Pablo Gungolo Nació en Bahía Blanca. Ha publicado
los libros Polaroid por la editorial
La Parte Maldita en el año 2011, y Los
restos por ediciones En Danza en el 2017, Primera mención 8vo Concurso de
Cuento y Poesía Nacional «Adolfo Bioy Casares» 2014, Municipalidad de Las Flores; Segundo Premio Concurso
de Poesía Victoria Ocampo 2014 «Horacio Armani»; Segundo Premio Concurso Nacional de Literatura Tres de
Febrero 2015; y Primer Premio Concurso Provincial «Diagonal Literatura» 2016 Ciudad de La Plata. Participó de diferentes antologías
nacionales, y poemas suyos han sido publicados en distintos medios literarios
como Hablar de Poesía, Campotraviesa. Actualmente forma parte
del Consejo Editorial de la revista virtual Segunda Cuadernos de Danza, donde escribe reseñas de obras. Se encuentra
estudiando la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional
de Artes (UNA).
Poemas
Del
libro los restos.
las
capas del final
últimos
segundos del pescado, antes
de
salir del mar sus escamas salpican
una
enorme red, un buque noruego
extingue
su carácter animal, despojado
llega
a la argentina en conteiner y su desnudez
es tan
obscena, en una góndola preferencial del market
los
tubos fluorescentes, radiantes
tan
blancos reflejan el plateado
de la
serie: repetidas muertes
sobre
hielo picado, un hombre, el cliente
toma
el producto, observa el vencimiento
en este
mundo y lo suma al chango
de la
forma más autónoma, solo le falta pan
lo
adquiere en extraña oferta
multiplica
y el milagro se produce
el
consumidor final, avanza hacia la caja
por
educación lo piensa y por ende saborea
marinado,
con crema, papas y vino…
qué
lejos queda la familia del pescado
ahora,
en un plato blanco de loza
tuvo
días bajo el fondo del océano:
todos
los peces van al cielo y sin embargo
digerido
en el estómago, el comensal
está
pleno, a salvo sus ojos
saltones
arrastrados por el tenedor
al
tacho de residuos, hasta que una rata
negra
con hambre, dos días después
encuentra
el manjar viscoso
dentro
de un pote de yogurt
rodeado
de moscas los ojos del pez
de los
mares de groenlandia en fin
desaparecen,
como silencio sobre la cumbre
de una
de las montañas más altas
del
basurero.
páramo
un
tren que se acerca a la ciudad
disminuye
la marcha. recuerdo
las
palabras de mi abuelo:
argentina
desperdicia
sus
tierras, en italia siembran
hasta
el borde del camino.
en la
basura los perros hurgan
y
saltan dentro de un auto sin ruedas
sin
ventanillas ni puertas, que cumple
una
función meramente estética
en el
paisaje, dos niños no limpios
no
educados saludan al vagón
el
progreso y la tristeza
entumecida,
la mano por el frío.
una
campera de ciré noventa fluor
abriga
a una señora frente al paso del tren
la
bolsa gastada de nylon cuelga vacía
de su
antebrazo, el viento la hace bandera
flamea
en un rincón de la patria
se
aleja la señora y el lote que aún
es
baldío, extiende su memoria
estatal.
el próximo tren y todos
los
demás pasarán sobre el dilatado
terreno
ocioso, inmutable
que en
silencio espera su destino
como
oportunidad.
reminiscencia
el
final de una película
enfoca
un mar en blanco
y negro
de una playa
en
colores que no existen
ese
mar no existe, el cúmulo
de
agua va y viene
sacude
su mismo cuerpo;
el
ruido tampoco
ya
existe. el mar
imita
el mar a esa hora
de la
madrugada
en un
departamento
de una
ciudad, el televidente
silencioso
absorbe
la
pantalla: un abismo liquido
las
olas golpean el edificio mudo
y las
olas a oscuras en un hombre
frente
a la única luz del televisor.
visita
a los
pies de la playa con campera
y
auriculares. la voz que no escucha
por el
viento es desarmada
la
canción se pierde el atardecer
desde
el horizonte cae al fondo
del
océano último misterio
se
funden al punto de agua más sensible
que
repone con su música:
olas
una detrás de otra llegan
pequeñas
desde un largo eco
con
forma de espuma
sobre
la lona de las zapatillas
que
muy pronto será agua
y
atravesará las medias.
serás
feliz
debajo
de una sombrilla, los pies juegan
con la
arena seca. una fruta tropical
en la
mano, y a través de unas gafas negras
el mar
traga la tierra confinando playa:
linda
postal de verano. debo
pensarme
feliz, para llegar a esta costa
debo
ser feliz: la chica de al lado es feliz
boca
abajo toma sol y cada tanto
se
para, entra al mar y sale a seguir dorando
su
piel; el chico de gorra verde y su perro
que
lanzado el frisbee, corre a atraparlo
la
señora de malla entera que junta caracoles
en un
baldecito y el señor del tejo
tomando
un mate, son felices; en fin:
el sol
la sombrilla la arena el horizonte la fruta tropical
el mar
y su versatilidad, ante mis ojos. si ahora
soy
fotografiado, quién diría que en la imagen
hay un
mínimo de desgracia; mi mujer me ama y está feliz
de
estar aquí, en el paraíso, como me dijo esta mañana
cuando
frente al espejo miraba al cuarto del hotel, a mi cuerpo
en
traje de baño, y tarareaba en portugués. sí, ahora
soy
fotografiado, así desvestido, debo al menos sonreír
simular
una pose o hacer una mueca.
por el
horizonte, un crucero:
habrá
alguien a bordo con ganas de llorar
disfrazado
a la fuerza y tomado
por la
cintura en un trencito
en
medio de un carnaval carioca?
bordeo
la costa con piel de gallina
disfrutando
las sobras, como aprendí.
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