27/11/2016

Marcela Roviolo / Taller de poesía

Ancestrales

Tus manos,
agrietadas y feroces
convergen en el objeto
de trabajo.
Las mismas, otras,
oran en alto,
alaban
anhelan misericordia.
Malabares encienden el aire
los dedos cuentan:
multiplican caricias
restan temores,
suman dinero,
dividen horas.
Las palmas baten,
baten sueños

de libertad.

Susana Beatriz Rodríguez / Taller de poesía

Rosa

Flor reina de aquel jardín
un jardín natural
de tierra construida
con las manos de Azucena,
manos tiernas, suaves.
Las plantas de rosa crecen,
el riego es necesario
la naturaleza lo brinda
Un día, otro día, varios días
y se desarrollan las plantas,
Llegan los pimpollos,
Imponentes, fuertes, vivaces.
Azucena desea ver el color,
Sus hojitas no la dejan,
y al fin, una mañana
el color reina en su jardín,
el perfume envuelve,
y resuena el amor allí,
ante la imponente presencia

de una rosa blanca.

Rubén Pessini / Taller de poesía



Psicofonía II

De los otros, no puedo
decir mucho.
Algunos hablan
otros con sombrero caminan
pero no piensan.

Uso máscara, pestañas, rubor.
Mi canción, mi letra y mi miedo
de hallarte.

De mis ojos
no puedo decir nada
menos que los veas.

Queda un círculo pequeño
donde observo una

pareja que va de la mano.

Patricia Lombardo / Taller de poesía


Impertinente

Arroja más huellas
en la piel,
el color
que rodea el rostro
se apaga.

Se apodera
de los pensamientos
a veces monótonos
repiten lo pendiente
crueles sentencian todo.

Esa miseria
parecería nada,
a quienes ya no vuelven
a reodenarlos
de forma voluntaria
solo fugas del pasado.

Si primara
el sentido de realidad,
dejaría saber
que ese vacío
no es cierto
sostendría la dignidad.

Llegamos
al límite,
el tiempo no sabe:
algunos quedarán ahí,
y otros cruzarán
aquel borde.



Cerca Lejos

Solo un poco de asfalto
corta ese campo

anuncia la llegada
a otro lugar

Cerca en el espacio
otra dimensión

Equilibra la velocidad
de otra ciudad

ni siquiera difiere
el sonido de las palabras

Algo les deja saber
que no es de ahí

Intentan explicarle
“nunca te vi”

Cálidos    pausados

Sienten el tiempo

A Ella no la culpo

José Agustín Barragán / Taller de narrativa


  Llega el tren y mientras lo veo detenerse en la estación, pienso en las cosas que hice: gente a la que defraudé, que me quiso pero ya no más; todo, en breve minutos, hace de mí día vaya de mal en peor.
  Se detiene y se abren las puertas. De a adentro sale gente, mucha gente. De todos los que salen no conozco a ninguno, y ellos, menos me conocen a mí; mejor que siga así, no querrán ser defraudados.
  Termina de salir la mayoría de la gente. Entro y me siento. Los bancos son incomodos y están desteñidos, pero no me importa; a decir verdad, pocas cosas me importan, quizás, lo que más me importa en este mundo es ella. Sí, Ella ¿No me crees? Pues es una lástima, porque es la verdad; es más, Ella está en el tren y no me ve a la cara, no quiere verme, me odia y no la culpo.
  El tren inicia la marcha y me acomodo, saco mi celular, conecto los auriculares y pongo algo de música; la música no debería relajarme, pero lo hace; es muy raro ¿Quién se puede relajar cuando escucha algo del estilo de Metallica? Si logras responderme te estaré muy agradecido. Luego la miro a Ella, y Ella, indignada, se levanta y va a otro vagón; no sé por qué, pero yo también me levantó y la sigo. Yo sé que no quiere que la siga, me detesta, me odia, al verme enferma de rabia, y no la culpo… pero igual voy.
  Ella empieza a correr cuando ve que la sigo. Voy pasando por todos los vagones hasta llegar al final del tren y, mientras los paso, revivo todos los pecados que cometí contra Ella; una infinita sucesión de eventos que me veo obligado a repetir: cuando la conocí, cuando le hablé por primera vez, el primer rechazo, el segundo, incluso cuando la seguí. Todo, absolutamente todo.
  En el último vagón, Ella tropieza y yo quedo a sus pies, observando y contemplando su belleza, su inmensa belleza, que deja a todos sin palabras. Fuerzo la vista y me doy cuenta: está llorando, me tiene miedo y no la culpo. Llora y llora; su cuerpo comienza a temblar cuando me ve fijo a los ojos. Mi manera de ser provocó todo esto y lo sé muy bien, pero aun así, todo sigue. A Ella no la culpo. A Ella no quiero culparla ¿Por qué habría de hacerlo? Si Ella no tiene la culpa.
  Entonces… todo se hace oscuro y nada veo.

  Pero una tenue luz vuelve a iluminar el tren y Ella no está. Ella se fue. Me veo obligado a regresar por donde vine. A paso lento y melancólico vuelvo a pasar por la infinita sucesión de eventos, solo que ahora, ya no refleja mis pecados, no; ahora solo refleja una foto, una foto de hace mucho tiempo: estamos nosotros, Ella y yo, y no vemos felices.
  Luego me voy, sin mostrarme indiferente a lo que se me muestra, hasta que llego al vagón en el que Ella estuvo sentada. Me acerco a su asiento y allí me quedo. Encuentro algo que me resulta muy familiar. Demasiado, quizás.
  Un sobre; tiene un nombre ¿Pero acaso importa? Yo sé cuál nombre lleva, tú lo sabes… todos lo sabemos: es el de Ella. Dentro hay dos cosas: una carta. Carta que contiene palabras bonitas y verdades cargadas de una sinceridad que nadie jamás ha podido igualar; lo otro que hay es una foto, nuestra foto.

  Al final, la carta y la foto es lo único que de Ella me queda; lo único a lo que aferrarme. Lo único a lo que podía aferrarme.

Formalidad en Azul

JD Rodríguez / Taller de narrativa

   Por la mañana te despertaste como cualquier otro día, te estiraste un rato en la cama y te pediste a vos mismo otros cinco minutos, te los concediste; pero cinco se convirtieron en treinta. Al despertar de nuevo, contento de haber vuelto a enganchar el sueño que habías tenido antes, te levantaste instantáneamente. Pensaste que los domingos no estaban nada mal; pero que ojalá Andrea no estuviera de viaje. Fuiste al baño, orinaste y pensaste que no, que sí estaba bien que Andrea estuviera de viaje; ya era hora de que tuvieras unos cuantos días para vos solo. Te pusiste frente al espejo, te cepillaste los dientes durante tres minutos y te pasaste el hilo dental durante otro. Yo eso nunca te lo he entendido, te cepillás los dientes durante tres minutos, con cuidado, con mucho cuidado, tratando de no dejar ninguno desahuciado, después agarrás el hilo y lo hacés pasar entre diente y diente, y diente y canino, y canino y muela, y qué se yo; como si estuvieras limpiando un ídolo neolítico, de quién sabe qué dios pagano, que necesitase esa limpieza tan profunda y cuidadosa antes de meterse a una vitrina en la frialdad de algún museo; pero después de todo ese ritual, después de todo ese maldito ritual, vos venís y te tomás un café y te fumás un cigarro, eso no está bien hombre, eso es de estar mal de la cabeza. Esta mañana no, esta mañana, después del proceso bucal, fuiste y pusiste la cafetera, caminaste hacia la computadora, que siempre dejás encendida, y pusiste un álbum de Pixies (Surfer Rosa con toda probabilidad) y yo pensé que a la vida siempre había que ponerle un buen soundtrack, nadie se quiere morir con reggaeton de fondo. Tu cafetera es una maravilla, el instante que te tardaste en elegir el álbum y ponerlo, la cafetera lo utilizó para segregar una taza de café negro, bien espeso como te gusta a vos. Volviste a la cocina, ya saboreando el olor en el aire, te serviste una taza, nada de azúcar, viste un pedazo de papel sostenido por un imán en el frente del refrigerador, lo levantaste y leíste durante un minuto y diez segundos. Ahora estás llegando acá y empezás a acelerar, porque todo esto empieza a resultar un tanto extraño. Pensás que todo parece como si alguien te estuviera vigilando; entonces te das la vuelta, bueno, tratás de darte la vuelta; pero antes de lograrlo sentís un dolor punzante desde los riñones hacia arriba y calculo que ya esto no lo leerás jamás, aquí es donde el mundo gotea y estas palabras empiezan a deshacerse en medio de una gran mancha roja y pegajosa; pero también es posible que todo fracase, así que es necesario que yo termine esto, al menos para dejarte saber que ya sé todo y también «lo que te estoy haciendo»/«quisiera haberte hecho». Hace un rato que estás gritando y moviendo las manos sobre tu espalda, con un frenesí que te hace ver como un estúpido, tratando de contener la salida de tus interiores. Te corto las cuerdas vocales y me siento satisfecho por un momento, hasta que noto ese ruido que estás haciendo por el agujero de la garganta, me resulta molesto; así que para callarte te empiezo a hablar y a contarte todo esto; lo de Belén, lo de la pintura, lo irónico que es que al final el suelo lo estés pintando de rojo. Lo siento si se me sale alguna puteada o, peor aún, una escupida en la cara que en este momento se te debe estar retorciendo (debés estar hincado), la verdad es que estoy en un estado muy emocional y calculo que no tengo auto control suficiente. Espero que al menos te esté diciendo las cosas, sé que no te estoy preguntando por qué, porque no me importa, sólo quiero hacerte saber que no soy ningún imbécil y que no entiendo cómo pudiste pensar que no me iba a dar cuenta, especialmente al haber utilizado ese color; odio que la gente se porte de forma condescendiente conmigo, y vos sabés eso. De verdad espero que ardás en el infierno y mirá que yo no creo en esas pendejadas, pero vos hacés que al menos quiera creerlas (y creerlas rojas para que te jodan aún más). Ya estás empezando a perder la conciencia, mientras seguís haciendo ese ruido como de pez fuera del agua; así que supongo que se nos acaba el tiempo. En un momento, cuando estés del todo muerto, no te voy a cerrar los ojos como hacen en las películas, a la mierda tus ojos y a la mierda vos y a la mierda tu color azul y el cigarro que no te lograste fumar. Belén te manda saludos.

Atentamente,

Ignacio.

Micaela Orgeira / Taller de narrativa

VIII
“Alguien ríe,
alguien lloró.
Alguien canta,
alguien amó.”

-¿Y cómo te sentís más allá de hoy, en general?
La imagen de una foto en el fondo de un cajón vacío aparece, flota en su cabeza. Una pregunta que la moviliza y le abre el pecho entre sacudidas.
Recuerda primaveras sentada, acostada en el césped. Leyendo, escribiendo, observando, escuchando, sintiendo. Leyendo palabras a las que no siempre les encontraba sentido. Escribiendo palabras que formaban oraciones que serían textos. Observando el cielo sin comprender su infinidad, maravillándose con ella. Escuchando las hojas de los árboles sacudirse, los pájaros cantar, las personas a su alrededor reír. Sintiendo el pasto hacer cosquillas a su piel desnuda, sus pulmones llenarse con el aroma de la vida, sintiendo su sonrisa ensancharse y, sin embargo, sintiendo un vacío que no supo llenar.
Recuerda veranos en la playa, los fríos dedos de los pies enterrados en la arena caliente por el sol. Observando, escuchando, disfrutando, sintiendo. Observando el sol salir por encima del mar, maravillándose con el cielo teñido con los colores del amanecer. Escuchando las olas romper contra rocas, el bullicio de aquellos que vacacionaban, el concierto de aplausos (consecuencia de algún niño extraviado). Disfrutando del sol en su piel y del frío tacto del agua, encontrando paz (siempre un poco de paz). Sintiendo el viento agitar su corta cabellera, los granos de arena chocar con su cálido cuerpo; sorprendiéndose al notar en un sus hombros unos brazos que la abrazan y, sin embargo, sintiendo un vacío que no supo llenar.
Recuerda otoños. Recuerda ilusiones desvanecerse. Recuerda todo de aquella persona que le mostró lo más lindo de ser y todo aquello que perdió: los bailes pisando sus pies, los cuentos por las noches, las comidas que preparaban los domingos, las películas en días de tormenta, los besos en la frente, el caminar de la mano, los abrazos en todo momento, las miradas cómplices, las sonrisas reparadoras. Y lloró.
Recuerda inviernos, aquel preciso invierno. Y se ve a sí misma siendo observada por alguien que espera una respuesta. Y en la formulación de dicha respuesta recuerda más: lo que tuvo y ya no puede tener, pero sigue teniendo, aquella foto que encontró en el fondo de un cajón vacío, que ahora reposa a un costado de su cama. Recuerda los ojos soñadores de aquella persona que le dio la vida y le mostró lo bello que es vivir.
Y llorando sonríe; y llorando y sonriendo contesta.
-Feliz.

Amor

¿Quién soy en el mundo?
Ese es el gran rompecabezas.

Extiende los brazos y observa sus manos. Mueve sus dedos haciéndolos bailar y ríe. Repite una, dos y tres veces esos movimientos hasta que la risa invade por completo su cuerpo y baja los brazos para abrazarse. Cuando todo paró, los extiende nuevamente pero esta vez presta atención a sus uñas con tierra por haber trabajado en el jardín, y a los pliegues de piel en los nudillos. Piensa en lo mágicas que son, en lo mucho que dan, reciben y transmiten. Sonríe.
Dejando de lado aquella observación, ve aún con las manos extendidas a una persona que mira en su dirección. Entonces sonríe y saluda agitando la manito; la sonrisa y el saludo le son devueltas. La acción se repite una, dos y tres veces. Antes de la cuarta ambas personas se acercan, apoyan frente con frente y lamen la superficie espejada que se encuentra en el medio.
Escucha a su madre gritar su nombre y le sonríe a la persona que le sonríe, mostrando sus seis u ocho dientes, antes de correr en busca de las manos mágicas de su mamá.

Del otro lado, la personita copia a la otra personita con quien jugó hasta ese momento.

Latidos

Lidia Mazza / Taller de narrativa


   Mi infancia fue extraña. Me refiero a que no llevé una vida normal. Yo era diferente a los demás. A los trece años, mis padres me enviaron a la escuela agraria. Salía de casa antes del amanecer y volvía entrada la noche, rendido, solo para dormir y recomenzar la rutina al día siguiente. No teníamos festejos porque la estricta religión que ellos practicaban prohibía las celebraciones, excepto las litúrgicas.
   Al graduarme, impulsé la granja familiar,que lentamentehabía caído en el abandono debido a la prematura muerte de mi padre. El trabajo duro me impedía pensar en la soledad y atenuaba la monotonía. Desarrollé una larga rutina de tareas rurales demoledoras, que enfrentaba como un condenado. Al enviudar, mi madre, se refugió en la religión. Una noche se metió en la cama y no se levantó nunca más.
   La sepulté en una esquina del terreno, junto a la imagen que tanto veneraba, una sencilla estatua de yeso, de unos quince centímetros de altura, representando a una bellísima mujer rubia, vestida con un traje azul y plateado, que llevaba en su mano derecha un corazón sangrante. Sobre la tumba planté un espinillo, que al año estrenó enormes púas y flores bermellón. Sólo después de muchos cuidados logró adquirir un poco de esplendor y de lozanía.
   Así pasaron mis días, hasta que una mañana de primavera advertí un cambio. El jardín se despertó agresivo;  parecía crecer y moverse ante mis ojos y, donde antes no había nada, brotaron largas ramas. Las plantas se desmadraban. Me vi obligado a podar, a recortar los arbustos y a vigilar los canteros, para que no estallaran por la presión de las raíces.
   El espinillo se cubrió de grandes hojas oscuras y puntiagudas terminadas en púas marrones. La planta adquirió una apariencia amenazadora. Advertí que había algo inusual, que resplandecía entre el follaje, pero cuando traté de acercarme para averiguar, desistí porque estuvo a punto de arañarme la cara.   Como un gato enfurecido, el espinillo se movía al compás del viento, defendiendo el secreto entre sus brazos. Enloquecido, a los hachazos, cometí un inconfesable destrozo, pero alcancé el brillante objeto con la punta de los dedos, y advertí su repugnante frialdad.
   En ese momento, una espina atravesó el dorso de mi mano y causò mucho dolor. La sangre empezó a manar al ritmo de los latidos del corazón, como una fuente. Corrí al piletón del patio trasero y me lavé sin soltarlo. Cuando paró de brotar la sangre me detuve a examinarlo y descubrí con sorpresa, que se trataba de la estatua venerada que había enterrado junto a mi madre. Tenía una pequeña parte astillada y filosa a la altura de la nuca por donde podía espiarse su cuerpo hueco de molde de yeso. Solo un prodigio, como el que esa mañana se vivió en el jardín, pudo hacerla aflorar. Me pregunté si la fuerza de las raíces o los brotes poderosos la habrían sacado del encierro al que la sometí o si fue su propia voluntad la que la rescató del olvido.
   ¡Si tan solo me hubiera dado cuenta a tiempo!
   La devolví a su altar doméstico, ubicado sobre el aparador del comedor y traté de acomodarla para que no se viera su cabeza rota.
   Casi anochecía cuando el jardín pareció aquietarse y pude sentarme a descansar debajo del parral pero sin que hubiera realizado ningún movimiento que lo justificara, mi herida volvió a sangrar. Decidí recurrir a la botella de alcohol fino que guardaba en la parte baja del aparador.    Al pasar frente a la estatua, respondiendo a un impulso, la tomé entre mis manos. Algunas gotas de sangre la salpicaron y resbalaron por el hueco de su cabeza rota hasta perderse en el interior. Mi herida se cerró.
   A la mañana siguiente, cuando estaba podando el limonero, volví a sangrar y se dibujó sobre mi brazo un río rojo y caliente. Seguramente la lesión era más grave de lo que había creído en un primer momento y abandoné las tijeras para ir a casa a buscar vendas. Al pasar cerca de la imagen, otra vez sentí el llamado y el impulso de levantarla con la mano ensangrentada y la herida volvió a cerrarse.
   A partir de ese día respondí fielmente a cada uno de sus llamados. La obedecía, y si bien no niego que alguna vez traté de ignorarla, también es cierto que casi muero desangrado cuando no le respondí. Ella era muy exigente y vengativa.
   Mi salud comenzó a deteriorarse, poco a poco me fui debilitando igual que mis padres, perdí mi voluntad entregándome a los caprichos de la estatua. Dejé de alimentarme y abandoné el cuidado de la granja.
   Una mañana tropecé y caí sobre la tumba de mi madre, incapaz de moverme allí me quedé esperando el final. No sé cuánto tiempo pasó, pero tuve suerte porque me encontró el vecino cuando vino a pedirme el hacha. Alarmado por mi estado, me ayudó a entrar a casa e insistió en llamar a la ambulancia. En ese momento, la vio.
¡Hermosa estatua! —me dijo mientras la alzaba, y yo, cobarde en un acto de egoísmo inconfesable, con el hilo de vida que aún me quedaba, se la regalé.

  Alcancé a despedirme antes de que me subieran a la ambulancia. Ella sobresalía apenas del bolsillo superior de la chaqueta de mi vecino; él me saludó con la mano izquierda porque se había hecho un feo corte en la otra, de la cual brotaba sangre, roja y caliente, como una fuente, al ritmo de los latidos del corazón.

Pasamanos

J.C. Mártires / Taller de narrativa


   La vida es sólo ilusión, una conmoción fotográfica mental donde todo pasa: pasan los soles, las lunas; pasan las modas, los modelos, las canciones, los silencios. Pasan las mentiras, los juramentos, las promesas, las elecciones. Pasan los decentes, los ladrones. Pasan los rezos, las religiones, los esclavos, los señores, los santos, los pecadores. Pasa la ropa, nos llueve la falopa. Pasa todo, todo pasa. ¿Y qué nos pasa? Pasa el tren del tiempo del que somos circunstanciales pasajeros. Y, al final, nos damos cuenta que la felicidad no es una estación, tampoco una receta; es simplemente una forma de viajar.

Perfume de jazmín

Carlos Mairal / Taller de narrativa


   Juan se radicó en Mar del Plata. En los últimos años la posibilidad de mudarse a esa ciudad se había convertido en una pequeña meta. Solía decir que el progreso y la felicidad se basaban justamente en el logro de los propósitos realizables. La libertad, brindada por su soltería y por la recién estrenada jubilación, le facilitó la radicación en una ciudad chica respecto de Buenos Aires pero con mar. Estaba feliz o por lo menos tranquilo con la decisión tomada. El departamento de dos ambientes al frente de la Plaza España en el barrio de La Perla le otorgaba, desde el quinto piso, una visión única del horizonte sin límite. Y era suyo para siempre; en ese sentido no dudo en sacrificar su piso amplio y oscuro de Almagro por este paraíso reducido por dentro e interminable por fuera. Hasta el balcón formaba parte de ese cielo marítimo que siempre añoro.
En lo sentimental estrenaba una nueva relación con Patricia, una divorciada demasiado joven para él, porque los 24 años de diferencia entre los 42 de ella y los 66 de él, marcaban una distancia difícil de sostener. Lo concreto era que, a sólo dos meses de conocerla, ie propuso que alternara su vida porteña con visitas periódicas a Mar del Plata, incluso a su costo. Ella no tenía un trabajo fijo y se dedicaba erráticamente a la confección de artesanías. A su vez su hija Malena, con sus flamantes 20 años, vivía para el estudio y optaba por la seguridad que le brindaba el padre, con el que compartía la mayor parte de su tiempo. Esta ausencia le otorgaba a Patricia mayor libertad y Juan necesitaba su compañía, en particular para afincarse en una ciudad desconocida. Ya habría tiempo para desalentarla a Patricia y conseguir algo mejor, entendido esto como alguna más joven si la rutina con ella lo hastiaba, o buscar una mujer de su edad si las enfermedades asomaban en su vida. Era un ermitaño seductor mantenido en buen estado por una vida sin excesos. Había estado enamorado, pero ese amor formaba parte de una historia tan vieja e irrepetible que era mejor sepultar. Fue a los 21 años, con la mayoría de edad de la época, cuando comenzó en el Banco Nación el largo camino a la jubilación, y Alicia lo marcó a fuego desde el primer día. Morocha, simpática, sensual, inteligente y de su misma edad, pero casada. Detalle este último que la convertía, para los cánones de Juan, en inaccesible. Compartieron solo un año en el que circulaba un fuego secreto e inexplicable en sus miradas. Nunca se pudo recuperar de esa herida y cerró la cicatriz de tal manera que no se preocupó en conocer el destino de Alicia después de ese año en que fue transferida al interior cuando su esposo, estudiante de medicina, se recibió y decidieron probar suerte en otra provincia. De algo estaba seguro: Alicia estaba tan enamorada de él como él de ella, en un silencio cómplice y amordazado. Cuando los compañeros de la oficina le hicieron a ella la despedida, él se quedó con tres marcas inolvidables: el beso húmedo que le dio en la mejilla, su mano tomando la de ella como para nunca más soltarla y el perfume de jazmín imborrable de su cuello. Y con eso le alcanzó durante los años posteriores, no necesitaba más. Fue un amor único y suficiente para mantener una llama que nunca se apagó.
   Lo concreto fue que, después de una primera visita apasionada, Patricia Martínez se anunció para el fin de semana largo de octubre con su hija y su madre viuda, aclarándole a Juan que la abuela y la nieta se hospedarían en el Hotel República. Para tranquilidad de Juan, le comentó que sabían del inicio de una relación con esperanza de estable, y a la que ella cuidaba sin dar datos para preservar a la pareja. Por lo tanto el viaje se hacía en esas condiciones con actividades independientes de la abuela y la nieta por un lado y de Patricia por otro. Estaban por ahora bien solos y no era cuestión de arriesgar el "carpe diem".

   El sábado había transcurrido con normalidad. Tomaban el café posterior a la cena en "Zafarrancho", en pleno centro marplatense, hasta que se produjo lo impensado. Por el pasillo lateral en el que se accede a los distintos sectores y a las mesas, venían caminando la abuela y la nieta.
   Juan fijó la mirada en esa mujer añosa que precedía a la joven y descubrió que se trataba de aquella morocha, simpática, sensual, inteligente y de su misma edad que alguna vez se había ido al interior del país con los mutuos deseos inconclusos. Sus ojos veían a la misma mujer que en una despedida laboral se llevó aquel beso en la mejilla y el calor compartido de la mano dócil. No notaba el paso del tiempo en ese rostro y en ese cuerpo gastado por la vida.
Ella lo reconoció al instante, y sus miradas volvieron a comunicarse como si nunca hubiesen dejado de hacerlo. Ante lo inevitable de las presentaciones, Patricia se adelantó y dijo:
—Te presento a mi hija Malena y a mi madre Alicia Alanís, viuda de Martínez, como ella suele presentarse, y... en este rincón... simplemente mi querido Juan —lo dijo de forma jocosa con la intención de aliviar la tensión que el encuentro inesperado podía generar.
   Juan se levantó con una rara percepción de gozo por el reencuentro e incomodidad inevitable, y se presentó formalmente:
—Me llamo Juan Alberto Henriken y es un placer conocerlas —mintió con la esperanza de evitarle a Alicia algún tipo de explicación incómoda - y continuó -No sabía que tenías una hija y una madre tan bellas, debí suponerlo.
— Sí, Malena es hermosa, y en cuanto a mamá, siempre conservó ese aire de mujer distinguida. Así que... para una primera presentación y teniendo en cuenta que ya terminamos el café, no quiero forzar una situación de diálogo protocolar innecesario.   Por eso Male,  Mami,  Juan,  si quieren  hacer algún comentario antes de irnos, este el momento.
— Hija no lo incomodes a Juan, no soy un monstruo y si lo elegiste debe ser sin duda un gran hombre.
—No, por favor... Alicia es su nombre ¿no? —continuó con la omisión—. Soy solo un hombre viejo, solitario y que quiere la felicidad de su hija, aunque no estoy seguro que para ella sea yo la elección correcta. El amor pasa pocas veces en la vida, en mi caso dos, y no siempre uno está en el lugar correcto para abordarlo. ¿Nos vamos Patricia?
—Discúlpeme, Juan —intervino Alicia—: ¿según usted afirma el amor pasó solo dos veces en su vida?
— Sí, y lo trágico es que tuve que dejarlo pasar y quedé las dos veces en el mismo lugar de la resignación. En fin, son reflexiones sin importancia de un jubilado melancólico y solterón.

  Al finalizar el comentario, se acercó a Malena y con un beso de despedida le rozó la mejilla.  Al acercar su rostro al de esa mujer que amo durante toda su vida cerró por un instante los ojos y aspiró el mismo perfume de jazmín que jamás pudo olvidar.