Por Florencia Cagnete y Pablo Siscar
Una mañana, bah
madrugada, de esas en las que la humedad flota por la ciudad, el aire denso. Yo
estaba sumergida en mi novela, con unos cuantos días sin dormir ya; lidiando
con un párrafo que iba y venía, tachaba y volvía.
¡Qué ganas tenía de comer un asado con sus
amigos! Pero todavía faltaba mucho para el domingo.
Hernán terminaba apurado el partido de tenis como
todos los martes, calculando el tiempo exacto que tenía para pasar a buscar a
Benito por la escuela. Benito y sus interrogantes, ideas disparatadas, fantasías, sueños de
niños, ¿y por que no de grandes? que le curioseaban de la vida misma.
En un descuido salió de esa monótona rutina y
se encontró imaginando nuevas experiencias.
¿Qué pasaría si pateara el tablero con todas
sus fuerzas y solo se quedara con aquello que quisiera? Nada de luchar por aquello
que no lo hace feliz, ni dejarse llevar por la marea sin saber a dónde va. Un
minuto de reflexión podía cambiarlo todo. Una decisión podía cambiarlo todo.
Tomó su raqueta y su ropa, la puso en su
bolso y salió.
Y entonces levanté mi cabeza y lo vi, su sonrisa y esa simpleza me desconcertaron. Quedé
inhibida por el momento que pronto se disolvió en el aire. Surgió esa especie
de encantamiento, de atracción que se apodero de mis sensaciones. Como un
vuelco inesperado aparecí en el túnel de lo deseado, esa conexión extraña que
mueve los cuerpos y los quema fundiéndolos.
Iba vestido de chomba y pulóver, de jean y zapatos marrones. Su pelo
más bien largo revoloteaba por su cara a causa del fuerte viento, su mirada
inescrutable y decidida personificaba la seguridad, la experiencia. Era un
hombre decidido, dispuesto a enfrentarlo todo, para adelante sin parar cuando
se proponía algo, esa era la impresión que causaba, iba en busca se lo proponía
y ahí estaba de pie impecable logrando sus inmensos proyectos. Así fue, inevitablemente,
casi como sin darse cuenta que su vida había tomado el rumbo de la
cotidianeidad, de andar los días las horas como sin andar, y eso era algo q
hacia días le rondaba sin parar.
No sé cómo ni por
qué el encantamiento. No me pregunte por el mañana, me diluí en la esperanza,
queriendo. Sintiendo ese encuentro en el que las almas se desnudan aprendiendo
del otro cuanta cosa surja, entregando en cada instante un pedacito de sí.
Pasó a buscar a Benito, puntual como siempre. Esa vida agobia pensó.”
Agobia sin dudas. “No es ahí donde debería estar. No es a su casa donde debería
volver. No es a su esposa a quien quiere ver. Siente que hay algo más.
No sabe, ¡pero sospecha! Un abrazo podría
abrirle los ojos, dejarlo ver aquello que lo inquieta. ¿Pero cuál es el
punto para confluir? Abrazándose en el tiempo, escurriéndose entre caricias y
algunos sueños.
En los sueños podría
encontrar Hernán lo que buscaba, encontrarse. Hernán Fortovalle. Fuerte como su
nombre.
Se encontró buscando ¿qué?, miró todo a su alrededor hasta que al fin
lo entendió. Ahí estaba yo.
Observándolo, adorándolo, creándolo, ¿creándolo? ¿Qué tiene más fuerza
creadora, la punta de mi lapicera o su pasión que me inspira? Que me inspira y
me crea.
“Sola con ese párrafo q me llevaba ya días.
Sola pero no tan sola, después de todo ahí estaba él: dirigiendo mi trazo,
escribiendo su historia”.
Hernán abrazó la
decisión y se sacó la mochila llena de sus responsabilidades y cuentas
bancarias. Por fin sabía lo que quería, siempre quiso escribir, siempre quiso
embriagarse con su personaje, besarla, desearla, hacerla existir.
“Ahora me despierta
siempre con sus historias de esos navíos en los que me sumergía sin darme
cuenta en mi sillón entre papeles y tintas.”
Con su pasión y
creatividad, en su máxima expresión, contenida durante tanto tiempo, se fueron
proyectando rasgos de una belleza simple, encantadora. Una fusión que les
permitió soltar lo que cada uno era.
Así impulsó, esa facilidad increíble, por irrumpir justo en
el momento en que la mente está habitada pura y exclusivamente por miles de
pensamientos e ideas que giran a una velocidad inexplicable, que hace abrir los
ojos en ese momento, como lo hizo.
“Luego el ambiente
comenzaba a aclarar, las imágenes se iban desprendiendo y cayendo las palabras,
fluían mezclándose. Un segundo despertar, mismo lugar. Otros ojos abriéndose al
infinito mundo de amar la existencia”.
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