21/12/2015

Despertando

Por Nicolás Cataldi / Taller de narrativa


Cerca de las diez de la noche, su cuerpo tensionado cargaba horas de exigente trabajo, además de una panza que hospedaba de forma apropiada a un nuevo invitado. Al asegurar con llave la puerta de su pequeño departamento, por fin se sintió libre. Ni se molestó en encender las luces. Conocía de memoria cada centímetro de su hogar y podía desplazarse sin cuidado.
Como cada noche al regresar, caminó hasta la habitación del fondo, y se quedó apoyada sobre el marco de la puerta que permanecía siempre abierta. A través de la ventana, las luces de la calle le permitieron ver el interior de una pieza rosa, llena de expectantes juguetes. Una sonrisa cansada se le dibujó mientras observaba el sonajero que le acababan de regalar. Se puso a tararear una canción por lo bajo. Siempre tarareaba cuando estaba en su lugar favorito de la casa.
Luego de un rato, volvió al living. Arrastró los pies y recordó que en unos días le festejarían el baby shower. “Estos yanquis ya no saben qué inventar”, pensó resignada cuando le dijeron las amigas; aunque se alegró de no saberse tan sola en la etapa que se le venía.
Tenía mucha hambre, pero solo tomó un paquete de galletas de arroz que estaba abierto y se dejó caer sin voluntad alguna sobre el sofá. En ese momento, se apagaron todas las partes de su cuerpo, a excepción de la cabeza. El cansancio, que tenía acumulado en los párpados se diseminó cuando sus ojos color café comenzaron a entrecerrarse, y por un escaso segundo se preguntó cuánto hacía que no les daba tregua.


Caminaba por una desértica vereda. Recién salía del trabajo. La noche se presentaba algo fría, pero ella y su pesada panza estaban bien abrigadas. Las botas resonaban contra el suelo, aunque no se percatara.  La conversación que había tenido con su padre le ocupaba la mente; no podía evitarlo. Le llevó mucho tiempo hacerlo, es cierto, pero al final le había contado la gran noticia y casi no obtuvo respuesta. Nada la ayudó; ni siquiera el miedo profético a la reacción desinteresada le permitió eludir el dolor. Sumida en esa mezcla de soledad y desconsuelo, una luz de creciente intensidad la sorprendió al cruzar la calle. Tardó un segundo en sentir la inminencia de la fatalidad. Uno más en percibir una parálisis que, tan inoportuna como esperada, le ordenaba quedarse ahí. Sabía lo que iba a pasar, y aun así no podía moverse. O no debía. Todo parecía diagramado, dispuesto a ser cumplido. Y cuando aquella luz se convirtió en dos deslumbrantes reflectores a punto de embestirla, de pronto se vio envuelta en la oscuridad de su departamento.
Con una inexplicable sensación de ligereza que no sentía hacía meses, se dirigió hacia el dormitorio del fondo, abrió la puerta y se asomó una vez más. Allí de pie, sus ojos perdidos le mostraron el interior de una pieza sin vida. La escasez de muebles le obligaba a ver las descascaradas paredes rosas y el silencio era una triste canción de cuna. Cerca de la ventana cerrada, sobre una cómoda, un moisés que jamás llegó a comprar descansaba con aspecto lúgubre. Quiso gritar, correr, llorar. Sintió tantas cosas que no supo qué hacer. Cuando la desesperación la dominó por completo, no pudo sentir otra cosa que un fuerte deseo de alejarse de esa realidad.


Una débil luz se filtró por la rendija que sus párpados acababan de crear. El sol, desde lo alto del cielo, apenas traspasaba las compactas persianas, pero le permitía identificar cada cosa que había en el living. Se quedó un rato acostada, inexpresiva, intentando recordar lo que sabía que había soñado; a esa altura, ese sueño se había hecho parte de su vida. Lo que no tenía muy en claro era si aprendería a vivir con él. Algo parecido a la angustia se asomó en su interior. Tenía que encontrarle una solución. No podía evocar esas imágenes una y otra vez, no le hacían ningún bien.

El dolor en el cuello la hizo cambiar de posición y entonces, vio el reloj: se le hacía tarde. Todavía con una mueca afligida, se incorporó con facilidad y, al pasar frente al espejo, se detuvo un instante. “Estoy hecha un desastre”, pensó con nostalgia. Ya no le gustaba ni un poco su figura de modelo.

Antes de que vengan los caranchos

Por Facundo Irazoqui / Taller de escritura


Juan José Peralta Ramos tiene tiempo para pensar. Mira el inmenso cielo azul, sin nubes, el sol que arde sobre el rincón más apartado de su campo.  Más que pensar, recuerda.
Le viene a la mente el primer recuerdo que tiene de Ismael. El muchachito de once años recién cumplidos pidiendo trabajo en su estancia. ¿Era de cebador? No, primero lo contrató para la esquila, doscientas ovejas para agarrar de las patas. Después le dijo, dándole unas palmaditas en la espalda, que necesitaban a alguien para cebarle mates a los peones. Trabajos de chico. Una comida y un techo a cambio .El recién llegado aceptó y salió para el galpón que sería su pieza.
Se llamaba Ismael, el chico.
El patrón le dio trabajo, sí, tenía una majada grande para esquilar y alguien tenía que juntar los restos de lana que se iban cayendo. Hace años de esto ya, pero  Juan José lo recuerda.
Juan José Peralta Ramos siente el peso de su rastra de oro y plata en la cintura, que mandó a hacer al mejor orfebre de Buenos Aires. Piensa en las vacas que le costó, y piensa en que es casi gracioso que la tenga puesta ahora. 
Pero ahora tiene tiempo para pensar, y piensa.
Y recuerda: un peón enseñándole a Ismael a apartar las vacas; una mañana muy fría de invierno que Ismael barría su galpón; una yerra que duró varios días y los paisanos enseñándole a pialar al chico, Ismael con un hombro salido esa misma yerra, un ternero demasiado grande para aguantarle el tirón. Recuerda casi con pena las lágrimas que soltó Ismael cuando le acomodaron el brazo. Ahí le dio un trago, el primero, para que se componga.
Ismael no demostraba muchas emociones. Ni siquiera cuando cobró el primer sueldo, a los diecisiete.
Juan José advierte una nube solitaria que pasa muy arriba en el cielo azul.
Eso sí, ya de grande Ismael se volvió bastante terco.
No quiso escucharlo cuando lo aconsejó, en aquel asunto con la hija del puestero; no era para Ismael, no, de ninguna forma. Juan José Peralta Ramos no iba a tolerar cosas raras en su estancia. Pero no lo escuchaba, se había puesto insistente. Y no tuvo mas remedio, Juan José tenía que cortar por lo sano. Como buen patrón que era le consiguió trabajo a la moza, en Buenos Aires, en lo de unos parientes. Recuerda la mirada desafiante, el puño cerrado de Ismael.
Cada vez más terco, sí, una pena porque era buen peón. Trabajaba en lo que se le dijera, sin una queja. De la señorita no se habló más.
Juan José Peralta Ramos sintió que le molestaba el pañuelo de cuello, la tela fina lo acaloraba.
En fin, tenía buenos recuerdos de Ismael, pero se vino a complicar todo. La discusión los otros días, que iba a tener un hijo, que ahora con familia el sueldo no le iba a alcanzar, que por lo menos le diera permiso para unas vacas. De nada, de nada le sirvieron los consejos que le había dado a Ismael. Juan José se disgustó mucho, ya se sabe, es un problema tener niños en la estancia. Asique decidió que lo mejor era cortar por lo sano, mantener el buen lazo que tenía con su peón antes de pelearse del todo.
 Iba a tener que buscar trabajo en otro lado, le dijo.
Le costó decírselo, le había tomado aprecio.
La verdad había esperado una reacción más violenta, pero no. Ismael lo miró largamente, dió media vuelta y encaró para el galpón.
Antes de que vengan los caranchos, esos bichos que empiezan a comer mientras el animal agoniza, como todo paisano sabe, Juan José Peralta Ramos recuerda un poco más.
Esa misma noche se despertó inquieto, tenía que viajar a Buenos Aires y eso lo ponía nervioso. Se incorporó a medias en la cama antes de recibir el golpe que lo dejó inconsciente. Despertó en el mismo lugar donde está ahora: un rincón apartado de la estancia, una lomita entre los cangrejales, donde no va nadie, nunca. Lo vio a Ismael, parado, avejentado, mirándolo. Su cuerpo era un contorno negro contrastando con el cielo estrellado. Juan José quiso mover un brazo. No pudo. Quiso alzar una pierna. No pudo.
Sintió las tiras de cuero fresco que lo sujetaban a su tierra. Cuando amaneció, se puso a gritar, inútilmente.
Juan José Peralta Ramos, en los siguientes dos días, tuvo tiempo de recordar.

 Antes que vinieran los caranchos.

INTERESTELAR

Por Paula Von Wernich / Taller de escritura para jóvenes


I

Nos encontramos aquí,
Pegados físicamente
a esta estrella      y
Con nuestra mente fuera de ella.
Acá estamos
En la vida,
Con los pies en la tierra,
Con nuestro cuerpo en el cielo
Y la mente en el universo.

Hipotéticas ideas
Sobre un incierto final
Solo sirven para asustarnos.
Pero aquí y ahora estamos
En el paraíso actual.
No hablo de nuestro final,
Sino de nuestro durante.
Nuestro cielo es el trayecto.
No, nuestro final.

II

La veo leer desde el cielo,
Se lame el pulgar,
Cambia  de página y sonríe,
Encontró su poema.
Bebe un sorbo de café y se quema
Insulta                                 y me mira.
Desde el cielo la miro,
Nos sonreimos y bebe.
No se quema.
El cielo    es el ahora
                 es el suspiro,
                 es el corto sorbo de café.
   Me muestra el vacío
De la taza.
Se que no me arrepentiré
De entregarle
   Hasta el alma.

III

Los complementos y opuestos
Tierra-cielo
Nos hacen cuestionar
Nuestra existencia atemporal.
La tierra es nuestra estrella momentánea
Usada para unirnos y
No perdernos en la infinidad.
   Somos pestañeos de lo infinito.
   Somos polvo de estrellas.
   Somos contradicción entre el odio
      Y el amor.
El odio nos pega a la tierra
      Como imán.
El amor nos hace flotar.
Por eso subimos y bajamos.
Por eso tu taza se vacía
Y yo la vuelvo
  A llenar.
Estamos con los pies en la tierra
Y la mirada en el cielo.

Estamos aquí y ahora
Asimilando
Nuestra rareza

Molecular.

Penumbra solaz

Por Julieta Devoto


Hilario estaba sentado en el banco de la plaza, frente al monumento al General San Martín. El día era cálido, las nubes grises viajaban lentamente por encima de su cabeza. El aire pesado acariciaba su pálido rostro. La camisa a cuadros azul y gris se zarandeaba mansamente, despegándose de su delgado cuerpo.
Su perro Claus, un labrador color café con leche, llevaba un arnés y estaba sujeto con una correa a una de las patas del banco. Descansaba con su gran hocico apoyado sobre la pierna de su dueño.
Sacó un cigarrillo. Lo encendió y pitó profundamente. Mantuvo el humo en la boca, lo saboreó unos segundos y lo expulsó con fuerza por la nariz.
Con su mano libre, aflojó los cordones de sus zapatillas deportivas. En un rápido movimiento, empujó con la puntera de un pie, el talón del otro zapato; repitió el movimiento con el otro pie y logró descalzarse. Se encorvó y se sacó las medias blancas. Se acomodó en el asiento y estiró las piernas. Las alzó hasta despegarlas del piso y movió los dedos, despacio. Sintió un breve cosquilleo que le recorrió la columna vertebral. Apoyó los pies en el suelo y notó la rugosidad del polvo de ladrillo, que había debajo de los bancos de la plaza. Se entretuvo un momento, jugando con las piedritas de color naranja, entre los dedos de sus pies, mientras el olor dulce de las rosas le penetraba en la nariz. Apagó el cigarrillo. Estiró la mano hasta tocar una de las flores que despedían el delicado perfume. Recorrió los pétalos suaves y aterciopelados. Bajó los dedos hasta el grueso tallo, firme y liso. Tocó las puntiagudas espinas.  Probó una de ellas en la yema de su dedo índice. Presionó un poco más. Su rostro se comprimió: el seño fruncido, la nariz arrugada, los labios semiabiertos. Apretó más aún. Sintió un agudo pinchazo cuando un pedacito de piel comenzó a desgarrarse y lanzó un suave gemido de dolor. Una gota de sangre brotó de su dedo.
Su perro, Claus, con la cabeza erguida hacia su amo, lo miraba fijamente moviendo la cola. Ladró una vez. Hilario empujó todavía más. Sintió la punta áspera y afilada de la espina que cortaba su piel. La sangre comenzó a salir a borbotones de su dedo índice. Claus, emitió un largo y sordo aullido, mientras las gotas de sangre le caían sobre una de sus orejas. Hilario bajó la mano hasta la cabeza del perro y tocó la sangre espesa, empastada en el grueso pelo del animal. Tomó la rama de la rosa llena de espinas y se pinchó la palma de la mano. Sintió la punzada y sonrió, con el rostro de cara al viento, que era cada vez más potente. Sacudió la cabeza. El pelo revuelto le caía en mechones sobre la frente pálida. Tiró la cabeza para atrás y con una sonrisa cínica en el rostro,  empujó más. La sangre le chorreaba por su mano y caía en grandes gotas, sobre la cabeza de su perro que no paraba de aullar. Movía la cola y lanzaba cortos y graves ladridos, mientras la cabeza se le llenaba de sangre, debajo de la mano goteante de su amo. Entonces, comenzó a sacudir las orejas ensangrentadas de un lado para el otro, salpicando todo a su alrededor. La camisa y el jean de Hilario se llenaron de sangre. Sus pies descalzos, descansaban sobre el polvo de ladrillos, en un gran charco de color bordó.

El hombre levantó la cabeza y, de cara al cielo, comenzó a sentir que el aire se ponía cada vez más húmedo. Una gota le cayó en la frente. Otra y otra más. Soltó la rosa que apretaba en su mano y se quedó inmóvil, mientras el aguacero le caía encima. Alargó la mano y acarició a su perro. Notó que la lluvia había lavado el pelo ensangrentado del animal. Se acomodó en el asiento, tiró la cabeza para atrás y cerró los ojos.

Calma

Por Carlos Iunino / Taller de narrativa


Ese sábado, después de almorzar, me recosté sobre mi cama sin pensar en nada. Me gustaba estar así, mientras las horas se iban deslizando. Estaba comenzándome a dormir, cuando él llamo y me dijo que vaya a su casa, que me estaba esperando. Su insistencia, de alguna manera, me había convencido. Aunque yo, trataba de todas las formas de pasar por alto el tema, siempre me había dicho que aprender a manejar a mi edad era lo más adecuado; que si no era ahora, con el tiempo me iba a resultar más difícil. A mí no me interesa la cuestión, siempre me había manejado en bici o caminando y ni siquiera le pedía a mamá que me llevara a algún lado.
   Pero algo me movilizo, quizás, quería dar por cerrado el tema de una vez. Me levanté de la cama y salí. Llegué a su casa y él ya estaba afuera, esperándome en su auto. Desde arriba me hizo señas para que subiera. Sin decirme una palabra, comenzó a salir de las calles céntricas y nos dirigimos hacia la periferia del pueblo. También me había mencionado, más de una vez, que alejarse era lo más propicio para un principiante.
   Durante el trayecto, en silencio lo fui mirando. Él, fijaba solo sus ojos en el horizonte de la llanura. En un momento detuvo el auto sobre una calle cortada. Un viento fuerte del oeste levantaba la tierra y sacudía los sauces. Se quedó mirando un rancho de adobe abandonado sobre su izquierda y con su voz, siempre tan áspera, dijo:
   —Hoy no te voy a enseñar a manejar. Hoy vas a hacer un trabajo.
   Mi silencio se extendió unos segundos. El sol, de un modo apaciguado, comenzaba a esconderse detrás de las chacras. Rompí mi silencio y atiné a preguntar qué trabajo. Pero él no respondió. Su mirada ahora se concentraba solo en los minutos que se deslizaban por su reloj pulsera, el mismo, que le había regalado cuando cumplió cincuenta. Después, se puso a mirar por el espejo retrovisor del auto. Yo, imitando el acto, hice lo mismo con el que disponía mi asiento como acompañante.
   A la distancia, rodeada por una continua nube de tierra, una camioneta comenzó a venir hacia nosotros. Él, en un movimiento rápido, encendió la radio y me dio la orden de no apagarla. La camioneta se detuvo unos metros antes de nuestro auto. Mientras tanto, él se tanteó un bolsillo de su jean, me dijo que me quedara quieto y bajo.
   En ese instante, también un hombre gordo bajó de la camioneta. Llevaba puesto un chaleco negro con un escudo en la parte del corazón. Yo miraba su rostro desde el retrovisor, sabiendo que de algún lado lo conocía. Ambos fueron al encuentro, se dieron un apretón de manos e intercambiaron algunas palabras. El hombre del chaleco tomó algo de su bolsillo derecho y se lo entregó. Él lo guardó en un uno de sus bolsillos traseros de su jean y se despidieron. El hombre del chaleco subió a su camioneta, encendió el motor y se fue perdiendo por el camino que había venido. Mientas se alejaba, él comenzó a volver hacia el auto. Desvié la mirada del espejo y enfoqué mis ojos hacia un sauce que desprendía ramas en la altura, a causa del viento.
Volvió a subir al auto y mirándome fijo me dijo:
—Tomá…guardátelos. Con esto te vas a poder comprar lo que quieras. Pero tenés que saber, que en la vida nada se gana sin esfuerzo, por eso antes tener que hacer un trabajo.
Extendí mi mano derecha y agarré un fajo de billetes. Él prosiguió:
—Escuchá bien todo lo que te voy a decir… Tengo un tipo en el baúl…Si, eso y no me mires así. Más bien, escucha: Lo voy a limpiar…mejor dicho, lo vas a hacer vos.
Me quedé mirándolo. En ese instante, me vi en la situación que nunca me hubiese imaginado. Atrás quedarían la ansiedad y los temores. Era demasiado tarde para hacerme el distraído. Siempre había sospechado de estos trabajos de Papá. Y ahora, en el medio de la nada, era yo, el único heredero de esa profesión.
Me quedé paralizado. Comencé a sentir algunas lágrimas que se deslizaban por mi cara. Mientras él, sacó un arma de la guantera, la cargó y se prendió un cigarrillo. Sin mirarme, me la dio y exclamó:
—Dale. Hacelo bajar y tírale. No perdamos tiempo.

Descendí del auto con el arma. Fui hacia el baúl. Papá me miraba fijo por el espejo retrovisor. Lo abrí y contemplé un hombre canoso, con los ojos vendados, la boca encintada y atado con cables de electricidad. No sé de dónde, pero en ese instante, el miedo huyó de mi cuerpo y se me vino a la mente el curso de primeros auxilios que aprendí alguna vez en el colegio y le tomé el pulso. Advertí que estaba muerto. Cerré el baúl. Volví al auto, le dije lo que hice, guardo silencio y encendió el motor. Dejé caer el arma al piso. Quizás, pensé, un ataque al corazón me habría ganado de mano. Hacerme esa idea, me devolvió la calma, mientras volvíamos al pueblo. 

Vivencia

Por Susana Beatríz Rodríguez / Taller de narrativa


Un amanecer soleado, si amanece; las expectativas crecen porque en un lugar de la ciudad los ruidos repercuten como comunicando que los deseos de los habitantes necesitan expresarse, vivenciarse, resolverse. Sí, resolverse con la magia de los sueños y así vivir una vida que prometa cambios, innovaciones y progreso…
El cielo se torna celeste y algunas flores perfuman las plazas que se llenan de volantes, entre los juegos de los más pequeños; tiñen de color el pasto verde que comienza a cubrir la tierra en esta tardía primavera. Caminando por las veredas me despiertan curiosidad; pero, antes de detenerme para recoger uno, me dispongo a elaborar un pensamiento que en mi ser interior es un pensamiento muy fuerte, con una percepción de que sucedan nuevos proyectos de realización: el cambio es importante para los habitantes.
Transcurren las horas y se escuchan tambores, bocinas, cánticos y estruendos que empañan este día que habíamos comenzado a vivenciar…y las protestas callejeras invaden la Ciudad y los niños continúan sus juegos acompañados de sus mamás hasta caer la tardecita de cálida primavera.

Y el día transcurre y nuestras energías tienen que estar con mucha luz para que los ruidos no habituales de este día nos permitan cumplir nuestras tareas con esa carga que es poco habitual en nuestro estado de ánimo. Sí poco habitual, pero sabemos que en nuestro país se aproxima una fecha muy importante que son las elecciones de nuestro Sistema de Gobierno; claro, ahora, con estos ruidos, tal vez haya reclamos y, así, comienzo a repensar todo lo que viene durante los próximos días. Serán más agitados porque mucha gente necesita expresar cuáles son sus aspiraciones para vivir en un mundo de paz y comprensión. Y para el resto de la gente resulta una pesadilla, quizás, porque hay que convivir con ruidos, muchas veces durante interminables horas. Las jornadas que se avecinan serán diferentes y más complejas. Mientras reflexiono, la tardía primavera continúa con el colorido del verde y el azul de las flores de los Jacarandás, bellos diseños que se estampan a lo largo de las diagonales en mi Ciudad, donde intento aprender cada día, sin dejar de disfrutar de la naturaleza, y poder compartir la diversidad con otros seres humanos que habitan este mundo.

Un globo

Por Pablo Siscar / Taller de narrativa


—Papá, papá. QUIERO UN GLOBO.
—Ya va hijo, estoy hablando.
—¡¡QUIERO UN GLOBO!!
—Está bien, toma, comprate el que quieras.
Juan Diego tomó el dinero y fue contento al encuentro del vendedor ambulante.
—Hola, quiero uno rosa.
—Hola enano, ¿cómo pasaste las vacaciones de invierno? Lindos días te tocaron.
—Bien.
Me alegro. Son ocho pesos.
Pagó al vendedor que comenzó a inflar un globo rosa, ya que no le quedaban más inflados de ese color.
El hombre tomó el globo con sus manos y lo estiró dos veces. Se lo llevó a la boca y comenzó a inflarlo. Con cada exhalación el globo se hacía más grande y más grande, hasta que ya no se pudo ver la cara del vendedor.
Cuando consideró que era lo suficientemente grande, lo tomó por el pico y le hizo un nudo con mucha habilidad. De inmediato, tomó un pequeño trozo de hilo grueso y lo ató.
¡Qué bello globo!  El color intenso, la gracia con la que iba y venía en el aire. El vendedor no lo notó, hacía varios al día sin reparar en ellos.
Juan Diego recibió muy contento el voluminoso globo. Éste revoloteaba por el aire de acá para allá a causa del viento que anunciaba una inminente tormenta. Por eso tuvo que aferrarlo con fuerza, miró al cielo y vio un sol resplandeciente.
El niño debía volver con sus padres que de seguro seguirían discutiendo.
—Las cosas no son tan fáciles, Javier.
—A mí me  parecen muy fáciles; el auto me lo quedo yo, y el resto es tuyo.
—Yo no te estoy hablando del auto, pensá en Juan Diego…
—Hijo, que lindo globo, andá un rato a los juegos que en un ratito nos vamos.
El chico jugaba en la hamaca, siempre con el globo en la mano. Notó que se desinflaba más rápido de lo que tardan en desinflarse los globos. Esto le llamó la atención solo un instante, pero un momento después ya se había olvidado y seguía con lo suyo. Así estuvo hasta que debió irse con sus padres.
Ya en el auto, el denso aire y el silencio reinaban. Hubiera sido imposible respirar si no estuvieran las ventanillas bajas.
—Juan Diego, tu mamá y yo tenemos que hablarte de algo importante. Cuando lleguemos a casa vamos a hablar los tres y después de comer vas a poder salir a jugar con los chicos.
—¿Cuándo llegamos, qué hora es? Tengo hambre.
—En veinte minutos. Son la una menos veinte más o menos.
Una fuerte ráfaga de viento entró por la ventanilla de adelante, el globo rosa hizo unos círculos en los asientos de atrás y salió por fin por una ventanilla trasera.

La tormenta ya se larga y el día no termina pensó Pedro mientras cerraba el puesto de diarios que tenía en pleno centro. Ojalá cuando llegue a casa haya un rico estofado.
Cuando cerraba por fin la puerta de chapa del puesto, levantó la vista y vio un globo rosa que arrastrado por el viento giraba sobre sí mismo a un lado de la calle. Estaba inflado, limpio y brillante. No debía venir de muy lejos. Solo lo vio pasar y no le prestó más atención.

I want to know, have you ever seen the rain?
i want to know, have you ever seen the rain
comin' down on a sunny day?

Federico subió el volumen; tenía que apartar de su cabeza el embotellamiento que había por delante. Hacía cinco minutos que no se movía. Tengo que llegar al trabajo o voy a tener problemas otra vez ¿Quién me manda a mí a trabajar a la una del mediodía con el caos que hay a ésta hora?

El día no ayudaba a su humor, se estaba poniendo feo. Por el parabrisas del auto veía volar las hojas de los árboles, a su lado los perros que pasaban entre los autos parados, una bicicleta y por fin comenzaban a moverse. Un globo rosa un poco sucio y casi desinflado que rodaba por encima del auto de adelante.  Resbaló por el baúl. Una gota que cayó. Cayó al asfalto. ¡PLUM!

Selección de poemas de Nancy Alvarado - Taller de poesía

Tamya

                                              Bajo las lágrimas
                                              del cielo gris

Corría con lamento
en lo todo movible
                                             Cual dos perlitas negras
sus ojitos mojados, brillaban

Pequeña desesperada
refugio buscaba

Todo ojo que la veía
todo ojo que la evadía.

Hasta que había llegado
un corazón doblegado.
Le era imposible ignorar.

El llanto del cielo
cada vez más profundo

A toda prisa al verla.
De pronto sus patitas
completo vacío sentía
en una ala cálida ya estaba

Palpitaba su corazoncito
treinta minutos por segundo

Un camino de unos minutos
fue puesta a un suelo bajo techo.
Oh cuantos ojos, y manos!
al fin una familia a quienes amar.


Lágrimas eternas

El sol solloza, pierde brillo
luna quebrada por la nostalgia.
El dolor hurga, devora
entrañas del universo
y escurre al corazón.
Almas penden en llanto
por la impotencia
en la zozobra eterna
tormenta
 por la consecuencia.

Deseos truncados,
calan miradas perdidas
suspiros amargos,
aporismes en la garganta
vidas arropadas por nube
 de azabache

Poemas surcados
lloran sangre, arden en llamas.
Alma de los poetas se ahogan
en el mar gris de lóbrega.

Alcoba
la amplitud del océano polar
que arrulla sueños caídos
envuelto en pétalos de nieve.

Qué gran verdad!
Es un monstruo grande y pisa fuerte.

 E
    S
      P
        E
 M       R
    U       A
       E       N
           R      Z
              T      A
            E     al hoyo de espinas de lúgubre
                         sobre anhelos de la aurora
y se cierne sin contemplación.

Reina su odio el alacrán rastrero. 
Su vital, sangre inocente

para demostrar su cobarde valentía.  

Selección de poemas de Marisa Carbonetti - Taller de poesía

Sólo uno

Un solo plato en la mesa
una copa un cubierto
sólo una silla
separada del resto.

Hasta a oscuras se podría
deambular por la casa:
cada  objeto en su lugar.
Nadie cambia nada.

La soledad no viene sola.
anda acompañada
de memoria y desilusión
y de pequeños trozos
de felicidad perfecta.

Siento que mi soledad
se instala y se agiganta.
Yo no encuentro en esta vida
de andar de a uno para todo:

un boleto un asiento una entrada
una sola bocanada de aire puro
para contener las lágrimas
de un presente absurdo.

Vociferan que es lo mejor
para encontrarse con uno mismo
conocerse y aceptarse
quién dijo que para eso

es necesario inmolarse?,
terminar hablando solo
en voz alta y contestarse,
esperar que el sonido

del teléfono nos rescate;
es bueno de vez en vez
la soledad para animarse
acallar el pensamiento

y que el corazón hable,
pero eso no significa
vivir siempre en el abismo
que es estar solo

en el sentido no literal,
rodeado de afectos genuinos;
padres, hermanos, amigos,
hijos que son un tesoro

pero solos en el proyecto trunco
de andar de a dos el camino
de sentir el abrazo,
de vibrar al unísono.

Borges decía,
tu ausencia me rodea
como cuerda a la garganta.

Las sábanas frías
se duermen resignadas
esperando tu venida.


¿Quién da más?

Lo eterno y lo efímero
en un duelo implacable:
fragmentos de almas y cuerpos
en la memoria
irremplazables se perdieron.
Dulces y profundos sentimientos,
se marearon

en la premura de lo urgente,
del sustento. De la vida, la entrega
y el esfuerzo quedan huellas
en algunos muebles
y trastos negros.

Y ahí está la muchedumbre
atenta, vacilante, ansiosa,
testigo de cómo el vil dinero
compra dos vidas preciosas.

Se las lleva el mejor postor
sin dudas, sin condolencias.
 No  importan de los dueños
sus vivencias, el yugo,



el desarraigo, la incertidumbre
y satisfacción postergadas.
Una a una, se van las monedas
ganadas con mucho esfuerzo
para que no falte el pan y los dulces
en las mañanas: honestidad
y educación, las vidas blancas
permanecerán en mí siempre
como ofrenda en sus consejos.

Y ahora sólo quedan
los recuerdos de madrugada
de mis padres: nadie podrá
comprar la luz
de sus miradas.