Cuando terminó de
ejecutar su travesura, se le ocurrió darse vuelta. Su madre lo observaba desde
el umbral del patio, con el gesto adusto que últimamente le obligaba a adoptar.
No le dijo nada, sólo se limitó a mirarlo. Él agachó la cabeza y fingió una vez
más un arrepentimiento del que nunca fue amigo.
Escuchó con atención
unos momentos, confiando en que su madre desistiera de su reprimenda silenciosa
y entrara a la casa. Pero eso no sucedió, así que volvió a mirar el escenario
destruido por su rebeldía infantil y comenzó a arreglarlo. Nunca se enteró de
que la mujer que observaba desde el umbral, con una mano apoyada sobre su panza
sietemesina, lloraba sin sonido.
Una vez exterminado
el caos, se atrevió a voltear, justo al momento en que su madre desaparecía,
cerrando tras de sí la puerta que daba a la cocina. La nueva modalidad del
regaño le afectó, y se sentó en el pasto pensativo. Hubiera preferido el reto
de siempre: el grito desmedido y el castigo. Así había sido desde que se enteró
que iba a tener un hermanito. A partir de ese momento, cada travesura que él
hacía era rápidamente cuestionada. Él tenía la culpa de todo lo que sucedía,
aun cuando se aseguraba de no haber sido sorprendido en el ilícito. Nadie veía
que era otro el que arruinaba la armonía de la familia. Nadie retaba al intruso
que irrumpía en la panza de su madre.
Puede ser un cliché,
pero en ocasiones la vida es cruel, injusta. Porque permite el sufrimiento sin
dar tiempo a comprender. A veces no da oportunidad, a veces lleva a cruzar
límites. A veces, simplemente, la vida no es vida. Porque pasa por delante de
los ojos pero no se ve. Y porque, normalmente, uno no entiende que hasta siete
años pueden ser una vida.
Con el cielo
totalmente cubierto, el patio lucía extrañamente triste, exánime, luctuoso. Allí,
donde ahora estaba sentado con cierta amargura, Pedro siempre se había sentido
el rey. Gran parte de sus escasos siete años los había vivido en el jardín de
su casa. Nadie conocía mejor que él esa enorme jungla, el lugar elegido para
manifestar su novedoso hábito de portarse mal. Allí mismo había logrado
realizar, el día anterior, su obra de arte. La peor diablura de su largo
historial, la única por la que paradójicamente no recibió castigo de sus
padres. Y la única vez que realmente consiguió su objetivo.
Lo había planeado, es
cierto. Más de lo que cualquier niño de su edad lo habría hecho. El día en
cuestión, tomó una bolsa que tenía guardada en su armario. La abrió y la miró
con satisfacción: la última semana había estado hurtando, de a una, diferentes
prendas de ropa que cobijarían al futuro invasor. La llevó al patio y la cerró
atándola con una soga gruesa.
Esa misma mañana
había conseguido trasladar una de las pesadas piedras blancas que delimitaban
los canteros del jardín. Con mucho esfuerzo y sin que nadie lo notara, la había
escondido detrás de la gran piscina de fondo celeste que rebozaba de agua. Y,
finalmente, tomó la llave prohibida del enrejado que la cercaba, para completar
su obra delictiva.
Antes de comenzar el
acto, se aseguró de que su madre se demorara en la cocina un buen rato –hubiera deseado que su papá también estuviese en
casa, pero se ausentaba demasiado por el trabajo. Salió nuevamente al patio, y
bajo un cielo resplandeciente, se dirigió a la pileta. Abrió sin hacer ruido la
reja e ingresó la bolsa, la soga y la piedra.
La idea era simple y
divertida: lanzar la bolsa atada a la piedra para que ésta la oculte por su
propio peso. En algún lado lo habría aprendido. Sabía que tarde o temprano la
encontrarían pero, como siempre, la reacción de sus padres era lo que buscaba. Sin
embargo, cuando se incorporó con dificultad tras agacharse a levantar la
piedra, perdió fácilmente el equilibrio y cayó a la pileta.
Con el agua
sobrepasando su altura, Pedro se agitó con vehemencia. No sabía por qué, no
sabía qué lograría, sólo lo hacía. La profundidad era mucha, y él distaba de
conocer la superficie. Tras tragar algo de agua, miró hacia arriba. Desde donde
estaba, la pileta se confundía con el cielo. Por ese límite difuso, esperó que
asomara la desesperada cara de su madre.
No pensó que quizás
ella no estaba en la cocina. No pensó que tal vez sus travesuras podían conocer
castigos peores. No pensó que apenas siete años pueden ser una vida. Intentó
escuchar pasos a la distancia, pero sintió como si alguien le apretara muy
fuerte los oídos. No entendía qué era. No entendía por qué tomar aire ya no era
una opción. Así como no entendía por qué su madre tardaba tanto en recorrer el
breve tramo entre la cocina y la pileta. Siete años. Siete años no alcanzan
para entender.
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