Teresa Orbegoso (Lima, 1976). Licenciada en
Periodismo, investigadora social y gestora cultural. Ha publicado los libros de
poesía: Yana wayra (Ed. Urbano
marginal, Lima, 2011); Mestiza
(Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2012); La
mujer de la bestia (Ed. Trópico Sur, Maldonado, 2014); Yuyachkani junto a
la artista plástico Zenaida Cajahuaringa (Ed. La purita carne, Lima, 2015) y
Perú (Ed. Buenos Aires Poetry, Argentina, 2016). Participa en la antología
sobre la vigencia del poema en prosa en Sudamérica: Del caos a la intensidad
(Hijos de la lluvia, Juliaca, 2017). Ha compuesto la música para el libro La
casa sin sombra de Claudio Archubi. (UNTREF Cohorte 2014).
Después de una guerra a nadie obliguemos a amar.
Amar, esa palabra resuena vacía, flota en el aire como si tú no la conocieras, sin poder entrar en ti. Como si no la hubieras pronunciado nunca. Y otra aparece y se repite. Un intento para que tu tierra esconda y niegue. Polvo sin oxígeno. Fuente de su poder tu herida, la herida de la hija. Fuente de su miseria tu sonrisa, la sonrisa de la hija.
¡Oh, inocente Resígaro! ¿Quién soy yo? Soy acaso la sombra de Caral que ha venido a abrazarte. O quizá sea la fría alma de Arana que ha venido a pedirte perdón desde el Putumayo. Sé que mis manos son de polvo y mi vientre está seco como los huesos de mis antepasados. Sé que hubo un cronista que nos mintió sobre nosotros. Sé que criollos, sacerdotes, virreyes y presidentes orinaron sobre lo que fuimos. Sé que una llamada República nos consumió hasta el punto del olvido. Pero ahora estoy aquí atravesada por todas mis generaciones conquistadas y conquistadoras; es- clavas, serviles y libres; heroicas y sabias; ancladas a la tierra, el mar y el fuego junto a todas sus sangres. Estoy aquí para recordar la patria invisible de la infancia. Estoy aquí para saber finalmente quiénes somos. ¿Qué ha quedado de nosotros en medio de toda la niebla de Lima? No saber cómo te llamas, ni lo que fuiste, ni lo que hiciste. Andar perdido como un cuerpo que sólo sabe surgir y que nada aprende. Han sido los ecos de la ruina mi despertar. Sea mi destino coser los pedazos descoloridos de nuestra bandera. Darle materia y forma. No desaparecer.
Bajo qué huaca oculta, este país. En qué color de piel, su marcha hacia ninguna parte. Qué aguas flamenco y zorro beben del mismo pozo. Sobre el río viaja el indio en su canoa. Árbol de la quina, tus hojas cubren nuestra falta. Pronuncia nuestro nombre. Birú Perú. No lo reconocemos. Cuánta nada hemos construido. Cuántos huaycos de palabras, como niños aprendiendo a escribir.
Perú no: tus culturas te caminan: llegan juntas, serenas, in- soladas y temblorosas, vienen tenebrosas tus culturas. Tus culturas quebradas, como el carozo carcomido y amargo, como un cielo enterrado en la semilla del maíz, sin verbo, sin rastros europeos, sin compasión: leves, líquidas, embotelladas, sangradas culturas. Culturas neblina. Culturas guano. Casi culturas.
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