugada, de esas en las que la humedad flota por la ciudad, el aire denso. Yo estaba sumergida en mi novela, con unos cuantos días sin dormir ya; lidiando con un párrafo que iba y venía, tachaba y volvía.
  ¡Qué ganas tenía de comer un asado con sus amigos! Pero todavía faltaba mucho para el domingo.
  Hernán terminaba apurado el partido de tenis como todos los martes, calculando el tiempo exacto que tenía para pasar a buscar a Benito por la escuela. Benito y sus interrogantes,  ideas disparatadas, fantasías, sueños de niños, ¿y por que no de grandes? que le curioseaban  de la vida misma.
  En un descuido salió de esa monótona rutina y se encontró imaginando nuevas experiencias.
  ¿Qué pasaría si pateara el tablero con todas sus fuerzas y solo se quedara con aquello que quisiera? Nada de luchar por aquello que no lo hace feliz, ni dejarse llevar por la marea sin saber a dónde va. Un minuto de reflexión podía cambiarlo todo. Una decisión podía cambiarlo todo.
  Tomó su raqueta y su ropa, la puso en su bolso y salió.
Y entonces levanté mi cabeza y lo vi, su sonrisa y  esa simpleza me desconcertaron. Quedé inhibida por el momento que pronto se disolvió en el aire. Surgió esa especie de encantamiento, de atracción que se apodero de mis sensaciones. Como un vuelco inesperado aparecí en el túnel de lo deseado, esa conexión extraña que mueve los cuerpos y los quema fundiéndolos.
  Iba vestido de chomba y pulóver, de jean y zapatos marrones. Su pelo más bien largo revoloteaba por su cara a causa del fuerte viento, su mirada inescrutable y decidida personificaba la seguridad, la experiencia. Era un hombre decidido, dispuesto a enfrentarlo todo, para adelante sin parar cuando se proponía algo, esa era la impresión que causaba, iba en busca se lo proponía y ahí estaba de pie impecable logrando sus inmensos proyectos. Así fue, inevitablemente, casi como sin darse cuenta que su vida había tomado el rumbo de la cotidianeidad, de andar los días las horas como sin andar, y eso era algo q hacia días le rondaba sin parar.
  No sé cómo ni por qué el encantamiento. No me pregunte por el mañana, me diluí en la esperanza, queriendo. Sintiendo ese encuentro en el que las almas se desnudan aprendiendo del otro cuanta cosa surja, entregando en cada instante un pedacito de sí.
  Pasó a buscar a Benito, puntual como siempre. Esa vida agobia pensó.” Agobia sin dudas. “No es ahí donde debería estar. No es a su casa donde debería volver. No es a su esposa a quien quiere ver. Siente que hay algo más.
  No sabe, ¡pero sospecha! Un abrazo podría abrirle los ojos, dejarlo ver aquello que lo inquieta. ¿Pero cuál es el punto para confluir? Abrazándose en el tiempo, escurriéndose entre caricias y algunos sueños.
  En los sueños podría encontrar Hernán lo que buscaba, encontrarse. Hernán Fortovalle. Fuerte como su nombre.
  Se encontró buscando ¿qué?, miró todo a su alrededor hasta que al fin lo entendió.  Ahí estaba yo. Observándolo, adorándolo, creándolo, ¿creándolo? ¿Qué tiene más fuerza creadora, la punta de mi lapicera o su pasión que me inspira? Que me inspira y me crea.
  “Sola con ese párrafo q me llevaba ya días. Sola pero no tan sola, después de todo ahí estaba él: dirigiendo mi trazo, escribiendo su historia”.
  Hernán abrazó la decisión y se sacó la mochila llena de sus responsabilidades y cuentas bancarias. Por fin sabía lo que quería, siempre quiso escribir, siempre quiso embriagarse con su personaje, besarla, desearla, hacerla existir.
  “Ahora me despierta siempre con sus historias de esos navíos en los que me sumergía sin darme cuenta en mi sillón entre papeles y tintas.”
  Con su pasión y creatividad, en su máxima expresión, contenida durante tanto tiempo, se fueron proyectando rasgos de una belleza simple, encantadora. Una fusión que les permitió soltar lo que cada uno era.
Así impulsó, esa facilidad increíble, por irrumpir justo en el momento en que la mente está habitada pura y exclusivamente por miles de pensamientos e ideas que giran a una velocidad inexplicable, que hace abrir los ojos en ese momento, como lo hizo.

  “Luego el ambiente comenzaba a aclarar, las imágenes se iban desprendiendo y cayendo las palabras, fluían mezclándose. Un segundo despertar, mismo lugar. Otros ojos abriéndose al infinito mundo de amar la existencia”.

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