24/10/2020

Silvia Finocchietto -- Romance de Angela Baudrix

(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)

Y yo me iré  
como el humo al aire
que no podrá volver
me haré un tornado dulce
un perfume una piel

Gabo Ferro


“Mi querida Angelita: en este momento me intiman a que dentro de una hora debo morir, ignoro por qué; mas la Divina Providencia, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos, y suplico a mis amigos que no den un paso alguno en desagravio o a lo recibido por mí. De los cien mil pesos de fondos públicos que me debe el estado solo recibirás las dos terceras parte, el resto lo dejarás al Estado. Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no has podido serlo en compañía del desgraciado. Manuel Dorrego”. 
Angela Baudrix no puede olvidar ninguna de las palabras, cada una un dolor, grabadas a fuego en su memoria, si hasta sentía la voz de su Manuel recitándolas. Con su vestido negro de luto y los guantes gastados, un mantón cubriéndola de la cabeza a los pies y la cara oscura como la ropa que lleva, camina trabajosamente, yendo hacia la tumba del coronel. 
No siempre fue así. Era una mujer brava e inteligente. Formada en las cosas del mundo, discutía los pasos a seguir, aun cuando se hablara de cuestiones militares se escuchaba su voz alta y segura proponiendo las formas de pertrechar a las tropas, organizar actividades para conseguir donaciones, convenciendo a conocidos, familiares y amigos para que de alguna u otra forma colaboren con el ejército de los federales. 
En el diario federal El Tribuno se sabía que colaboraba con las publicaciones del coronel, sus ideas estaban entretejidas con las de él, sumergidas en el ideario revolucionario de libertad y de federalismo, o cuando se trataba de refutar los argumentos del Directorio y las políticas centralistas. O cuando se planteaban políticas populares, como fijar precios máximos para productos de primera necesidad.
Ángela sorprendió al mismo Dorrego cuando se enfrentó a la Junta de Observación que dispuso su expatriación en 1816, fundamentando que no se le había permitido ejercer el derecho de defensa ni respetado las libertades individuales.
El 13 de diciembre de 1828, Angela recibió una carta del secretario de Manuel. Juan Vélez le comunicó la decisión de Lavalle; Manuel había sido intimado a morir en dos horas. No había sido una decisión espontánea, la conspiración se orquestó por los unitarios desde que Dorrego asumió el gobierno de la provincia de Buenos aires; se lo acorraló política y financieramente, esperaron el momento exacto para concretar la traición. Las ideas federales y populares del coronel no podían coexistir con el proyecto unitario.  
Ángela conocía estas circunstancias, aún no había podido discernir que sucesos formaban parte de la tela de araña que se tejía en torno a Dorrego y cuales sucesos devenían de los hechos y el fluir natural de la historia. Pero no sospechó el fin.  
El dolor no oculta su enojo, enojo por la sumisión que lo llevó a la muerte, por perdonar a sus enemigos, por no haber solicitado clemencia a sus verdugos.
Cuando lo conoció, gallardo y altivo, firme en sus convicciones y combativo ante sus enemigos, ella tenía flamantes 16 años y el de 28. Se habían enamorado en cuanto se encontraron. Se casaron en 1815, ante la reticencia de la familia que tenía reservas ante este militar díscolo y bromista.
Era otro tiempo. Tiempos de amor y encuentros rápidos y secretos. Tiempo de paseos por las alamedas de San isidro, de citas furtivas a orillas del rio. De la emoción de mirarse y el temblor en la voz. 
Los recuerdos. Recuerda a Manuel yendo o viniendo de una batalla o de un campamento: Tucumán, Salta, Vilcapugio, Ayohuma, las campañas al Alto Perú, la guerra Gaucha, las disputas entre unitarios y federales, el exilio de 4 años en los Estados Unidos.
Cuando partía, a veces años, la ganaba la ausencia, gemía en las noches buscando su mano, su cara. Pero a la hora del regreso compartían los días. Su presencia se imponía en la casa contagiando el dinamismo de su personalidad. 
Ahora Ángela trata de entender esta muerte tan injusta tejida con cada acción e idea de Manuel, previsible cuando enfrentaba a la aristocracia porteña y sostenía sus ideas libertarias, cuando enfrentaba al régimen unitario que exigía que todas las ruedas rueden a la par de la rueda grande.  Cantada cuando desde el diario El Tribuno atacaba a la oligarquía reinante que todo lo refiere a sus miras ambiciosas y engrandecimiento personal y es firme en dominar en lugar de proteger, en destruir en vez de crear.
El General Lavalle desoyó los pedidos de clemencia de familiares y amigos, de camaradas del ejército y gente de la política que rechazaba la medida extrema de la muerte, si no por conveniencia del coronel Dorrego, por los daños que ocasionaría a la República. 
Solo escuchó a quienes lo impulsaron a sentenciar a muerte a Dorrego, a quienes lo convertirán en verdugo. Se apoyó en cartas que recibió y contestó apresuradamente, imprimiendo velocidad al tiempo de la ejecución.
Santiago del Carril, presidente de la Corte Suprema escribió a Lavalle, “… fragüe el acta de un consejo de guerra para disimular el fusilamiento de Dorrego, porque si es necesario envolver la impostura con el pasaporte de la verdad se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad se miente y se engaña a los vivos y a los muertos …”. Esta era la catadura de los revolucionarios unitarios, la intriga a espaldas del pueblo, el quebrantamiento de las leyes para lograr apoderarse del poder y la ausencia de la ética que les imponía la investidura de sus cargos.
Carta del General Lavalle al Almirante Guillermo Brown: “Desde que emprendí esta obra, tomé la resolución de cortar la cabeza de la hidra … Yo, mi respetado general, en la posición en que estoy colocado, no debo tener corazón…. Al sacrificar al coronel Dorrego, lo hago en la persuasión de que así los exigen los intereses de un gran pueblo”. La hidra es una culebra acuática venenosa que vive cerca de las costas, posee siete cabezas que renacen a medida que se van cortando y mata a sus presas inyectándoles toxinas. Es también una criatura mitológica que habita en el lago de Lerna, lugar sagrado conocido como la entrada al inframundo. Adopta diferentes identidades, a veces es dragón, a veces serpiente.
Lavalle no habría previsto que al nombrar a Dorrego como la hidra, no solo le transfería sus cualidades venenosas. Porque la hidra tiene el rasgo más impresionante de la vida en la tierra: es indestructible. No sufre de senescencia, el envejecimiento de las células y vive un promedio de 1400 años. Es un organismo que puede ser triturado y de cada pedazo surgir un nuevo ejemplar. Posee una memoria estructural que le permite dar forma a su nuevo cuerpo gracias a un patrón heredado del esqueleto. Aun cuando la quieran eliminar, por cada cabeza que le corten surgen dos nuevas en forma instantánea, lo único que podría eliminarla es el corte de su cabeza principal con una espada de oro. Esta fue una de las hazañas de Hércules, con la espada de oro que le entrego Hera. Este atributo la hace inmortal.
Lavalle se erigió como el elegido, se pensó el mesías elegido para defender los intereses del gran pueblo, como el héroe sin corazón en defensa de la república. No previó que el pueblo argentino no deseaba el latrocinio, ni que esa acción irreparable lo atormentaría toda su vida ni q la muerte del coronel tendría el efecto contrario al buscado.
La transpolación fue tal que, no contento con ordenar el fusilamiento y ejecutarlo, ordenó se le corte la cabeza y se le destruya el rostro, la destrucción total de la identidad de Dorrego y presumiblemente sus ideas.
Dos días después del latrocinio el coronel Lamadrid visitó a Ángela y le contó los hechos por haberlos presenciado. Las balas tronaron en la cabeza de Ángela, algo cruje en su pecho. 
Imagina a Manuel entregando a Lamadrid la chaqueta que le bordara con alegría las noches de espera  “… para que la tenga en recuerdo de su desdichado esposo…”,  lo ve abrazando cordialmente a Lamadrid en los últimos minutos, calzándose una chaqueta prestada “… para morir dignamente…”, una vez que se sacó los tiradores bordados por Isabel para enviárselos, escucha cuando pide los últimos sacramentos y recomienda a su primo el religioso Juan José Castañer ,”… diles que sean católicos y virtuosas que esa religión es la que me sostiene en este momento… “. Lo ve apoyarse en el paredón y recibir la carga de metralleta y caer, pero no puede imaginarse el sablazo que le arranca la cabeza y los golpes del fusil que le destrozan la cara y rompen el cráneo en pedazos. Una cruz de ñandubay marcará el lugar del fusilamiento.
Isabel recibirá los tiradores que había bordado para su padre con una esquela “Mi querida Isabel, te devuelvo los tiradores que hiciste a tu infortunado padre”. Nunca se repondrá. Cada 13 de diciembre recibirá en la casona que es el hogar de sus padres. Los criados servirán bebidas y tentempiés y minutos antes del fin de la reunión, un mozo recorrerá la sala con una gran bandeja de plata en la que, sobre un plato de porcelana blanca, se portará una cabeza de gallo chorreando sangre, acompasada por la voz de Isabel: “, es la cabeza de Juan Galo Lavalle…”
Ángela y sus hijas vivirán en la indigencia, deberán trabajar en el taller de uniformes del ejército y, en alguna oportunidad, prestarán servicio doméstico, hasta el año 1847 cuando Rosas reconocerá las campañas militares de Manuel Dorrego.
Murió Dorrego ignorando las causas de su muerte y vivió sabiendo a qué ponía el pecho, pensará la tropa. La muerte de Manuel se hará cielito en las pulperías; las últimas cartas a Ángela, Isabel y Angelita se recitarán de memoria en los campos de batalla durante largo tiempo. 

Cielito cielo nublado
Por la muerte de Dorrego,
Enlútense las provincias,
Lloren cantando este cielo

Cielo mi cielito triste
A Dorrego lo mataron
Ya estamos viendo su poncho 
teñido de colorado

Matilde de Romedi -- Santos

(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
No dejes que se muera el Sol,
sin que hayan muerto tus rencores

Gandhi

¡Buenos días, Santos! Sé muy bien que no te gusta que te moleste a estas horas, pero es que anda por aquí, otra vez, esa mujer preguntando por vos. Le tendrías que dar una oportunidad, quizá te quiera contar algo importante.
Vos decís que ya sabés todo lo que pasó o, al menos, lo que vos creés, que pasó. Pero ella está vieja, llora y suplica por verte. Por más que cuentes lo mucho que lloraste en tus tiempos, deberías oírla.
Además, vos también estás grande y ella tendrá diez o quince años más.
Sus cabellos están canos y sus manos son débiles y gastadas, se ve que pasó por mucho dolor.
¡No grités! Que no soy sorda, para mí que debe ser alguien de tu familia... ¿Cómo de qué familia? Andá a saber; por ahí, es una hermana o alguna que te vio en el orfanato que te criaron. Eras un bebé cuando te abandonaron y estás lleno de rencor.
Además, doña Renata que te crió como una verdadera madre nunca te mintió. Yo estaba el día que te contó que eras un criado y cómo ella te sacó del convento. Seguro las monjas sabrían bien la historia. 
Negando todo no vas a borrar la verdad. Rosa se llama, quiere verte y quién te dice te traiga buenas noticias...
¿La viste alguna vez? Es chiquita, flaca, puro huesos.
Decí la verdad, ¿tenés miedo de qué ella sea algo más? ¿Es acaso que el corazón se te agita cuando la nombro? Bajás la cabeza y no querés hablar. 
¡Vamos, Santos! No te apichonés, que sabés muy bien cuanto te quiero, hay cosas que llegan al alma, aunque te pongas mil corazas.
¿Qué pasó esos días que te fuiste del pueblo?  ¿a dónde fuiste? Recuerdo que volviste cabizbajo y no querías hablar... justo como ahora. 
¿Qué te contaron las monjas? Fue sor Rosario la que te entregó a la doña. Es cuestión de atar cabos y vos con tus silencios, no hacés más que darlos, por cierto.
El tiempo ayuda amigo, naciste en tiempo de guerra, andá a saber cuántos Santos andan rodando por el mundo. Pero con vos fue distinto; Doña Renata, la solterona del pueblo te quiso tanto que fuiste su refugio. Gracias a vos se sintió útil y te dejó una casa y oficio. No te cerrés Santos. No te creas capaz de juzgar a las otras criaturas, tomá esta chance que te da la vida. 
No repitas la historia, pensá, ¿por qué a la Juanita se la llevaron del pueblo y no sabemos dónde está? Solo sabemos que te amaba, que se amaban los dos y un día los padres se la llevaron, dicen, que a Tucumán y jamás volvimos a verla, ni supimos por qué.
Pensá cuántas historias, lindas, feas, tristes hay. Cómo si la vida fuera una ruleta y la suerte, una bendición. Sí, pero hay una, una sola, no todos pueden ser felices. 
Escuchá a Rosa, no sos Dios, sino un pecador más, después pensá. 
Pensá bien lo que hiciste y lo que vas a hacer.
Pase Doña Rosa, el Santos la quiere ver.

Nicolás Antonio -- Personas que exasperan

 (Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)


Apenas había anochecido cuando llegué a casa y, casi por inercia, abrí la heladera para sacar una cerveza. La destapé, y me quedé pensando. ¡Cómo me molesta la gente que corre con las manos en los bolsillos! Tomé el primer trago. No es que me enoje de la nada con estos seres poco convencionales, sino que en el camino de vuelta tuve la desgracia de toparme con uno de ellos. Para más, no sólo se dignó a cometer tal aberración, sino que encima lo hizo para cruzar la calle. Volví a empinar la botella y la temperatura estaba ideal: bien helada como para que ayude a calmar mis revoluciones. ¿Qué se te tiene que cruzar por la cabeza para apurar el ritmo de tus pasos sin sacar las manos de su escondite? Es una imagen digna de una potencial víctima de bullying, si la misma se reprodujera en el patio de un colegio primario. Pero, cuando el autor es un sujeto de unos veintitantos, resulta un poco más preocupante. Bebí otro trago. Lo pienso. Para correr con las manos en los bolsillos a cierta edad tenés que haber atravesado otra etapa de tu vida en la que nadie te haya advertido que, lo más probable, es que tu frente termine raspada en el impacto contra el piso. Algo faltó a lo largo de tu infancia. En concreto faltó un grito: ¡sacate las manos de los bolsillos que te vas a matar boludo! Ahora bien, o ese grito nunca existió o nunca le diste pelota. ¡Qué gente! Tenemos el país que nos merecemos. Mirá si te voy a pedir que votes bien, mientras haya gente que corre con las manos en los bolsillos. Sería bastante injusto. Vuelvo a inclinar la botella y ya se acerca a la mitad. Tendrían que hacerlas más grandes. No hay opción, o te tenés que bajar un litro entero como si fueras un borracho, o si no, tenés estos porrones que dan lástima y se acaban en cinco segundos. Hay muchos seres extraños, pero la idea tampoco es hacer un catálogo. De todas maneras, me resulta bastante novedoso que algunos puedan ser tan distintos a otros. Llego tarde a mi casa y trato de distenderme, pero si en el camino me cruzo con semejante personaje, no hay lugar para el descanso. En vez de ver el resumen de goles de la fecha o las mismas noticias que se repiten sin que me importen, me tengo que quedar pensando que estamos perdidos. Hay gente que corre mal: que no coordina los brazos con las piernas, que no levanta lo suficiente los muslos o que deja las manos rígidas contra el torso; pero guardarte las manos en los bolsillos…eso sí que es indignante. Entiendo que hay mejores y peores, pero éstos se esfuerzan; y, encima, no deben ser pocos. Lo importante es que no se multipliquen. Imaginen una sociedad llena de estos tipos, cuyo único objetivo es colmar nuestra paciencia. No se puede negar que incluso hay deportistas cuyos movimientos son un tanto incómodos cuando uno los ve avanzar: Messi agacha bastante la cabeza, Ginobilli deja caer las manos como dos péndulos al costado de su cuerpo y mi sobrino de ocho años, que no se puede comparar con estos dos, da pasos cortos uno seguido al otro, sin aprovechar la zancada y avanzar más rápido; pero lo cierto es que ninguno, pero ninguno de todos ellos se atrevería a guardar sus manos en los bolsillos. Otro trago largo, que deja apenas un fondo en el pequeño porrón color marrón oscuro. Habría que erradicar a estos sujetos. Hacerles una prueba. Hacernos una prueba. Todos; dos minutos corriendo en una cinta. No niego que ante tal experimento puedan surgir ganas de despachar algún otro de los que mencionamos antes, pero por lo pronto hay que empezar con algo. Nuestro destino como sociedad peligra mientras las calles se vean transitadas por personas que, ante el mínimo apuro, agarren velocidad sin pensar primero en que sus manos deben estar libres. ¡Por favor! A veces me dicen que soy terco, pero esto es obvio; la mayoría piensa como yo. ¡Me exaspera! No es este el mundo que le queremos dejar a nuestros hijos, ¡claro que no! Imaginemos que distinta hubiera sido la historia si alguien se hubiera opuesto a los grandes poderosos, porque ellos iniciaron sus acciones pasando desapercibidos, y de un día para el otro dominaron la ideología a nivel mundial, las costumbres, los gustos, todo. Así están iniciándose estos sujetos que pasan inadvertidos; uno no los ve, o piensa pobres engendros, pero mañana serán presidentes, líderes, modelos a seguir y, nosotros vamos a ser los extraños en un mundo en donde correr como corresponde sea cuestionar todo lo que se encuentra vigente. Inclino la botella, y la cerveza como mi paciencia se agotan dejando el recipiente vacío.


Gustavo Torres (Maka) -- Tres poemas

 (Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)


Atardecer en la terraza

Casas una arriba de la otra con paredes
piel de mandarina

Broche soga prendas colgadas ventanas ritmos
de Escaleras caracoles que se entornan en las nubes
llevan sueños en andas hasta el cielo de la loza 

El sol que empieza a jugar a las escondidas
entre algunos pájaros que vienen en dirección
de alguna leyenda de la vía

Mientras le saco el revoque a la fruta
que tengo en la mano
puedo ir viendo el olor de la paleta naranja
de pintor apasionado y soñador
que descansa sobre los techos 

Entre polkas vallenatos cumbias peruanas se posa
Latinoamérica en las terrazas
abona huertas que darán hojas
con las más bellas fragancias
se olerán en canciones 

y desde abajo en la terraza
se construye con ladrillos
la esperanza

Mujer Maravilla

Ahí están dentro de una casa
humilde, levantada por abrazos
tienen la piel curtida
de color quiero al otro.

Las ollas son tan grandes como el hambre
de la gente, el fuego tengo
la sensación de que en
estos días no se apaga nunca.

Las veo llorar
mientras pican cebollas, yo no me la creo
si son las mejores no es por la cebolla.
Lloran porque lo están dando todo
porque tienen tremenda responsabilidad
lloran porque no entran en su cuerpo
de tanto amor todos los días. Por eso
lloran y se pican el corazón y lo ofrendan
al guiso que está en la olla.

Me las imagino con una capa
en la espalda el viento
que le sopla en la cara. Y su mirada
puesta hacia el horizonte

Cuando termine
esto pienso: bailar
unas cumbias bien rabiosas.
Y abrazarlas en agradecimiento.

Te fuiste ayer ñeri

Te fuiste ayer ñeri
en siete tiros cargados de odio
madrugada fría que escribe
con sangre siempre en la villa

jamás nuestra vida le importó
a nadie: si no nos mata la yuta
es una bronca entre pibes

matémonos
pobre contra pobre
es la hipocresía del sistema
que insistente replica el televisor

esa mirada nos juzga
solo porque llevamos visera
y la piel color de barro
de indios descendientes
que antes sacaron
de sus tierras

disparar al cielo
lo que te vamos llorar
de nuestro nublado corazón
que ya viene encapotado desde chico
corte nunca sale el sol

hoy vamos a poner
la música al taco
hacer un fuego gigante
para que las sombras y luces
se dibujen en la pared
y aparezca tu cara
entre porro y licor
estás ahora con tu risa y tu vos 


Clarisa Moya -- Dos poemas

(Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)


Espuma de café

Notas acuareladas
sin márgenes precisos
prolongan la escucha
de la ruidosa intimidad
mientras cada minuto
se agita con firmeza.

Palabras sostenidas
en los renglones del amor
se agrietan y escapan
sin fronteras ni suspiros.

La tibia espuma de café
soluble y errante
manuscribe en el espesor
el aroma que esconde
la fuga de orillas
que orientan la celeridad. 

Mi borde y tu margen
lo propio y lo ajeno
bajo escamas de lo real
entraman sus colores.

Nos extralimitamos
hasta que las palabras
vuelvan a su cimiento,
el tiempo se destile,
y que la espuma de café
se disuelva en caricias.

Otro idioma

Alguna vez ha sido posible
conmover los avatares
de un silencio desesperado
en labios que sólo podían
callar o repetir lo mismo.
¿Dónde encontrar una voz
que haga crujir el despertar?

Lo inmutable siente el sonido
de los pasos que se acercan
lenta pero decididamente,
hasta que una mirada nítida
provoca en su alma joven
la más sutil tranquilidad.
¿Cómo evadir el enérgico azar?

Una canción y tres copas después
la soledad siempre vigente
se sumerge en el océano
de una pregunta en voz alta:
¿Tengo permiso para alegrarme
por el latido acelerado
de este corazón a estrenar?

Conversaciones, risas, gestos,
cuerpos, música, placeres,
escenarios que se montan
con una espontánea libertad,
imágenes capaces de narrar
un embrollo de novedades.
¿De qué idioma se tratará?

Una gramática indescifrable
monosilábica, discreta
que no se aprende: se escribe,
se pone en acto sin vacilar,
llena la mudez con presencias
contagiadas de deseos vivos.
Si es un idioma, quizás sea Otro…



Rodolfo Federico Della Croce -- Amalia y su soledad

(Trabajo del Taller de Guión Cinematográfico 2020.) 


AMALIA es una mujer de 42 años, separada que cría a sus hijos sola. Cansada de tanto trabajo  y muy aburrida con su cotidianeidad, duerme muy poco y  su vida social es un fracaso por ahora. La embarga una gran soledad. No percibe demasiado su vacío existencial y su pérdida del deseo, pero una serie de sucesos aleatorios y extraños, cómicos y algo desafortunados en apariencia, la conducirán por un nuevo camino más entretenido y profundo para su existencia. Este mundo agobiante de labores varias, en la oficina, la escuela de los pibes, todo lo doméstico, horas extras para changas y frustrantes desencuentros varios, la harán rebotar de su tediosa realidad y podrá mirarse de otra manera. En ese laberíntico, tragicómico y emocional fin de semana recuperará en medio de risas, llantos y otros sentimientos, toda su energía. Descubriendo con una sonrisa la música y el movimiento de un nuevo mundo, lleno de nuevas sensaciones. Comenzará a bailar tango y mucho más que eso, recuperará una nueva y contagiosa alegría sensual.

Jesica Delgado -- Aterrizaje

(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)


La puerta está abierta, la cortina que la cubre se mueve apenas con el viento y ella pispea la calle. Hace rato que no pasa nadie, sólo los perros cruzan, toman agua de la zanja y se echan en el pasto, a la sombra de los árboles de la cuadra. Cuando baje el sol saldrá arrastrando una silla al patio y esperará sentada el paso de la avioneta. De casualidad los miró la primera vez; se había levantado de un tirón sacudiéndose la cabeza, separándose el pelo con los dedos para sacarse una avispa enredada. El zumbido se detuvo rápido, pero siguió manoteando el aire por si acaso. Descorrió las manos de la cara y vio a los paracaidistas cayendo del cielo naranja. 

El ventilador le da de frente, toma un sorbo grande de agua y saca uno de los hielos que se achican en el vaso. Se lo frota por el cuello y las mejillas y tira el cubito al piso de cemento. La refresca un poco, pero después vuelve a sentir el aire pesado, denso, sentada como está, con las piernas estiradas sobre una silla, bajo las chapas calientes del comedor. Esa vez, cuando las tres siluetas ondularon sus globos fosforescentes en el cielo y desaparecieron detrás de los eucaliptos, se preguntó adónde habrían caído, cómo fue que tocaron la tierra.

Los que pasan miran también, de refilón o volteando la cabeza. Eso siente cada vez que escucha las pisadas sobre el ripio. Seguro que la tienen de vista; pero si ella los viera de camino, no sabría decir quiénes son. Se rasca la panza y ve una marca surgiendo en la piel tirante, una línea oscura que desciende por el ombligo. Le dijeron que no se rasque, que así le iban a salir más y que después se convertirían en gruesas cicatrices blancas. Que es porque va a salir con mucho pelo, dijeron también.


A Inés una pelusa clarita le rodeaba la cabeza a los cinco días de nacida, la primera vez que la vio. Es que doña Clara no quería estar sola con una beba en una casa tan grande y le dijo, yo te pago y vos me venís a ayudar. Pero nunca había mucho para hacer, alcanzaba con una limpieza profunda un día a la semana y después repasar. La beba casi no lloraba, tan rápido se acostumbró a ella. Al terminar la semana, en una bolsa metía huevos, harina, azúcar, manzanas, naranjas, leche, manteca a veces. Llevá esto a tu mamá, decía poniéndole la plata en la mano.

Anochecía cuando llegaba a su casa, si no estaba muy oscuro cortaba camino por el monte que había detrás. De a poco dejaba de escuchar el paso de los camiones en la ruta y empezaba a sentir el crujido de las hojas bajos sus pies, las abejas revoloteando sobre su cabeza, los pájaros moviendo las ramas. A lo lejos, lo primero que veía era la luz arriba de la puerta alumbrando el cuadrado pelado que la casa tenía adelante. Le barrían las hojas secas, pero nunca creció el pasto ahí, en esa tierra que era la misma de la que brotaron los árboles del monte.

La madre levantaba la bolsa del piso y acomodaba las cosas en la mesa. Ella se sacaba las sandalias sentada en la cama del comedor mientras su sobrino se le acercaba gateando. Al rato empezaba el ruido de los platos y las ollas apilándose en la bacha de la cocina. No te acomodés que te falta esto todavía. La madre le señalaba con la barbilla y se dirigía hacia afuera.   

   

El día que llegó, el barrio le pareció igual. La cuadra era una hilera de casillas de madera y casas con las paredes sin revocar. Al frente, un descampado de altos pastizales y, más al fondo, una fila de eucaliptos ocultaba el aeropuerto que vio cuando pasaron con el auto. Aunque sólo era un terreno alambrado con el pasto amarillento y algunas avionetas con la pintura descascarada, eso era lo único distinto. Deja caer las piernas, el piso está fresco y le alivia la hinchazón de los pies que se extiende hasta los tobillos. Mira las finas venas coloradas apareciendo a través de la piel tostada y hace un chasquido con la lengua.


Bajo el sol del mediodía, caminaba por el costado de la ruta las quince cuadras hasta la casa. Apuraba el paso si alguno se acercaba con el auto y le abría la puerta del acompañante. A él nunca se lo cruzaba porque volvía tarde. Sólo paró un poco cuando la nena era más chiquita, pero desde el principio la dejaba así. La doña nunca decía nada, pero ella le veía las mejillas hinchadas, los dedos gordos marcados en los brazos, las quemaduras del cinturón en las piernas. No se le olvida lo feo que el patrón le pegaba. 


Él le dice que no le va faltar nada, que tiene un terreno cerca del centro y que lo único que hay que hacer es comprar ladrillos y cemento, que acá tiene todo, para qué dejar plata, y cuando tenga tiempo la va a llevar a comprar un vestido suelto porque la panza se pone grande. Hoy temprano, antes de irse, dijo lo mismo que le viene diciendo. Mirá que acá todos me conocen. Con quién te hablás, si salís, quién entra. Todo me van a contar. Se para despacio, igual se marea, quiere vomitar. Alguien pasa por la calle, pero la cortina no se mueve y ella no se va asomar.


Esa vez estuvo en la pieza todo el día, ni un ruido hacía. A la tarde, cuando le faltaba poco para irse y preparaba una mamadera, escuchó que abrió la puerta. De reojo la vio agacharse para besar a su hija que se tambaleaba agarrada de un sillón. Después se puso a su lado. Este me va a matar. Yo me vuelvo a Buenos Aires. Vos le tenés que pedir permiso a tu mamá. Si querés, te venís conmigo. Miró a doña Clara y le pareció que tenía los ojos más verdes que nunca. Bueno, dijo. Y no le salió nada más.

Mi patrona tiene un trabajo para vos, le dijo un día su mamá. Ella venía cuidando a alguno de los hijos de sus vecinos o haciendo los mandados si alguien le pedía. Por plata o mercadería. Daba lo mismo porque en la casa ya eran muchos con sus hermanos y sus dos sobrinos. Su hermana mayor los dejó cuando decidió que era mejor ir al centro a trabajar con cama y verlos los fines de semana. Al principio, cada sábado aparecía a la tarde y se iba al día siguiente. Pero dejó de venir cuando consiguió trabajo en otra provincia. 

La panza de la doña era un bulto pequeño asomando a través del vestido el día que la conoció.

    

El tiempo habrá pasado muy rápido cuando tenga un hijo a los dieciséis años. Corre la cortina y nota que el sol está bajando. Aunque la picazón le arde, no puede parar de rascarse y hasta darse golpes en el vientre duro. Sí, el tiempo pasó muy rápido desde que lo conoció para estar ahora sola en el comedor de esta casa. No sabe por qué le hizo caso, si con ella estaba bien. Cuando llegaron se acomodaron en un departamento que tenía una sola cama y ahí dormían las tres hasta que doña Clara consiguió más muebles. Si alguien le preguntara, de ella nunca podría decir nada malo. Pero es difícil pensar en todo esto y entonces piensa en otras cosas.

Sale y deja la silla en el camino. Sólo las nubes se mueven en el cielo. No escucha el ruido de la avioneta, pero está convencida de que hoy caerán cuatro, como el domingo pasado. Acomoda la silla contra una pared de la casa y se sienta descalza cruzando las piernas, metiéndose el pasto entre los dedos. Todavía le gustaría verlos cuando aterricen.


Adelfa Mosqueira -- Cuatro poemas

 (Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)


El viejo eucaliptus
sigue dando
hamacas, mi balanceo
lo acompaña

Tu pesimismo
me alisa la mota
hasta con bigudí puesto
me rodea en si menor
me persigue en bicicleta

está tan pobrecito
que ya
no será necesario
matar.

Poesía

En vos, el dolor
no hace hogar

y el amor no es
sólo garantía

para la especie.

Aquí no es posible
el destierro.

El asesino de mí
se suicida.

La muerte duda.

Y no es venganza
es Justicia.

No te conocí cuando tus ojos
se esforzaban por ser de cielos.

Ni en jugueteadas charlas
entre vecinas nuevas
sobre viejas pérdidas
y los trabajos para la esperanza.

Sí me quedaba mirando
cómo el negro labrador y la grisecita
razaperro, como síntesis de tu pedigrí,
escoltaban tus furiosas caminatas

huidas? donde el hermanito
torturado matado desaparecido
te hacia señas
desde tanto doler?.

In memoriam de Florencia, vecina.


Germán Videla -- Nuestro destino

(Trabajo del Taller de Guión Cinematográfico 2020.)


(“Nuestro Destino” cuenta la historia de TOM y ELIZABEHT, quienes lucharan por conseguir la felicidad que tanto desearon en sus vidas, pero eso conllevará un arduo trabajo que los llevará a tomar decisiones muy difíciles que pondrán es riesgo su relación.)


TOM es un joven de 22 años que perdió a sus padres cuanto tenía 16, el siempre soñó con ser un baterista de jazz y poder ser alguien en el mundo, pero luego de la muerte de sus padres, TOM y su hermana ELIZABETH buscan la manera de sobrevivir a la vida como pueden, ambos intentan de estar lo mejor posible a pesar de la situación que viven, pero no siempre pueden lograrlo de la mejor manera posible, TOM tiene un trabajo con el cual se mantienen él y su hermana, siempre fueron muy unidos.  Un día TOM se encuentra con una chica llamada ELIZABETH, que es una saxofonista y bailarina profesional desde que tiene 13 años, cuando ella llegó a ser mayor de edad, intento librarse del mundo de la fama, pero nunca pudo; ella siempre soñó con tocar jazz con personas que vivan y sientan el jazz, y también que alguien la ame por como es y no por quien es en realidad, pero TOM no sabe quién es ella, entonces la trata como a una persona más; con el tiempo ellos se siguen encontrando, ambos conocen a sus familias, pero prontamente sus deseos por cumplir sus sueños se interponen en su relación, lo cual hará que tengan que decidir entre cumplir sus sueños o ser feliz con la persona que aman.


Paola Corazza -- Tres poemas

(Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)


Periferias

Periferias con calles de tierra
y puertas sin llave
con ritmos que me hacen
volver a la infancia
cuando todo sucedía
con una entrañable lentitud.
Evoco aquel estado
mientras el sol cuela sus rayos
en mi agradecida espalda
a modo de abrazo
y el humo del mate
serpentea códigos extraños
que sólo los ancestros
se atreven a leer
Es la hora mágica
en que el silencio habita las mañanas
en la espesura del bosque
prístino, imponente
en esta soledad de voces
que aturde de silencios
y por momentos nos regala
la inefable oportunidad
de vislumbrar un chispazo
una luz, una certeza
de gestar una quimera
para imaginar lo nuevo:
lo inexplorado que renace
una y otra vez.


Reflexión acerca de las miradas sobre el Otro


Propuesta

Vengo a proponerles
un sueño
encaramado en la rama
de un laurel
que yace moribundo
desde hace tiempo.
Como hiedra persistente
mece sus hojas al viento
que a veces se deslizan
y caen
en tiempos de duro invierno
para sembrar la tierra
de amaneceres
y brotes tiernos que emergen
tímida y decididamente
como una vida perpendicular
en la chatura del suelo.

Laura Ponce -- Encontrado en una botella

 (Trabajo del Taller de Escritura para Adultos 2020. Género: cuento.)

18/7

No hay un día que no me arrebates tiempo y energías preciadas, aun más para este convaleciente. Me enfurece pensar en todos los momentos que me restas con tu, tantas veces deprimente y desesperante, situación. Herida abierta que nunca cura y se necrosa. Se me ocurren deducciones crueles e injustas. Quiero gritarte mirándote a los ojos y que mis gestos encarnen más la daga en tu piel. Peor aun, a veces fantaseo con desaparecer, de tu existencia claro, continuar con la mía con los pedazos que queden, pues quitarte a ti de mí sería desmembrarme en casi todas mis zonas; tuyas siempre fueron hasta las íntimas, las más básicas para andar y hablar. Quizá en realidad nunca llegaron a ser mías. Quizá seguimos en esa simbiosis, en que alguna vez fuimos felices, serenos al escuchar el ritmo de nuestros pechos. Pero qué lejana y desconocida queda esa sensación, no por los 33 años transcurridos.

Mi voluntad, por gran parte de mi vida, era la tuya, adornada por mis consideraciones. Realista, prudente o maduro me decía, cuando yo apenas me apropiaba de los pequeños detalles que me permitían tener, al menos, una mínima singularidad en verdad propia, y no aquella que queda de tus deseos y proyecciones. Manchaste y pudriste mi libido, con una tinta moralina y pecaminizadora; ya hace más de un año no concluyo un acto sexual compartido, diría que tampoco conmigo mismo.

Un perrito apareció en escena y es inevitable sonreírle, se me olvidaron parte de mis pensamientos, así soy de momento. La ira es intensa en mí, como en casi todos supongo; me recorren recursividades para el placer de cada rencor e indignación de mi ser. Me gusta que para balancear la intensidad, la duración sea efímera, porque cuando estoy así mancho todo con mi bilis y a veces queda así un tiempo, como la señora de a media cuadra, que osó juzgar a nuestra pequeña familia, y que ni se merece tanta atención.

¿Y cómo enojarme por más tiempo? Es retórica, pero aun así también es ridícula esta pregunta. Yo mismo no me lo permito, busco con la mirada el perrito, el cielo estrellado o una escena cotidiana y cordial en la calle. ¿Cómo admitir mi enojo? ¿Justicia? Ja. ¿Naturalidad acaso? ¿Reparación? ¿Resistencia? Quizá un poco, pero ¿para qué? Si ya no creo en la idea que me heredaste, de que sanaremos luego de morir y que un señor hará “justicia” por lo que fue y lo que no pudo ser. A estos 33 años me remito y afirmo que haciendo indefinida a esa tolerancia e inercia, solo caemos más profundo. De acuerdo, no hay que acumular, pero ¿dejar que salga? ¿Sin andar luego como alma en pena arrepintiéndose de sus arrebatos? ¿Por qué siempre me queda un gustito de culpa?

 

19/7

No hay un día que pueda volver temprano a mi soledad. Mi soledad, ni siquiera puedo llamarla “mi” soledad. Y me vuelve la bronca. Se que no había dicho bronca, había dicho ira, pero ahora muto. Cuando veo que otro espacio más... me lo sacas. Ni siquiera llegué a tenerlo esta vez. Me lo sacas sin siquiera tenerlo, eso es. Así se resumen mis sueños, caen antes de ser siquiera realmente sueños. Solo son una insinuación de la imaginación que ni siquiera llego a reconocer como tal en mi cabeza. Mi ilusión se extravía, pero cae, como en un puente a medio construir. En realidad, estaba roto. ¿Te imaginas cómo sería la vida si yo tocara el violín? Si no hiciera más que practicar y crear. Mi tiempo... se rescataría del tacho por arte de los tonos melancólicos tan variados como los matices de un azul. Irme a dormir olvidándome de las circunstancias y llenándome de posibilidades armónicas, con ritmos cada vez más apropiados. ¿Cómo sería la vida si trabajara en... si hubiera crecido en un vivero? Si cuanta naturaleza me rodeara fuera pacífica y apacible como la amansada por el cultivo; cada tanto algún lagarto, violentamente veloz, pero no más que eso. Y la mejor parte, una familia amansada por un vivero. Aunque creo que nuestra manada sin esta ciudad que nos combustiona, en la que somos extraños con temor por lo que nos refugiamos en nuestro bunker hasta del Sol.

Entonces, nada.

 

20/7

Me da bronca porque me olvidé una vez más de mis cuadernos, de mis ideas, de mis consuelos y mis divagaciones complacidas. Me lo olvidé como siempre, haciéndome cargo vos, de él; son bien distintos, pero casi que significan lo mismo. No hay un atardecer que no esté manchado, no hay un día completo para mí, porque no existe; al menos nunca ha existido. En los días que no te vi, que no los vi, en los que no hablé con vos, al menos seguro te pensé, tanto como para adivinar qué me dirías. Tu opinión es como el Robin de mi Batman, siempre ahí. Pero este es un Robin desdeñoso y confabulador. Un Robin que todo lo ve y todo lo sabe, que proyecta sus planes en un Batman que nunca estuvo a la altura de tener un objetivo propio. Es solo un sueño. Es solo sueño.

Me olvidé mis libros. Mi bronca quiso decírtelo, para que sintieras un poco de esta culpa. Pero no, no voy a darte ese placer, porque en vos la culpa no es como en este ser maltrecho. A todos acá nos hunde más en la miseria emocional, sí, pero pareciera que a vos te gustara perder; para vanagloriarte de tus victorias. De tus guerras. Un soldado sin guerra, no lo sería, y cuanto mejor si lleva medallas de horror. Por eso todas tus penas cumplen roles importantes en tu teoría de la vida, de vos. Porque sin ellas ¿qué serías? Una señora más. Quizá de aquellas, estragos de un vivir ya escrito y no por ellas, que arrastran las pútridas creencias confortantes de su época que las mantuvieron en la locura. A las que la mayoría rehúye, por lo que andan mendigando una poca de atención con ánimo moribundo. Que te topas por ahí, con una mirada que exclama: “Por favor háblame, que mi mente no respiró en todo el día”. Es lamentable, y claro que las comprendo; así vamos todos, en mayor grado en cuando nos vamos dando cuenta de que quedamos y quedaremos obsoletos para una ciudad que ya nos usó. Más aun cuando te veo en ellas, cierto intento de transferencia diría el paidólogo que nos trató, les continúo las charlas con cordialidad, no siempre, pero más que tantas para arrepentirme. Rara vez termina bien, pues todo parece arrancar con una buena intención, una mirada tierna y amable, amable solo con vos. Que te comenta la dulzura o las penas de su familia, de su jardín o propias. Cómo la rema con el reuma, la presión alta y la artritis de la rodilla; con la decadencia del cuerpo. Decadencia que ojalá solo fuera del cuerpo. Una ser que compulsivamente sale a la espera de que alguien la mire, gestos y ojos semi-comprensivos. Ojalá solo el cuerpo sufriera procesos de descomposición. Las mentes, esas mentes, nuestras, más aun de los que ni se dan cuenta, lo digo desde la experiencia patrimonial: chorrean alaridos por misericordia, quieren piedad. Y más aun, como no tienen, la piden, como no tienen, la quitan, la escasean y ratonean. Claro que son amables ahora, pero qué tal con la vecina del piso de arriba que es madre soltera, el pibe que viste ancho y no anda con cara de hipócrita, el señor que toma de su trago solo; ayer en una mesa, esta tarde en la vereda, en la mañana por la plaza, buscando compañía con extraños. ¿Acaso no hace ella lo mismo? ¿No se droga y busca algún extraño con quien desahogar su conciencia entumecida? ¿Y qué escupe? Malas noticias y malos augurios, casi pareciera maldecir todos los tiempos; ¿cómo podría decir otra cosa? Acá es donde tengo miedo de seguir este camino juntos y ser calcos análogos de esas gentes. Es que esa predisposición es contagiosa, en ciertas circunstancias inevitable, ¿no, madre? Le gusta lucir un traje hecho a la medida y artesanal de cordero. Luego de sintonizarte, el mundo ya está en el suelo y ustedes hacen de comentaristas. ¿Qué se mezcla para ello? Además de la decadencia indesligable del espíritu acomodado y hecho para esta época; que construye una cotidianidad que lo va corroyendo con amargura. No por la rutina misma, sino por lo lejanas y contrapuestas que terminamos dejando todo aquello que nos movilizó el corazón. Lo deseado toma la forma del capricho, que no depende de uno ni del qué ni el cómo. Se combina con este gran desperdicio de vida: el peso del tiempo, que como con todo, le abre paso para seguir cayendo aun más. Inevitablemente, si no se tira abajo este camino destinado a la muerte crónica, una pestilencia cada vez más amplia e intensa destilará su ser al pasar las historias. Y acá estamos sentados tomando un absurdo té, con los sentidos insensibles.

Y ahora nada y se ahoga. Nada y se vuelve a ahogar, en la salsa de su bilis con las babas que no supo tragar. Espesa y estancada, que ha atrapado los olores y sabores de los restos de todo aquello que alguna vez la conmovió. Los restos de aquello que alguna vez sintió intensamente y no supo tragar. Harta y cansada, te acomodaste en lo espeso y denso; que va absorbiendo las luces y aires frescos de cuanto lo rodea. Cada tanto, uno come de esta desazón por elección. Nos servimos todos del gran plato, entusiasmados y expectantes ante la incertidumbre que nos dan los nuevos síntomas del avance de tanta enfermedad. Hay quienes comen asqueados, y sin embargo, se sirven una gran porción. Refunfuñando, pero sin obligación. Y es que el alma necesita, disfruta de que simplemente algo ocurra, que le sacuda las emociones e impresiones amarillentas, y si es necesario, que manche cuanto sea. Porque claro que no le alcanza con lo placentero y natural de comer, defecar y rascarse. No satisface los deseos, pálpitos y extravagancias de un ser humano, aun más en aquel que probó la vigorosidad de la afirmación que le hace frente al miedo natural. Con todo esto solo me doy ánimos y argumentos para volver a salir, sabiendo que no habrá vuelta atrás, esta vez yo no me y no te lo permitiré, aunque no sé cómo haré. Si hasta me armabas parámetros para bailar de manera adecuada. Ahora todo no es solo incómodo, quema, como el reproche que no se las de la de tal, “recuerdos” me decías con cariño, de cuando tragaste, te ahogaste y soportaste a este traste sucio que te dejó dentro el otro sucio con el que desayunas la desgracia cada día.

 

21/7

Allí esta la juventud con su tiempo libre, disfrutando el calor del sol. Yo logré huir a tiempo para ver su luz, hoy pude. Pero no alcanza con el cuerpo, mi mente sigue ahí. Quisiera, claro, poder traerla conmigo y pasearla por el pasto y mirar juntos ese perro. Así de escindido deambulo por las calles de este rectángulo de ciudad. Puedo imaginar que les parecería un absurdo lo que digo, ya no me importa, feliz cumpleaños a mí. Y al final solo es decir lo evidente, nuestra fragmentación es inescapable, precio de una cómoda caída libre. Lamentablemente no guardo en mí tantos deseos como para pedazo y como quisiera, pero sí distingo uno, que le pertenece al ahora. El unirnos del todo, todos, con el presente. Ese si sería un obsequio para este anacoreta. Simplemente estar de lleno en todo esto. Y que cuando pasemos por una plaza respiremos la vida, miremos al cielo con ojos grandes tratando de comernos cada matiz, y al caminar tratemos de hacerlo lento.

Silencio. A veces gano una batalla y obtengo silencio. Pero como no soy buen ganador, mancho la victoria con sobre-pensamientos, críticas sin propósito disfrazadas de constructivas y justas; que tiran abajo mis defensas apenas construidas, ¿soy yo o ustedes acaso? No sé si ustedes dentro mío ocupan más espacio que afuera. Y escupo, cuando me lo fumo escupo, yo todo negro y puro, contaminado por la palidez del humo con su sabor invasor. Yo solo quiero exprimirle su efecto depresor, un bajón de presión y la distracción que da el fumar, así tus palabras se acomodan al ruido vacío. Una vida de creerles todo solo puede avanzar a dejar de creer en algo. Consumir, porque yo como la señora, también tengo mis sustancias. Y la señora somos todos, y vos, vos y él, más que nadie. Por ese tema del tiempo, ¿viste? Es en vano mi pregunta, porque nunca la escucharás de mí, pero igual lo digo, lo que hace más difícil lo vuestro es el peso del tiempo en sus sesos ya aplastados.

Allá pasa un pibe, con paso ligero, degustando el bosque con la mirada. Yo apago el pucho pensando en que no tengo amigos, arruiné cada oportunidad, y a consciencia. Pues son peligrosos, ¿solo en la familia se puede confiar? Por ahora no toleraría la presencia de alguien nuevo. ¿O eran ustedes los que no lo toleraban? Y sin embargo sé que al cabo de un rato, por algún momento me distraería y zambulliría en sus palabras con atención, olvidándome de mi persona. Somos intensos, lamentable y favorablemente para mí; nos hacemos más problemas de cuanto se pueda, los del entorno, los de ayer y los de mañana; a veces si nos enteramos, los del lejano. ¿Qué más podría hacer con la historia de ustedes entonces? Sino torturarme como vos me enseñaste, y nunca soltar. Así durante horas, días, hasta meses, quizá la vida entera, se me puede ir, se me fue, buscando una respuesta. La mente tiene algo de maliciosa y trae al presente frecuentemente los recuerdos más ofensivos, ¿o solo soy yo? Aunque por primera vez recordaba algo bueno de aquel único viaje largo que hicimos cuando tenía 7. Fue que “escalamos” un cerro para quedarnos admirando la ciudad a sus pies, que ustedes me iban presentando. Así como hacían con el resto del mundo conocido. Me dieron las primeras impresiones de todo cuanto cabe en una mente inmaculada, y cómo negarme, si todos arrastran malas intenciones, según ustedes, no puedo confiar en nadie más. Todo cuanto mirábamos era bello, cruel, despiadado, miserable, egoísta y altanero. Y ahí están mis amigos, los que a veces niego, mostrándome las múltiples caras del mundo que siendo altanero, también se queda con sed por darte agua, y vomita para alimentar las plantas. Pareciera que nunca conociste tal nobleza, te quedaste en el miedo y desde allí me gritaste con pánico. Yo hice lo mismo, hasta asquearme, y por respirar tuve que salir de ahí. Cuánta culpa y pena me costo, pero mi ser en el fondo no se arrepentía, había probado de la copa de la vida un sorbo de aire nuevo. Y ahí, mientras andabas siempre tan siempre cansada y ocupada, yo me aventuraba por los rincones de la ciudad, de la casa, del sótano y del árbol de enfrente. Mis refugios sin reparo. Haciendo mi pequeño espacio, sin paredes, pero donde ustedes no llegaban. Ahí desapareciendo del mundo, pero siendo más que nunca parte de él, sin que nadie pudiese llamarme. Y no independientemente, pero sí con la mano más ligera, iba poco a poco (y no sin mucha inseguridad) dibujando juicios propios. Parámetro humano necesario para decidir hasta lo más mínimo. Y mis acciones, como hojas en el viento, como las de un niño de diez años, iban planeando en el aire sin las turbulencias que, con la edad y comunidad, se las tira al piso. Inconveniencias convenientes para tirar la voluntad en pos de una tranquilidad aberrante, un silencio funerario en las almas y casas, donde nadie se divierte. Para parar cualquier actividad real y considerar opiniones imaginarias. Y como inevitablemente estas corrientes chocarán con los garabatos de un niño y las líneas de los padres, se generan juicios abominables como creado por Frankenstein. Se contradecirá, y luego reafirmará la incongruencia, para quedarse en la nada que no estorba. Por eso cuando te odio (sí, venimos de la bronca y de la ira) me asqueo. Casi que no puedo decirlo, y me odio a mí mismo por pensarlo, porque no te odio, yo te amo, yo los amo. Pero solo quien ama es capaz de odiar así, ¿no? No, no…

Creo que me es una urgencia decirlo, reconocerlo al menos. Y sí, ¿cómo no te voy a amar?, ¿cómo no te voy a odiar? Y si me dañaste en tu ingenuidad e inocencia de quien lastima por cuidar y defendiéndote te golpea. De quien no tuvo tiempo de pensar, apenas para pelear. Y miro al costado, y pienso que no te mereces ser odiada por esa porción de mí que lo siente intensamente. Que es imposible hacerlo, porque la vida es austera y miserable para pensar en eso… y vos hiciste lo que supiste. No quisiera ni decirlo en voz alta, pero algo me incita a hacerlo. ¿Y cómo? Si no eres consciente de los porqués, y jamás lo harías adrede. Y está demasiado por demás aclarar que no tienes la culpa, porque ni enterada estabas de lo que pasaba, de lo que se gestaba y enraizaba en nosotros. Ni lo estás de mi auto obsequio. Estoy de más yo, porque hay tanto en lo que no te entiendo, tanto inimaginable, que me parece un pecado odiar, en general, pero hacia ti, un sacrilegio. Te lo dije por primera vez el 18 de julio con mirada confusa: yo te amo. Pero consecuentemente a los mismos motivos: también te odio. Porque al andar es casi inevitable ensuciar.


22/7

¿Qué haré al hundirme para correrlos de mí? Aunque me parezca imposible, es vital hacerlo.

Sé que a veces ni te percatas de que lastimas y otras disimulas, como un niño. Y yo me quedo sin espacio, es muy literal. Otra vez la angustia está en mi cama. Porque no sé ir más allá. ¿Por qué no sé ir más allá? Cuando me fui bien lejos un buen tiempo, siempre me obligabas a volver con tus anuncios lastimosos, y por lógica familiar yo debía acudir. Lo peor es que no quiero a nadie. Lo máximo que podría admitir sería una presencia animal y al final ni a ti te quiero. Fantaseo con una caja para mí solo, oscura y fresca, con un toque húmedo y eterno.

Y mientras me voy percibiendo, veo con pena que cuanto pienso, digo y hago es ridículo, hasta ese mismo orden. De todo y todos, resulté una nada asquerosa que vive arrepintiéndose y dudando, pero no hoy. No me iré con mis pedazos, lo dejaré todo aquí en estos cuadernos que desaparecerán en el agua, como todas mis desavenencias, como todo tu cuerpo, que nunca llegó a ser mío, y elijo robártelo, para lanzarlo vacío.


Sofía Bellini -- Tres poemas

(Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)


Des-encuentros

Lo puedo ver desde la ventana:
deambula hace más de media hora
entre la puerta blanca y la esquina
mira el celular y luego clava
la mirada hacia la nada
una y otra vez.

Finalmente se sienta en el cordón.
Con sus dos manos
lo aprieta con fuerza, lo guarda
y entierra la cabeza entre sus piernas.

Lo pierdo de vista
y cuando vuelvo la mirada
se deshace
a paso lento
por la cuadra.
Pasa un colectivo interminable

Por la puerta blanca
sale una mujer
con la vista hacia ambos lados
su reloj en la mano
se sienta en el cordón.

Memorias

Me hablaste de perros
aullando, memorias pasadas
rastros de sangre
árboles que se entretejen:
cicatrices.

Saltos en el tiempo
lagunas mentales
hay cosas que
nuestra mente
prefiere olvidar.

Mejor dejarse
encandilar por el sol
mientras pega
una brisa fresca
que sostener una mirada
cuando nos espeja.

Las ropas apretaban
el torso hasta dejarlo
sin aliento y los pañuelos
ocultaban lo deseable
innombrable.

Parches sobre los labios
y una mirada
que se perdía para
no encontrarse.

¿Acaso te preguntaste
de dónde surge
lo prohibido?

Turrones azucarados
para no recordarnos
ni escuchar las tripas
que crujen
a gritos ¡memoria!

Plazas

A unas cuadras
se escucha: “Quedate
tranquilo en casa
lavate las manos
mantené una distancia
prudente”.

Ellos sólo levantan la mirada
al cielo ruegan que esta vez
no les pregunten qué
hacen en la plaza.

Seis ojos con las miradas
perdidas las narices frías
sin muecas de esperanzas,
sin alcohol en gel, sólo
un bolso con medias
y otro con carilinas.

A ellos, los aguarda un
barrio sin agua hace varios días
una madre adolorida
un padre ausente
y dos hermanas que les cruje
hasta el ombligo.

Cómo se encuentra espacio
para la prudencia
en lugares donde
sólo habita el olvido

donde la quietud,
significa rendirse
a un destino
desigualmente prefijado?

Por el costado
pasa un tapabocas magenta,
combinado con la soguita
de su perra
que huele a jazmines:
Quiere comprar unas medias
señora? escucha y ella,
toma distancia
y sin siquiera mirar,
responde, “Te agradezco”.

Nuevamente cae la tarde
los bolsos siguen llenos
y las manos vacías:
la plata apenas alcanza
para un vino de esos
que al menos
nublan por un rato
la memoria.

A una hora de distancia
en otra plaza del país
queman barbijos
como símbolo
de protesta: al virus
unos pocos, parece
que tienen tiempo
de ponerlo en duda.

Andrés Díaz -- Querido Diario:

 (Trabajo del Taller de Escritura para Adultos 2020. Género: cuento.) 

Querido Diario:

Desde la última vez que escribí tengo un par de cosas para contarte:

1) La AYAHUASCA es un verso para quitarte guita. Pagué re–caro un frasquito de morondanga y ni cosquillas me hizo. ¡Nada, absolutamente nada!

2) Tuve relaciones con un duende en la cima del Uritorco mientras un hada y un extraterrestre nos miraban.

Como te conté la vez anterior, que terminamos con Fernando Tangalanga –pariente lejano del Dr. Tangalanga, pero para mí siempre va a ser Fercho Tangalanga–. Me sentía muy mal así que me dije: "Sabrina, Sabrinita, es hora de cambiar de aire, de renovarte. Abrirme al universo y recibir cosas buenas". Ahí nomás hice las valijas y me fui a Córdoba con el primer lugar más barato y rápido que encontré: un centro de jubilados. Ellos muy amables y ellas me enseñaron 30 formas distintas de usar un papagayo. Llovió toda la semana y cansada de dormir la siesta todos los días, me escapé por mi cuenta. Entré a un pequeño local y ahí me estafaron con la maldita ayahuasca. Pero me cantaron la posta, con los días de lluvia y truenos como era ese día, se veían más O.V.N.I.s por la cima de la montaña. Diluí la sustancia con mi agua y empecé mi camino. En mi caminata, y nada de ir por el sendero turístico, todo por la naturaleza, comencé a vibrar con la montaña. Los dos éramos uno vibrando al unísono. Al llegar a la cima, ahí estaba él; chiquito y verde, recostado sobre una piedra. "No te asustes, vengo en son de paz", le dije con mi mejor Inglés haciendo la señal de paz que aprendí del Señor Spock. "Pasá, vení, no hay problema", me respondió con acento cordobés, cosa que me llamó mucho la atención. "Soy Luciano C. pero me podés llamar Lucho." Empezamos a hablar y ya en confianza terminé sentada sobre sus rodillas. Sin pensarlo dos veces, le pregunté si lo que dicen de los duendes es verdad, si es tan grande como dicen. Me dijo que sí y se ofreció a mostrármela si prometía no tocarla. Hice mi juramento de Niña-Scout levantando dos dedos y me tapé los ojos.  Escuché unos ruidos raros y al abrirlos mi mandíbula cayó al piso. Mi Moni Argento interior se apoderó de mí y mi promesa voló por los aires. Me abalancé como una loca desesperada sobre esa cosa enorme: una gigantesca olla de metal con monedas de oro brillando delante de mi cara. Cuando me regaló una, la pasión y la lujuria sacaron lo mejor de mí y terminamos yaciendo en el suelo húmedo de la montaña. Me sentí plena y completa sabiendo que era la primera mujer en tener relaciones con un duende Cordobés en la cima del Uritorco. Al terminar el show, un hada y un extraterrestre se acercaron y le dieron cada uno una moneda de oro y las gracias por dejarlos ver, como siempre. "¿Cómo te creés que las conseguimos a las monedas?", me explicó Luciano. Cansada, aturdida y humillada, regresé a mi hotel. ¡Qué ingenua! Pensé que era única y especial pero nada que ver. ¡Esa olla estaba llena de monedas! A pesar de todo, fue una experiencia única en mi vida. Y lo mejor de todo es que me traje dos recuerditos, una moneda de oro y el otro esperemos que se parezca más a mí que al padre.

Sabrina R.


Valentina Cantero -- Esa mañana

 (Trabajo del Taller de Escritura para Jóvenes 2020. Género: cuento.)


Todo ocurrió una noche de agosto. El 21, para ser exactos.

Esa mañana Eric se levantó. Aquel día era uno como cualquier otro. Apresuradamente bebió una taza de café que el mismo se preparó. Debía llegar temprano; trabajaba en la estación de policía numero 44 como detective. A las 19:30 salia del trabajo; le tomaba 30 minutos llegar a su casa.

Al llegar se sirvió un vaso de whisky con unos cubos de hielo, se sentó en el sillón de la sala, cerró los ojos y nunca los volvió a abrir.

 

19 de agosto 20:30pm

Eric estaba sentado en el sillón de la sala con un vaso de whisky mientras esperaba la cena. Luego de un rato su esposa llamó a la mesa. Sus brazos amorotonados le daban un aspecto lúgubre pero aún así su belleza resaltaba.

 

20 de agosto 20:15 pm

Un fuerte grito femenino se oyó en la cocina. Thomas rápidamente acudió al lugar. Su madre estaba tirada en el suelo; su mano izquierda tapaba su ojo derecho; su padre estaba enojado como muchas veces lo había visto.

No era la primera vez que golpeaba a su madre.

 

22 de agosto 10:00 am

Informe forense

Causa de muerte: envenenamiento.

Residuos de whisky en sangre.

 

21 de agosto 13:00 pm

–Cariño, pon esto en el freeze. Son especiales para papi –dijo, tendiéndole la cubetera llena de agua.

Thomas hizo lo que su madre dijo; luego fue a ver televisión.

Gloria esperaba impaciente a su hombre. La tortura constante acabaría. Un poco de whisky, unos cubos de hielo especiales y listo: ese imbécil no volvería a tocarla, ni a ella ni a su hijo.

 

 


Gloria Arrúa -- Dos poemas

(Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)


Los naranjos
se posan sobre la riviera,
es época invernal.
La noche escapa de su centro.
Supera la redención de un espíritu.
Su fe de estrella ha caído,
se ha vaciado el sonido de su voz en el destierro.
Recrudece su color,
avanza su fe
en la cima de una armonía segura.
Vierte el sol su bendición,
en tanto el agua vierte su hermosura.

Llueve
de tal modo
llueve,
que me voy sintiendo
más madura.
En un éxito mortal,
cruza la aurora un ejercicio fugaz,
que aflora de una estrella verde entumecida.

He dejado atrás
la tibia pena de no verte.
Voy hociqueando
el vuelo de un pájaro de bruma.
Rezo tres aves Marías,
agazapo mi juventud,
me sumerjo
en la sed
de aquel que vigila,
la piel de la noche.
Todo lo que su desnudez
pregunta aún sin respuesta alguna.