(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
Gabo Ferro
Este blog pertenece al Área de Letras de la Escuela Taller Municipal de Arte de la ciudad de La Plata (Buenos Aires, Argentina), para la difusión de sus actividades y de la producción escrita de alumnos y ex alumnos, como muestra permanente.
(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
Gabo Ferro
Gandhi
(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
Apenas había anochecido cuando llegué a casa y, casi por inercia, abrí la heladera para sacar una cerveza. La destapé, y me quedé pensando. ¡Cómo me molesta la gente que corre con las manos en los bolsillos! Tomé el primer trago. No es que me enoje de la nada con estos seres poco convencionales, sino que en el camino de vuelta tuve la desgracia de toparme con uno de ellos. Para más, no sólo se dignó a cometer tal aberración, sino que encima lo hizo para cruzar la calle. Volví a empinar la botella y la temperatura estaba ideal: bien helada como para que ayude a calmar mis revoluciones. ¿Qué se te tiene que cruzar por la cabeza para apurar el ritmo de tus pasos sin sacar las manos de su escondite? Es una imagen digna de una potencial víctima de bullying, si la misma se reprodujera en el patio de un colegio primario. Pero, cuando el autor es un sujeto de unos veintitantos, resulta un poco más preocupante. Bebí otro trago. Lo pienso. Para correr con las manos en los bolsillos a cierta edad tenés que haber atravesado otra etapa de tu vida en la que nadie te haya advertido que, lo más probable, es que tu frente termine raspada en el impacto contra el piso. Algo faltó a lo largo de tu infancia. En concreto faltó un grito: ¡sacate las manos de los bolsillos que te vas a matar boludo! Ahora bien, o ese grito nunca existió o nunca le diste pelota. ¡Qué gente! Tenemos el país que nos merecemos. Mirá si te voy a pedir que votes bien, mientras haya gente que corre con las manos en los bolsillos. Sería bastante injusto. Vuelvo a inclinar la botella y ya se acerca a la mitad. Tendrían que hacerlas más grandes. No hay opción, o te tenés que bajar un litro entero como si fueras un borracho, o si no, tenés estos porrones que dan lástima y se acaban en cinco segundos. Hay muchos seres extraños, pero la idea tampoco es hacer un catálogo. De todas maneras, me resulta bastante novedoso que algunos puedan ser tan distintos a otros. Llego tarde a mi casa y trato de distenderme, pero si en el camino me cruzo con semejante personaje, no hay lugar para el descanso. En vez de ver el resumen de goles de la fecha o las mismas noticias que se repiten sin que me importen, me tengo que quedar pensando que estamos perdidos. Hay gente que corre mal: que no coordina los brazos con las piernas, que no levanta lo suficiente los muslos o que deja las manos rígidas contra el torso; pero guardarte las manos en los bolsillos…eso sí que es indignante. Entiendo que hay mejores y peores, pero éstos se esfuerzan; y, encima, no deben ser pocos. Lo importante es que no se multipliquen. Imaginen una sociedad llena de estos tipos, cuyo único objetivo es colmar nuestra paciencia. No se puede negar que incluso hay deportistas cuyos movimientos son un tanto incómodos cuando uno los ve avanzar: Messi agacha bastante la cabeza, Ginobilli deja caer las manos como dos péndulos al costado de su cuerpo y mi sobrino de ocho años, que no se puede comparar con estos dos, da pasos cortos uno seguido al otro, sin aprovechar la zancada y avanzar más rápido; pero lo cierto es que ninguno, pero ninguno de todos ellos se atrevería a guardar sus manos en los bolsillos. Otro trago largo, que deja apenas un fondo en el pequeño porrón color marrón oscuro. Habría que erradicar a estos sujetos. Hacerles una prueba. Hacernos una prueba. Todos; dos minutos corriendo en una cinta. No niego que ante tal experimento puedan surgir ganas de despachar algún otro de los que mencionamos antes, pero por lo pronto hay que empezar con algo. Nuestro destino como sociedad peligra mientras las calles se vean transitadas por personas que, ante el mínimo apuro, agarren velocidad sin pensar primero en que sus manos deben estar libres. ¡Por favor! A veces me dicen que soy terco, pero esto es obvio; la mayoría piensa como yo. ¡Me exaspera! No es este el mundo que le queremos dejar a nuestros hijos, ¡claro que no! Imaginemos que distinta hubiera sido la historia si alguien se hubiera opuesto a los grandes poderosos, porque ellos iniciaron sus acciones pasando desapercibidos, y de un día para el otro dominaron la ideología a nivel mundial, las costumbres, los gustos, todo. Así están iniciándose estos sujetos que pasan inadvertidos; uno no los ve, o piensa pobres engendros, pero mañana serán presidentes, líderes, modelos a seguir y, nosotros vamos a ser los extraños en un mundo en donde correr como corresponde sea cuestionar todo lo que se encuentra vigente. Inclino la botella, y la cerveza como mi paciencia se agotan dejando el recipiente vacío.
(Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)
Atardecer en la terraza
Casas una arriba de la otra con paredes
piel de mandarina
Broche soga prendas colgadas ventanas ritmos
de Escaleras caracoles que se entornan en las nubes
llevan sueños en andas hasta el cielo de la loza
El sol que empieza a jugar a las escondidas
entre algunos pájaros que vienen en dirección
de alguna leyenda de la vía
Mientras le saco el revoque a la fruta
que tengo en la mano
puedo ir viendo el olor de la paleta naranja
de pintor apasionado y soñador
que descansa sobre los techos
Entre polkas vallenatos cumbias peruanas se posa
Latinoamérica en las terrazas
abona huertas que darán hojas
con las más bellas fragancias
se olerán en canciones
y desde abajo en la terraza
se construye con ladrillos
la esperanza
–
Mujer Maravilla
Ahí están dentro de una casa
humilde, levantada por abrazos
tienen la piel curtida
de color quiero al otro.
Las ollas son tan grandes como el hambre
de la gente, el fuego tengo
la sensación de que en
estos días no se apaga nunca.
Las veo llorar
mientras pican cebollas, yo no me la creo
si son las mejores no es por la cebolla.
Lloran porque lo están dando todo
porque tienen tremenda responsabilidad
lloran porque no entran en su cuerpo
de tanto amor todos los días. Por eso
lloran y se pican el corazón y lo ofrendan
al guiso que está en la olla.
Me las imagino con una capa
en la espalda el viento
que le sopla en la cara. Y su mirada
puesta hacia el horizonte
Cuando termine
esto pienso: bailar
unas cumbias bien rabiosas.
Y abrazarlas en agradecimiento.
–
Te fuiste ayer ñeri
Te fuiste ayer ñeri
en siete tiros cargados de odio
madrugada fría que escribe
con sangre siempre en la villa
jamás nuestra vida le importó
a nadie: si no nos mata la yuta
es una bronca entre pibes
matémonos
pobre contra pobre
es la hipocresía del sistema
que insistente replica el televisor
esa mirada nos juzga
solo porque llevamos visera
y la piel color de barro
de indios descendientes
que antes sacaron
de sus tierras
disparar al cielo
lo que te vamos llorar
de nuestro nublado corazón
que ya viene encapotado desde chico
corte nunca sale el sol
hoy vamos a poner
la música al taco
hacer un fuego gigante
para que las sombras y luces
se dibujen en la pared
y aparezca tu cara
entre porro y licor
estás ahora con tu risa y tu vos
(Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)
Espuma de café
Notas acuareladas
sin márgenes precisos
prolongan la escucha
de la ruidosa intimidad
mientras cada minuto
se agita con firmeza.
Palabras sostenidas
en los renglones del amor
se agrietan y escapan
sin fronteras ni suspiros.
La tibia espuma de café
soluble y errante
manuscribe en el espesor
el aroma que esconde
la fuga de orillas
que orientan la celeridad.
Mi borde y tu margen
lo propio y lo ajeno
bajo escamas de lo real
entraman sus colores.
Nos extralimitamos
hasta que las palabras
vuelvan a su cimiento,
el tiempo se destile,
y que la espuma de café
se disuelva en caricias.
–
Otro idioma
Alguna vez ha sido posible
conmover los avatares
de un silencio desesperado
en labios que sólo podían
callar o repetir lo mismo.
¿Dónde encontrar una voz
que haga crujir el despertar?
Lo inmutable siente el sonido
de los pasos que se acercan
lenta pero decididamente,
hasta que una mirada nítida
provoca en su alma joven
la más sutil tranquilidad.
¿Cómo evadir el enérgico azar?
Una canción y tres copas después
la soledad siempre vigente
se sumerge en el océano
de una pregunta en voz alta:
¿Tengo permiso para alegrarme
por el latido acelerado
de este corazón a estrenar?
Conversaciones, risas, gestos,
cuerpos, música, placeres,
escenarios que se montan
con una espontánea libertad,
imágenes capaces de narrar
un embrollo de novedades.
¿De qué idioma se tratará?
Una gramática indescifrable
monosilábica, discreta
que no se aprende: se escribe,
se pone en acto sin vacilar,
llena la mudez con presencias
contagiadas de deseos vivos.
Si es un idioma, quizás sea Otro…
(Trabajo del Taller de Guión Cinematográfico 2020.)
AMALIA es una mujer de 42 años, separada que cría a sus hijos sola. Cansada de tanto trabajo y muy aburrida con su cotidianeidad, duerme muy poco y su vida social es un fracaso por ahora. La embarga una gran soledad. No percibe demasiado su vacío existencial y su pérdida del deseo, pero una serie de sucesos aleatorios y extraños, cómicos y algo desafortunados en apariencia, la conducirán por un nuevo camino más entretenido y profundo para su existencia. Este mundo agobiante de labores varias, en la oficina, la escuela de los pibes, todo lo doméstico, horas extras para changas y frustrantes desencuentros varios, la harán rebotar de su tediosa realidad y podrá mirarse de otra manera. En ese laberíntico, tragicómico y emocional fin de semana recuperará en medio de risas, llantos y otros sentimientos, toda su energía. Descubriendo con una sonrisa la música y el movimiento de un nuevo mundo, lleno de nuevas sensaciones. Comenzará a bailar tango y mucho más que eso, recuperará una nueva y contagiosa alegría sensual.
(Trabajo del Taller de Narrativa 2020.)
La puerta está abierta, la cortina que la cubre se mueve apenas con el viento y ella pispea la calle. Hace rato que no pasa nadie, sólo los perros cruzan, toman agua de la zanja y se echan en el pasto, a la sombra de los árboles de la cuadra. Cuando baje el sol saldrá arrastrando una silla al patio y esperará sentada el paso de la avioneta. De casualidad los miró la primera vez; se había levantado de un tirón sacudiéndose la cabeza, separándose el pelo con los dedos para sacarse una avispa enredada. El zumbido se detuvo rápido, pero siguió manoteando el aire por si acaso. Descorrió las manos de la cara y vio a los paracaidistas cayendo del cielo naranja.
El ventilador le da de frente, toma un sorbo grande de agua y saca uno de los hielos que se achican en el vaso. Se lo frota por el cuello y las mejillas y tira el cubito al piso de cemento. La refresca un poco, pero después vuelve a sentir el aire pesado, denso, sentada como está, con las piernas estiradas sobre una silla, bajo las chapas calientes del comedor. Esa vez, cuando las tres siluetas ondularon sus globos fosforescentes en el cielo y desaparecieron detrás de los eucaliptos, se preguntó adónde habrían caído, cómo fue que tocaron la tierra.
Los que pasan miran también, de refilón o volteando la cabeza. Eso siente cada vez que escucha las pisadas sobre el ripio. Seguro que la tienen de vista; pero si ella los viera de camino, no sabría decir quiénes son. Se rasca la panza y ve una marca surgiendo en la piel tirante, una línea oscura que desciende por el ombligo. Le dijeron que no se rasque, que así le iban a salir más y que después se convertirían en gruesas cicatrices blancas. Que es porque va a salir con mucho pelo, dijeron también.
A Inés una pelusa clarita le rodeaba la cabeza a los cinco días de nacida, la primera vez que la vio. Es que doña Clara no quería estar sola con una beba en una casa tan grande y le dijo, yo te pago y vos me venís a ayudar. Pero nunca había mucho para hacer, alcanzaba con una limpieza profunda un día a la semana y después repasar. La beba casi no lloraba, tan rápido se acostumbró a ella. Al terminar la semana, en una bolsa metía huevos, harina, azúcar, manzanas, naranjas, leche, manteca a veces. Llevá esto a tu mamá, decía poniéndole la plata en la mano.
Anochecía cuando llegaba a su casa, si no estaba muy oscuro cortaba camino por el monte que había detrás. De a poco dejaba de escuchar el paso de los camiones en la ruta y empezaba a sentir el crujido de las hojas bajos sus pies, las abejas revoloteando sobre su cabeza, los pájaros moviendo las ramas. A lo lejos, lo primero que veía era la luz arriba de la puerta alumbrando el cuadrado pelado que la casa tenía adelante. Le barrían las hojas secas, pero nunca creció el pasto ahí, en esa tierra que era la misma de la que brotaron los árboles del monte.
La madre levantaba la bolsa del piso y acomodaba las cosas en la mesa. Ella se sacaba las sandalias sentada en la cama del comedor mientras su sobrino se le acercaba gateando. Al rato empezaba el ruido de los platos y las ollas apilándose en la bacha de la cocina. No te acomodés que te falta esto todavía. La madre le señalaba con la barbilla y se dirigía hacia afuera.
El día que llegó, el barrio le pareció igual. La cuadra era una hilera de casillas de madera y casas con las paredes sin revocar. Al frente, un descampado de altos pastizales y, más al fondo, una fila de eucaliptos ocultaba el aeropuerto que vio cuando pasaron con el auto. Aunque sólo era un terreno alambrado con el pasto amarillento y algunas avionetas con la pintura descascarada, eso era lo único distinto. Deja caer las piernas, el piso está fresco y le alivia la hinchazón de los pies que se extiende hasta los tobillos. Mira las finas venas coloradas apareciendo a través de la piel tostada y hace un chasquido con la lengua.
Bajo el sol del mediodía, caminaba por el costado de la ruta las quince cuadras hasta la casa. Apuraba el paso si alguno se acercaba con el auto y le abría la puerta del acompañante. A él nunca se lo cruzaba porque volvía tarde. Sólo paró un poco cuando la nena era más chiquita, pero desde el principio la dejaba así. La doña nunca decía nada, pero ella le veía las mejillas hinchadas, los dedos gordos marcados en los brazos, las quemaduras del cinturón en las piernas. No se le olvida lo feo que el patrón le pegaba.
Él le dice que no le va faltar nada, que tiene un terreno cerca del centro y que lo único que hay que hacer es comprar ladrillos y cemento, que acá tiene todo, para qué dejar plata, y cuando tenga tiempo la va a llevar a comprar un vestido suelto porque la panza se pone grande. Hoy temprano, antes de irse, dijo lo mismo que le viene diciendo. Mirá que acá todos me conocen. Con quién te hablás, si salís, quién entra. Todo me van a contar. Se para despacio, igual se marea, quiere vomitar. Alguien pasa por la calle, pero la cortina no se mueve y ella no se va asomar.
Esa vez estuvo en la pieza todo el día, ni un ruido hacía. A la tarde, cuando le faltaba poco para irse y preparaba una mamadera, escuchó que abrió la puerta. De reojo la vio agacharse para besar a su hija que se tambaleaba agarrada de un sillón. Después se puso a su lado. Este me va a matar. Yo me vuelvo a Buenos Aires. Vos le tenés que pedir permiso a tu mamá. Si querés, te venís conmigo. Miró a doña Clara y le pareció que tenía los ojos más verdes que nunca. Bueno, dijo. Y no le salió nada más.
Mi patrona tiene un trabajo para vos, le dijo un día su mamá. Ella venía cuidando a alguno de los hijos de sus vecinos o haciendo los mandados si alguien le pedía. Por plata o mercadería. Daba lo mismo porque en la casa ya eran muchos con sus hermanos y sus dos sobrinos. Su hermana mayor los dejó cuando decidió que era mejor ir al centro a trabajar con cama y verlos los fines de semana. Al principio, cada sábado aparecía a la tarde y se iba al día siguiente. Pero dejó de venir cuando consiguió trabajo en otra provincia.
La panza de la doña era un bulto pequeño asomando a través del vestido el día que la conoció.
El tiempo habrá pasado muy rápido cuando tenga un hijo a los dieciséis años. Corre la cortina y nota que el sol está bajando. Aunque la picazón le arde, no puede parar de rascarse y hasta darse golpes en el vientre duro. Sí, el tiempo pasó muy rápido desde que lo conoció para estar ahora sola en el comedor de esta casa. No sabe por qué le hizo caso, si con ella estaba bien. Cuando llegaron se acomodaron en un departamento que tenía una sola cama y ahí dormían las tres hasta que doña Clara consiguió más muebles. Si alguien le preguntara, de ella nunca podría decir nada malo. Pero es difícil pensar en todo esto y entonces piensa en otras cosas.
Sale y deja la silla en el camino. Sólo las nubes se mueven en el cielo. No escucha el ruido de la avioneta, pero está convencida de que hoy caerán cuatro, como el domingo pasado. Acomoda la silla contra una pared de la casa y se sienta descalza cruzando las piernas, metiéndose el pasto entre los dedos. Todavía le gustaría verlos cuando aterricen.
(Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)
El viejo eucaliptus
sigue dando
hamacas, mi balanceo
lo acompaña
–
Tu pesimismo
me alisa la mota
hasta con bigudí puesto
me rodea en si menor
me persigue en bicicleta
está tan pobrecito
que ya
no será necesario
matar.
–
Poesía
En vos, el dolor
no hace hogar
y el amor no es
sólo garantía
para la especie.
Aquí no es posible
el destierro.
El asesino de mí
se suicida.
La muerte duda.
Y no es venganza
es Justicia.
–
No te conocí cuando tus ojos
se esforzaban por ser de cielos.
Ni en jugueteadas charlas
entre vecinas nuevas
sobre viejas pérdidas
y los trabajos para la esperanza.
Sí me quedaba mirando
cómo el negro labrador y la grisecita
razaperro, como síntesis de tu pedigrí,
escoltaban tus furiosas caminatas
huidas? donde el hermanito
torturado matado desaparecido
te hacia señas
desde tanto doler?.
In memoriam de Florencia, vecina.
(Trabajo del Taller de Guión Cinematográfico 2020.)
(“Nuestro Destino” cuenta la historia de TOM y ELIZABEHT, quienes lucharan por conseguir la felicidad que tanto desearon en sus vidas, pero eso conllevará un arduo trabajo que los llevará a tomar decisiones muy difíciles que pondrán es riesgo su relación.)
TOM es un joven de 22 años que perdió a sus padres cuanto tenía 16, el siempre soñó con ser un baterista de jazz y poder ser alguien en el mundo, pero luego de la muerte de sus padres, TOM y su hermana ELIZABETH buscan la manera de sobrevivir a la vida como pueden, ambos intentan de estar lo mejor posible a pesar de la situación que viven, pero no siempre pueden lograrlo de la mejor manera posible, TOM tiene un trabajo con el cual se mantienen él y su hermana, siempre fueron muy unidos. Un día TOM se encuentra con una chica llamada ELIZABETH, que es una saxofonista y bailarina profesional desde que tiene 13 años, cuando ella llegó a ser mayor de edad, intento librarse del mundo de la fama, pero nunca pudo; ella siempre soñó con tocar jazz con personas que vivan y sientan el jazz, y también que alguien la ame por como es y no por quien es en realidad, pero TOM no sabe quién es ella, entonces la trata como a una persona más; con el tiempo ellos se siguen encontrando, ambos conocen a sus familias, pero prontamente sus deseos por cumplir sus sueños se interponen en su relación, lo cual hará que tengan que decidir entre cumplir sus sueños o ser feliz con la persona que aman.
(Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)
Periferias
Periferias con calles de tierra(Trabajo del Taller de Escritura para Adultos 2020. Género: cuento.)
18/7
No hay un día que no me arrebates
tiempo y energías preciadas, aun más para este convaleciente. Me enfurece
pensar en todos los momentos que me restas con tu, tantas veces deprimente y
desesperante, situación. Herida abierta que nunca cura y se necrosa. Se me
ocurren deducciones crueles e injustas. Quiero gritarte mirándote a los ojos y
que mis gestos encarnen más la daga en tu piel. Peor aun, a veces fantaseo con
desaparecer, de tu existencia claro, continuar con la mía con los pedazos que
queden, pues quitarte a ti de mí sería desmembrarme en casi todas mis zonas; tuyas
siempre fueron hasta las íntimas, las más básicas para andar y hablar. Quizá en
realidad nunca llegaron a ser mías. Quizá seguimos en esa simbiosis, en que
alguna vez fuimos felices, serenos al escuchar el ritmo de nuestros pechos. Pero
qué lejana y desconocida queda esa sensación, no por los 33 años transcurridos.
Mi voluntad, por gran parte de mi
vida, era la tuya, adornada por mis consideraciones. Realista, prudente o maduro
me decía, cuando yo apenas me apropiaba de los pequeños detalles que me permitían
tener, al menos, una mínima singularidad en verdad propia, y no aquella que
queda de tus deseos y proyecciones. Manchaste y pudriste mi libido, con una
tinta moralina y pecaminizadora; ya hace más de un año no concluyo un acto
sexual compartido, diría que tampoco conmigo mismo.
Un perrito apareció en escena y es
inevitable sonreírle, se me olvidaron parte de mis pensamientos, así soy de
momento. La ira es intensa en mí, como en casi todos supongo; me recorren recursividades
para el placer de cada rencor e indignación de mi ser. Me gusta que para balancear
la intensidad, la duración sea efímera, porque cuando estoy así mancho todo con
mi bilis y a veces queda así un tiempo, como la señora de a media cuadra, que
osó juzgar a nuestra pequeña familia, y que ni se merece tanta atención.
¿Y cómo enojarme por más tiempo? Es
retórica, pero aun así también es ridícula esta pregunta. Yo mismo no me lo
permito, busco con la mirada el perrito, el cielo estrellado o una escena
cotidiana y cordial en la calle. ¿Cómo admitir mi enojo? ¿Justicia? Ja. ¿Naturalidad
acaso? ¿Reparación? ¿Resistencia? Quizá un poco, pero ¿para qué? Si ya no creo
en la idea que me heredaste, de que sanaremos luego de morir y que un señor hará
“justicia” por lo que fue y lo que no pudo ser. A estos 33 años me remito y
afirmo que haciendo indefinida a esa tolerancia e inercia, solo caemos más
profundo. De acuerdo, no hay que acumular, pero ¿dejar que salga? ¿Sin andar
luego como alma en pena arrepintiéndose de sus arrebatos? ¿Por qué siempre me
queda un gustito de culpa?
19/7
No hay un día que pueda volver temprano a mi soledad. Mi soledad, ni siquiera
puedo llamarla “mi” soledad. Y me vuelve la bronca. Se que no había dicho
bronca, había dicho ira, pero ahora muto. Cuando veo que otro espacio más... me
lo sacas. Ni siquiera llegué a tenerlo esta vez. Me lo sacas sin siquiera
tenerlo, eso es. Así se resumen mis sueños, caen antes de ser siquiera
realmente sueños. Solo son una insinuación de la imaginación que ni siquiera
llego a reconocer como tal en mi cabeza. Mi ilusión se extravía, pero cae, como
en un puente a medio construir. En realidad, estaba roto. ¿Te imaginas cómo sería
la vida si yo tocara el violín? Si no hiciera más que practicar y crear. Mi
tiempo... se rescataría del tacho por arte de los tonos melancólicos tan
variados como los matices de un azul. Irme a dormir olvidándome de las
circunstancias y llenándome de posibilidades armónicas, con ritmos cada vez más
apropiados. ¿Cómo sería la vida si trabajara en... si hubiera crecido en un
vivero? Si cuanta naturaleza me rodeara fuera pacífica y apacible como la
amansada por el cultivo; cada tanto algún lagarto, violentamente veloz, pero no
más que eso. Y la mejor parte, una familia amansada por un vivero. Aunque creo
que nuestra manada sin esta ciudad que nos combustiona, en la que somos
extraños con temor por lo que nos refugiamos en nuestro bunker hasta del Sol.
Entonces, nada.
20/7
Me da bronca
porque me olvidé una vez más de mis cuadernos, de mis ideas, de mis consuelos y
mis divagaciones complacidas. Me lo olvidé como siempre, haciéndome cargo vos,
de él; son bien distintos, pero casi que significan lo mismo. No hay un
atardecer que no esté manchado, no hay un día completo para mí, porque no
existe; al menos nunca ha existido. En los días que no te vi, que no los vi, en
los que no hablé con vos, al menos seguro te pensé, tanto como para adivinar qué
me dirías. Tu opinión es como el Robin de mi Batman, siempre ahí. Pero este es un
Robin desdeñoso y confabulador. Un Robin que todo lo ve y todo lo sabe, que proyecta
sus planes en un Batman que nunca estuvo a la altura de tener un objetivo
propio. Es solo un sueño. Es solo sueño.
Me olvidé mis libros.
Mi bronca quiso decírtelo, para que sintieras un poco de esta culpa. Pero no,
no voy a darte ese placer, porque en vos la culpa no es como en este ser
maltrecho. A todos acá nos hunde más en la miseria emocional, sí, pero pareciera
que a vos te gustara perder; para vanagloriarte de tus victorias. De tus
guerras. Un soldado sin guerra, no lo sería, y cuanto mejor si lleva medallas
de horror. Por eso todas tus penas cumplen roles importantes en tu teoría de la
vida, de vos. Porque sin ellas ¿qué serías? Una señora más. Quizá de aquellas,
estragos de un vivir ya escrito y no por ellas, que arrastran las pútridas
creencias confortantes de su época que las mantuvieron en la locura. A las que
la mayoría rehúye, por lo que andan mendigando una poca de atención con ánimo moribundo.
Que te topas por ahí, con una mirada que exclama: “Por favor háblame, que mi
mente no respiró en todo el día”. Es lamentable, y claro que las comprendo; así
vamos todos, en mayor grado en cuando nos vamos dando cuenta de que quedamos y
quedaremos obsoletos para una ciudad que ya nos usó. Más aun cuando te veo en
ellas, cierto intento de transferencia diría el paidólogo que nos trató, les
continúo las charlas con cordialidad, no siempre, pero más que tantas para
arrepentirme. Rara vez termina bien, pues todo parece arrancar con una buena intención,
una mirada tierna y amable, amable solo con vos. Que te comenta la dulzura o
las penas de su familia, de su jardín o propias. Cómo la rema con el reuma, la presión
alta y la artritis de la rodilla; con la decadencia del cuerpo. Decadencia que ojalá
solo fuera del cuerpo. Una ser que compulsivamente sale a la espera de que
alguien la mire, gestos y ojos semi-comprensivos. Ojalá solo el cuerpo sufriera
procesos de descomposición. Las mentes, esas mentes, nuestras, más aun de los
que ni se dan cuenta, lo digo desde la experiencia patrimonial: chorrean
alaridos por misericordia, quieren piedad. Y más aun, como no tienen, la piden,
como no tienen, la quitan, la escasean y ratonean. Claro que son amables ahora,
pero qué tal con la vecina del piso de arriba que es madre soltera, el pibe que
viste ancho y no anda con cara de hipócrita, el señor que toma de su trago solo;
ayer en una mesa, esta tarde en la vereda, en la mañana por la plaza, buscando compañía
con extraños. ¿Acaso no hace ella lo mismo? ¿No se droga y busca algún extraño con
quien desahogar su conciencia entumecida? ¿Y qué escupe? Malas noticias y malos
augurios, casi pareciera maldecir todos los tiempos; ¿cómo podría decir otra
cosa? Acá es donde tengo miedo de seguir este camino juntos y ser calcos análogos
de esas gentes. Es que esa predisposición es contagiosa, en ciertas
circunstancias inevitable, ¿no, madre? Le gusta lucir un traje hecho a la
medida y artesanal de cordero. Luego de sintonizarte, el mundo ya está en el
suelo y ustedes hacen de comentaristas. ¿Qué se mezcla para ello? Además de la
decadencia indesligable del espíritu acomodado y hecho para esta época; que construye
una cotidianidad que lo va corroyendo con amargura. No por la rutina misma,
sino por lo lejanas y contrapuestas que terminamos dejando todo aquello que nos
movilizó el corazón. Lo deseado toma la forma del capricho, que no depende de
uno ni del qué ni el cómo. Se combina con este gran desperdicio de vida: el
peso del tiempo, que como con todo, le abre paso para seguir cayendo aun más. Inevitablemente,
si no se tira abajo este camino destinado a la muerte crónica, una pestilencia
cada vez más amplia e intensa destilará su ser al pasar las historias. Y acá estamos
sentados tomando un absurdo té, con los sentidos insensibles.
Y ahora nada y se ahoga. Nada y se
vuelve a ahogar, en la salsa de su bilis con las babas que no supo tragar.
Espesa y estancada, que ha atrapado los olores y sabores de los restos de todo
aquello que alguna vez la conmovió. Los restos de aquello que alguna vez sintió
intensamente y no supo tragar. Harta y cansada, te acomodaste en lo espeso y
denso; que va absorbiendo las luces y aires frescos de cuanto lo rodea. Cada
tanto, uno come de esta desazón por elección. Nos servimos todos del gran
plato, entusiasmados y expectantes ante la incertidumbre que nos dan los nuevos
síntomas del avance de tanta enfermedad. Hay quienes comen asqueados, y sin embargo,
se sirven una gran porción. Refunfuñando, pero sin obligación. Y es que el alma
necesita, disfruta de que simplemente algo ocurra, que le sacuda las emociones
e impresiones amarillentas, y si es necesario, que manche cuanto sea. Porque
claro que no le alcanza con lo placentero y natural de comer, defecar y
rascarse. No satisface los deseos, pálpitos y extravagancias de un ser humano, aun
más en aquel que probó la vigorosidad de la afirmación que le hace frente al miedo
natural. Con todo esto solo me doy ánimos y argumentos para volver a salir,
sabiendo que no habrá vuelta atrás, esta vez yo no me y no te lo permitiré,
aunque no sé cómo haré. Si hasta me armabas parámetros para bailar de manera
adecuada. Ahora todo no es solo incómodo, quema, como el reproche que no se las
de la de tal, “recuerdos” me decías con cariño, de cuando tragaste, te ahogaste
y soportaste a este traste sucio que te dejó dentro el otro sucio con el que
desayunas la desgracia cada día.
21/7
Allí esta la juventud con su tiempo
libre, disfrutando el calor del sol. Yo logré huir a tiempo para ver su luz,
hoy pude. Pero no alcanza con el cuerpo, mi mente sigue ahí. Quisiera, claro,
poder traerla conmigo y pasearla por el pasto y mirar juntos ese perro. Así de
escindido deambulo por las calles de este rectángulo de ciudad. Puedo imaginar
que les parecería un absurdo lo que digo, ya no me importa, feliz cumpleaños a
mí. Y al final solo es decir lo evidente, nuestra fragmentación es inescapable,
precio de una cómoda caída libre. Lamentablemente no guardo en mí tantos deseos
como para pedazo y como quisiera, pero sí distingo uno, que le pertenece al
ahora. El unirnos del todo, todos, con el presente. Ese si sería un obsequio
para este anacoreta. Simplemente estar de lleno en todo esto. Y que cuando pasemos
por una plaza respiremos la vida, miremos al cielo con ojos grandes tratando de
comernos cada matiz, y al caminar tratemos de hacerlo lento.
Silencio. A veces gano una batalla y
obtengo silencio. Pero como no soy buen ganador, mancho la victoria con sobre-pensamientos,
críticas sin propósito disfrazadas de constructivas y justas; que tiran abajo mis
defensas apenas construidas, ¿soy yo o ustedes acaso? No sé si ustedes dentro mío
ocupan más espacio que afuera. Y escupo, cuando me lo fumo escupo, yo todo negro
y puro, contaminado por la palidez del humo con su sabor invasor. Yo solo
quiero exprimirle su efecto depresor, un bajón de presión y la distracción que
da el fumar, así tus palabras se acomodan al ruido vacío. Una vida de creerles
todo solo puede avanzar a dejar de creer en algo. Consumir, porque yo como la
señora, también tengo mis sustancias. Y la señora somos todos, y vos, vos y él,
más que nadie. Por ese tema del tiempo, ¿viste? Es en vano mi pregunta, porque
nunca la escucharás de mí, pero igual lo digo, lo que hace más difícil lo
vuestro es el peso del tiempo en sus sesos ya aplastados.
Allá pasa un pibe, con paso ligero, degustando
el bosque con la mirada. Yo apago el pucho pensando en que no tengo amigos,
arruiné cada oportunidad, y a consciencia. Pues son peligrosos, ¿solo en la
familia se puede confiar? Por ahora no toleraría la presencia de alguien nuevo.
¿O eran ustedes los que no lo toleraban? Y sin embargo sé que al cabo de un
rato, por algún momento me distraería y zambulliría en sus palabras con atención,
olvidándome de mi persona. Somos intensos, lamentable y favorablemente para mí;
nos hacemos más problemas de cuanto se pueda, los del entorno, los de ayer y
los de mañana; a veces si nos enteramos, los del lejano. ¿Qué más podría hacer
con la historia de ustedes entonces? Sino torturarme como vos me enseñaste, y
nunca soltar. Así durante horas, días, hasta meses, quizá la vida entera, se me
puede ir, se me fue, buscando una respuesta. La mente tiene algo de maliciosa y
trae al presente frecuentemente los recuerdos más ofensivos, ¿o solo soy yo? Aunque
por primera vez recordaba algo bueno de aquel único viaje largo que hicimos
cuando tenía 7. Fue que “escalamos” un cerro para quedarnos admirando la ciudad
a sus pies, que ustedes me iban presentando. Así como hacían con el resto del
mundo conocido. Me dieron las primeras impresiones de todo cuanto cabe en una
mente inmaculada, y cómo negarme, si todos arrastran malas intenciones, según
ustedes, no puedo confiar en nadie más. Todo cuanto mirábamos era bello, cruel,
despiadado, miserable, egoísta y altanero. Y ahí están mis amigos, los que a
veces niego, mostrándome las múltiples caras del mundo que siendo altanero, también
se queda con sed por darte agua, y vomita para alimentar las plantas. Pareciera
que nunca conociste tal nobleza, te quedaste en el miedo y desde allí me
gritaste con pánico. Yo hice lo mismo, hasta asquearme, y por respirar tuve que
salir de ahí. Cuánta culpa y pena me costo, pero mi ser en el fondo no se arrepentía,
había probado de la copa de la vida un sorbo de aire nuevo. Y ahí, mientras
andabas siempre tan siempre cansada y ocupada, yo me aventuraba por los
rincones de la ciudad, de la casa, del sótano y del árbol de enfrente. Mis
refugios sin reparo. Haciendo mi pequeño espacio, sin paredes, pero donde ustedes
no llegaban. Ahí desapareciendo del mundo, pero siendo más que nunca parte de él,
sin que nadie pudiese llamarme. Y no independientemente, pero sí con la mano más
ligera, iba poco a poco (y no sin mucha inseguridad) dibujando juicios propios.
Parámetro humano necesario para decidir hasta lo más mínimo. Y mis acciones,
como hojas en el viento, como las de un niño de diez años, iban planeando en el
aire sin las turbulencias que, con la edad y comunidad, se las tira al piso.
Inconveniencias convenientes para tirar la voluntad en pos de una tranquilidad aberrante,
un silencio funerario en las almas y casas, donde nadie se divierte. Para parar
cualquier actividad real y considerar opiniones imaginarias. Y como inevitablemente
estas corrientes chocarán con los garabatos de un niño y las líneas de los padres,
se generan juicios abominables como creado por Frankenstein. Se contradecirá, y
luego reafirmará la incongruencia, para quedarse en la nada que no estorba. Por
eso cuando te odio (sí, venimos de la bronca y de la ira) me asqueo. Casi que
no puedo decirlo, y me odio a mí mismo por pensarlo, porque no te odio, yo te
amo, yo los amo. Pero solo quien ama es capaz de odiar así, ¿no? No, no…
Creo que me es una urgencia decirlo,
reconocerlo al menos. Y sí, ¿cómo no te voy a amar?, ¿cómo no te voy a odiar? Y
si me dañaste en tu ingenuidad e inocencia de quien lastima por cuidar y defendiéndote
te golpea. De quien no tuvo tiempo de pensar, apenas para pelear. Y miro al
costado, y pienso que no te mereces ser odiada por esa porción de mí que lo
siente intensamente. Que es imposible hacerlo, porque la vida es austera y
miserable para pensar en eso… y vos hiciste lo que supiste. No quisiera ni
decirlo en voz alta, pero algo me incita a hacerlo. ¿Y cómo? Si no eres consciente
de los porqués, y jamás lo harías adrede. Y está demasiado por demás aclarar
que no tienes la culpa, porque ni enterada estabas de lo que pasaba, de lo que
se gestaba y enraizaba en nosotros. Ni lo estás de mi auto obsequio. Estoy de más
yo, porque hay tanto en lo que no te entiendo, tanto inimaginable, que me
parece un pecado odiar, en general, pero hacia ti, un sacrilegio. Te lo dije
por primera vez el 18 de julio con mirada confusa: yo te amo. Pero consecuentemente
a los mismos motivos: también te odio. Porque al andar es casi inevitable
ensuciar.
22/7
¿Qué haré al hundirme para correrlos
de mí? Aunque me parezca imposible, es vital hacerlo.
Sé que a veces ni te percatas de que
lastimas y otras disimulas, como un niño. Y yo me quedo sin espacio, es muy
literal. Otra vez la angustia está en mi cama. Porque no sé ir más allá. ¿Por
qué no sé ir más allá? Cuando me fui bien lejos un buen tiempo, siempre me
obligabas a volver con tus anuncios lastimosos, y por lógica familiar yo debía
acudir. Lo peor es que no quiero a nadie. Lo máximo que podría admitir sería
una presencia animal y al final ni a ti te quiero. Fantaseo con una caja para mí
solo, oscura y fresca, con un toque húmedo y eterno.
Y mientras me voy percibiendo, veo
con pena que cuanto pienso, digo y hago es ridículo, hasta ese mismo orden. De
todo y todos, resulté una nada asquerosa que vive arrepintiéndose y dudando, pero
no hoy. No me iré con mis pedazos, lo dejaré todo aquí en estos cuadernos que desaparecerán
en el agua, como todas mis desavenencias, como todo tu cuerpo, que nunca llegó
a ser mío, y elijo robártelo, para lanzarlo vacío.
(Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)
Des-encuentros
Lo puedo ver desde la ventana:
deambula hace más de media hora
entre la puerta blanca y la esquina
mira el celular y luego clava
la mirada hacia la nada
una y otra vez.
Finalmente se sienta en el cordón.
Con sus dos manos
lo aprieta con fuerza, lo guarda
y entierra la cabeza entre sus piernas.
Lo pierdo de vista
y cuando vuelvo la mirada
se deshace
a paso lento
por la cuadra.
Pasa un colectivo interminable
Por la puerta blanca
sale una mujer
con la vista hacia ambos lados
su reloj en la mano
se sienta en el cordón.
–
Memorias
Me hablaste de perros
aullando, memorias pasadas
rastros de sangre
árboles que se entretejen:
cicatrices.
Saltos en el tiempo
lagunas mentales
hay cosas que
nuestra mente
prefiere olvidar.
Mejor dejarse
encandilar por el sol
mientras pega
una brisa fresca
que sostener una mirada
cuando nos espeja.
Las ropas apretaban
el torso hasta dejarlo
sin aliento y los pañuelos
ocultaban lo deseable
innombrable.
Parches sobre los labios
y una mirada
que se perdía para
no encontrarse.
¿Acaso te preguntaste
de dónde surge
lo prohibido?
Turrones azucarados
para no recordarnos
ni escuchar las tripas
que crujen
a gritos ¡memoria!
–
Plazas
A unas cuadras
se escucha: “Quedate
tranquilo en casa
lavate las manos
mantené una distancia
prudente”.
Ellos sólo levantan la mirada
al cielo ruegan que esta vez
no les pregunten qué
hacen en la plaza.
Seis ojos con las miradas
perdidas las narices frías
sin muecas de esperanzas,
sin alcohol en gel, sólo
un bolso con medias
y otro con carilinas.
A ellos, los aguarda un
barrio sin agua hace varios días
una madre adolorida
un padre ausente
y dos hermanas que les cruje
hasta el ombligo.
Cómo se encuentra espacio
para la prudencia
en lugares donde
sólo habita el olvido
donde la quietud,
significa rendirse
a un destino
desigualmente prefijado?
Por el costado
pasa un tapabocas magenta,
combinado con la soguita
de su perra
que huele a jazmines:
Quiere comprar unas medias
señora? escucha y ella,
toma distancia
y sin siquiera mirar,
responde, “Te agradezco”.
Nuevamente cae la tarde
los bolsos siguen llenos
y las manos vacías:
la plata apenas alcanza
para un vino de esos
que al menos
nublan por un rato
la memoria.
A una hora de distancia
en otra plaza del país
queman barbijos
como símbolo
de protesta: al virus
unos pocos, parece
que tienen tiempo
de ponerlo en duda.
(Trabajo del Taller de Escritura para Adultos 2020. Género: cuento.)
Querido Diario:
Desde la
última vez que escribí tengo un par de cosas para contarte:
1) La
AYAHUASCA es un verso para quitarte guita. Pagué re–caro un frasquito de
morondanga y ni cosquillas me hizo. ¡Nada, absolutamente nada!
2) Tuve
relaciones con un duende en la cima del Uritorco mientras un hada y un
extraterrestre nos miraban.
Como te conté
la vez anterior, que terminamos con Fernando Tangalanga –pariente lejano del Dr.
Tangalanga, pero para mí siempre va a ser Fercho Tangalanga–. Me sentía muy mal
así que me dije: "Sabrina, Sabrinita, es hora de cambiar de aire, de
renovarte. Abrirme al universo y recibir cosas buenas". Ahí nomás hice las
valijas y me fui a Córdoba con el primer lugar más barato y rápido que encontré:
un centro de jubilados. Ellos muy amables y ellas me enseñaron 30 formas
distintas de usar un papagayo. Llovió toda la semana y cansada de dormir la
siesta todos los días, me escapé por mi cuenta. Entré a un pequeño local y ahí
me estafaron con la maldita ayahuasca. Pero me cantaron la posta, con los días
de lluvia y truenos como era ese día, se veían más O.V.N.I.s por la cima de la
montaña. Diluí la sustancia con mi agua y empecé mi camino. En mi caminata, y
nada de ir por el sendero turístico, todo por la naturaleza, comencé a vibrar
con la montaña. Los dos éramos uno vibrando al unísono. Al llegar a la cima,
ahí estaba él; chiquito y verde, recostado sobre una piedra. "No te
asustes, vengo en son de paz", le dije con mi mejor Inglés haciendo la
señal de paz que aprendí del Señor Spock. "Pasá, vení, no hay problema",
me respondió con acento cordobés, cosa que me llamó mucho la atención. "Soy
Luciano C. pero me podés llamar Lucho." Empezamos a hablar y ya en
confianza terminé sentada sobre sus rodillas. Sin pensarlo dos veces, le pregunté
si lo que dicen de los duendes es verdad, si es tan grande como dicen. Me dijo
que sí y se ofreció a mostrármela si prometía no tocarla. Hice mi juramento de
Niña-Scout levantando dos dedos y me tapé los ojos. Escuché unos ruidos raros y al abrirlos mi
mandíbula cayó al piso. Mi Moni Argento interior se apoderó de mí y mi promesa
voló por los aires. Me abalancé como una loca desesperada sobre esa cosa
enorme: una gigantesca olla de metal con monedas de oro brillando delante de mi
cara. Cuando me regaló una, la pasión y la lujuria sacaron lo mejor de mí y
terminamos yaciendo en el suelo húmedo de la montaña. Me sentí plena y completa
sabiendo que era la primera mujer en tener relaciones con un duende Cordobés en
la cima del Uritorco. Al terminar el show, un hada y un extraterrestre se
acercaron y le dieron cada uno una moneda de oro y las gracias por dejarlos ver,
como siempre. "¿Cómo te creés que las conseguimos a las monedas?", me
explicó Luciano. Cansada, aturdida y humillada, regresé a mi hotel. ¡Qué ingenua!
Pensé que era única y especial pero nada que ver. ¡Esa olla estaba llena de
monedas! A pesar de todo, fue una experiencia única en mi vida. Y lo mejor de
todo es que me traje dos recuerditos, una moneda de oro y el otro esperemos que
se parezca más a mí que al padre.
Sabrina R.
(Trabajo del Taller de Escritura para Jóvenes 2020. Género: cuento.)
Todo
ocurrió una noche de agosto. El 21, para ser exactos.
Esa
mañana Eric se levantó. Aquel día era uno como cualquier otro. Apresuradamente
bebió una taza de café que el mismo se preparó. Debía llegar temprano;
trabajaba en la estación de policía numero 44 como detective. A las 19:30 salia
del trabajo; le tomaba 30 minutos llegar a su casa.
Al
llegar se sirvió un vaso de whisky con unos cubos de hielo, se sentó en el
sillón de la sala, cerró los ojos y nunca los volvió a abrir.
19 de agosto 20:30pm
Eric
estaba sentado en el sillón de la sala con un vaso de whisky mientras esperaba
la cena. Luego de un rato su esposa llamó a la mesa. Sus brazos amorotonados le
daban un aspecto lúgubre pero aún así su belleza resaltaba.
20 de agosto 20:15 pm
Un
fuerte grito femenino se oyó en la cocina. Thomas rápidamente acudió al lugar.
Su madre estaba tirada en el suelo; su mano izquierda tapaba su ojo derecho; su
padre estaba enojado como muchas veces lo había visto.
No
era la primera vez que golpeaba a su madre.
22 de agosto 10:00 am
Informe forense
Causa
de muerte: envenenamiento.
Residuos
de whisky en sangre.
21 de agosto 13:00 pm
–Cariño,
pon esto en el freeze. Son especiales para papi –dijo, tendiéndole la cubetera
llena de agua.
Thomas
hizo lo que su madre dijo; luego fue a ver televisión.
Gloria
esperaba impaciente a su hombre. La tortura constante acabaría. Un poco de
whisky, unos cubos de hielo especiales y listo: ese imbécil no volvería a
tocarla, ni a ella ni a su hijo.
(Trabajos del Taller de Poesía y Letrística 2020.)
Los naranjos
se posan sobre la riviera,
es época invernal.
La noche escapa de su centro.
Supera la redención de un espíritu.
Su fe de estrella ha caído,
se ha vaciado el sonido de su voz en el destierro.
Recrudece su color,
avanza su fe
en la cima de una armonía segura.
Vierte el sol su bendición,
en tanto el agua vierte su hermosura.
–
Llueve
de tal modo
llueve,
que me voy sintiendo
más madura.
En un éxito mortal,
cruza la aurora un ejercicio fugaz,
que aflora de una estrella verde entumecida.
He dejado atrás
la tibia pena de no verte.
Voy hociqueando
el vuelo de un pájaro de bruma.
Rezo tres aves Marías,
agazapo mi juventud,
me sumerjo
en la sed
de aquel que vigila,
la piel de la noche.
Todo lo que su desnudez
pregunta aún sin respuesta alguna.