07/08/2015

La abuela

Por Elisa Garassino y Agustín Barragán  


     Iba la mujer por la calle, con su cuerpo bastante alto y delgado y con la figura sin armonía que dan el hambre y los años.
      Llevaba una pollera muy amplia y con el dobladillo descosido. Tan veloz caminaba la señora que su falda bailaba y saltaba.
      El rostro de Ella miraba solo al frente, con ojos exorbitados y blanca y arrugada tez al viento. De vez en cuando retiraba un mechón de pelo entrecano de su frente.
     Tan ansiosa se la veía que hasta marchaba en ángulo inclinado hacia adelante y de modo rígido, como soldadito a cuerda, y así su cabeza y su mente aturdida llegarían primero a ver que pasa.
   Ya en el hospital público su hija acababa de dar a luz.
   El bebé, su nieto, que había nacido sano y lloró en su primer instante de vida, había muerto.
   Los médicos sorprendidos no tenían explicaciones, ellas no tenían consuelo.
Ocurrió que sin que nadie lo notara algo había entrado en la habitación, a tal velocidad que fue imperceptible para el ojo humano. Esto fue lo que había generado la muerte del recién nacido, una criatura con sed de venganza desde hacía siglos, que puso sus sucias y asquerosas manos sobre la cabeza del bebé, causándole la muerte.
 Finalmente madre y abuela  quedaron despojadas de lo único que tenían y les importaba. Sin entender porque a ellas; pensando que Dios las había castigado y sin poder culpar y maldecir al verdadero asesino.
   Luego los días transcurrieron lentos  y agónicos en la casilla que la joven madre y la abuela compartían. El pequeño recinto acumulaba angustias, carencia y soledades.
  Las dos mujeres se enfrentaban entre sí, lanzándose reproches y culpas como dardos.
  La Criatura perversa, otra vez, captó la debilidad y el descontento: ingredientes que lo alimentaban y fortalecían en su maldad.
   Allí estaban los tres: la Joven, acurrucada en una silla; su madre, de pie, de espaldas a su hija, pelando solo dos papas que le servirían de alimento a ambas y… Él, que ocupaba el ambiente en forma omnipresente, con energía contaminante, invadiendo todo el aire y todo el espacio.
   Pero algo pasó, justo cuando la maldad estaba a punto de eliminar a sus víctimas provocando un estallido de gas con su aura impura.
   La mayor de las mujeres giró con el cuchillo aún en la mano, con rabia contenida, para gritarle a la joven quien sabe que cosas.
      Sin embargo, cuando vio  los ojos de su muchacha destelló ese  amor trascendente e inmenso.
     De repente, las miradas de la madre y de la hija se encontraron, y lo que explotó fue el tremendo vínculo  que las unía. Algo inconmensurable que debilitó al Ser  y lo atravesó como un laser. Como una espada perforó al Malvado, que  comenzó a achicarse y desinflarse cual globo pinchado girando hasta  desaparecer.

Touche  Maligno, sin saberlo la Abuela cobró revancha.

Flores marchitas

Por Marisa Carbonetti


El frío se colaba
en los brazos de la madre
que acunaba a su hijo
recién nacido
producto de un arrebato,
en una noche cualquiera
cuando en busca de sus sueños
estrangulados por la miseria
perdió en su barrio la inocencia.

Carne de yugo había nacido
las esquinas lo acunaron
su escuela fueron las veredas
de los bares más concurridos
bellas flores bien envueltas
sus principales materias
que rendía cada día
con aprendida insistencia
ante la mirada indiferente
de parroquianos y turistas
que le ofrecían moneditas
que tal vez nunca serían
para él.

Su destino estaba marcado
por leyes y herencia
y con altura lo aceptó
hasta abrazar la adolescencia


cuando entendió los artilugios
de los gobiernos y su indecencia
y permaneció esperando
de ellos una respuesta,

pero la vida se le gastó
entre aromas confundidos
de sustancias mal olientes
cafés y flores marchitas
aguardando que los dueños de turno
le devuelvan con utópicas políticas
el bienestar que perdió
cuando apenas nacido
el frío se coló
entre los brazos de su madre
para indicarle que la injusticia
instalada estaba en su sangre.

Nueva

Por Patricia Lombardo


En una hoja
palabras

sin permiso
recuerdan

mi desgastada
estructura

Te presentás
Nueva
ansiedad de no saber

Calma

me permito asumirte
disfruto

diferente única

poesía

Tiempo

Por Patricia Lombardo


Somos la identidad del tiempo,
es todos y ninguno.

Queremos lo que falta
por eso su eternidad,
y la humana finitud.

El tiempo debería dejar de pasar,
y  a nosotros permitirnos lo infinito.

La contradicción es
la mezcla perfecta

que lo completa y nos completa.

Memoria

Por Patricia Lombardo
Por momentos
exacta,
otros imprecisa
o es solo
lo que mostrás.

A veces,
no te elijo
no das permiso
al olvido
obligás a ver.

Elegís
el modo
para acordar
con mi inconsciente:

soy vos.

Franciso Pizarro danza...

Por Manuel Keri


Franciso Pizarro danza
y ríe con frenesí
entre los restos humeantes
del pueblo Inca

sus soldados alimentan
con sangre india el triunfo
del civilizado occidente

el imperio saquea libertades
funda mundos nuevos
entre las ruinas escombros
humanos sobre el Cuzco

en su tumba Atahualpa
se agita y gime rabioso
espera su tiempo
como América

Lo escencial hecho visible a los ojos

Por Paula Von Wernich


El reloj es un invento que deslumbra, que atrae, que mata. Un reloj es un pedazo de la noche, del día, una porción de aire. Es algo que limita, que no te deja fluir, que te encadena. En ese pequeño círculo, en esa circunferencia, en esas agujas se esconden los segundos que pasan y que son consumidos de tu vida, los números que cuentan el tiempo, que te impiden alejarte de la realidad.
Completamente atado al tic tac, al “¿Qué hora es? ¿Cuánto falta?” de las personas, a su precio, a la constancia del paso del tiempo; nos mantiene alertas, ya que sabemos que cada segundo que pasa no vale oro, sino que vale vida (lo vale todo) y que tenemos que continuar intentando disfrutar cada minuto, mientras nuestra muñeca está siendo atada a un elemento que cuenta el tiempo que nos queda, mientras nuestra casa está siendo invadida por ellos. La gente espera que termine el día de estudio, de trabajo, que llegue la hora de poder jubilarse, que termine una simple hora de clases, mirando todo el tiempo su reloj,  cuando en realidad no saben que la vida es básicamente eso, y esperar a que termine ese lapso de tiempo hace que esta se pase volando y no podamos agarrarla entre las manos ni sentirla o gozarla por lo rápido que vuela, que pasa sin darnos cuenta, que mal gastamos, que no llegamos a vivir.
Es algo totalmente irónico: que un reloj sea vendido, sea codiciado por la sociedad cuando en realidad es como vender un arma, que no puede servir para otra cosa que limitar la vida de alguien. Te están vendiendo tu propia vida en único objeto que no hace más que recordarte que el tiempo pasa y que no hay vuelta atrás. Te están haciendo visible, lo que tendría que ser invisible: el tiempo.

Ahí estaba, había un milón...

Por Magdalena Ruiz

Ahí estaba, había un milón y eso era molesto. Encima de milarme, me miraba mal. ¿Qué pensaba hacerme? ¿Planeaba algo macabro o solo miraba por ser un maldito milón?
No apartó su mirada sobre mí en ningún momento, esos oscuros ojos me miraban sin más. Un mirón debe ser discreto, ¿o me equivoco?
No quería que siga milándome, estaba ya algo paranoica por el zapallerío que me rodeaba como para que lo haga.
―¿Querés algo? ―pregunté, cuando tuve el valor suficiente.
No dijo nada, solo sonrió. Pero no era una sonrisa amigable o sincera: era una de esas falsas o de algún loco con cuchillo en mano.
Miré alrededor y el zapallerío que la gente provocaba se ponía peor. Había algunos gritando, buscando a familiares o amigos, hablando unos con otros.
Odié estar ahí, ese tipo de lío me daba pánico; mi respiración fallaba y el deseo de salir lo más rápido posible, para huir y no ver a ningún ser humano por horas, era muy grande.
Pero lo había prometido. No podía irme, tenía que estar ahí hasta que todos se fueran del lugar.
El pánico aumentaba, al igual que el tiempo el cual el milón me milaba.
Decidida a evitar a quien sea, empecé a buscar un lugar donde esconderme. Vi un baño. Cuando di los primeros pasos hacia allá, algo o alguien me agarró del brazo, deteniéndome. No quise ver qué o quién fue, sino que me limité a tirar, esperando soltarme por la fuerza o que aquél o aquella cosa me suelte.
Por más que tirase no lograba soltarme, su agarre era fuerte. Miré quien era, era el milón quien aún mantenía esa maniática sonrisa.
―¿Qué querés? ―pregunté por segunda vez.
―Es tu culpa que tu mamá esté loca, vos la ponés loca.
―¿Qué? ―dije aterrada.
―Cuando vos estás la ponés loca, porque cuando yo estoy, loca no está. La ponés loca porque no hacés nada, dormís todo el día, no estudiás, ni ayudás, y ni hablemos de hacer lo que te pide.
―¿Qué? ―pregunté por segunda vez, a pesar de saber lo que era. Era mi pasado.
―Ella no te quiere, nunca te quiso. Solo jugó con vos por lástima, ¿de verdad pensaste que te iba hacer feliz?
Quería desviar mi vista de sus ojos, los que hablaban más que su boca, pero no podía.
―A la noche no duermas. Nunca dejes de pensar en lo que te pasa y exagerá todo lo que te pasa ―sus manos comenzaron a subir por mis brazos, acercándome más a él―. ¿Pensaste que ibas a estar sana toda tu vida? Es mentira, dejá que la ansiedad y tus pulmones hagan su trabajo.
Por más fuerza que hiciere, no lograba soltarme. En ese momento, todo era un desastre dentro de mí. Cuando al fin logré desviar la vista de aquellos ojos, miré el cielo. Todo estaba gris, las nubes amontonadas, como si estuviera punto de llover. En cualquier momento aquello me hubiera tranquilizado, pero no lo fue aquella vez.
Su voz, la del milón, seguía atormentándome. Una lágrima cayó cuando le escuché decir "No te quiero como te quise ayer". Era su voz, idéntica a la de aquella persona que había dicho esas palabras. Volví a mirarle. Eso había sido lo peor que pude haber hecho.
―Seguí llorando, pero ponete a pensar que eso no va hacer nada, porque nada sirve. ¿De verdad creíste que iban a estar ahí? ¿Es sólo una etapa o un tiempo, como ellos decían? Aunque sabés que todo lo que pensás es una exageración, seguí haciéndolo, dejá que el tiempo haga lo que debe ―sus manos subieron a mi cuello―, dejá que lo haga.
Me empujó contra la pared y comenzó a apretar, ahorcándome. Quería resistirme, pero no podía.
Los pequeños problemas del pasado, literalmente, me estaban ahorcando. Todo lo que salía de su boca se repetía una y otra vez, variando lo que decía e intentando hacerme escuchar, para que me derrumbara.
―No hay nadie ―fue lo último que dijo antes de que todo desapareciera.

Me levanté bruscamente de la cama, falta de aire y con lágrimas cayendo.
Quien dormía a mi lado, se despertó. Al verme en ese estado, se acomodó al lado mío y me tomó de la cara, preguntando sin parar lo que me pasaba. Inspeccionaba la habitación en la que estábamos, buscando señal de algo.

Solo fue una pesadilla, respondí finalmente. Sin decir nada, se dedicó a abrazarme, dándome a entender que sí había alguien. 

El trago amargo

Por Facundo Irazoqui


La última mano definió el partido, ganamos. Apenas lo había visto dos o tres veces, una casualidad nos juntó como compañeros de truco  en el club que frecuento. ¿No viene a festejar? En mi trabajo tengo unas botellas guardadas. Su sonrisa inspiraba más miedo que simpatía; sin embargo acepté, cómo no, con mucho gusto. No salgo nunca  de casa, excepto los viernes de truco en el club, nunca bebo y me vuelvo siempre temprano, por el frío. Para qué mentir: no tengo amigos.  
Pero ahora ya estamos en camino, y no sé por qué, no me puedo echar atrás. ¿Queda muy lejos su trabajo?
-Trabajo en el matadero.
O sea que vamos a las afueras de la ciudad. Fui contadas veces allí, no me gusta el lugar. Y la vez que fui, mejor no acordarse. Almada no habla una palabra, va fumando un cigarro y parece no darse cuenta del frío ni de mi presencia. Tiemblo. Mejor no acordarse, ni tener nadie que le recuerde a uno. Las calles se van haciendo más oscuras, una luz parpadea en una esquina, un perro nos mira alerta desde el centro de una calle.
Aquella vez también había un perro. Le dimos que oliera una prenda y salió como una flecha ladrando y mostrando los dientes.
¿Vamos a cruzar por el bosque? Es medio tarde, ¿no le parece? Obtengo una sonrisa por toda respuesta. Veo la masa de arboles, mas negros que la noche. El silencio. Entramos al bosque y nuestros pasos retumban. Una fiera da un rugido en el zoológico; me estremezco. Mostrando los dientes y ladrando, teníamos que sujetar al perro, andábamos buscando a ese que siempre se escapaba. Mejor no acordarse. Los sucios suburbios. El bosque. Silencio. Vamos a oscuras, se ve una lucecita a lo lejos, donde la calle dobla.
¿Trabaja hace mucho allí? Pregunto con tal de hablar un poco, de quebrar esta quietud.
-Sí.
Me quedo callado. Pasamos la luz, que nos ilumina unos pasos y de nuevo se pone oscuro. Un caburé lanza su canto bajito, no sé donde está pero me está mirando. Me corre un escalofrío, me jode ser supersticioso a veces.
Cruzamos la avenida, el asfalto destrozado. Mejor no acordarse, ¡para qué!, pero uno se acuerda igual: el perro nos iba guiando por las callecitas, estaba hecho una furia, algún cabecita nos miraba con recelo. Era mucha plata por el trabajo. O con eso me trataba de convencer, porque al final, para qué negarlo, no era un trabajo lindo. Y por el Tata me pagaron más.
Llegamos. Los dos pisos del matadero se imponen en la negrura. Alrededor las casuchas se apilan para escaparse del frío.
Me pagaron más porque lo habían querido agarrar en muchas ocasiones, y nadie sabía cómo pero siempre se escapaba. Andaba en cosas raras decían, yo de eso no sabia. A mí, un nombre, una cara. Y unos cuantos pesos por decirles una dirección. Y llevar el perro.
-No sé si me voy a quedar mucho, es tarde…
Almada me mira por primera vez. Serio. Como el Tata, si uno lo mira bien.
Entramos al edificio. Almada tira el cigarro y se toma un tiempo en apagarlo con el pie, aplastándolo contra el piso. Hay un pasillo con luz blanca, cientos de reses colgando, sangre coagulada en el piso.
Si uno lo mira bien…
Almada va hasta un armario y saca una botella de vino. Lo destapa, y se manda un profundo trago, la nuez sube y baja varias veces. Si uno lo mira bien, es serio como el Tata. La dirección era correcta  y el perro hizo lo suyo, infalible. No tembló, eso no era para él. Antes de agarrarlo mató a dos a cuchillo, y eso que éramos varios. Cuando le plantaron la cara contra el piso, recién ahí, me miró. Y no dijo nada.
Ahora es mi turno. Agarro la botella, le mando un trago largo. Mejor no acordarse de esas cosas. El vino parece picado, pero le doy un trago más. Una sierra empieza a sonar, luego otra, y otra más.
Le paso la botella, ya casi vacía.
-Ahí atrás, en el mueble. Saque otra.
Me doy vuelta, el vino hace su efecto, ya no se siente tanto el frío. Abro el armario indicado, tomo una botella, es un vino de otra marca. Al lado hay varios cuchillos, ropa de trabajo, unos cigarros y un cuaderno. Y en la pared del armario, pegada con chinches, hay una foto. Se ven dos hombres en un día de pesca, sonrientes. Uno es Almada. El otro es el Tata.
Me doy vuelta instantáneamente, pero no alcanza. La botella se cae y el suelo se tiñe de rojo.

Lo miro a Almada. Me mira, y no dice nada.

07/09/2014

Taller de guión cinematográfico 2014. Los perfiles de personajes.

Durante el proceso hacia el camino al guión cinematográfico, construimos, pensamos, desarrollamos el perfil del personaje o de los personajes principales de la historia. Pensamos en cómo es en su ambiente personal, social y laboral, conocer su pasado, familia, historia de vida, sus gustos y su objetivo en la vida. El perfil del personaje es un "machete" para el guionista, es un texto que permite conocer, ampliar y exponer al personaje en el momento en que debe presentarse y desarrollarse dentro de la escritura del guión de cine.
Acá se exponen los personajes que llevarán adelante cada guión literario. Los invitamos a conocerlos.

“PARECIDAS PERO DIFERENTES” (Título tentativo para dar idea de la historia que pretendo desarrollar a partir de la descripción y el contraste de los personajes )

Alumna del taller de guión: Adriana Zerrizuela

Jessica Perez tiene casi 15 años, vive en un barrio de Villa Albertina, en una casa de chapa y cartones ubicada en el predio Campito Tonghi, precaria construcción levantada hace 5 años, cuando sus padres junto a seis hermanos menores, ocuparon un terreno durante una toma de tierras instigadas por un puntero político del lugar.
Antes, vivían en la casa de la abuela materna, donde Jessica nació y se crió, y la ayudaba a su mamá, Marta, de 34 años, con la crianza de los demás hermanitos. Su papá, Héctor, 34, changarín de albañilería.
Jessica terminó la escuela primaria en el colegio del barrio, y luego de eso, se abocó naturalmente a quedarse en la casa y cuidar de sus hermanos, sin haber siquiera pensado en cursar la escuela secundaria, ni ella ni sus padres.
Los ingresos económicos de la familia Pérez lo constituyen los esporádicos ingresos de Héctor, y la AUH que Marta cobra por sus siete hijos.
La vivienda donde conviven Jessica con sus padres y hermanos consta de una construcción  de 4x3  metros, con un solo ambiente separado por un biombo hecho de cañas que crecen cerca del lugar, en una zona pantanosa, ya que todo el predio donde viven los Perez junto a otras 65 familias fue una zona de relleno sanitario antes de ser ocupado.
En uno de los espacios se encuentra la cocina, que se alimenta con una garrafa de 10 kgs. que se encuentra adentro, una mesa con un mantel plástico a cuyo alrededor hay 6 sillas y 3 banquetas.  En el otro ambiente hay un sofá que se usa como cama, dos camas chicas y una cama grande.
El baño está afuera de la construcción, y es un cuadrado de chapas con una letrina, que tiene como abertura una cortina de tela sujeta con un cable.
Allí pasa sus días Jessica, la Jessi, como la conocen todos, a la mañana acompaña a sus hermanos Renzo, de 7, y Yasmin, de 8 a la escuela, y los va a buscar al mediodía. Sus otros hermanos, Mauro, de 10, Franco de 9, van solos, por la tarde. En su casa queda Magali, de 4, que no ha conseguido vacantes en el único jardín de infantes del Estado que existe en toda Villa Albertina. Y Kevin, de 13 años, duerme hasta el mediodía en el sofá.
Jessica ya queda levantada después de llevar a sus hermanos, algunos días lava su ropa, otras juega y entretiene a Magali y al bebé de 11 meses, Mati, su hermanito más chiquito.  A veces se sienta en una banqueta, y cuando tiene crédito, se manda mensajitos de texto con sus amigas o algún chico que ha conocido, o juega algún jueguito del celular. 
 Jessica es muy pulcra. Tiene por todo vestuario un jean chupin y una calza negra,  que alterna y combina con algunas remeras, musculosas,  tiene un remerón animal print y una camperita de vinilo, todo comprado en la Feria de la Salada que queda a unas cuadras de su casa.  Sus zapatillas Reebok blancas lucen siempre impecables, a pesar de que tiene que pasar y atravesar caminos de barro y calles sin vereda.
A eso de las cuatro de la tarde, Jessica toma mate con su madre, y con su padre los días que está en la casa sin trabajo.
Los fines de semana, sale a dar unas vueltas con chicas de su edad que viven en el Campito, a veces se juntan en una esquina, donde también hay chicos, varones, que viven por el lugar.
Hace mucho que no entra a su Facebook, donde su nick es Jesikita del Tongui, y donde dice que trabaja como fans de La Liga cumbiera.
Ya hace varios meses que cuando logra juntar algún dinero, y cuando un sábado, la Sabri, su amiga mayor de 18 años, logra que su madre le cuide a su beba Brisa, de 2 años,salen a bailar en un boliche muy conocido llamado Pouppé, sobre el Camino Negro, de Lomas de Zamora.

Silvina tiene 36 años. Vive en Lomas de Zamora, a 20 cuadras del centro de la ciudad, en un casa y en un barrio típico de clase media, parecidos ambos a la casa paterna de Banfield en la que vivió hasta que formó pareja, fruto de la cual nació Mara, de 15 años.
Es médica generalista, y trabaja en el Sanatorio Médico Lincoln, del cual su padre es director asociado, y además, durante la mañana es una de las profesionales de clínica médica del Hospital Zonal, y jefa de la guardia de los sábados. Opina que la vocación heredada de su padre, se completa por su propia vocación de servicio, y en virtud de ella, su desarrollo profesional y su realización personal no estaría completa si no trabajara en ese hospital, donde la lucha todos los días con el millón de problemas que presenta la salud pública y la situación de marginación social de la mayoría de las personas que llegan a atenderse allí.

Le gusta su vida. Quizás le agradaría tener otro hijo, tener un hombre al lado, lo que no sucede por el momento. Pero cada vez que proyecta o imagina tiene la sensación de que nada de lo que resuelva para su vida personal la puede alejar de su profesión…se siente necesaria, quién haría las cosas si ella no está, quien atendería la guardia y los pacientes del hospital, como ella los atiende.


Perfil de personaje

Alumna del taller de guión: Eleonora Gottlieb

Laura Romero, tiene 32 años, vive con su hijo Nahuel de 5 años. Es orgullosa, solitaria, honesta, transparente y prolija, tiene carácter fuerte, es una persona positiva, va para adelante con la mejor actitud, pero cuando se enoja reacciona sin medir las consecuencias.
Siempre perteneció a la clase media, pero ahora está atravesando un momento económico difícil. No tiene nadie a quién pedir ayuda. Trabaja en un lavadero de ropa de lunes a sábado y lo poco que gana a penas le alcanza para cubrir las necesidades diarias y pagar el alquiler.
Nació en Tandil un 26 de abril, su padre, Carlos Romero, heredó una panadería cuando era joven, y su mamá, Mirta Castro, es maestra. Se conocían desde la infancia porque eran del mismo barrio. Se casaron a los 20 años, a los 22 tuvieron a Natalia, su primer hija, y tres años después a Laura. Tienen una relación estable, se llevan bien, aunque no comparten muchas cosas, los sábados Mirta ayuda en la panadería.
Laura y Natalia tuvieron una infancia tranquila, iban a una escuela pública a la mañana y estudiaban danzas en el club del barrio, pasaban las tardes jugando con amigos, entrando y saliendo de la panadería.
Cuando terminó el colegio se fue a vivir a La Plata para estudiar odontología, vivía en un departamento que compartía con su hermana Natalia. Pero la carrera no le gustó tanto como pensaba, recursó el primer año y después abandonó y se anotó en un curso de cocina. Sus padres no estuvieron de acuerdo y dejaron de enviarle dinero.
Consiguió trabajo en el lavadero de ropa, se fue a vivir con el novio y no pudo hacer la carrera de chef que le hubiera gustado.
Al padre de su hijo lo conoció en el curso de cocina, él es 4 años mayor. Estuvieron juntos desde los 22 años, a los 26 ella quedó embarazada, se separaron cuando Nahuel tenía 10 meses, vive en Mar del Plata y sólo visita al hijo 2 o 3 veces al año.
Trabaja 8 horas por día, con su compañera de trabajo, Carla (20 años) se lleva bien, se divierten, pero no comparten cosas profundas, tienen realidades muy distintas. Carla le cuenta cómo se divierte los fines de semana, o la ropa que se compra con lo que gana y Laura se distrae pensando qué distinta podría haber sido su vida.
El dueño del lavadero es un hombre de 45 años, desagradable, las trata con desprecio, muchas veces las hace quedar hasta más tarde y les descuenta cada minuto si se retrazan.
A la mañana temprano lleva a su hijo al jardín de infantes, Natalia lo retira del jardín a la tarde y lo cuida hasta que ella vuelve a la noche. Natalia trata bien a Nahuel, pero siempre le reclama a Laura el tiempo que le quita y le recuerda todos los errores que comete como madre. Tiene dos hijos de 3 y 6 años que tienen realidades muy diferentes a las de Nahuel.
Laura vive en una casita sencilla, con un solo dormitorio que comparte con el nene.
Intenta vivir mejor, se esfuerza para que su hijo no tenga necesidades materiales ni afectivas. Su sueño es tener un pequeño restaurante. Quiere tener una vida más tranquila, se siente frustrada, busca trabajo en restaurantes y bares, sueña, proyecta y se enoja con ella misma. No quiere deberle nada a nadie. Busca conseguir sus objetivos por sus propios medios.


Perfil de personaje

Alumna del taller de guión: Ivana Pasten.

Úrsula Marco, tiene 11 años. Vive con sus padres en uno de los mejores barrios de Viedma, capital de Río Negro. Va a 6º del colegio católico más caro de la ciudad. A pesar de que en su familia nadie practica la religión, ella concurre a este colegio para demostrar una buena postura social y económica, las cuales, según sus padres, son muy importantes.
A sus 9 años, sus padres le dijeron que su hermano mayor, Alex, se había ido al cielo, y que desde esta tragedia, ella debía hacerse de amigos para no estar sola. A ella no le interesaba en ese momento-ni ahora- socializar porque sin su hermano las cosas y situaciones no son divertidas, entretenidas, ni tienen sentido. El único “amigo” que le quedó fue Alen, su vecino, a quien conoce desde pequeña. Pero al niño, luego de que todos se enteraron de lo de Alex, no lo dejaron acercarse más a Úrsula, pensando que sería muy peligroso estar cerca de ella.
La niña no se lleva bien con los adultos, tienen problemas de conducta en cualquier lugar donde concurre, pero principalmente, en el colegio. Aunque es muy inteligente, sus calificaciones no lo prueban, pero no es un problema para sus padres ni para el colegio mientras la cuota esté al día.
La única materia que tiene aprobada es arte, ya que entre sus afinidades se encuentra la creatividad. Por ello, con el dinero que sus padres le dan para que se alimente, guarda una parte y la utiliza para comprarse muñecas. Tiene más de 150 muñecas, de todos los tamaños, colores y marcas, algunas pertenecieron a su abuela y madre y otras, a personas que ella no conoció nunca porque las encontró en la calle.
En su tiempo libre, se encierra en su habitación e intercambia partes de una muñeca con las de otra, las pinta, les dibuja garabatos, les tiñe el pelo, y antes de guardarlas, cuando cree que quedaron bien, les pega una hormiga seca-y muerta- que ella misma cazó y las guarda en un armario con puertas de vidrio que se encuentra en su habitación.
Tiene tarros llenos de hormigas, que guarda desde hace años cuando su hermano todavía estaba allí, y bibliotecas con muchos libros de terror.
Penélope, su madre, es profesora de letras y psiquiatra, nació y vivió toda su infancia en Viedma. A los 14 años, sus padres la llevaron a Capital Federal y se quedaron a vivir allí. Le gusta mucho leer, al igual que Úrsula. Su libro favorito siempre fue Cien años de soledad, y de allí deriva el nombre de su hija. Proviene de una familia bien posicionada económica y socialmente, sus padres, ambos, fueron médicos exitosos.
Siempre fue una alumna muy aplicada, y por ello logró realizar dos carreras a la vez, con un año de diferencia.
Conoció a Evaristo, padre de Úrsula, cuando éste viajó a Argentina, por medio de un intercambio estudiantil por un año. Fueron juntos al último año de secundaria. Al comienzo no se llevaban bien, pero la relación fue cambiando con el tiempo. Se enamoraron y, él, después de que se fue a España, volvió a Argentina para realizar sus estudios allí.
Evaristo nació en Ávala, Salvatierra, España. Proveniente de una familia muy poderosa, sus padres, también españoles, fueron propietarios de muchas tierras del lugar. Cuando ambos terminaron sus estudios, Evaristo y Penélope, se casaron. En su ambición de jóvenes, ya siendo exitosos en el ámbito de la medicina y psiquiatría, proyectaron una investigación que los conduciría a un nivel muy alto en sus profesiones. Por ello, decidieron concebir a Alex y cuando éste cumplió un año, se mudaron a Viedma.
El padre de Penélope, quién vivía allí, había fallecido unos meses antes, por lo que cuando se mudaron, ocuparon la casa de los mismos.
Alex, desde que nació, fue objeto de las investigaciones de sus padres y de centenares de médicos premiados y exitosos, quienes analizaban y experimentaban con el niño todo el tiempo para probar diferentes cuestiones que se presentaban. Se pasaba días enteros internado en clínicas, sin justificación alguna, hasta que nació su hermana. No concurrió ni una sola vez a ningún colegio, le enseñaron a leer y escribir en su hogar. Les temía a todos: a sus padres, a los médicos, a las enfermeras, a los niños. La única persona que le inspiraba confianza era Úrsula y por eso era muy apegado a ella. Entre ellos se construyó una relación filial irrompible. Su hermana lo cuidaba y lo defendía mucho de todos los médicos y, principalmente, de sus padres cuando lo querían llevar a la clínica.
En el 9º cumpleaños de Úrsula, Alex no estuvo presente, porque según sus padres, el niño se había ido al cielo. Nunca quisieron profundizar sobre el tema, entonces ella pensó que su hermano se había suicidado.
Pasaron los años y en el transcurso de los mismos, la niña planeó escapar de casa. No sabía adónde ir, pero sabía que no quería estar nunca más en ese infierno. Tenía dinero ahorrado y también podía vender sus pertenencias por internet para seguir juntando.
Además, había advertido muchas veces, escuchando a sus padres, que existía una caja fuerte que contenía muchas cosas de valor.
Así fue, cuando el día se acercaba, que Úrsula entró a la oficina de sus padres para buscar esta caja pero no logró hallarla. Sí encontró un cajón cerrado, que le despertó mucha curiosidad, así que luego de emprendió una indagación de la llave, la cual logró encontrarla en la biblioteca de su madre.
En el cajón no había objetos de valor, ni dinero, sino papeles de la clínica en donde trabajaban sus padres. Cuando estaba por rendirse, divisó el nombre de Alex.
Con miedo e impotencia, descubrió un gran secreto: Penélope y Evaristo, le habían mentido, su hermano no estaba muerto, no se había suicidado, no estaba en el cielo; estaba vivo, internado en la clínica, siendo analizado y observado por todos esos malvados médicos.
Esta revelación le cambió absolutamente todos sus planes. Ella debía ir en busca de su hermano, sacarlo de ese horroroso lugar y escapar con él.


Perfil de personaje

Alumna del taller de guión: Marina Natalia Pieronni.

Francisca: es una mujer un tanto obsesiva con las cuestiones cotidianas. A veces suele levantarse tres veces  a cerrar la misma  canilla.
Cuando camina siempre mira el piso porque no quiere  tocar  las líneas  de las baldosas y si esto por algún descuido ocurre, vuelve  a la baldosa y la pisa tres veces.
Se apasiona con la música, aunque no sabe tocar ningún instrumento… ella admira y se enamora de músicos locales, nacionales y hasta ha fantaseado con alguna estrella.
Lo que no sabe es que esa misma debilidad la tuvo también su madre, quien la crio sola con amor y dedicación, pero sola; ya que su padre la abandono cuando tenía tres años, y de eso no recuerda nada. Su papá tocaba el bandoneón en las esquinas de la ciudad.
La apasionan los músicos la  misma especie que la abandonó.
Cuando nadie la ve usa  una peluca, una melena  rubia y dice  algunos poemas en francés… mal pronunciados. Tiene un novio imaginario al que le sirve un plato  en su mesa para no sentirse tan sola esto  sucede cada  vez que la soledad se torna insoportable.
Conversa y coquetea con él, pues le resulta más fácil relacionarse con su amigo imaginario que con uno de esos músicos  sensibles, sensuales  e interesantes pero posibles amores abandónicos.

Juan: tiene 46 años, un hijo al que no conoce porque eran adolescentes y la familia de la joven madre casi niña se la llevo del lugar y perdió el rastro; vive solo y se crío en Berisso. Ama su lugar, caminar por la calle New York le pasó a otro lugar, a un espacio que lo sumerge en la marginalidad de los personajes nocturnos.
Es solitario, fumador... un tipo raro, siempre pensativo.
Atiende el kiosco de la escuela Miguel de Unamuno. Vende de todo pero lo que más placer le da es vender revistas viejas de historietas que ya salieron de circulación, sabe que son los últimos ejemplares. Se crió en Berisso con su mamá, su papá y una hermana a la cual no le habla por haberse casado con un militar conocido por los vecinos gracias  a haberse  convertido en un alcohólico empedernido.Su hermana dice que esta así por no haber superado los años más trágicos de la Argentina, pero Juan no le cree.
Estuvo en pareja con una mujer rubia, se llamaba Liz, no estaba muy enamorado, porque a pesar de su belleza no tenía vuelo mental y eso ara algo que él no toleraba, no lo aguantaba.
Ella lo abandono mientras Juan vendía historietas, él no lo supera, no por amor sino por no haber sido él quien la dejaba. Admira secretamente a Federico Di Giovanni.
En sus ratos libres juega al ajedrez, sé sabe muy malo jugando pero es el arma más eficaz que encontró para  matar el tiempo.
Juan siente una soledad que lo asfixia, pero se mira frente  al espejo y su aspecto desalineado, sus preferencias y esa manera seca y sin remordimiento al opinar, lo hacen enmudecer cuando ha intentado acercarse a alguna mujer. El abandono de Liz, su aspecto desprolijo, el humo de sus cigarrillos, sus historietas, el ajedrez lo hacen un hombre poco deseable... piensa.

Rita: tiene 45 años, sin hijos, sin pareja, busca el amor.
Tuvo un novio, todavía cree estar enamorada de él. Se crío en un pueblo de Entre Ríos y pasaba las tardes jugando y charlando con una amiga, con la que se llaman regularmente, la amistad perduro en el tiempo. Cuando hablan por teléfono no pueden dejar de emocionarse, sus escondidas a la orilla del río, entre sus travesuras estaba la tirar piedras cerca de las lanchas y canoas que pasaban frente a ellas. Rita recuerda lo duro que fue para sus padres la vida ribereña pero también cierra los ojos cuando la ciudad la aturde y recuerda la quietud y belleza silvestre de Paraná.
Su mamá Berta fue una ama de casa dedicada y cariñosa tanto con ella como con su padre Luis quien se ganaba la vida pescando.
Rita tuvo un novio, Manuel, él estaba de paso por Paraná y se quedó por ella unos dos años, lo que duró la relación.
A Manuel lo enloquecía la quietud del lugar y en su abandono también ladejo a ella.
Rita por seguir su rastro se trasladó a la ciudad ya que Manuel tenía una tía en la ciudad  y esa era su única pista. Una vez instalada en la ciudad estudio magisterio, se recibió y dedico su ida a enseñar y extrañar a Manuel. La vida en la ciudad la convirtió en una ardua lectora, adora a García Márquez  y cada tanto relee" Solo vine a hablar por teléfono" para ella una genialidad que el colombiano escribió en abril de 1978.
Rita mientras cocina de memoria partes del cuento. Y cuando nadie la ve hace la coreografía de flash dance, a veces en su casa... a veces en la escuela. Ella es más bien introvertida, es hacendosa pero no enérgica sino más bien se toma su tiempo para hacer las tareas correctamente. Católica, honrada, nostálgica y un poco ilusa. Sueña con que algún día de la nada aparezca Manuel a buscarla al colegio, en el que trabaja doble turno.

Rita no se da cuenta, pero busca un amor.

Perfil de personaje: “Piedra libre”

Alumna del taller de guión: Sabrina Carnéz

Agustina es la hija mayor del matrimonio Lizarraga, conocidísimo apellido en la zona sur de nuestro país, por ser “gente de bien”, adinerada y respetada por muchos.
Además de AGUSTINA, JOSÈ y NORMA tuvieron a FELIPE, seis años después del nacimiento de aquella. FELIPE, como todo hijo menor, es el consentido de la familia, sin que esto le ocasione a AGUSTINA un sentimiento de rechazo o envidia hacia su hermano, ya que ella siempre intentó demostrar independencia desde que era apenas una niña. A diferencia de su madre, AGUSTINA fue muy autosuficiente durante toda su vida. Desde la infancia demostraba ser una niña madura, independiente, a pesar de su timidez que hacía de ella una persona introvertida y algo antisocial.
Su infancia, aunque repleta de lujos, fue muy fría y poco feliz; su padre siempre fue muy violento con ella y con su madre, no mediante violencia física explicita, sino más bien a través de insultos y ejerciendo una violencia psicológica fuerte. José se encargaba de resaltar sus dotes de hombría ante las mujeres de la familia, insultándolas e imponiéndoles un rol de sumisas ante sus demandas.
Lejos de parecer un rasgo anormal para NORMA, ésta no respondía siquiera con quejas ni contestaciones; naturalizaba los hechos como algo natural, ya que su padre y su madre tuvieron el mismo vínculo durante su niñez y esto –en parte- hacía de NORMA una mujer sumisa y relegada a las peticiones de su marido.
NORMA, ama de casa y docente jubilada de la vieja escuela, amante de la buena conducta y religiosa ortodoxa, hace honor a su nombre y vive su vida bajo la premisa cristiana de cargar con el pecado original y de transitar su vida protagonizada por el sufrimiento.
Estos – y entre otros- fueron los valores con los que AGUSTINA tuvo que lidiar durante su infancia.
JOSÈ, padre de familia, transitó su vida como Jefe de Área en una conocida empresa petrolera del sur de nuestro país, y en donde actualmente es bien recibido por sus ex colegas, hoy miembros de la Comisión Directiva de la Empresa, una comisión rodeada de grandes apoderados, dueños de las más corruptas ideas y viciosos carentes de todo tipo de talento y capacidad dispuestos a adquirir poder a cualquier precio.
De esta manera JOSÉ pasaba sus días como colaborador de aquellos y siempre a la espera de su reconocimiento como tal (hombre poderoso y “de bien” dentro del grupo respetado y de elite para el cual brinda su experiencia como jefe retirado).
Otra de las características destacadas del grupo -y particularmente de JOSÉ- es el machismo exacerbado con el cual se manejan en todos los ámbitos de sus vidas. Por parte de JOSÉ, ésta condición se legitimó como rasgo parental, específicamente con AGUSTINA, por su condición de mujer y de hija mayor.
AGUSTINA convivió con su familia hasta cumplir los 21 años, como su padre siempre lo había establecido, ya que ella desde los 18 años quiso irse de su casa a estudiar lo más lejos posible.
Una vez finalizados sus estudios secundarios, AGUSTINA se vio obligada a continuar en una universidad de su ciudad natal a causa de la enfermedad de su madre, a quien no podía dejar a un lado, ya que necesitaba de su cuidado y atención, como lo determinó su padre, quien, de alguna manera, la dejó a cargo de su madre para el cuidado y control de su enfermedad.
De esta manera, AGUSTINA siempre vio truncados sus esfuerzos por irse de su ciudad en búsqueda de paz y particularmente en búsqueda de sí misma, ya que siempre debió responder a las demandas de su padre y nunca lograba realizarse tanto en lo profesional como personal.
Agustina hoy, a sus 30 años de edad, decide irse muy lejos y escaparse de aquella familia que la “ahoga”; determinación que ha tomado a partir de la ruptura con LUCAS, su ultima pareja con quien había estado conviviendo pero que no resultó, ya que ella tiene grandes complicaciones a la hora de convivir con un hombre y a las cuales asocia con su fracasada infancia y adolescencia por culpa de sus padres.
En este escape, AGUSTINA busca reconocerse, encontrar cuáles son sus verdaderos deseos, busca poder recibirse de Socióloga, carrera que empezó diez años atrás y que aun no logra terminar.
Agustina sufre de anorexia desde que tiene 19 años, enfermedad que nunca dio a conocer a la gente de su entorno y que no comparte con nadie, ni siquiera con sus dos únicas amigas confidentes que conoce desde niña.
Esta enfermedad hace que AGUSTINA se encierre cada vez más consigo misma y que cada vez este más lejos de lograr reconocerse e ir en búsqueda de sus propios deseos.
AGUSTINA, una vez instalada lejos de su familia,  se refugia en un pequeño departamento rentado y a muy bajo costo por el padre de una de sus amigas;  trata de vestir distinto, con ropa casual, jeans,  ropa holgada y  zapatillas, a diferencia de aquella chica fina y elegante que era en la sureña ciudad.
A pesar de su vestimenta –sobria y sencilla- siempre viste un collar de perlas que su madre le obsequió cuando cumplió 15 años, con el cual se siente a gusto, a pesar de sus diferencias con su madre, a quien culpa de sus males por haber sido cómplice de sus años perdidos.
AGUSTINA se encuentra sola, en media de una ciudad que no conoce y  -aunque lejos- igual los recuerda constantemente, ya que, a pesar de no querer ser esa chica sureña que no podía escapar en búsqueda de su independencia interior, seguía atada a un pasado que aun la marcaba y perseguía, al menos en sus pensamientos.
Cada vez que AGUSTINA se mira en un espejo, objeto con el cual interactúa a menudo, ya que, además de ser una característica o rasgo de su enfermedad -el estar pendiente de la imagen que dan al otro (o a “los otros”)-,  cada vez que se refleja cree -metafóricamente- ver en éste su pasado, pero dentro de un presente que intenta borrar esa etapa de su vida.
En determinados momentos, AGUSTINA se hunde en una profunda crisis emocional que, entre llantos y oscuridad no la dejan alcanzar sus deseos.
Mientras tanto, AGUSTINA trabaja dando clases de Sociología en una escuela, y aunque tranquila con ello, se aburre en sus ratos libres, sale a caminar, lee mucho sobre política y humor, mira películas, aprende danzas en una escuela de arte y busca ocasionalmente refugio en los hombres, pero sin comprometerse con ninguno.


Perfil de personaje

Alumna del taller de guión: Celeste Lyonnet

Thom tiene 24 años, es músico. Pero no cualquier músico, el ve cosas que los demás no. Su pasión empezó cuando tenía 6 años, tomando clases de piano como un hobby que le había recetado su psicólogo, para que dejara de pensar en su futura hermana que llegaría al mundo y tuviera la cabeza ocupada. Él jamás creyó que iba a tener tal habilidad, tanta destreza en un instrumento tan complejo como es el piano. A los 18 años, después de haber terminado la secundaria, decidió estudiar música en una academia muy importante. Lo que para él empezó siendo un cable a tierra, terminó siendo un lazo fundamental en su vida, el piano lo motivaba, lo entendía. Thom es una persona sensible, que puede captar cosas que para algunas personas son invisibles, por ejemplo tiene el don de ver música en cada persona, el ve una melodía en cada una de las  no se que cuantas personas haya en el mundo, para él todos quieren demostrar cosas diferentes, pero quizás algunos demuestran siempre lo mismo. Es una persona muy tranquila, callada, reservada, observadora, intuitiva, a veces es demasiado silencioso entre tanto silencio. Le encanta viajar, y leer muchos libros, que puedan transmitirles nuevos pensamientos y costumbres, el cree que nunca está de más aprender algo por más que sea diminuto. Jamás tuvo una pareja, no sabe lo que es que le rompan el corazón, por eso tiene tanta tranquilidad encima, porque no está roto, es una de las muy pocas personas que caminan en el mundo con el alma entera y no van dejando restos por doquier de ella. Está cansado de componer música que solo transmitan sentimientos creados "para" alguien y no por el mismo. El ve la tristeza que tiene su madre cada vez que mira un portarretratos de su esposo y la felicidad de su hermana y puede componerla en una linda canción, pero él...
Nunca compuso algo que sintiera él mismo. Siempre que se planteó cosas las hizo, es una persona bastante perseverante, cuando quiere algo lo consigue hasta el final de los tiempos. Thom está decidido a sacar un álbum solista que contenga 12 canciones, y la última de ellas que sea una canción que jamás se haya escuchado. Aunque se siente bastante solo en el mundo, camina por las noches, por las calles de su barrio tratando de buscar algo que lo remiende, que le dé un motivo para tocar una melodía exclusiva, exacta y precisa. Thom está cansado de que la vida siempre signifique tan poco para muchos y tanto para otros, el quiere sentir algo, quiere saber lo que es el cálido aplauso de la gente que valora sus esfuerzos musicales, y no los constantes reproches que consigue en su casa por no haber estudiado abogacía como su padre, aunque el trabaja con su madre en el estudio, no es lo que le interesa, se la pasa sentado frente a un escritorio viendo por la ventana la libertad del afuera y escuchando cosas que sinceramente no le importan. Conociendo personas que no le trasmiten absolutamente nada, vive haciendo algo que no le gusta, pero con eso vive, ya que la música es una traba complicada, y no encuentra el apoyo necesario o la ayuda que quisiera en nadie, está solo en esto, el sabe que es difícil, y más aún sin nadie que te brinde un abrazo cuando todos te critican un trabajo que llevó horas. El quiere ser pianista, vivir de la música, y por más que parezca un sueño ignorante de un adolescente de 16 años, es lo que siente en el fondo de su alma.


Fausto es un niño que vive en la calle, tiene 12 años y no sabe lo que es ser tratado con cariño. Le tiene miedo a todo lo que lo rodea. El fué abandonado por su madre cuando tenía apenas un año de edad en la estación de tren, al menos eso es todo lo que sabe de su existencia hoy en el mundo. Es tímido, distraído, humilde, pero lamentablemente tiene que hacer cosas que no quisiera solo para sobrevivir. El sabe que en el mundo hay un propósito por el cual los humanos estamos, y fausto quiere descubrir el suyo. Todos los días va buscando dormir en albergues diferentes, revolviendo la basura para encontrar algo de comida, o escabullirse en los vagones del subte para robar algo de dinero u objetos de valor y venderlos para tener dinero extra. Es muy solitario, solo una vez tuvo un grupo de amigos que lo ayudaron un poco a salir adelante cuando era más pequeño, pero entre robos y drogas, todos se fueron alejando o muriendo y ahora solo está el y lo sabe. El sueño de fausto es conocer a su mamá, preguntarle porque hizo lo que hizo, porque abandonarlo y no darlo en adopción, porque lo tuvieron que criar indigentes de la calle y no ella, que fue quien lo concedió porque se suponía que los hijos nacen del amor. Tiene más dudas que certezas en su cabeza, quiere ser alguien en la vida, quiere estudiar, pero no consigue atención del estado, ni de la gente, él es solo una mancha gris en un montón de tonalidades que se esfuerzan por dejarle en claro que si no sos alguien no existís, si no tenés dinero no resaltás, si no tenés familia no te ven. Así es el mundo, cruel.