07/08/2015

El trago amargo

Por Facundo Irazoqui


La última mano definió el partido, ganamos. Apenas lo había visto dos o tres veces, una casualidad nos juntó como compañeros de truco  en el club que frecuento. ¿No viene a festejar? En mi trabajo tengo unas botellas guardadas. Su sonrisa inspiraba más miedo que simpatía; sin embargo acepté, cómo no, con mucho gusto. No salgo nunca  de casa, excepto los viernes de truco en el club, nunca bebo y me vuelvo siempre temprano, por el frío. Para qué mentir: no tengo amigos.  
Pero ahora ya estamos en camino, y no sé por qué, no me puedo echar atrás. ¿Queda muy lejos su trabajo?
-Trabajo en el matadero.
O sea que vamos a las afueras de la ciudad. Fui contadas veces allí, no me gusta el lugar. Y la vez que fui, mejor no acordarse. Almada no habla una palabra, va fumando un cigarro y parece no darse cuenta del frío ni de mi presencia. Tiemblo. Mejor no acordarse, ni tener nadie que le recuerde a uno. Las calles se van haciendo más oscuras, una luz parpadea en una esquina, un perro nos mira alerta desde el centro de una calle.
Aquella vez también había un perro. Le dimos que oliera una prenda y salió como una flecha ladrando y mostrando los dientes.
¿Vamos a cruzar por el bosque? Es medio tarde, ¿no le parece? Obtengo una sonrisa por toda respuesta. Veo la masa de arboles, mas negros que la noche. El silencio. Entramos al bosque y nuestros pasos retumban. Una fiera da un rugido en el zoológico; me estremezco. Mostrando los dientes y ladrando, teníamos que sujetar al perro, andábamos buscando a ese que siempre se escapaba. Mejor no acordarse. Los sucios suburbios. El bosque. Silencio. Vamos a oscuras, se ve una lucecita a lo lejos, donde la calle dobla.
¿Trabaja hace mucho allí? Pregunto con tal de hablar un poco, de quebrar esta quietud.
-Sí.
Me quedo callado. Pasamos la luz, que nos ilumina unos pasos y de nuevo se pone oscuro. Un caburé lanza su canto bajito, no sé donde está pero me está mirando. Me corre un escalofrío, me jode ser supersticioso a veces.
Cruzamos la avenida, el asfalto destrozado. Mejor no acordarse, ¡para qué!, pero uno se acuerda igual: el perro nos iba guiando por las callecitas, estaba hecho una furia, algún cabecita nos miraba con recelo. Era mucha plata por el trabajo. O con eso me trataba de convencer, porque al final, para qué negarlo, no era un trabajo lindo. Y por el Tata me pagaron más.
Llegamos. Los dos pisos del matadero se imponen en la negrura. Alrededor las casuchas se apilan para escaparse del frío.
Me pagaron más porque lo habían querido agarrar en muchas ocasiones, y nadie sabía cómo pero siempre se escapaba. Andaba en cosas raras decían, yo de eso no sabia. A mí, un nombre, una cara. Y unos cuantos pesos por decirles una dirección. Y llevar el perro.
-No sé si me voy a quedar mucho, es tarde…
Almada me mira por primera vez. Serio. Como el Tata, si uno lo mira bien.
Entramos al edificio. Almada tira el cigarro y se toma un tiempo en apagarlo con el pie, aplastándolo contra el piso. Hay un pasillo con luz blanca, cientos de reses colgando, sangre coagulada en el piso.
Si uno lo mira bien…
Almada va hasta un armario y saca una botella de vino. Lo destapa, y se manda un profundo trago, la nuez sube y baja varias veces. Si uno lo mira bien, es serio como el Tata. La dirección era correcta  y el perro hizo lo suyo, infalible. No tembló, eso no era para él. Antes de agarrarlo mató a dos a cuchillo, y eso que éramos varios. Cuando le plantaron la cara contra el piso, recién ahí, me miró. Y no dijo nada.
Ahora es mi turno. Agarro la botella, le mando un trago largo. Mejor no acordarse de esas cosas. El vino parece picado, pero le doy un trago más. Una sierra empieza a sonar, luego otra, y otra más.
Le paso la botella, ya casi vacía.
-Ahí atrás, en el mueble. Saque otra.
Me doy vuelta, el vino hace su efecto, ya no se siente tanto el frío. Abro el armario indicado, tomo una botella, es un vino de otra marca. Al lado hay varios cuchillos, ropa de trabajo, unos cigarros y un cuaderno. Y en la pared del armario, pegada con chinches, hay una foto. Se ven dos hombres en un día de pesca, sonrientes. Uno es Almada. El otro es el Tata.
Me doy vuelta instantáneamente, pero no alcanza. La botella se cae y el suelo se tiñe de rojo.

Lo miro a Almada. Me mira, y no dice nada.

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