En el barrio lo llaman Osvaldo, Rogelio, no sé. Es el vecino
de todos los tiempos.
Saluda a Lorena la de la repostería, Horacio el del almacén,
a Juan el verdulero, a Cari la panadera y hasta al grupete perruno que se junta
en la esquina, entre ellos toto. Faa cuantos son! Una de ladridos se mandan
cuando se juntan todos. Por las noches se reúnen, cuenta Rogelio, andan un
poco, rompen alguna que otra bolsa de basura, se disputan alguna perra vecina,
y al rato de cuidar un poco el barrio, los que tienen su cucha vuelven a su
casa y los que no acampan por ahí.
Osvaldo sale a la mañana temprano y arranca su caminata
matutina. Lleva un andar trastabillado, anda a paso lento, y con su espalda
encorvada por los años que trae encima “de a poco con el tiempo me fui
achicando más” dijo un día con su voz de gallego, media ronca por el pucho.
Siempre su pullover azul y jogging gris. Cuando frío nunca
falla verlo pasar con su gorro negro de lana y su campera corderoy verde.
Cara seria, y calvo como pelada recién rasurada. Sus ojos
habitan entre arrugas y esas bolsas que se agarran bien a los gestos de la cara, una mirada
cálida que brilla de emociones.
Un día de esos en los que recorría la 495 de punta a punta,
paseando el barrio sin parar, se frenó en la esquina y dijo: - “ Si! Tanta
inseguridad enferma, pero la de adentro desintegra. Tanto circo armado nos
consume pero si dejamos que nos ciegue. Tanta estructura fría duele, pero si le
concedemos una sonrisa y no soltamos la mano a la risa le hacemos frente. Tanta
mentira intenta agotarnos los recursos, pero si miramos al costado y
comprendemos que todos somos distintos, juntos sumamos con las diferencias.
El miedo paraliza, desinforma, nos mueve todo adentro y
golpea unas fichas afuera. Se reproduce en imágenes, en sensaciones. De pronto
salimos y está ahí mirándonos fijo a los
ojos. Si bajamos la mirada nos consume, todo alrededor comienza a desintegrarse.
Si intentamos mirarlo directo a los ojos por segundos que fuesen, nos paramos
frente a frente, lo observamos en todos sus rincones, solo nos queda vernos,
elegirnos. Cuantas veces sea, renacer. “
El tiempo como que se detuvo. El aire que flotaba fresco,
mantuvo a unos cuantos bajo el calorcito del sol que brillaba en pleno
invierno, escuchando a Rogelio.
Él miró a su alrededor, lo miró a toto que husmeaba entre
sus bolsas de las compras. Las tomó y siguió su caminata como si nada bajo el
sol. Su figura comenzó a perderse entre la arboleda. Una bonita arboleda de unos
árboles inmensos que se juntan, se mezclan y entrelazan con sus ramas de un
lado a otro y forman como si fuera un túnel a los lejos.
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