27/11/2016

Taller de lectura: Silvina Ocampo: “Las dos casas de Olivos” (cuento)

recomendado por: Silvia Suárez

Los textos leidos y comentados en el taller tuvieron como eje principal la imagen de la casa y nos permitieron recorrer desde distintos puntos de vista este tema cotidiano. Esto derivó en reflexiones sobre los seres humanos y su relación la vida, el tiempo, la sociedad, las costumbres, la muerte, el horror, la religión, los valores morales, estéticos y la historia de las ciudades. Así comprobamos que su sentido iba más allá de un edificio o de una arquitectura.
Me fue difícil seleccionar un único texto para esta entrega pero opté por “Las dos casas de Olivos”, de Silvina Ocampo. ¿Por qué? Porque es la historia de dos niñas ingenuas, que vienen de mundos opuestos y añoran, cada una a su manera, la vida de la otra:

En las barrancas de Olivos había una casa muy grande de tres pisos, en donde no vivían más que cinco personas: el dueño de casa, su hija de diez años, una niñera, una cocinera, y un mucamo (sin contar el jardinero que vivía en el fondo de la quinta). Había cuartos inhabilitados, enormes cuartos con persianas siempre cerradas de humedad, cuartos llenos de miniaturas de antepasados y cuadros ovalados en las paredes. El jardín era espacioso con árboles altísimos. Sólo una cosa preocupaba al dueño de casa y era la improbabilidad de conseguir frambuesas; en ese jardín crecían flores, árboles frutales, había hasta frutillas, pero las frambuesas no podían conseguirse.
En el bajo de las barrancas de Olivos, en una casita de lata de una sola pieza vivían cuatro personas: el dueño de casa y sus tres nietas; la mayor tenía diez años y cocinaba siempre que hubiera alguna cosa para cocinar.
Y sucedió que esas dos chicas se hicieron amigas a través de la reja que rodeaba el jardín. "Mi casa es fea", dijo una. "tiene diez cuartos en donde no se puede nunca entrar; el jardín no tiene frambuesas y por esa razón mi padre está siempre enojado." "Mi casa es fea", dijo la otra. "Es toda de latas, en la orilla del río, donde suben las mareas; en invierno hacemos fogatas para no tener tanto frío." "¡Qué lindo!" contestó la otra. "En casa no me dejan encender la chimenea." Y cada una se fue soñando con la casa de la otra.

Entre esas dos niñas, llenas de grandes ilusiones y fantasías, de ideales y sentimientos puros, destaca la amistad como eje central de la trama y el punto que les permite trasmitirse sus personalidades. Y los consiguen desde el afecto, la ilusión y la alegría, con esa ingenuidad asombrosa:

Al día siguiente volvieron a encontrarse en el cerco y era extraño ver que esas dos chicas se iban pareciendo cada vez más; los ojos eran idénticos, el cabello era del mismo color; se midieron la altura en los alambres del cerco y eran de la misma altura, pero había solamente dos cosas distintas en ellas: los pies y las manos. La chica de la casa grande se quitó las medias y los zapatos; tenía los pies más blancos y más chiquitos que su compañera; sus manos eran también más blancas y más lisas. Tuvo las manos durante varios días en palanganas de agua y lavandina, lavando pañuelos, hasta que se le pusieron rojas y paspadas; caminó varios días descalza haciendo equilibrio sobre las piedras; ya nada las diferenciaba, ni siquiera el deseo que tenían de cambiar de casa. Hasta que un día, a escondidas en el ombú del cerco que servía de puente, se cambiaron la ropa y los nombres. Una chica le dio a la otra sus pies descalzos, y la otra le dio los zapatos. Una chica le dio a la otra sus guantes de hilo blanco y la otra le dio sus manos raspadas... ¡Pero se olvidaron de cambiar de Ángeles Guardianes!

Lo que también me agradó fueron las descripciones del contexto, llenas de elementos reales pero también imágenes con algo de magia: el ombú en la medianera, las frambuesas del jardín, los zapatos, los guantes y otros objetos reales como el puente, el otoño; junto a ellos la descripción del cielo, el caballo blanco, las hamacas contra el viento, las tormentas, los rayos y la lluvia. Las imágenes visuales tan fuertes: "lastimaduras de relámpagos", "incisiones de fuegos", "relinchos de crines deshilachadas", "tendidos en el suelo negro", "el cielo era un gran cuarto azul sembrado de frambuesas".
Todo esto deja en el lector una sensación de gran profundidad y paz.


Concluimos el 2016 con la satisfacción de haber participado de un curso de lectura en el Pasaje Dardo Rocha donde además de cultivar gratos momentos de amistad y de cordial convivencia de un grupo muy heterogéneo de personas, aprendimos a escuchar y valorar a una querida profesora.

El grupo se nutrió con el desafío de cada nueva lectura, cada uno participó de juegos de significados del presente y del pasado dándole diferentes sentidos a las diversas escenas.

Taller de lectura: Juan José Saer: “La tardecita” (cuento)

recomendado por: Nora Sánchez (*)


Ya próximos a finalizar el curso, este cuento me hizo sentir trasladada a mi querido pueblo natal. Como señala el narrador, mientras el protagonista lee un libro de Petrarca: “Desde cualquier punto próximo o remoto del tiempo o del espacio, lo escrito llega para avivar la llamita de algo que, sin el saberlo tal vez, ardía ya en el lector".
La manera en que describe sus recuerdos de infancia despierta la llamita de mis vivencias pasadas, las travesuras con mis amigos, la descripción de los caminos de tierra y los campos de cereales:

[...] En el otoño ya avanzado, los campos de maíz parecían ruinas, con los tallos quebrados y grisáceos y las hojas color beige desgreñadas, resecas y colgantes, sugiriendo un ejército innumerable y fijo, aniquilado en una batalla reciente y del que hubiese vuelto a este mundo la muchedumbre de espectros, retomando el hábito de alinearse en orden para formar una teoría de almas en pena muda y amenazante. En un campo cercano, un rebaño de vacas negras había dejado de pastar, y los animales, orientados todos en sentido opuesto a la caída del sol, la cabeza un poco levantada como si estuviesen tratando de captar una señal remota, completamente inmóviles, todos en la misma actitud como si se tratase de la misma imagen plana reproducida cuarenta o cincuenta veces, le sugerían a Barco, en el momento en que estaba recordándolas, esas manadas que aparecen en las pinturas rupestres, más misteriosas por la extraña vida interior que emana de los animales que por las intenciones de los hombres fugitivos que los dibujaron en la piedra. [...]

El temor a la caída del sol y el advenimiento de la noche oscura y silenciosa. El disfrute de llegar por fin al pueblo, ese lugar cálido y conocido:

Al bajar del colectivo, habían esperado en el cruce una media hora sin que pasase un solo auto, y como se acercaba la noche, habían decidido empezar a caminar por el borde del camino de tierra, y a medida que se alejaban del asfalto la llanura se iba volviendo más desierta y más silenciosa. Como avanzaban hacia el oeste, en el fondo del camino recto y grisáceo, el disco rojo del sol, enorme y llameante, flotando no lejos del horizonte, parecía estar esperándolos con la intención de impedirles seguir adelante. Había llovido mucho la víspera, y el camino era un magma barroso en muchos trechos, donde algún vehículo, tirado a motor o a sangre, se había atrevido a pasar, formando huellas profundas de las que únicamente los bordes rugosos se habían resecado un poco. El estado en que había quedado el camino después de la lluvia explicaba la ausencia inusual de coches, aunque en aquella época los autos y los camiones no eran demasiado frecuentes en el campo, y de todas maneras la situación en la que se encontraban había sido prevista por sus padres, ya que la madre había querido oponerse a que viajaran esa tarde, argumentando justamente que había llovido y que la noche podía sorprenderlos en el camino, pero el padre, que tenía cierta predilección por su hermano mayor (o por lo menos Barco así se lo imaginaba en aquel entonces y seguía imaginándoselo en la actualidad, aunque su padre había muerto hacía treinta años y su hermano el año anterior), había dicho que gracias a la prudencia y al sentido de responsabilidad de su hermano no iba a sucederles nada malo (de todos modos, en ese punto o en cualquier otro, bastaba que su madre tuviese una opinión para que su padre formulase exactamente la contraria, y lo mismo sucedía, pero al revés, cuando era su padre el que argumentaba en primer término).


El regreso al pueblo y el recuerdo, tan cálidos como este grupo que se generó alrededor de su profesora Magdalena, al cual con alegría concurrimos cada miércoles. 

Paula von Wernich / Taller de poesía

Adentro

En el salón de la facultad
No entra ni un alfiler.

De fondo se escucha
Una voz en un micrófono.

Un grupo de jóvenes
Conversa en alta voz.

Entre ellos,
Una joven calla.

En su interior,
Un alma muere.


Purmavida

I
Pequeñas calles artesanales
como ilustradas por un Dios
hippie y pacifista.
Calles y paredes cargadas
de adoquines
de energía
de positividad imperativa.
Merada por la altura
busco entre puestos y montañas
algún signo de modernidad.
Un hombre
se me aproxima:
no sabe usar su cámara.
Ni un edificio, ni un celular.
Nada
Todos queremos congelar
esa magia.
Pero la foto se borra,
el sentimiento no.

II
Siempre las mismas calles,
silencio y pobreza.
Solo hablamos con turistas
para ganarnos la vida.
Quedan fascinados en esta ida
por el momento y la alegría.
Pero no, ellos no viven acá.
No sufren el permanente mareo,
la falsa felicidad.
Vivimos atrasados,
con aguayos como piel.
Tanta pobreza me ciega,
tanta rutina me congela.

III
Pequeñas calles marcadas
por el paso del ‘tiempo’
por la gran humanidad.
Una pared dice:
“Dios vive”
¿Será cierto?


Guadalupe luna

I
Soy une mujer desde el núcleo hasta los poros,
carezco de edad ya que
el tiempo no puede ser medido
Soy tanto astronauta como novelista
porque vivo entre infinitas estrellas con piernas y mentes y
porque escribo como loca sin parar
en el aire, en papel, en mi piel.
Limito mi existencia con algunas definiciones:
feminista, optimista, en busca de una religión,
nadadora de mares e inventora de palabras.
Trabajo de profesora de literatura y de aprendiz de mis alumnos
creo que aprendo más de ellos que ellos de mi ,
es por eso que ando por la vida
buscando una respuesta.


II

Vivo al sur de un país del fin del mundo,
donde estaríamos todos locos,
no utilizamos esas mini prisiones llamadas “celulares”,
nos miramos a la cara cuando hablamos,
comemos todos juntos en el mismo pasto,
nos amamos: amándonos y odiándonos de a ratos (que es otra forma de amar),
fumamos de luna en luna,
nacemos de nuevo cada vez que el sol
se levanta: esa es nuestra ideología
por eso mi madre se cambia de nombre a cada sol:
Juana, Estrella, Miranda, Angélica…
Porque a cada rato es una persona diferente.
Yo mantengo mi nombre porque este define
 mi cuerpo en esta vida y además lo eligió mi querido padre a quien llamo
 Zeus (me gustan los apodos míticos) y a quien tanto quiero.
Solía ser pintor, hasta que el universo le encargó otro cuerpo.
Ahora solo es recuerdo.


     

La garganta traga
Un barco navega
y cae Benjamín
Dentro de sí mismo:
Un avismo
Navega through the organs
Hasta llegar al cœur,
Se mete ahí dentro.
And no,
Me contó que no,
No hay carne, ni venas, ni blood.
Hay paz.
The silence
y el universo
Consumen ese
Pequeño-infinito espacio:
Une chambre bleue
Vacía mas
La vio ahí en paz:
“I´m Soul”
Le dijo.
Elle a été magique.
Salió de allí,
Then, he closed the
(je) dors, or not?
Nunca volvió

A mirar tan profundo.

Marcela Roviolo / Taller de poesía

Ancestrales

Tus manos,
agrietadas y feroces
convergen en el objeto
de trabajo.
Las mismas, otras,
oran en alto,
alaban
anhelan misericordia.
Malabares encienden el aire
los dedos cuentan:
multiplican caricias
restan temores,
suman dinero,
dividen horas.
Las palmas baten,
baten sueños

de libertad.

Susana Beatriz Rodríguez / Taller de poesía

Rosa

Flor reina de aquel jardín
un jardín natural
de tierra construida
con las manos de Azucena,
manos tiernas, suaves.
Las plantas de rosa crecen,
el riego es necesario
la naturaleza lo brinda
Un día, otro día, varios días
y se desarrollan las plantas,
Llegan los pimpollos,
Imponentes, fuertes, vivaces.
Azucena desea ver el color,
Sus hojitas no la dejan,
y al fin, una mañana
el color reina en su jardín,
el perfume envuelve,
y resuena el amor allí,
ante la imponente presencia

de una rosa blanca.

Rubén Pessini / Taller de poesía



Psicofonía II

De los otros, no puedo
decir mucho.
Algunos hablan
otros con sombrero caminan
pero no piensan.

Uso máscara, pestañas, rubor.
Mi canción, mi letra y mi miedo
de hallarte.

De mis ojos
no puedo decir nada
menos que los veas.

Queda un círculo pequeño
donde observo una

pareja que va de la mano.

Patricia Lombardo / Taller de poesía


Impertinente

Arroja más huellas
en la piel,
el color
que rodea el rostro
se apaga.

Se apodera
de los pensamientos
a veces monótonos
repiten lo pendiente
crueles sentencian todo.

Esa miseria
parecería nada,
a quienes ya no vuelven
a reodenarlos
de forma voluntaria
solo fugas del pasado.

Si primara
el sentido de realidad,
dejaría saber
que ese vacío
no es cierto
sostendría la dignidad.

Llegamos
al límite,
el tiempo no sabe:
algunos quedarán ahí,
y otros cruzarán
aquel borde.



Cerca Lejos

Solo un poco de asfalto
corta ese campo

anuncia la llegada
a otro lugar

Cerca en el espacio
otra dimensión

Equilibra la velocidad
de otra ciudad

ni siquiera difiere
el sonido de las palabras

Algo les deja saber
que no es de ahí

Intentan explicarle
“nunca te vi”

Cálidos    pausados

Sienten el tiempo

A Ella no la culpo

José Agustín Barragán / Taller de narrativa


  Llega el tren y mientras lo veo detenerse en la estación, pienso en las cosas que hice: gente a la que defraudé, que me quiso pero ya no más; todo, en breve minutos, hace de mí día vaya de mal en peor.
  Se detiene y se abren las puertas. De a adentro sale gente, mucha gente. De todos los que salen no conozco a ninguno, y ellos, menos me conocen a mí; mejor que siga así, no querrán ser defraudados.
  Termina de salir la mayoría de la gente. Entro y me siento. Los bancos son incomodos y están desteñidos, pero no me importa; a decir verdad, pocas cosas me importan, quizás, lo que más me importa en este mundo es ella. Sí, Ella ¿No me crees? Pues es una lástima, porque es la verdad; es más, Ella está en el tren y no me ve a la cara, no quiere verme, me odia y no la culpo.
  El tren inicia la marcha y me acomodo, saco mi celular, conecto los auriculares y pongo algo de música; la música no debería relajarme, pero lo hace; es muy raro ¿Quién se puede relajar cuando escucha algo del estilo de Metallica? Si logras responderme te estaré muy agradecido. Luego la miro a Ella, y Ella, indignada, se levanta y va a otro vagón; no sé por qué, pero yo también me levantó y la sigo. Yo sé que no quiere que la siga, me detesta, me odia, al verme enferma de rabia, y no la culpo… pero igual voy.
  Ella empieza a correr cuando ve que la sigo. Voy pasando por todos los vagones hasta llegar al final del tren y, mientras los paso, revivo todos los pecados que cometí contra Ella; una infinita sucesión de eventos que me veo obligado a repetir: cuando la conocí, cuando le hablé por primera vez, el primer rechazo, el segundo, incluso cuando la seguí. Todo, absolutamente todo.
  En el último vagón, Ella tropieza y yo quedo a sus pies, observando y contemplando su belleza, su inmensa belleza, que deja a todos sin palabras. Fuerzo la vista y me doy cuenta: está llorando, me tiene miedo y no la culpo. Llora y llora; su cuerpo comienza a temblar cuando me ve fijo a los ojos. Mi manera de ser provocó todo esto y lo sé muy bien, pero aun así, todo sigue. A Ella no la culpo. A Ella no quiero culparla ¿Por qué habría de hacerlo? Si Ella no tiene la culpa.
  Entonces… todo se hace oscuro y nada veo.

  Pero una tenue luz vuelve a iluminar el tren y Ella no está. Ella se fue. Me veo obligado a regresar por donde vine. A paso lento y melancólico vuelvo a pasar por la infinita sucesión de eventos, solo que ahora, ya no refleja mis pecados, no; ahora solo refleja una foto, una foto de hace mucho tiempo: estamos nosotros, Ella y yo, y no vemos felices.
  Luego me voy, sin mostrarme indiferente a lo que se me muestra, hasta que llego al vagón en el que Ella estuvo sentada. Me acerco a su asiento y allí me quedo. Encuentro algo que me resulta muy familiar. Demasiado, quizás.
  Un sobre; tiene un nombre ¿Pero acaso importa? Yo sé cuál nombre lleva, tú lo sabes… todos lo sabemos: es el de Ella. Dentro hay dos cosas: una carta. Carta que contiene palabras bonitas y verdades cargadas de una sinceridad que nadie jamás ha podido igualar; lo otro que hay es una foto, nuestra foto.

  Al final, la carta y la foto es lo único que de Ella me queda; lo único a lo que aferrarme. Lo único a lo que podía aferrarme.

Formalidad en Azul

JD Rodríguez / Taller de narrativa

   Por la mañana te despertaste como cualquier otro día, te estiraste un rato en la cama y te pediste a vos mismo otros cinco minutos, te los concediste; pero cinco se convirtieron en treinta. Al despertar de nuevo, contento de haber vuelto a enganchar el sueño que habías tenido antes, te levantaste instantáneamente. Pensaste que los domingos no estaban nada mal; pero que ojalá Andrea no estuviera de viaje. Fuiste al baño, orinaste y pensaste que no, que sí estaba bien que Andrea estuviera de viaje; ya era hora de que tuvieras unos cuantos días para vos solo. Te pusiste frente al espejo, te cepillaste los dientes durante tres minutos y te pasaste el hilo dental durante otro. Yo eso nunca te lo he entendido, te cepillás los dientes durante tres minutos, con cuidado, con mucho cuidado, tratando de no dejar ninguno desahuciado, después agarrás el hilo y lo hacés pasar entre diente y diente, y diente y canino, y canino y muela, y qué se yo; como si estuvieras limpiando un ídolo neolítico, de quién sabe qué dios pagano, que necesitase esa limpieza tan profunda y cuidadosa antes de meterse a una vitrina en la frialdad de algún museo; pero después de todo ese ritual, después de todo ese maldito ritual, vos venís y te tomás un café y te fumás un cigarro, eso no está bien hombre, eso es de estar mal de la cabeza. Esta mañana no, esta mañana, después del proceso bucal, fuiste y pusiste la cafetera, caminaste hacia la computadora, que siempre dejás encendida, y pusiste un álbum de Pixies (Surfer Rosa con toda probabilidad) y yo pensé que a la vida siempre había que ponerle un buen soundtrack, nadie se quiere morir con reggaeton de fondo. Tu cafetera es una maravilla, el instante que te tardaste en elegir el álbum y ponerlo, la cafetera lo utilizó para segregar una taza de café negro, bien espeso como te gusta a vos. Volviste a la cocina, ya saboreando el olor en el aire, te serviste una taza, nada de azúcar, viste un pedazo de papel sostenido por un imán en el frente del refrigerador, lo levantaste y leíste durante un minuto y diez segundos. Ahora estás llegando acá y empezás a acelerar, porque todo esto empieza a resultar un tanto extraño. Pensás que todo parece como si alguien te estuviera vigilando; entonces te das la vuelta, bueno, tratás de darte la vuelta; pero antes de lograrlo sentís un dolor punzante desde los riñones hacia arriba y calculo que ya esto no lo leerás jamás, aquí es donde el mundo gotea y estas palabras empiezan a deshacerse en medio de una gran mancha roja y pegajosa; pero también es posible que todo fracase, así que es necesario que yo termine esto, al menos para dejarte saber que ya sé todo y también «lo que te estoy haciendo»/«quisiera haberte hecho». Hace un rato que estás gritando y moviendo las manos sobre tu espalda, con un frenesí que te hace ver como un estúpido, tratando de contener la salida de tus interiores. Te corto las cuerdas vocales y me siento satisfecho por un momento, hasta que noto ese ruido que estás haciendo por el agujero de la garganta, me resulta molesto; así que para callarte te empiezo a hablar y a contarte todo esto; lo de Belén, lo de la pintura, lo irónico que es que al final el suelo lo estés pintando de rojo. Lo siento si se me sale alguna puteada o, peor aún, una escupida en la cara que en este momento se te debe estar retorciendo (debés estar hincado), la verdad es que estoy en un estado muy emocional y calculo que no tengo auto control suficiente. Espero que al menos te esté diciendo las cosas, sé que no te estoy preguntando por qué, porque no me importa, sólo quiero hacerte saber que no soy ningún imbécil y que no entiendo cómo pudiste pensar que no me iba a dar cuenta, especialmente al haber utilizado ese color; odio que la gente se porte de forma condescendiente conmigo, y vos sabés eso. De verdad espero que ardás en el infierno y mirá que yo no creo en esas pendejadas, pero vos hacés que al menos quiera creerlas (y creerlas rojas para que te jodan aún más). Ya estás empezando a perder la conciencia, mientras seguís haciendo ese ruido como de pez fuera del agua; así que supongo que se nos acaba el tiempo. En un momento, cuando estés del todo muerto, no te voy a cerrar los ojos como hacen en las películas, a la mierda tus ojos y a la mierda vos y a la mierda tu color azul y el cigarro que no te lograste fumar. Belén te manda saludos.

Atentamente,

Ignacio.

Micaela Orgeira / Taller de narrativa

VIII
“Alguien ríe,
alguien lloró.
Alguien canta,
alguien amó.”

-¿Y cómo te sentís más allá de hoy, en general?
La imagen de una foto en el fondo de un cajón vacío aparece, flota en su cabeza. Una pregunta que la moviliza y le abre el pecho entre sacudidas.
Recuerda primaveras sentada, acostada en el césped. Leyendo, escribiendo, observando, escuchando, sintiendo. Leyendo palabras a las que no siempre les encontraba sentido. Escribiendo palabras que formaban oraciones que serían textos. Observando el cielo sin comprender su infinidad, maravillándose con ella. Escuchando las hojas de los árboles sacudirse, los pájaros cantar, las personas a su alrededor reír. Sintiendo el pasto hacer cosquillas a su piel desnuda, sus pulmones llenarse con el aroma de la vida, sintiendo su sonrisa ensancharse y, sin embargo, sintiendo un vacío que no supo llenar.
Recuerda veranos en la playa, los fríos dedos de los pies enterrados en la arena caliente por el sol. Observando, escuchando, disfrutando, sintiendo. Observando el sol salir por encima del mar, maravillándose con el cielo teñido con los colores del amanecer. Escuchando las olas romper contra rocas, el bullicio de aquellos que vacacionaban, el concierto de aplausos (consecuencia de algún niño extraviado). Disfrutando del sol en su piel y del frío tacto del agua, encontrando paz (siempre un poco de paz). Sintiendo el viento agitar su corta cabellera, los granos de arena chocar con su cálido cuerpo; sorprendiéndose al notar en un sus hombros unos brazos que la abrazan y, sin embargo, sintiendo un vacío que no supo llenar.
Recuerda otoños. Recuerda ilusiones desvanecerse. Recuerda todo de aquella persona que le mostró lo más lindo de ser y todo aquello que perdió: los bailes pisando sus pies, los cuentos por las noches, las comidas que preparaban los domingos, las películas en días de tormenta, los besos en la frente, el caminar de la mano, los abrazos en todo momento, las miradas cómplices, las sonrisas reparadoras. Y lloró.
Recuerda inviernos, aquel preciso invierno. Y se ve a sí misma siendo observada por alguien que espera una respuesta. Y en la formulación de dicha respuesta recuerda más: lo que tuvo y ya no puede tener, pero sigue teniendo, aquella foto que encontró en el fondo de un cajón vacío, que ahora reposa a un costado de su cama. Recuerda los ojos soñadores de aquella persona que le dio la vida y le mostró lo bello que es vivir.
Y llorando sonríe; y llorando y sonriendo contesta.
-Feliz.

Amor

¿Quién soy en el mundo?
Ese es el gran rompecabezas.

Extiende los brazos y observa sus manos. Mueve sus dedos haciéndolos bailar y ríe. Repite una, dos y tres veces esos movimientos hasta que la risa invade por completo su cuerpo y baja los brazos para abrazarse. Cuando todo paró, los extiende nuevamente pero esta vez presta atención a sus uñas con tierra por haber trabajado en el jardín, y a los pliegues de piel en los nudillos. Piensa en lo mágicas que son, en lo mucho que dan, reciben y transmiten. Sonríe.
Dejando de lado aquella observación, ve aún con las manos extendidas a una persona que mira en su dirección. Entonces sonríe y saluda agitando la manito; la sonrisa y el saludo le son devueltas. La acción se repite una, dos y tres veces. Antes de la cuarta ambas personas se acercan, apoyan frente con frente y lamen la superficie espejada que se encuentra en el medio.
Escucha a su madre gritar su nombre y le sonríe a la persona que le sonríe, mostrando sus seis u ocho dientes, antes de correr en busca de las manos mágicas de su mamá.

Del otro lado, la personita copia a la otra personita con quien jugó hasta ese momento.

Latidos

Lidia Mazza / Taller de narrativa


   Mi infancia fue extraña. Me refiero a que no llevé una vida normal. Yo era diferente a los demás. A los trece años, mis padres me enviaron a la escuela agraria. Salía de casa antes del amanecer y volvía entrada la noche, rendido, solo para dormir y recomenzar la rutina al día siguiente. No teníamos festejos porque la estricta religión que ellos practicaban prohibía las celebraciones, excepto las litúrgicas.
   Al graduarme, impulsé la granja familiar,que lentamentehabía caído en el abandono debido a la prematura muerte de mi padre. El trabajo duro me impedía pensar en la soledad y atenuaba la monotonía. Desarrollé una larga rutina de tareas rurales demoledoras, que enfrentaba como un condenado. Al enviudar, mi madre, se refugió en la religión. Una noche se metió en la cama y no se levantó nunca más.
   La sepulté en una esquina del terreno, junto a la imagen que tanto veneraba, una sencilla estatua de yeso, de unos quince centímetros de altura, representando a una bellísima mujer rubia, vestida con un traje azul y plateado, que llevaba en su mano derecha un corazón sangrante. Sobre la tumba planté un espinillo, que al año estrenó enormes púas y flores bermellón. Sólo después de muchos cuidados logró adquirir un poco de esplendor y de lozanía.
   Así pasaron mis días, hasta que una mañana de primavera advertí un cambio. El jardín se despertó agresivo;  parecía crecer y moverse ante mis ojos y, donde antes no había nada, brotaron largas ramas. Las plantas se desmadraban. Me vi obligado a podar, a recortar los arbustos y a vigilar los canteros, para que no estallaran por la presión de las raíces.
   El espinillo se cubrió de grandes hojas oscuras y puntiagudas terminadas en púas marrones. La planta adquirió una apariencia amenazadora. Advertí que había algo inusual, que resplandecía entre el follaje, pero cuando traté de acercarme para averiguar, desistí porque estuvo a punto de arañarme la cara.   Como un gato enfurecido, el espinillo se movía al compás del viento, defendiendo el secreto entre sus brazos. Enloquecido, a los hachazos, cometí un inconfesable destrozo, pero alcancé el brillante objeto con la punta de los dedos, y advertí su repugnante frialdad.
   En ese momento, una espina atravesó el dorso de mi mano y causò mucho dolor. La sangre empezó a manar al ritmo de los latidos del corazón, como una fuente. Corrí al piletón del patio trasero y me lavé sin soltarlo. Cuando paró de brotar la sangre me detuve a examinarlo y descubrí con sorpresa, que se trataba de la estatua venerada que había enterrado junto a mi madre. Tenía una pequeña parte astillada y filosa a la altura de la nuca por donde podía espiarse su cuerpo hueco de molde de yeso. Solo un prodigio, como el que esa mañana se vivió en el jardín, pudo hacerla aflorar. Me pregunté si la fuerza de las raíces o los brotes poderosos la habrían sacado del encierro al que la sometí o si fue su propia voluntad la que la rescató del olvido.
   ¡Si tan solo me hubiera dado cuenta a tiempo!
   La devolví a su altar doméstico, ubicado sobre el aparador del comedor y traté de acomodarla para que no se viera su cabeza rota.
   Casi anochecía cuando el jardín pareció aquietarse y pude sentarme a descansar debajo del parral pero sin que hubiera realizado ningún movimiento que lo justificara, mi herida volvió a sangrar. Decidí recurrir a la botella de alcohol fino que guardaba en la parte baja del aparador.    Al pasar frente a la estatua, respondiendo a un impulso, la tomé entre mis manos. Algunas gotas de sangre la salpicaron y resbalaron por el hueco de su cabeza rota hasta perderse en el interior. Mi herida se cerró.
   A la mañana siguiente, cuando estaba podando el limonero, volví a sangrar y se dibujó sobre mi brazo un río rojo y caliente. Seguramente la lesión era más grave de lo que había creído en un primer momento y abandoné las tijeras para ir a casa a buscar vendas. Al pasar cerca de la imagen, otra vez sentí el llamado y el impulso de levantarla con la mano ensangrentada y la herida volvió a cerrarse.
   A partir de ese día respondí fielmente a cada uno de sus llamados. La obedecía, y si bien no niego que alguna vez traté de ignorarla, también es cierto que casi muero desangrado cuando no le respondí. Ella era muy exigente y vengativa.
   Mi salud comenzó a deteriorarse, poco a poco me fui debilitando igual que mis padres, perdí mi voluntad entregándome a los caprichos de la estatua. Dejé de alimentarme y abandoné el cuidado de la granja.
   Una mañana tropecé y caí sobre la tumba de mi madre, incapaz de moverme allí me quedé esperando el final. No sé cuánto tiempo pasó, pero tuve suerte porque me encontró el vecino cuando vino a pedirme el hacha. Alarmado por mi estado, me ayudó a entrar a casa e insistió en llamar a la ambulancia. En ese momento, la vio.
¡Hermosa estatua! —me dijo mientras la alzaba, y yo, cobarde en un acto de egoísmo inconfesable, con el hilo de vida que aún me quedaba, se la regalé.

  Alcancé a despedirme antes de que me subieran a la ambulancia. Ella sobresalía apenas del bolsillo superior de la chaqueta de mi vecino; él me saludó con la mano izquierda porque se había hecho un feo corte en la otra, de la cual brotaba sangre, roja y caliente, como una fuente, al ritmo de los latidos del corazón.

Pasamanos

J.C. Mártires / Taller de narrativa


   La vida es sólo ilusión, una conmoción fotográfica mental donde todo pasa: pasan los soles, las lunas; pasan las modas, los modelos, las canciones, los silencios. Pasan las mentiras, los juramentos, las promesas, las elecciones. Pasan los decentes, los ladrones. Pasan los rezos, las religiones, los esclavos, los señores, los santos, los pecadores. Pasa la ropa, nos llueve la falopa. Pasa todo, todo pasa. ¿Y qué nos pasa? Pasa el tren del tiempo del que somos circunstanciales pasajeros. Y, al final, nos damos cuenta que la felicidad no es una estación, tampoco una receta; es simplemente una forma de viajar.