La última mano definió el partido,
ganamos. Apenas lo había visto dos o tres veces, una casualidad nos juntó como
compañeros de truco en el club que
frecuento. ¿No viene a festejar? En mi trabajo tengo unas botellas guardadas.
Su sonrisa inspiraba más miedo que simpatía; sin embargo acepté, cómo no, con
mucho gusto. No salgo nunca de casa,
excepto los viernes de truco en el club, nunca bebo y me vuelvo siempre
temprano, por el frío. Para qué mentir: no tengo amigos.
Pero ahora ya estamos en camino, y no sé
por qué, no me puedo echar atrás. ¿Queda muy lejos su trabajo?
-Trabajo en el matadero.
O sea que vamos a las afueras de la ciudad.
Fui contadas veces allí, no me gusta el lugar. Y la vez que fui, mejor no
acordarse. Almada no habla una palabra, va fumando un cigarro y parece no darse
cuenta del frío ni de mi presencia. Tiemblo. Mejor no acordarse, ni tener nadie
que le recuerde a uno. Las calles se van haciendo más oscuras, una luz parpadea
en una esquina, un perro nos mira alerta desde el centro de una calle.
Aquella vez también había un perro. Le
dimos que oliera una prenda y salió como una flecha ladrando y mostrando los
dientes.
¿Vamos a cruzar por el bosque? Es medio
tarde, ¿no le parece? Obtengo una sonrisa por toda respuesta. Veo la masa de
arboles, mas negros que la noche. El silencio. Entramos al bosque y nuestros
pasos retumban. Una fiera da un rugido en el zoológico; me estremezco. Mostrando
los dientes y ladrando, teníamos que sujetar al perro, andábamos buscando a ese
que siempre se escapaba. Mejor no acordarse. Los sucios suburbios. El bosque. Silencio.
Vamos a oscuras, se ve una lucecita a lo lejos, donde la calle dobla.
¿Trabaja hace mucho allí? Pregunto con tal
de hablar un poco, de quebrar esta quietud.
-Sí.
Me quedo callado. Pasamos la luz, que nos
ilumina unos pasos y de nuevo se pone oscuro. Un caburé lanza su canto bajito,
no sé donde está pero me está mirando. Me corre un escalofrío, me jode ser
supersticioso a veces.
Cruzamos la avenida, el asfalto
destrozado. Mejor no acordarse, ¡para qué!, pero uno se acuerda igual: el perro
nos iba guiando por las callecitas, estaba hecho una furia, algún cabecita nos
miraba con recelo. Era mucha plata por el trabajo. O con eso me trataba de
convencer, porque al final, para qué negarlo, no era un trabajo lindo. Y por el
Tata me pagaron más.
Llegamos. Los dos pisos del matadero se
imponen en la negrura. Alrededor las casuchas se apilan para escaparse del
frío.
Me pagaron más porque lo habían querido
agarrar en muchas ocasiones, y nadie sabía cómo pero siempre se escapaba.
Andaba en cosas raras decían, yo de eso no sabia. A mí, un nombre, una cara. Y unos
cuantos pesos por decirles una dirección. Y llevar el perro.
-No sé si me voy a quedar mucho, es tarde…
Almada me mira por primera vez. Serio.
Como el Tata, si uno lo mira bien.
Entramos al edificio. Almada tira el
cigarro y se toma un tiempo en apagarlo con el pie, aplastándolo contra el
piso. Hay un pasillo con luz blanca, cientos de reses colgando, sangre
coagulada en el piso.
Si uno lo mira bien…
Almada va hasta un armario y saca una
botella de vino. Lo destapa, y se manda un profundo trago, la nuez sube y baja varias
veces. Si uno lo mira bien, es serio como el Tata. La dirección era correcta y el perro hizo lo suyo, infalible. No tembló,
eso no era para él. Antes de agarrarlo mató a dos a cuchillo, y eso que éramos varios.
Cuando le plantaron la cara contra el piso, recién ahí, me miró. Y no dijo
nada.
Ahora es mi turno. Agarro la botella, le
mando un trago largo. Mejor no acordarse de esas cosas. El vino parece picado,
pero le doy un trago más. Una sierra empieza a sonar, luego otra, y otra más.
Le paso la botella, ya casi vacía.
-Ahí atrás, en el mueble. Saque otra.
Me doy vuelta, el vino hace su efecto, ya
no se siente tanto el frío. Abro el armario indicado, tomo una botella, es un
vino de otra marca. Al lado hay varios cuchillos, ropa de trabajo, unos
cigarros y un cuaderno. Y en la pared del armario, pegada con chinches, hay una
foto. Se ven dos hombres en un día de pesca, sonrientes. Uno es Almada. El otro
es el Tata.
Me doy vuelta instantáneamente, pero no
alcanza. La botella se cae y el suelo se tiñe de rojo.
Lo miro a Almada. Me mira, y no dice nada.
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