02/07/2017

María Fernanda Lara - Textos leídos en el ciclo "Nuevas voces en la escritura" 2017

María Fernanda Lara. Nació en la Ciudad de México, en 1989. Vivió gran parte de su adolescencia en Chihuahua, al norte de México. Se graduó de la Licenciatura en Filosofía. Fue publicada en antologías nacionales de escritores jóvenes en Chihuahua y Xalapa, Veracruz. Ha participado con piezas que son textos y textos que son piezas en exposiciones colectivas. En Chihuahua impartió talleres sobre libros de artista, escritura visual y los cruces entre literatura y arte en diversos espacios culturales e instituciones. Actualmente radica en Buenos Aires y cursa la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF. 


Barco del hombre.


Entre la mirada y el mar existe un trance ineludible,  la contemplación más pura.  Nos conformamos con esa extensión porque estamos en la orilla. A salvo.

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Mi abuelo lloró con todos mis principios.  Me enseñó el misterio del mar en una lágrima.  El poder de la alquimia cuando yo no sabía contar ni siquiera hasta el siete.
Su muerte no tuvo garganta. Ése músculo mi abuelo ya no lo tenía. Estaba la sed. La sed me era todo porque su boca se movía otra vez. Hidratábamos sus labios con un algodón mojado en agua dulce. Los abría y cerraba. Ese umbral.
Agua y azúcar tambaleaban la física de su muerte.

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Entre la mirada y la muerte existe un trance ineludible. Dormí en una silla reclinable apretando su dedo índice. Hacía de las sábanas revueltas de su lecho un mar. Tu nieta se había convertido en una góndola.
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La muerte de mi abuelo fue la señal que precedió al fin del mundo: lloró. Todas las cosas respingaron. Esa lágrima definió su orilla. Mi abuelo volvió a llorar algún principio mío que desconozco.
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  Ha habido más astronautas que exploradores de la muerte. En mi escafandra aprisioné la conformidad de que en ese momento,  mi abuelo estaba más a salvo que yo.  Los principios no tienen  orilla.  Tu nieta es una góndola insalvable.

Entre cerrar los ojos y morir existe un hilo invisible: línea y  horizonte del recuerdo. Insondablemente y en ambos sucesos, la vida cierra los ojos: va hacia adentro.
Hay que entrar. Tener coraje. Sobre todo si la vida se va sola.
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La espalda es una línea firme, parecida a una costa. Es territorio sagrado: el lecho que nos sostiene al nacer cuando nuestras piernas aún no se soportan, y el que nos detiene al morir. Coraza blanda y enorme punto ciego. Orilla.
Siempre te abrazaba por la espalda. Con los ojos cerrados. Nunca corría el riesgo de que al voltear, fueras alguien más.
La línea de tu espalda insondable horizonte.

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La debilidad de los músculos respiratorios provocó la baja de oxígeno hacia su cerebro. Mi abuelo cayó inconsciente. Cerró los ojos porque era un errante de su propia respiración. Su consciencia se desintegraba en pequeñas bolsas de suero y agua. Por dentro, él se sumergía y mi mano quiso ser ancla. La gota en el catéter: reloj y arena. Playa donde mi abuelo era buzo de la caída.
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La mitad del  oxígeno de mi abuelo venía del mar. En términos médicos, le llamaban inconsciencia: nadaba con los ojos cerrados.
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Si la espera tuviera forma sería un ancla fuera del agua. Todos los minerales de mi cuerpo eran suficientes para levantar un faro. Hay que entrar. Tener coraje.
Soy un faro por si mi abuelo se pierde. Sobre todo si se fue solo.
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La escafandra permite que se pueda penetrar con seguridad en un entorno hostil. Sobrevivir durante una cantidad limitada de tiempo. Scaphandre. Barca. Hombre. Profundidad.
Mi abuelo murió de espaldas, mostrando sus pulmones a la tierra. Ahora tu nieta navega en una barca torácica.

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El horizonte del recuerdo es un hilo. Cerrar los ojos, un lenguaje transparente pero oscuro. Se atraviesa para desaparecer. Se suspira, sin saberlo, para oxigenar los alvéolos errantes y mantener la respiración. Los recuerdos son  respiraciones errantes que transitan por noventa mil kilómetros de arterias y venas.  Nos avientan a una orilla que va hacia adentro.
Hay que entrar.
Tener coraje.
Sobre todo si tu nieta ya está sola. Góndola insalvable.



 Accidente en Xola y Uxmal.


La luz es una trampa, pensé mientras mi cabeza, al fondo del refrigerador, buscaba su insulina. Abrir la puerta del refrigerador en medio de la noche es un  poder hipnótico. La inauguración de la luz en la zona abisal que es nuestra casa. La luz. La trampa. La parálisis de que se quede ciego mientras busco.
Esta esquina de la habitación, es el único lugar que tengo para huir. Aquí aprendo a callarme, a verdaderamente callarme. Uno calla. Encalla. Y qué otra cosa es la necedad, vivir con alguien.  Esa clase de necedades que siempre creí, haría de más vieja. Tengo 23 años y no sé muy bien qué es la diabetes.
Tengo un lugar mío en la habitación y es una esquina. Desde mi esquina veo cómo empieza el mundo, o se le ve acabarse. La esquina. Un punto. El punto del recuento de mis ratos muertos.
Desde aquí, confío, que despierta. Y el sueño y la edad se me están quedando también aquí.
Despierta. Se levanta sin atisbo de azúcar. Con mucha sed. Sin atisbo de beso.  A las nueve empezaré a oler su rutina: preparará huevos, los dejará semi-crudos. A las 9:30 deberé levantarme, colocar un yogur, una barra de avena en su bolso, y cambiar la aguja de sus jeringas.
A las nueve tendré que despertar con otra noche suya atravesándome.

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Un día de estos, alguien va a estrellarse en esa esquina; fíjate bien antes de cruzar, por favor. Esos consejos de madre. Empieza a notar que extraño mi casa.
Alquilamos la parte alta del edificio para poder verlo todo desde arriba. Vemos todo, pero nos vemos poco el uno al otro. Llevamos semanas esperando ver un accidente en esa esquina para que él, finalmente, pueda consagrarla como “la esquina de la muerte”. Esa esquina es un punto ciego gracias a que enfrente está la construcción de una estación de autobuses. En la esquina hay una óptica.
Tendí siete remeras, cuatro jeans, nueve hipotéticos pares de medias y sus teorías. Si las palabras me vieran, dirían que yo soy el accidente.
Paso los días enteros así: sin hablar. Encallada. Callada en escenas que hablan de lo que no soy. Veinticuatro horas tentada a pegar la lengua en su escultura de azúcar, su “Sugarman”, una versión de su diabetes según el arte contemporáneo. Según él.
Me importa poco la esquina como muerte. Me importa como un punto. El punto de mis ratos muertos.  Mis 23 años encallan ahí. Lo efímero encalla ahí. Mis vecinos encallan ahí. El dueño de la óptica. Mi miopía que en este punto es estrabismo. La luz es una trampa. Atestiguo la distancia que no deja de abrirse entre uno y la calle, entre uno y las consecuencias del simple desajuste del tiempo. El tiempo se tienta con lo ciego: así empieza el mundo, o se le ve acabarse.
Mi enfermedad es la circunstancia que, todavía, no veo.
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En el cruce de  esa esquina, cuando pretendes ponerte a tono con los otros caminantes, algo se endereza o tuerce ahí dentro. Puntos. Variables. Una minucia en la espera de cruzar. Se duda. Por una fracción el corazón bombea vértigo. Hipoglucemia. Olvidamos su insulina.
Alquilamos este piso para poder verlo todo desde arriba. Miramos absortos el vehículo hundirse en la óptica. La colisión fue provocada por falta de visibilidad en la zona. Pérdida total de los vehículos y daños considerables a una óptica. Antes de que suceda un accidente automovilístico, el conductor experimenta una sensación patidifusa. Los faros atraen y por un segundo la mente queda a merced de una ínfima partícula de luz. La luz es una trampa. Nos vimos mucho el  uno al otro.
Así es como acaba el mundo.
Así es como acaba el mundo.
Así es como acaba el mundo.
No con un estallido
sino con un quejido.
No con lo mayúsculo sino con lo minúsculo. No con una explosión sino con un detalle. Jeringas. Hipoglucemia. Olvidamos la insulina.
Cuando el diabético experimenta hipoglucemia manifiesta lenguaje confuso y desorientación. Un quejido. Casi llegan a un coma. Al borde. Se sienten caer. Las líneas estallan. Ven una luz. La luz es una trampa.  El tiempo se tienta con lo ciego. Uno calla. Encalla. Para escuchar. Su quejido nos hizo regresar. Y qué otra cosa es la necedad. Vivir con él. Su enfermedad es la circunstancia que nos ha salvado de morir juntos. Cuando un suceso es inexplicable se hace un hueco en alguna parte. Así que estamos llenos de agujeros. Agujeros dentro de agujeros. Puntos. Finales. 

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