02/07/2017

Pablo Gungolo - Textos leídos en el ciclo "Nuevas voces en la escritura" 2017

Pablo Gungolo Nació en Bahía Blanca. Ha publicado los libros Polaroid por la editorial La Parte Maldita en el año 2011, y Los restos por ediciones En Danza en el 2017, Primera mención 8vo Concurso de Cuento y Poesía Nacional «Adolfo Bioy Casares» 2014, Municipalidad de Las Flores; Segundo Premio Concurso de Poesía Victoria Ocampo 2014 «Horacio Armani»; Segundo Premio Concurso Nacional de Literatura Tres de Febrero 2015; y Primer Premio Concurso Provincial «Diagonal Literatura» 2016 Ciudad de La Plata.  Participó de diferentes antologías nacionales, y poemas suyos han sido publicados en distintos medios literarios como Hablar de Poesía, Campotraviesa. Actualmente forma parte del Consejo Editorial de la revista virtual Segunda Cuadernos de Danza, donde escribe reseñas de obras. Se encuentra estudiando la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de Artes (UNA).


Poemas

Del libro los restos.  


las capas del final

últimos segundos del pescado, antes 
de salir del mar sus escamas salpican
una enorme red, un buque noruego 
extingue su carácter animal, despojado 
llega a la argentina en conteiner y su desnudez  
es tan obscena, en una góndola preferencial del market 
los tubos fluorescentes, radiantes 
tan blancos reflejan el plateado 
de la serie: repetidas muertes
sobre hielo picado, un hombre, el cliente 
toma el producto, observa el vencimiento 
en este mundo y lo suma al chango 
de la forma más autónoma, solo le falta pan
lo adquiere en extraña oferta
multiplica y el milagro se produce 
el consumidor final, avanza hacia la caja
por educación lo piensa y por ende saborea 
marinado, con crema, papas y vino… 
qué lejos queda la familia del pescado
ahora, en un plato blanco de loza 
tuvo días bajo el fondo del océano: 
todos los peces van al cielo y sin embargo  
digerido en el estómago, el comensal 
está pleno, a salvo sus ojos  
saltones arrastrados por el tenedor 
al tacho de residuos, hasta que una rata 
negra con hambre, dos días después  
encuentra el manjar viscoso 
dentro de un pote de yogurt 
rodeado de moscas los ojos del pez 
de los mares de groenlandia en fin 
desaparecen, como silencio sobre la cumbre 
de una de las montañas más altas 
del basurero.


páramo 


un tren que se acerca a la ciudad
disminuye la marcha. recuerdo 
las palabras de mi abuelo:  
argentina desperdicia 
sus tierras, en italia siembran 
hasta el borde del camino.    
en la basura los perros hurgan 
y saltan dentro de un auto sin ruedas 
sin ventanillas ni puertas, que cumple 
una función meramente estética 
en el paisaje, dos niños no limpios 
no educados saludan al vagón 
el progreso y la tristeza  
entumecida, la mano por el frío.   
una campera de ciré noventa fluor  
abriga a una señora frente al paso del tren 
la bolsa gastada de nylon cuelga vacía 
de su antebrazo, el viento la hace bandera
flamea en un rincón de la patria  
se aleja la señora y el lote que aún 
es baldío, extiende su memoria 
estatal. el próximo tren y todos 
los demás pasarán sobre el dilatado 
terreno ocioso, inmutable 
que en silencio espera su destino
como oportunidad.



reminiscencia 


el final de una película 
enfoca un mar en blanco
y negro de una playa 
en colores que no existen
ese mar no existe, el cúmulo 
de agua va y viene 
sacude su mismo cuerpo;
el ruido tampoco 
ya existe. el mar 
imita el mar a esa hora 
de la madrugada 
en un departamento  
de una ciudad, el televidente 
silencioso absorbe 
la pantalla: un abismo liquido
las olas golpean el edificio mudo 
y las olas a oscuras en un hombre 
frente a la única luz del televisor. 


visita  


a los pies de la playa con campera 
y auriculares. la voz que no escucha 
por el viento es desarmada 
la canción se pierde el atardecer 
desde el horizonte cae al fondo 
del océano último misterio
se funden al punto de agua más sensible  
que repone con su música: 
olas una detrás de otra llegan 
pequeñas desde un largo eco 
con forma de espuma 
sobre la lona de las zapatillas 
que muy pronto será agua 
y atravesará las medias. 



serás feliz 

debajo de una sombrilla, los pies juegan 
con la arena seca. una fruta tropical 
en la mano, y a través de unas gafas negras 
el mar traga la tierra confinando playa: 
linda postal de verano. debo 
pensarme feliz, para llegar a esta costa 
debo ser feliz: la chica de al lado es feliz  
boca abajo toma sol y cada tanto 
se para, entra al mar y sale a seguir dorando 
su piel; el chico de gorra verde y su perro  
que lanzado el frisbee, corre a atraparlo  
la señora de malla entera que junta caracoles 
en un baldecito y el señor del tejo 
tomando un mate, son felices; en fin: 
el sol la sombrilla la arena el horizonte la fruta tropical
el mar y su versatilidad, ante mis ojos. si ahora 
soy fotografiado, quién diría que en la imagen 
hay un mínimo de desgracia; mi mujer me ama y está feliz 
de estar aquí, en el paraíso, como me dijo esta mañana 
cuando frente al espejo miraba al cuarto del hotel, a mi cuerpo 
en traje de baño, y tarareaba en portugués. sí, ahora
soy fotografiado, así desvestido, debo al menos sonreír  
simular una pose o hacer una mueca.  
por el horizonte, un crucero:
habrá alguien a bordo con ganas de llorar 
disfrazado a la fuerza y tomado 
por la cintura en un trencito 
en medio de un carnaval carioca? 

bordeo la costa con piel de gallina 
disfrutando las sobras, como aprendí.  

Yanina Audisio - Textos leídos en el ciclo "Nuevas voces en la escritura" 2017

Yanina Audisio. Es licenciada en Psicología y magíster en Salud Pública. Escribe poesía y narrativa. Se ha desempeñado como correctora de textos literarios, científicos y de divulgación. Realiza traducciones de poesía en lengua inglesa. Coordina el grupo «Las Puntas del Clavo», organizando presentaciones de textos literarios con formato escénico. Co-condujo el programa radial literario Minas terrestres. Es responsable del blog sobre difusión literaria Inventar un pájaro, donde publica textos difíciles de conseguir y traducciones en español de poemas en inglés. Ha publicado los poemarios La noche en los perros, La boca y su testigo (Primer premio 7mo Concurso de Cuento y Poesía «Adolfo Bioy Casares», Municipalidad de Las Flores) y Piedras, papeles, tijeras.  Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF.


LA MAR ESTABA SERENA

La cima del mundo será este fuego (donde vuelvo a encontrar tus manos). Los ojos que pusiste en la noche (silencio y arrullo). Los ojos que pusiste en la puerta que distanciaba tu cama de mi cama (la casa es grande y es tu otro cuerpo). La cima del mundo será esta explosión donde podré dejarlos ciegos (la luz mi ofrenda, el calor mi sacrificio). Llego aquí para estallar y ser algo grande finalmente (otra partícula del infinito). Todo incendio, todo cielo ensangrentado, como tu vientre para dormirme (arrullo y arrullo).
Ya vendrá otra mañana como aquella en que me separaste de tu pecho y me elevaste ante tu mirada (luz negra, calor blanco) recién nacido y desnudo. Muerta inmensa omnipresente, recibe lo que seré, otra partícula. La que recogerás sin paciencia (vuelvo a tus manos), la que bastará para que hagas lo que sabías hacerme, de nuevo (silencio y silencio).


CASITA ROBADA

Habrás nacido en una tarde amarilla, un rato antes de que un rayo partiera en dos a un ternero o, mejor, a una perdiz. Seguro había sol y habría tormenta.
Una más de los que serían diez hermanos. Diez maneras de hacer con un padre déspota y una madre forzada. Pensar que si la tragedia menor importara a los astros, el día que la vendieron, tu madre tendría que haber podido escapar, amparada por un gran diluvio. El día que la compraron como esposa se inició el infortunio, que sería tuyo y continuaría en mí. Una larga sucesión de gestaciones contrarias al amor. Qué puede el dominio sobre el agua mansa.
El cariño de la madre de tu madre no pudo salvar a ésta de ser tu madre, no pudo salvarte de ser la mía. Qué puede poner la luz sobre el campo listo para quemarse.
Cualquier hombre es más fuerte, eso aparecía flotando en la merienda, empantanado en el puré de garbanzos. En la belleza particular que llevabas puesta, en las horas interminables cuando nadie detuvo las manos del amigo de la familia. Y mi cuerpo. Qué puede la flor dentro del vaso en las fauces del hogar sobre la mesa.
Todas tuvimos la intención de resistir. Y fue fallida. Todas con el mejor vestido y la mancha de tinta. Esa heredada imposibilidad de frenar el daño. Aunque en algo triunfó la madre de tu madre. De algún modo se cobró el golpe de tu padre sobre su rostro. Porque pudiste agitar en tu sangre a esa abuela, y quitarle al hombre la potestad. A tu progenitor la de elegirte el marido. A tu marido la de ejercer su paternidad. Siempre seré tuya. Qué puede el barrilete sin el pesado hilo.
Me soñaste para continuar la estirpe que te había repudiado. Quizás por eso me reconocías tal como me negabas. La primera vez que me negaste acababa de salir de tu útero. La sangre todavía estaba fresca. La enfermera terminaba el turno y no querías tenerme en tus brazos. Nací oscura como mi padre. Yo no podía ser. Qué puede engendrar la huida, después del encierro.
Qué puede el deseo arrinconado, más que la equivocación. 
Qué puede mi lastimadura ante tu pequeña conquista.
Qué puede inaugurar el paso sobre el borde.
Qué puede otra tarde amarilla y otra tarde amarilla.
Qué puede la linterna en la noche blanca.

DIOS OTRA VEZ

Hace tiempo un pianista encontraba la forma de contar este día
no sé cómo lo hizo pero
esos golpes de niños lastimados en fuga
aquellos silencios puestos a rodar por escalera
reiteraciones de monstruo que no muestra el rostro
las duras ramas de los árboles sacudidas
y la soga también
Entre sus dedos y la larga cabellera del piano
logró tender la soga que se tensa hoy
cosas indefinidas crepitan sobre el techo
solo oídas por la misma inquietud que instaura al pianista
como a un dios obsceno
aquel que recobra la creación en el temblor de la criatura
en el momento exacto en que su condición divina se revela
Hace tiempo un pianista reconocía en el aire la explosión y la pausa
solo oídas por esta inquietud arrinconada contra su digitación
como ante un amante soberbio
aquel que da en su cuerpo la llave y la cadena
No sé cómo lo hace pero triunfal y rapaz
sabía dónde dolería este sol apagado
puso las ratas suficientes y el sueño tardío de los vecinos
igualó la siesta calle a calle
contra la gran pared de este día
amarillo sucio sobre amarillo encendido
La inquietud se arrodilla ante él
y el pianista lo hace
de a poquito
tal como corresponde al día de hoy
descarga las piedras sobre las que caminaré
tacha las voces a punto de decir un nombre
de a poquito como si no lo hiciera
pero lo hace
Traza la precisa sombra del cielo de hoy sobre los párpados
aquella destemplanza apenas insinuada en el despertar
en su distante interpretación ya preparada
correspondiendo al día de hoy
el pianista hace de dios
y  la disonancia es total como en una despedida.


VIAJE

El viaje revuelve también los huesos
¿gesto adivinatorio de un astro mayor?
Nada acaba de ser ajeno
pero en el cuerpo hay otra sombra
¿será alguno el lugar que nos concierne?

Aparece la luz a la boca
¿lo que la boca no puede?
El viaje ofrece un mundo esquivo al ojo
lo que el ojo quisiera llevarse
¿esto lo hicieron otros hombres para quién?

El viaje toca como el agua
pero en la carne hay otro viento
¿gesto condenatorio de un astro menor?
El sabor siempre evoca
¿lo que la memoria va a perder?

Todo instante hace de pez
capturado por la cola.


El ojo irrumpe en el cuarto
volcando sobre el parquet
las telarañas del sueño
el piso detiene la caída
que los pies no sostienen
y esa caída no incluye al cuerpo
pero lo acusa
hay entonces un hombre
hay agua que corre
hay luces prendidas
no hay viento
un beso nace para morir
sobre la mejilla
de la que todavía duerme
como un estandarte
una marca
el anillo entra en el dedo de él
como si ella estuviera
vigil y alerta
donde ella no lo sueña
y está dormida
el ojo acierta con la cerradura
la calle acierta con el hombre
la calle devora al cuerpo
pero no lo acusa.


¿Cómo habrá sido el camino
entre un campo y otro campo?
¿O se trataba de un campo largo, ancho,
apenas dividido por un trazado fino de alambre?
Eran dos campos porque eran dos familias
que después serían tres más.
Mi abuelo y su hermano y su hermana
Mi abuela y su hermana y su hermano.
¿Es el amor una cuestión de roce, de vista, de oído?
Lo próximo o lo único. Llegarían las voces
de una familia al aire del campo de la otra.
Algún perfume escapando debajo de la camisa,
entre los pliegues del vestido. Alguna forma
cabalgando a la hora en que ya casi no queda luz
y la sombra recién despierta no ha acabado de
comérselo todo.
Dos familias bajo el sol todos los días. El pueblo
dista quince kilómetros y un paseo
entre la polvareda. ¿Una de las madres ya murió?
¿La otra descuida la ausencia de la hija? ¿Un hermano
elige mirar a la vecina que su hermano no prefiere?
¿Serán uno o dos campos ahora? ¿Es el amor el viento
que agita, la res atascada, la caída del sol sobre esa línea fría?
El amor es lo que pasó en el reino del alambre.


En estas piedras crece el cactus
en el cactus varios de ellos grabaron
sus iniciales próximas
pedacitos de sonido para meterse dentro
varios de ellos se amaron de repente
una vez más o la última
como la piedra es dura aunque porosa
el acto del amor tuvo traducción
en el cuerpo carnoso aunque difícil
del cactus
Seiscientos millones de años antes
una fractura entre continentes no había ocurrido
América y África eran una
aún el cuarzo y la magnetita
los fenómenos erosivos
los cardos de espina
los portugueses ávidos
las ballenas arponeadas
los turistas buscando un paisaje
cada elemento punzante a mano
no se habían conjugado
en los pedacitos de sonido mudos
sobre la piel llagada del vegetal
Organismos multicelulares complejos
debieron ir desde la esponja
por una cadena de ojos y extremidades inciertos
hacia las funciones diferenciadas
capaces de creer que ante el mar
con el estandarte pequeño de una letra con otra letra
todo el esfuerzo de la naturaleza bastaría
para detener la grandeza dudosa de su amor
en el cuerpo de la separación ¿en la piedra? por violencia
(geológica)
en el cuerpo de la amputación ¿en el agua? por violencia
(predatoria)
en el cuerpo de la herida ¿en el verde? por violencia
(tierna)
La lengua de las ballenas ya no es un manjar para nobles
la espina del cactus no detiene el mal de amor.

Marco Andrés Quelas - Textos leídos en el ciclo "Nuevas voces en la escritura" 2017

Marco Andrés Quelas. Tiene 44 años. Se crió en General Belgrano (provincia de Buenos Aires) hasta que se fue a estudiar a La Plata. Es Biólogo, Especialista en Ciencias Químicas y Ambiente y Periodista Científico. Hizo talleres literarios en La Plata, en el Centro Cultural Borges, con Juan Martini y finalmente con Hugo Correa Luna, a quien considera su maestro. Publicó Chas, un libro de fotografías y textos con su amigo Martín Quilmore. En 2015 publicó El buen marido, su primer libro de cuentos. Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF. Vive en la ciudad de Buenos Aires con su mujer, Claudia, y su hija Florencia.


Pequeño ciervo


El auto disminuye la velocidad, da un pequeño salto al bajar de la ruta y se detiene junto al camino de acceso a Ingeniero Maschwitz. Desciendo y le digo gracias a la pareja que me trajo desde Campana. Buena suerte, dicen ellos, y se alejan por la ruta hasta convertirse en un punto. El cielo está tan bajo que parece que las nubes van a tocar la punta de los árboles. Hay barro y agua en las huellas que dejaron los vehículos al costado de la ruta. Ayer, la lluvia empezó a caer al mediodía y siguió hasta bien entrada la noche. Tenía razón mi tía Estela cuando me dijo que espe- rara un día más para volver a La Plata. Había llegado a Campana pensando en quedarme uno o dos días a   lo sumo, pero Estela me hizo sentir tan cómodo que, sin darme cuenta, me quedé una semana. Por un rato me olvidé de todo. Dormía hasta tarde y cuando me levantaba ya estaba la comida hecha. Después salía a dar vueltas por la ciudad o me perdía mirando el río durante horas hasta que se hacía de noche. Estela no hacía preguntas. Tenía la voz ronca y un aliento a ciga- rrillo que me envolvía como un abrazo. Me calzo  la  mochila  en  la  espalda  y  empiezo  a hacer dedo. Los autos pasan. Algunos conductores miran con curiosidad, otros aceleran. Tengo un poco de hambre. Estela me preparó un sándwich que guardo en la mochila y no quiero sacar. Miro el celular: me olvidé el cargador en La Plata, y al segundo día en lo de mi tía 
  
ya se había quedado sin batería. Primero me enojé, pero con el correr de los días me di cuenta de que era mejor. Abro la mochila para buscar unas galletitas, cuando una camioneta se detiene junto a mí. −¿Adónde vas? –pregunta el conductor. −A La Plata –contesto. Me hace una seña con la cabeza y subo. El hombre tiene unos cuarenta años, camisa beige, jeans gastados y borceguíes con restos de barro. Lleva una gorra verde con letras amarillas que dice JOHN DEERE. Prende un cigarrillo y me convida. −No, gracias –digo El volumen de la radio está muy alto, y suena con interferencias. El hombre me dice algo, le hago señas de que no escucho. Entonces apaga la radio. −¿Qué andás haciendo por Maschwitz? −Vengo de Campana. Fui a visitar a una tía. El hombre asiente. −¿Cuántos años tenés? –pregunta. −Diecinueve. −¿Y a qué te dedicás? −Estudio biología. El hombre frunce el ceño. −¿Y se vive de eso? −No sé –digo−. Recién estoy en primer año. En la camioneta hay un olor raro, fuerte. Como el olor de los caballos o los cueros que les ponen encima. Pienso en Mariela. Cuando me avisó yo estaba en la Facultad. Tuvi- mos un recreo y salimos a tomar algo caliente con Matías. No pude decir nada. Me quedé con el celular en la mano unos segundos y después le dije que se quedara 

tranquila. Le pedí un cigarrillo a Matías. Aspiré hondo el humo y me mareé. No volví a entrar al aula. Caminé despacio hasta mi casa pensando en qué iba a hacer. Unos días más tarde agarré la mochila y me fui corriendo: la verdad es que necesitaba aire. Sólo lleva- mos seis meses juntos. Y si le dije lo que le dije fue por- que no lo pensé. Todavía quiero salir, emborracharme, estar con mis amigos. Además, ¿cómo voy a mantener- los? Mamá ni se imagina, y ni siquiera se lo pude contar a Estela. ¿No es mejor detenerlo ahora? Miro por el vidrio trasero. En la caja de la camio- neta hay unos plásticos cubriendo un bulto con unos troncos encima. −¿Qué lleva? –pregunto, por decir algo. −¿Atrás? –dice−. Algunas perdices y un par de copetonas. Andamos un trecho. Tengo un poco de sueño, cabeceo de a ratos, el hombre no habla mucho. De pronto me doy cuenta   de que en algún lugar del trayecto salimos de la ruta. Avanzamos por un camino secundario, está asfaltado pero es angosto y no está pintado. Me preocupo un poco, pero no me animo a preguntarle nada. Durante unos kilómetros no nos cruzamos con ningún vehículo, el camino parece estar desierto. Después de una curva cerrada, en la entrada de un campo, nos para la policía. Tenían el patrullero oculto tras los pastos. Un oficial se acerca y nos pide los papeles de la camioneta y nuestros documentos. Es petiso y tiene la gorra en la mano. Parece aburrido, como si este pro- cedimiento lo hubiera hecho muchísimas veces. Está atardeciendo. Las sombras son largas. El campo y los vehículos se ven dorados como el color del cielo. 

Junto a los policías hay un hombre joven de som- brero. Se acerca y se presenta como guardaparques. Después va hacia la caja de la camioneta y levanta los plásticos. Abajo hay una cabeza de ciervo. Es grande. Muy grande. Está fresca. Tiene la lengua afuera. −¿Vienen juntos? –me pregunta uno de los policías. −No –le digo−. Yo estaba haciendo dedo unos kiló- metros más atrás. Se acerca el guardaparques. −Es un ciervo de los pantanos –dice−. Está en peli- gro de extinción, su caza está prohibida. El conductor masculla algo. –¿Quién lo mató? –pregunta el guardaparques mientras labra el acta de infracción. Se hace silencio. Yo levanto la cabeza y miro al conductor. –Fui yo –dice por fin. En la caja aparecen dos rifles. El guardaparques interroga al conductor. Los poli- cías meten los rifles en el baúl del patrullero. Camino unos pasos alrededor de la camioneta y miro adentro de la caja. La cabeza está apoyada, de costado, me pregunto qué habrá hecho con el cuerpo. Las astas tienen varias ramificaciones, como si fueran candelabros, y están recubiertas por una piel fina, que en algunas partes está lastimada. La sangre brilla con la luz del atardecer. El ojo es grande, como de vidrio, negro. Las pestañas, gruesas, parecen postizas. El pelo es rojo. Toco la cabeza. Es dura. El guardaparques me llama. Le digo que yo no ten- go nada que ver. Me tranquiliza, dice que igual necesita mis datos, por si hace falta un testigo. 

 El conductor se ha puesto la gorra y fuma delante de la camioneta. El guardaparques le dice que van a decomisar la cabeza de ciervo y las armas; el hombre asiente, resignado. Me acerco a un policía y le pregunto si me puedo ir con ellos. Me dice que están en un ope- rativo, que no pueden llevarme. Ya es de noche. Subo a la camioneta con el con- ductor y nos vamos. Durante unos kilómetros solo se escucha el tra- queteo del vehículo sobre el camino. Miro al hombre por el rabillo del ojo. Toso. −¿Sigue para La Plata? –le pregunto. −A La Plata –contesta, sin sacar los ojos del camino. Abrazo la mochila y me deslizo por el asiento. Durante la vuelta se hace un silencio espeso, yo casi ni me muevo. Me gustaría prender la radio pero no me animo. El hombre parece ausente y sólo maneja a través de la noche. De a ratos silba. Yo miro para afuera, las luces y los autos que pasan. Tengo un poco de sueño, pero no me duermo. En la entrada de La Plata el hombre me dice: −¿Adónde te dejo? −Acá nomás –contesto sin pensar. Me bajo del vehículo y empiezo a caminar. Mi casa está lejos. Las calles están desiertas y tengo frío. Paro en una esquina. En el cielo no se ve ni una estrella. Entonces cruzo la calle y pienso. A mamá no va a importarle que le toque el timbre a esta hora de la noche. A un hijo siempre se lo recibe con los brazos abiertos.