22/08/2014

Siete años

Por Nicolás Cataldi (taller de escritura para jóvenes y adultos)

Cuando terminó de ejecutar su travesura, se le ocurrió darse vuelta. Su madre lo observaba desde el umbral del patio, con el gesto adusto que últimamente le obligaba a adoptar. No le dijo nada, sólo se limitó a mirarlo. Él agachó la cabeza y fingió una vez más un arrepentimiento del que nunca fue amigo.
Escuchó con atención unos momentos, confiando en que su madre desistiera de su reprimenda silenciosa y entrara a la casa. Pero eso no sucedió, así que volvió a mirar el escenario destruido por su rebeldía infantil y comenzó a arreglarlo. Nunca se enteró de que la mujer que observaba desde el umbral, con una mano apoyada sobre su panza sietemesina, lloraba sin sonido.
Una vez exterminado el caos, se atrevió a voltear, justo al momento en que su madre desaparecía, cerrando tras de sí la puerta que daba a la cocina. La nueva modalidad del regaño le afectó, y se sentó en el pasto pensativo. Hubiera preferido el reto de siempre: el grito desmedido y el castigo. Así había sido desde que se enteró que iba a tener un hermanito. A partir de ese momento, cada travesura que él hacía era rápidamente cuestionada. Él tenía la culpa de todo lo que sucedía, aun cuando se aseguraba de no haber sido sorprendido en el ilícito. Nadie veía que era otro el que arruinaba la armonía de la familia. Nadie retaba al intruso que irrumpía en la panza de su madre.
Puede ser un cliché, pero en ocasiones la vida es cruel, injusta. Porque permite el sufrimiento sin dar tiempo a comprender. A veces no da oportunidad, a veces lleva a cruzar límites. A veces, simplemente, la vida no es vida. Porque pasa por delante de los ojos pero no se ve. Y porque, normalmente, uno no entiende que hasta siete años pueden ser una vida.
Con el cielo totalmente cubierto, el patio lucía extrañamente triste, exánime, luctuoso. Allí, donde ahora estaba sentado con cierta amargura, Pedro siempre se había sentido el rey. Gran parte de sus escasos siete años los había vivido en el jardín de su casa. Nadie conocía mejor que él esa enorme jungla, el lugar elegido para manifestar su novedoso hábito de portarse mal. Allí mismo había logrado realizar, el día anterior, su obra de arte. La peor diablura de su largo historial, la única por la que paradójicamente no recibió castigo de sus padres. Y la única vez que realmente consiguió su objetivo.
Lo había planeado, es cierto. Más de lo que cualquier niño de su edad lo habría hecho. El día en cuestión, tomó una bolsa que tenía guardada en su armario. La abrió y la miró con satisfacción: la última semana había estado hurtando, de a una, diferentes prendas de ropa que cobijarían al futuro invasor. La llevó al patio y la cerró atándola con una soga gruesa.
Esa misma mañana había conseguido trasladar una de las pesadas piedras blancas que delimitaban los canteros del jardín. Con mucho esfuerzo y sin que nadie lo notara, la había escondido detrás de la gran piscina de fondo celeste que rebozaba de agua. Y, finalmente, tomó la llave prohibida del enrejado que la cercaba, para completar su obra delictiva.
Antes de comenzar el acto, se aseguró de que su madre se demorara en la cocina un buen rato –hubiera  deseado que su papá también estuviese en casa, pero se ausentaba demasiado por el trabajo. Salió nuevamente al patio, y bajo un cielo resplandeciente, se dirigió a la pileta. Abrió sin hacer ruido la reja e ingresó la bolsa, la soga y la piedra.
La idea era simple y divertida: lanzar la bolsa atada a la piedra para que ésta la oculte por su propio peso. En algún lado lo habría aprendido. Sabía que tarde o temprano la encontrarían pero, como siempre, la reacción de sus padres era lo que buscaba. Sin embargo, cuando se incorporó con dificultad tras agacharse a levantar la piedra, perdió fácilmente el equilibrio y cayó a la pileta. 
Con el agua sobrepasando su altura, Pedro se agitó con vehemencia. No sabía por qué, no sabía qué lograría, sólo lo hacía. La profundidad era mucha, y él distaba de conocer la superficie. Tras tragar algo de agua, miró hacia arriba. Desde donde estaba, la pileta se confundía con el cielo. Por ese límite difuso, esperó que asomara la desesperada cara de su madre. 

No pensó que quizás ella no estaba en la cocina. No pensó que tal vez sus travesuras podían conocer castigos peores. No pensó que apenas siete años pueden ser una vida. Intentó escuchar pasos a la distancia, pero sintió como si alguien le apretara muy fuerte los oídos. No entendía qué era. No entendía por qué tomar aire ya no era una opción. Así como no entendía por qué su madre tardaba tanto en recorrer el breve tramo entre la cocina y la pileta. Siete años. Siete años no alcanzan para entender.  

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