Marco Andrés Quelas. Tiene 44 años. Se crió en General
Belgrano (provincia de Buenos Aires) hasta que se fue a estudiar a La Plata. Es
Biólogo, Especialista en Ciencias Químicas y Ambiente y Periodista Científico.
Hizo talleres literarios en La Plata, en el Centro Cultural Borges, con Juan
Martini y finalmente con Hugo Correa Luna, a quien considera su maestro.
Publicó Chas, un libro de fotografías
y textos con su amigo Martín Quilmore. En 2015 publicó El buen marido, su primer libro de cuentos. Actualmente cursa la
Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF. Vive en la ciudad de Buenos Aires
con su mujer, Claudia, y su hija Florencia.
Pequeño ciervo
El auto disminuye la velocidad, da un pequeño salto al bajar de la ruta y se detiene junto al camino de acceso a Ingeniero Maschwitz. Desciendo y le digo gracias a la pareja que me trajo desde Campana. Buena suerte, dicen ellos, y se alejan por la ruta hasta convertirse en un punto. El cielo está tan bajo que parece que las nubes van a tocar la punta de los árboles. Hay barro y agua en las huellas que dejaron los vehículos al costado de la ruta. Ayer, la lluvia empezó a caer al mediodía y siguió hasta bien entrada la noche. Tenía razón mi tía Estela cuando me dijo que espe- rara un día más para volver a La Plata. Había llegado a Campana pensando en quedarme uno o dos días a lo sumo, pero Estela me hizo sentir tan cómodo que, sin darme cuenta, me quedé una semana. Por un rato me olvidé de todo. Dormía hasta tarde y cuando me levantaba ya estaba la comida hecha. Después salía a dar vueltas por la ciudad o me perdía mirando el río durante horas hasta que se hacía de noche. Estela no hacía preguntas. Tenía la voz ronca y un aliento a ciga- rrillo que me envolvía como un abrazo. Me calzo la mochila en la espalda y empiezo a hacer dedo. Los autos pasan. Algunos conductores miran con curiosidad, otros aceleran. Tengo un poco de hambre. Estela me preparó un sándwich que guardo en la mochila y no quiero sacar. Miro el celular: me olvidé el cargador en La Plata, y al segundo día en lo de mi tía
ya se había quedado sin batería. Primero me enojé, pero con el correr de los días me di cuenta de que era mejor. Abro la mochila para buscar unas galletitas, cuando una camioneta se detiene junto a mí. −¿Adónde vas? –pregunta el conductor. −A La Plata –contesto. Me hace una seña con la cabeza y subo. El hombre tiene unos cuarenta años, camisa beige, jeans gastados y borceguíes con restos de barro. Lleva una gorra verde con letras amarillas que dice JOHN DEERE. Prende un cigarrillo y me convida. −No, gracias –digo El volumen de la radio está muy alto, y suena con interferencias. El hombre me dice algo, le hago señas de que no escucho. Entonces apaga la radio. −¿Qué andás haciendo por Maschwitz? −Vengo de Campana. Fui a visitar a una tía. El hombre asiente. −¿Cuántos años tenés? –pregunta. −Diecinueve. −¿Y a qué te dedicás? −Estudio biología. El hombre frunce el ceño. −¿Y se vive de eso? −No sé –digo−. Recién estoy en primer año. En la camioneta hay un olor raro, fuerte. Como el olor de los caballos o los cueros que les ponen encima. Pienso en Mariela. Cuando me avisó yo estaba en la Facultad. Tuvi- mos un recreo y salimos a tomar algo caliente con Matías. No pude decir nada. Me quedé con el celular en la mano unos segundos y después le dije que se quedara
tranquila. Le pedí un cigarrillo a Matías. Aspiré hondo el humo y me mareé. No volví a entrar al aula. Caminé despacio hasta mi casa pensando en qué iba a hacer. Unos días más tarde agarré la mochila y me fui corriendo: la verdad es que necesitaba aire. Sólo lleva- mos seis meses juntos. Y si le dije lo que le dije fue por- que no lo pensé. Todavía quiero salir, emborracharme, estar con mis amigos. Además, ¿cómo voy a mantener- los? Mamá ni se imagina, y ni siquiera se lo pude contar a Estela. ¿No es mejor detenerlo ahora? Miro por el vidrio trasero. En la caja de la camio- neta hay unos plásticos cubriendo un bulto con unos troncos encima. −¿Qué lleva? –pregunto, por decir algo. −¿Atrás? –dice−. Algunas perdices y un par de copetonas. Andamos un trecho. Tengo un poco de sueño, cabeceo de a ratos, el hombre no habla mucho. De pronto me doy cuenta de que en algún lugar del trayecto salimos de la ruta. Avanzamos por un camino secundario, está asfaltado pero es angosto y no está pintado. Me preocupo un poco, pero no me animo a preguntarle nada. Durante unos kilómetros no nos cruzamos con ningún vehículo, el camino parece estar desierto. Después de una curva cerrada, en la entrada de un campo, nos para la policía. Tenían el patrullero oculto tras los pastos. Un oficial se acerca y nos pide los papeles de la camioneta y nuestros documentos. Es petiso y tiene la gorra en la mano. Parece aburrido, como si este pro- cedimiento lo hubiera hecho muchísimas veces. Está atardeciendo. Las sombras son largas. El campo y los vehículos se ven dorados como el color del cielo.
Junto a los policías hay un hombre joven de som- brero. Se acerca y se presenta como guardaparques. Después va hacia la caja de la camioneta y levanta los plásticos. Abajo hay una cabeza de ciervo. Es grande. Muy grande. Está fresca. Tiene la lengua afuera. −¿Vienen juntos? –me pregunta uno de los policías. −No –le digo−. Yo estaba haciendo dedo unos kiló- metros más atrás. Se acerca el guardaparques. −Es un ciervo de los pantanos –dice−. Está en peli- gro de extinción, su caza está prohibida. El conductor masculla algo. –¿Quién lo mató? –pregunta el guardaparques mientras labra el acta de infracción. Se hace silencio. Yo levanto la cabeza y miro al conductor. –Fui yo –dice por fin. En la caja aparecen dos rifles. El guardaparques interroga al conductor. Los poli- cías meten los rifles en el baúl del patrullero. Camino unos pasos alrededor de la camioneta y miro adentro de la caja. La cabeza está apoyada, de costado, me pregunto qué habrá hecho con el cuerpo. Las astas tienen varias ramificaciones, como si fueran candelabros, y están recubiertas por una piel fina, que en algunas partes está lastimada. La sangre brilla con la luz del atardecer. El ojo es grande, como de vidrio, negro. Las pestañas, gruesas, parecen postizas. El pelo es rojo. Toco la cabeza. Es dura. El guardaparques me llama. Le digo que yo no ten- go nada que ver. Me tranquiliza, dice que igual necesita mis datos, por si hace falta un testigo.
El conductor se ha puesto la gorra y fuma delante de la camioneta. El guardaparques le dice que van a decomisar la cabeza de ciervo y las armas; el hombre asiente, resignado. Me acerco a un policía y le pregunto si me puedo ir con ellos. Me dice que están en un ope- rativo, que no pueden llevarme. Ya es de noche. Subo a la camioneta con el con- ductor y nos vamos. Durante unos kilómetros solo se escucha el tra- queteo del vehículo sobre el camino. Miro al hombre por el rabillo del ojo. Toso. −¿Sigue para La Plata? –le pregunto. −A La Plata –contesta, sin sacar los ojos del camino. Abrazo la mochila y me deslizo por el asiento. Durante la vuelta se hace un silencio espeso, yo casi ni me muevo. Me gustaría prender la radio pero no me animo. El hombre parece ausente y sólo maneja a través de la noche. De a ratos silba. Yo miro para afuera, las luces y los autos que pasan. Tengo un poco de sueño, pero no me duermo. En la entrada de La Plata el hombre me dice: −¿Adónde te dejo? −Acá nomás –contesto sin pensar. Me bajo del vehículo y empiezo a caminar. Mi casa está lejos. Las calles están desiertas y tengo frío. Paro en una esquina. En el cielo no se ve ni una estrella. Entonces cruzo la calle y pienso. A mamá no va a importarle que le toque el timbre a esta hora de la noche. A un hijo siempre se lo recibe con los brazos abiertos.
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